Skip to content

Fenelón – Arzobispo de Cambrai

Oleo de Fenelón

UNA BIOGRAFÍA DE FENELÓN

Un lugar, la campiña, a pocos kilómetros de la ciudad de Bergerac en el suroeste de Francia, en una zona llamada Perigord. El 6 de agosto del año 1651 nació Francois de Salignac de La Mothe—Fenelon. La historia le rememora como Francois de Fenelon, o bien —más sencillo— como Fenelon. Cuando nació, su padre ya era bastante anciano, así que Fenelon se convirtió en el centro de atención de este hombre maduro.

Hasta que cumplió 12 años, Fenelon permaneció en su casa recibiendo una típica educación católica. Abandonó su hogar más o menos con esa edad para enrolarse durante un breve periodo en la Escuela de Cahors. Ejerció una gran influencia en la vida de Fenelon la figura de su tío, el Marqués Antoine de Fenelon —obispo de Sarlat— quien tomó buena nota del temperamento sensible de Fenelon y del potencial de este jovenzuelo. Con gran visión, su tío aconsejó que se trasladara a París y continuara su educación allí.

Ya en París, Fenelon entró en la Escuela du Plessis donde, poco después, se destacó entre sus compañeros de clase como un estudiante que poseía un don inusual de elocuencia y discurso.

Es curioso notar que en los años que siguieron la senda de Fenelon se habría de cruzar una y otra vez con la de un sacerdote católico llamado Bossuet. Hubo una similitud en las vidas de ambos, aún desde su temprana juventud. Al igual que Bossuet, con quince años permitieron que Fenelon diera su primer sermón. Al igual que Bossuet, enseguida atrajo la atención cautivando a las personas con sus maneras y su erudición. No obstante, Fenelon, quizás por la sabiduría de su tío Antoine, fue puesto a salvo de los halagos que conllevaba ser el talón de Aquiles de Bossuet. ¿Cómo fue rescatado el joven Fenelon del orgullo de la juventud? El Marqués de Fenelon hizo trasladar a su joven sobrino al Seminario de Saint—Sulpice. De hecho, empezó a estudiar en una sección de la escuela llamada el Petit Seminarie. Esto sucedió en el año 1672, y Fenelon contaba con 21 años.

Varios sucesos de vital importancia le aguardaban a Fenelon en Saint—Sulpice. El primer ingrediente de cierta influencia que se adentró en su vida fue un hombre llamado Tronson, el director del seminario. Este hombre se convertiría en el amigo y consejero más cercano y querido de Fenelon.

Había una peculiaridad única que caracterizaba al seminario de Saint—Sulpice. Mantenía una larga y muy fructífera relación con Canadá. Desde Saint—Sulpice habían partido un gran número de jóvenes sacerdotes (hoy los llamaríamos misioneros) para convertir a la fracción francesa del nuevo mundo. (Recuerda que en aquel entonces la parte occidental de Canadá era de habla francesa.) En breve surgió el deseo en Fenelon de acudir a esta zona y tomar a sus espaldas la causa de esta misión. Su tío se opuso. Fenelon cedió, dedicándose a los estudios hasta el momento en que fuera ordenado en el sacerdocio. Tras la conclusión de sus estudios en el seminario continuó sus andaduras en la parroquia de Saint—Sulpice.

El trabajo de Fenelon se desarrollaba casi en exclusiva entre los pobres, los enfermos y los muy pecaminosos. Pero no fue hasta 1675 que se quitó la idea de la cabeza del campo misionero. En aquel entonces su ambición era ir a Grecia. De nuevo renunció a su sueño, probablemente en deferencia hacia su tío.

Para entender lo que sucedió a continuación debemos conocer algo de la historia de Francia durante aquel periodo. El noventa por ciento de Francia era católica, y el otro diez por ciento protestante, haciéndose referencia a los protestantes como Hugonotes. Bajo el auspicio de Luis XIV, los Hugonotes habían estado experimentando una persecución cada vez mayor.

Algunos años atrás, en 1634, se había constituido en París una comunidad formada por mujeres Hugonotes que habían dejado la fe protestante y se habían unido a la iglesia Católica. Estas protestantes convertidas a católicas se llamaban las Nouvelles Catholiques. En torno al año 1678, Fenelon fue designado para dirigir esta comunidad. Su trabajo consistía en adoctrinar a estas mujeres en la fe Católica, y durante los 10 años siguientes se dedicó de pleno a esta tarea.

Durante este periodo de su vida Fenelon desarrolