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San José de Cupertino († 1603-1663)

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 18 septiembre

Patrón de los estudiante, aviadores, pilotos, pasajeros aéreos, astronautas, zapateros 

 *

Infancia

Félix Desa y Francisca Panara matrimonio honrado y sumamente pobre, vivían en una pequeña aldea napolitana llamada Cupertino ‒en italiano Copertino‒. Félix, humilde carpintero, no pudo pagar las cuotas que tenía pendientes con sus acreedores, y el 17 de junio de 1603, huyendo de los ejecutores de la sentencia de embargo, Francisca tuvo que refugiarse en el establo  anexo a la casa para dar a luz a su hijo Giuseppe Desa, José de Cupertino.

A pesar de las penurias económicas no faltaba en aquella familia verdadera fe y buenas costumbres, por lo que José fue educado en el santo temor de Dios.

Su madre ante la extrema pobreza en la que vivían trató muy duramente al niño y no consentía ninguna falta, castigándole, si era necesario, a pasar alguna noche fuera de casa. Él entonces, iba a refugiarse en el atrio de la iglesia. El muchacho creció desnutrido y poseía corto alcance intelectual. Parecía tan poca cosa que era despreciado por todos en el pueblo. Se paseaba por las calles mirando a la gente con la boca abierta, por lo que le pusieron el sobrenombre de “Boquiabierta”.

En vista de que para él estudiar era tiempo perdido, sus padre lo sacaron de la escuela sin haber aprendido ni siquiera a leer, y le colocaron como aprendiz de zapatero. Pronto se mostró absolutamente incapaz para este oficio, por lo que el zapatero lo echó enseguida.

Recluido en su casa, le sobrevino entonces una penosa enfermedad. Su cuerpo se cubrió de llagas supurantes y muy dolorosas, que José soportaba con ejemplar paciencia, hasta que un buen día la Santísima Virgen vino a curarlo.

Pero lo que era excepcional era su piedad. Pasaba muchas horas en la iglesia arrodillado en oración. Su fervor lo hacía olvidarse hasta de comer, y muchas veces debían obligarlo a alimentarse.

De esta manera pasó su adolescencia.

La vocación

A los 17 años se sintió llamado a la vida religiosa, por lo que pidió ser admitido en la Orden de los franciscanos conventuales. Gracias a la recomendación de dos tíos suyos, que eran frailes en el convento, entró como lego. Pasaba tanto tiempo rezando y haciendo penitencia que descuidaba los oficios que se le asignaban, siendo muy pronto considerado un incapacitado hasta para fregar los platos… incapacitado para vivir en comunidad. Aunque todos reconocieron su bondad y humildad ‒por lo cual era querido por todos‒, no tardó mucho en ser echado del convento.

Después de este primer intento José pensó en una orden más austera. En 1960 solicitó ser recibido por los capuchinos en Martina. El ambiente de pobreza y recogimiento de aquella casa encantó al joven, y los religiosos también estaban muy impresionados de su humildad, amabilidad, amor a la oración y penitencia, por lo que pronto fue recibido como hermano lego.

Enseguida llegaron rumores malintencionados sobre el joven: que era un holgazán y una calamidad para todo… Por ello lo sometieron a pruebas, confirmando que la santidad del postulante no era sólida. Parecía que le sobraba oración y le faltaba obediencia, pues no atendía a las tareas que se le encomendaba, y lo que hacía, lo realizaba al revés. Comprobaron igualmente su torpeza intelectual, y al verlo aquejado de raras enfermedades en los ojos y rodillas, lo despidieron del convento a los ocho meses de su llegada.

José se vio desamparado y buscó refugio en la casa de un tío suyo muy rico, pero este se negó rotundamente a ayudar a un «bueno para nada».

Regreso a casa

Fracasado y humillado se vio forzado a regresar a la miseria y el desprecio de su casa, encontrando al llegar que su padre había fallecido, y que los acreedores de éste querían ponerlo a él en la cárcel, para saldar las deudas contraídas por la familia, aunque no llegó a ocurrir.

Por supuesto, su madre no tuvo el menor placer al ver regresar a semejante “inepto” y, para deshacerse de él lo más pronto posible, lo envió a su hermano, un fraile franciscano, que se encontraba predicando en ese momento en Vetrara, al que rogó y suplicó con gran insistencia, lo admitiera en su convento.

Cambio no imaginado

El buen fraile, informado sobre el pasado de su sobrino, lo recibió con mal talante, pero compadecido al ver la humildad del joven se animó a recomendarlo en la casa de franciscanos de Santa María de Grottella, donde fue admitido como oblato en 1621. Se le dio un hábito de terciario y comenzó a trabajar en los establos.

Su humildad, su dulzura, su amor por la mortificación y la penitencia, fueron apreciados como oro de santidad ‒encubierto bajo las deficiencias del joven‒ por  aquellos hermanos, religiosos de mucho espíritu, de manera que se granjeó tanto el afecto y el respeto de los mismos.

Al parecer, fue entonces cuando se produjo un cambio radical que nadie habría imaginado. Comenzó entonces a realizar con notable destreza todas las tareas manuales que se le encomendaban, y en 1625 la comunidad, por votación unánime, lo admitió como novicio, ciñéndole el cinturón franciscano.

Preparándose para el sacerdocio

Fray José fue tonsurado, y enseguida lo emplazaron a estudiar para prepararse para el sacerdocio. Se veía obligado a dedicar muchas horas al estudio, pero sus facultades intelectuales no respondían al esfuerzo que hacía. Cada examen era para él un martirio y un rotundo fracaso.

Como contrapartida, el progreso en su virtud era tan extraordinario, compensando las carencias, que en 1626, al terminar su noviciado, sus superiores decidieron concederle la profesión, y hasta le dispensaron de los exámenes para que don Jerónimo de Franchis, Obispo de Nardó le otorgara, a principio de ese año, las órdenes menores y el subdiaconato.

Coincidencias agradables

Pero debía conseguir el diaconato, y sucedía que cada vez que iba a examinarse era absolutamente incapaz de responder a nada. Finalmente se presentó a uno de los exámenes finales. La única frase del evangelio que el pobre Fray José era capaz de explicar completamente bien, era aquella que dice: «¡Dichoso el seno que te llevó…!» (Lc 11, 17). Al comenzar la prueba, el jefe de los examinadores dijo: «Voy a abrir el evangelio, y la primera frase que salga, será la que tiene que explicar». Y salió precisamente la única frase que el Cupertino se sabía perfectamente, y lo explicó con tan devota elocuencia, que todos quedaron sorprendidos.

 

Salvando el trance

Para ser ordenado como presbítero José continuó estudiando, con enorme esfuerzo e idéntico resultado desastroso en el aprovechamiento.

Cuando llegó el examen definitivo, el obispo quiso examinar personalmente a los aspirantes. Temblando llegó a la sede episcopal con otros compañeros de claustro que tenían muchas más dotes que él, por lo que el contraste iba a resultar bochornoso. Pero la Santísima Virgen abogó nuevamente por el devoto joven.

Los primeros diez examinados por el obispo respondieron tan brillantemente todas las preguntas, que el prelado, creyendo que todos los aspirantes estaban a la misma altura, suspendió el examen cuando llegó el turno de fray José, diciendo: «¿Para qué seguir examinando a los demás si todos se encuentran tan formidablemente preparados?». Y de esta manera aprobaron todos, librándose José de Cupertino de cada catástrofe, por unas casualidades que fueron después atribuidas al designio de Dios.

El 18 de marzo de 1628 fue ordenado sacerdote.

Comienzo en su sacerdocio

Durante el ejercicio del sacerdocio atrajo pronto a multitudes de peregrinos. Sabía que no tenía cualidades especiales para predicar ni para enseñar, pero entonces suplía estas deficiencias ofreciendo grandes penitencias y muchas oraciones por los pecadores. Jamás comía carne ni bebía ninguna clase de licor. Ayunaba a pan y agua muchos días. Se dedicaba con gran esfuerzo y consagración a los trabajos manuales del convento ‒que era para lo único que se sentía capacitado‒.

Un caso único y raro. Desde el día de su ordenación sacerdotal, entraba en éxtasis casi diariamente, y con mucha frecuencia durante la Santa Misa, cuando estaba rezando los salmos de la Sagrada Biblia.

Concurrían en él curaciones milagrosas y sucesos sobrenaturales como no se conocen en cantidad en ningún otro santo.

En los éxtasis, lo pinchaban con agujas, le daban golpes con palos, y hasta le acercaban a sus dedos velas encendidas, y no sentía nada… Lo único que lo hacía volver en sí, era oír la voz de su superior que lo llamaba para que fuera a cumplir con sus deberes. Cuando regresaba de sus éxtasis pedía perdón a sus compañeros diciéndoles: «Excúsenme por estos ataques de mareo que me dan». Bastaba que le hablaran de Dios o del cielo para que se volviera insensible a lo que sucedía a su alrededor. Ahora se explicaban porque de niño andaba tan distraído y con la boca abierta.

Durante los 17 años que estuvo en el convento de Grotella sus compañeros de comunidad presenciaron 70 éxtasis de este santo.

El más famoso sucedió cuando 10 obreros deseaban llevar una pesada cruz a una montaña y no lo lograban. Entonces Fray José se elevó por los aires con cruz y todo, y la llevó hasta la cima del monte.

En una época de su vida, llegaron a ser tan frecuentes estos fenómenos que sus superiores tuvieron que excluirle del cargo de hebdomadario en el coro, pues en contra de su voluntad, interrumpía las ceremonias de la comunidad con sus vuelos cuando se encontraba en estado de éxtasis. Muchos enemigos empezaron a decir que todo esto eran meros inventos y lo acusaban de farsante.

Las levitaciones

Se conoce de más de 200 santos que experimentaron levitación. Este don extraordinario consiste en la elevación del cuerpo humano sin la participación de ninguna fuerza física. Se ha considerado como un regalo que Dios hace a ciertas almas muy espirituales. San José de Cupertino tuvo numerosísimas levitaciones, es decir volaba por los aires.

Ante los embajadores de España

Un día llegó el embajador de España con su esposa y mandaron llamar a Fray José a su palacio para hacerle una consulta espiritual. Este llegó corriendo. Pero cuando ya iba a empezar a hablar con ellos, vio un cuadro de la Virgen que estaba en lo más alto del edificio, y dando su típico pequeño grito, se fue elevando por el aire hasta quedar frente al rostro de la sagrada imagen. El embajador y su esposa contemplaban emocionados semejante suceso que jamás habían visto. El santo rezó unos momentos. Luego descendió suavemente al suelo, y como avergonzado, subió corriendo a su habitación, y ya no bajó más ese día.

En Ósimo, donde el santo pasó sus últimos seis años, un día los demás religiosos lo vieron elevarse hasta una estatua de la Virgen María que estaba a tres metros y medio de altura, y darle un beso al Niño Jesús, y allí junto a la Madre y al Niño se quedó un buen rato rezando con intensa emoción, suspendido por los aires.

Prohibición de aparecer en público

Como estos sucesos tan raros podían producir verdaderos movimientos de exagerado fervor entre el pueblo, los superiores le prohibieron celebrar misa en público, ir a rezar en comunidad con los demás religiosos, asistir al comedor cuando estaban los otros allí, y concurrir a las procesiones u otras reuniones públicas de devoción.

En Roma

La fama de tales portentos aumentaba cada vez más, y de todas partes acudían al convento donde residía el frailecito de Cupertino, por lo que el padre ministro general de los conventuales, fray Juan B. Berardiceldo, decidió llamarle a su residencia de Roma. Recibiéndole  con cautela, dio órdenes para que se le aposentara en la más apartada celda de aquel convento.

Todo fue en vano. Los éxtasis y los milagros se multiplicaron, y las más altas dignidades eclesiásticas se preocupaban de ver al taumaturgo. Hasta el mismo Papa manifestó deseos de conocerlo y, conducido por el padre ministro general, fue recibido en audiencia particular por el papa Urbano VIII. Pero hete aquí que, nada más ver al Vicario de Cristo, se quedó extático fray José y en suave levitación, permaneció suspenso en el aire por largo rato, hasta que su superior le mandó que descendiera. Al terminar la audiencia el Papa dijo al general: «Si este fraile muriese durante nuestro pontificado, Nos mismo daríamos testimonio de lo sucedido hoy».

Tan extraordinario fenómeno místico llegó a ser cosa corriente en la vida de fray José. Parecía como que su mortificada carne estuviera ya exenta de las leyes ordinarias de la gravitación y, en cuanto una idea u objeto le recordaba algo divino, sus sentidos se enajenaban y el cuerpo ascendía por los aires, a veces hasta unirse con la imagen, que le atraía como suave imán, pasando por encima de las velas encendidas, sin que sus llamas quemaran el pobre sayal.

Ante el Tribunal

Una vida tan extraordinaria y tales hechos taumatúrgicos originaron envidias, habladurías y rumores calumniosos, que llegaron hasta las oficinas curiales. Algunos miembros del clero y de la nobleza de Giovinazzo, donde tuvo levitaciones en la catedral y en el monasterio de San Juan Bautista, lo denunciaron ante el Santo Tribunal de la Inquisición, que funcionaba en Nápoles.

Tremenda y afrentosa era esta prueba, ya que este Tribunal se cuidaba de extirpar la plaga de herejes y hechiceros. Los inquisidores tomaron cartas en asunto de tanta resonancia en la provincia de Bari y citaron a juicio al acusado. El Santo fue obligado a abandonar el convento de la Grotella el 21 de octubre de 1638, para acercarse a Nápoles, con el fin de responder acerca de los éxtasis y vuelos que le acompañaban.

Harto prolijo y a fondo debió ser el examen, ya que duró dos semanas y le dedicaron tres largas sesiones, indagando su género de vida y preguntándole sobre las cuestiones teológicas más debatidas entonces, a todo lo cual respondió con una seguridad y acierto asombrosos. Más aún, pues allí mismo verificó un milagro, ya que le mandaron leer en un breviario las lecciones históricas de Santa Catalina de Siena, que contenían un error histórico y, no viendo lo que tenía ante sus ojos, hizo por tres veces una lectura correcta y exacta.

El 29 de noviembre, en el segundo interrogatorio, ante la presencia de los propios jueces inquisitoriales, en la capilla del monasterio femenino de San Gregorio de Armenia, se repitieron éxtasis y vuelos.

Nada encontraron aquellos doctos y ecuánimes jueces que fuera censurable o erróneo en fray José, por lo que proclamaron su inocencia y sabiduría, pues era evidente que tenía ciencia infusa.

Las actas del proceso napolitano fueron enviadas a Roma, al Santo Oficio, quien las estudió y discutió en presencia del Papa Urbano VIII. La Congregación del Santo Oficio absolvió al Santo de la imputación de santidad fingida y de abuso de credulidad popular, pero el 18 de febrero de 1639 le prohibía que volviese al convento de la Grotella, obligándole a residir en un lugar donde pudiese ser vigilado fácilmente por algún miembro del tribunal, y donde viviese alejado de la relación con los seglares. Desde este momento hasta su muerte va a ser atentamente observado por ellos.

Más prodigios

En 1639 fue destinado al observante convento de Asís, donde le sobrevinieron graves crisis de aridez espiritual y lúbricas tentaciones, a lo que se juntaron otras penosas enfermedades y humillaciones. Pero cuando su general le volvió a trasladar a Roma en 1644, se le acabaron todas estas pruebas y comenzó otra serie de compensaciones gloriosas que continuaron después, al retornar a vivir junto al sepulcro de su padre. Allí prodigó los milagros, compuso discordias, purificó las costumbres y evitó una sangrienta revuelta, por todo lo cual llegó a merecer que las autoridades y el pueblo le proclamasen hijo adoptivo de aquella histórica ciudad, perla de la Umbría.

Otros dones

En la vida de San José de Cupertino podemos ver cantidad de dones con los que el Señor adornó su humilde y piadosa alma. Es un santo en el que Dios derramó tanta abundancia de dones sobrenaturales que son incontables.

El Padre José nunca aceptó ningún mérito por sus milagros, siempre se los acreditaba a su Madre María, a la cual siempre tuvo una gran devoción.

Los animales sentían por él un especial cariño. Pasando por el campo, se ponía a rezar, y las ovejas se iban reuniendo a su alrededor y escuchaban muy atentas sus oraciones. Las golondrinas en grandes bandadas volaban alrededor de su cabeza y lo acompañaban por cuadras y cuadras.

Fue elegido por sus Superiores a exorcizar demonios, lo cual él se consideraba indigno de hacer, y utilizaba esta frase: «Sal de esta persona si lo deseas, pero no lo hagas por mí, sino por la obediencia que le debo a mis superiores». Y los demonios salían.

También tenía el don de leer los Corazones, era buen confesor y cuando un alma se acercaba a confesarse él se podía dar cuenta de lo que a esta alma le atormentaba.

El don de Bilocación ‒estar en dos lugares al mismo tiempo‒. Cuando su madre estaba muriendo en el pequeño pueblo de Cupertino, José se encontraba en Asís y percibió la necesidad de su madre. Una gran luz entró por el cuarto de la señora, era San José de Cupertino que había llegado. Su madre al verlo exclamó «!Oh, Padre José, oh, mi hijo!», y murió instantáneamente. Cuando sus superiores le preguntaron por qué estaba llorando tan amargamente, él contestó porque su madre acababa de morir. Hay muchos que atestiguan que el Padre José asistió a su madre en Cupertino.

Multiplicaba panes, miel, vino, y cualquier comida que se le ponía enfrente.

El don de Sanación. Le recobró la vista a un ciego al ponerle su capa sobre la cabeza. Los mancos y cojos eran sanados al besar ellos el crucifijo que él ponía delante de ellos. Hubo una plaga de fiebre muy alta y los enfermos eran curados al hacerle la señal de la Cruz sobre su frente, bajándole la fiebre hasta la temperatura normal. Con la señal de la cruz, resucitaba muertos.

Tuvo el don de profecía, predijo el día y la hora de la muerte de los Papas Urbano VIII e Inocencio X.  Predijo el ascenso al trono de Juan Casimir.

Tuvo también el don de tocar corazones hacia la conversión. El más conocido ejemplo fue el del Príncipe John Federick, un luterano, que a los 25 años de edad fue a Asís con dos escoltas, uno católico y otro protestante. Entraron a la iglesia donde el Padre José celebraba la santa misa, y a la hora de la consagración, cuando el padre quiso partir la hostia, esta estaba tan dura como una piedra y tuvo que devolverla a la patena. El Padre José comenzó a llorar de dolor y a levitar a unos tres pies de altura. Cuando regresó al altar trató otra vez de partir la hostia y, haciendo gran esfuerzo lo logró.

Más tarde, cuando los superiores le preguntaron por qué había demorado tanto para partirla, él respondió: «Mis queridos hermanos, la gente que asistió hoy a misa tienen el corazón demasiado duro, por eso el Cordero de Dios se endureció en mis manos y no podía yo partir la Hostia Consagrada».

Al día siguiente regresó el príncipe con los dos hombres a la misa y, cuando el Padre José elevó la Hostia, la cruz de la Sagrada Hostia cambió a negra. Causándole gran dolor y llorando empezó a levitar junto con la Sagrada Hostia por 15 minutos. El milagro del Padre José levitando con la Hostia en alto conmovió el corazón del príncipe a convertirse a la Fe Católica, igual que sus acompañantes.

Nadie se hace santo por tener dones sino por entregarlos amorosamente al servicio de Dios.  La humildad del Padre José era constantemente probada. Un día un hombre arrogante le dijo: “Impío, hipócrita, no por ti, pero por el hábito de religioso que llevas tengo que respetarte. Yo creería en todo lo que haces si con la señal de la cruz sobre mi yaga me sanas”. Él contestó: “Todo lo que has dicho de mi es completamente cierto” y haciendo la señal de la Cruz sobre las llagas quedaron sanadas totalmente.

Las pruebas

Esta serie de éxitos ruidosos despertó otra de nuevas contradicciones y hasta de diabólicas venganzas.

En cierta ocasión, caminando a caballo de uno a otro convento, al pasar por un estrecho puente, la furia infernal espantó a la noble bestia y el jinete cayó al río; pero lo maravilloso fue que fray José salió del agua tranquilamente con el hábito seco. Contaba después este lance con su ordinaria sencillez, diciendo que fue el diablo quien le dio un empujón, exclamando: «¡Muere aquí, fraile hipócrita, abandonado de Dios!»; pero que él le había respondido: «En todo momento quiero esperar en el Señor, que siempre me ayuda, y no habrá quien me haga desconfiar de Él…».

Exilio entre los capuchinos de Pietrarubbia

También fue una nueva persecución la suscitada en Roma contra el Santo de Cupertino. Cuando subió al solio pontificio Inocencio X, decidió acabar de una vez con todas las disputas que había en torno a los hechos portentosos de fray José, para esclarecer la verdad y evitar posibles amaños, y para librar a los conventuales de Asís de calumniosas maledicencia, mandó que se le recluyera en el escondido convento de San Lázaro de los capuchino Pietrarubbia (Macerata), con la obligación de permanecer entre dichos religiosos como prisionero. No podía salir de su celda, excepción hecha para celebrar o escuchar la Santa Misa. Le estaba prohibido hablar con cualquier persona, excepto con los frailes del eremitorio, y no podía ni escribir ni recibir cartas.

Sus Misas duraban normalmente dos horas, por lo que el guardián del convento estaba preocupado por la cera que gastaba. Un día San José de Cupertino le puso la mano sobre el hombro y le dijo: «¿Y te preocupas de esto, mi padre guardián? ¡Déjame obrar a mí. Mañana enviaré a pedir limosna a mi viejete!». Se refería a San Félix de Cantalicio. Al día siguiente trajeron dos grandes cirios semejantes a los consumidos. El Santo dijo sonriendo al guardián: «¡Cuánto nos quiere este viejete!».

Pero al repetirse como en Asís los fenómenos místicos, mucha gente acudía a Pietrarubbia, para encontrarse con el Santo, por lo que en septiembre del mismo año 1653, fue trasladado nuevamente. Preguntaba a los enviados de la Inquisición: «¿Dónde me lleváis?». Pero no obtenía respuesta. Y José insistía: «¿Estará Dios allí donde me lleváis?». Y ante la obvia respuesta, decía sonriendo: «¡Entonces, vamos alegremente! ¡El Crucificado nos ayudará!».

Secretamente lo condujeron al eremitorio de Fossombrone, también capuchino, obligándole a las restricciones impuestas en Pietrarubbia, aunque suavizadas por el aprecio fraterno con que le acogieron los capuchinos, que gozaron de sus éxtasis y de su alegre serenidad.

Esto motivó un nuevo traslado a Fesonbrone, pero continuaron allí los prodigios del taumaturgo igual que antes.

Traslado a Ósimo

Tres años después de vivir entre los Capuchinos, los padres conventuales lograron que se permitiera al discutido fraile retornar a vivir entre sus hermanos de la primitiva Orden.  El nuevo Papa, Alejandro VII, decretaba el 12 de junio de 1656 la restitución del fraile a su Orden.

En principio se había pensado devolverlo al Sacro Convento de Asís. Expuesto el proyecto al Papa, respondió: «No lo queremos en aquel Santuario. Basta allí con San Francisco para atraer la veneración de las gentes de todas las partes». Se le destinó al convento de San Francisco de Ósimo (Ancona). Al conocer la buena noticia, el Santo dijo a los que tenía a su alrededor: «¡Ahora muero contento, porque muero entre mis frailes!». Llegaba a su nueva casa el 9 de julio de 1656. Aquí vivió por espacio de siete años. Fue una bendición para el convento y para la ciudad de Ósimo, a pesar de que el pueblo sólo le conocía por lo que se decía de él.

Sin embargo, ahí fue más estricta su reclusión y sólo a muy contados religiosos se les autorizaba a visitarle en su celda. En medio de todo aquel rigor y hasta el fin de sus días, tuvo el consuelo cotidiano de las manifestaciones sobrenaturales y se puede decir que, si bien los hombres le abandonaron, Dios se estrechaba cada vez más íntimamente con él.

Últimos días

Desde que llegó a la que iba a ser su última morada, hasta que enfermó en ella el 10 de agosto de 1663, puede decirse que pasó el ocaso de su vida en un continuado y dulcísimo rapto. Hubieron de separarle de la comunidad y señalarle un oratorio interior, para que celebrase con sus extraordinarios fervores el santo sacrificio, que solía durar casi una hora.

El día de la Asunción de la Virgen en el año 1663, un mes antes de su muerte, celebró su última misa. Y estando celebrando quedó suspendido por los aires como si estuviera con el mismo Dios en el Cielo. Muchos testigos presenciaron este suceso.

El don de profecía, que había mostrado antes en favor de otros, sirvióle también entonces para conocer la proximidad de su muerte.

Preparóse para el trance final con singular fervor, y pidió él mismo que le administrasen los últimos sacramentos.

Aunque yacía consumido por la fiebre en su pobrísimo lecho, al sentir el toque de la campanilla que anunciaba la proximidad del viático, como impulsado por el resorte de su amor, dio su postrer vuelo para salir, de hinojos sobre el aire, al encuentro de Jesús, exclamando: «¡Oh, véase libre cuanto antes mi alma de la prisión de este cuerpo, para unirse con Vos!».

Después entró en suave agonía, fijos los ojos siempre en lo alto y repitiendo el Cupio dissolvi… (Flp 1, 23: «Deseo partir y estar con Cristo…») ¿Qué contemplaría entonces quien durante su vida disfrutó de tan dulcísimos raptos?… Sólo sabemos que sus últimas palabras fueron: «Monstra te esse Matrem», del himno a la Virgen Ave, Maris Stella.

A las doce menos cuarto del martes, 18 de septiembre de 1663, con el rostro iluminado y una larga sonrisa en los labios, entregaba su espíritu a Dios este fino amante de María, a la edad de sesenta años. Aquel perfume milagroso y celestial, que tantas veces había descubierto su presencia en los recovecos de los conventos, se difundió por todas partes y duró en su celda más de trece años.

Sepultura, beatificación y canonación

Fue sepultado en la capilla de la Inmaculada de la iglesia conventual de San Francisco de Ósimo, cumpliéndose así la profecía del “Haec requies mea”, preanunciada siete años antes por él, después del largo y doloroso exilio. Muy pronto comenzaron a manifestarse sobre su sepulcro numerosos milagros, que incrementaron la devoción popular, y condujeron a José de Cupertino al honor de los altares.

El Papa Benedicto XIV que era rigurosísimo al aceptar milagros, estudió cuidadosamente la vida de José de Cupertino y declaró: «todos estos hechos no se pueden explicar sin una intervención muy especial de Dios». Lo beatificó, el 24 de febrero de 1753, y Clemente XIII lo canonizó, el 16 de julio de 1767.

 

Tumba del santo

Culto y devoción

Su fiesta se celebra el 18 de septiembre. Es invocado como patrón de los estudiantes y, de manera especial, en los exámenes. Esta devoción es reciente. Comenzó en la iglesia franciscana conventual de San Lorenzo Mayor de Nápoles. Luego la propagó en Francia el Abbé La-Fontaine, quien preparó una novena. A su muerte mantuvieron la devoción los Capuchinos de París, quienes publicaron una vida del Santo. A partir de 1900 ha sido el convento de Ósimo el que ha continuado esta devoción.

José de Cupertino no es un Santo que apoye la pereza de los estudiantes, ni un amigo de los “asnos”, ni un colaborador con los deshonestos, más bien es un intercesor y cooperador con quien quiere construir su carrera con el recto uso de las propias fuerzas físicas y espirituales.

Lugares de peregrinación para los devotos del Santo son: Ósimo, en cuya Basílica se conserva su cuerpo; Cupertino, su ciudad natal, con dos centros de devoción, el Santuario que levantó la ciudad sobre la cuadra que le vio nacer y la casa paterna, y el convento de la Grotella, iglesia muy frecuentada por los cupertinianos; Asís, en el Sacro Convento, donde se conservan las habitaciones donde estuvo prisionero el Santo de los vuelos.

Texto adaptado de las siguientes fuentes:

‒ http://www.pazybien.org/03_QuienesSomos/03_personajes/03_sanJose.php        por Fray Valentín Redondo

‒ El Testigo Fiel:  http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=3381    Fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

‒ http://www.franciscanos.org/bac/josecopertino.html    José María Feraud  García, San José de Cupertino, en Año Cristiano, Tomo III, Madrid,  Ed. Católica (BAC 185), 1959, pp. 716-723.

‒ http://es.catholic.net/santoral/articulo.php?id=517                  Fuente: www.EvangelioDelDIA.org

‒ http://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_de_Cupertino Bibliogafía: Teología de la perfección cristiana. Fr. Antonio Royo Marin, O.P. Doctor en teología y profesor de la pontificia facultad del convento de San Esteban. Año MCMLVIII. ed. La Editorial Católica S.A apartado 466

‒ http://www.sanjosecupertino.galeon.com/biografia.htm Tomado del Libro “Vidas de Santos” del P. Eliécer Sálesman

‒ Mensaje de Juan Pablo II con motivo del IV centenario del nacimiento de San José de Copertino   Franciscanos.org

‒ http://www.corazones.org/santos/jose_copertino.ht                                                      Ver también: Franciscanos.org

‒ http://www.arcangelrafael.com.ar/ocupertino.html

‒ http://sanjosedecupertino.co/ Cadena de oración

 

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Oración a San José de Cupertino

Oh Dios, que dispusiste atraerlo todo a tu unigénito Hijo, elevado sobre la tierra en la Cruz, concédenos que, por los méritos y ejemplos de tu Seráfico Confesor José, sobreponiéndonos a todas las terrenas concupiscencias, merezcamos llegar a El, que contigo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.”

Oración para el Estudio “Querido San José de Cupertino, purifica mi corazón, transfórmalo y hazlo semejante al tuyo, infunde en mí tu fervor, tu sabiduría y tu fe. Muestra tu bondad ayudándome y yo me esforzaré en imitar tus virtudes.

Amable protector mío, el estudio frecuentemente me resulta difícil, duro y aburrido.Tú puedes hacérmelo fácil y agradable. Esperas solamente mi llamada. Yo te prometo un mayor esfuerzo en mis estudios y una vida más digna de tu santidad.

 

ORACIÓN Y NOVENA PARA TENER ÉXITO  EN LOS ESTUDIOS

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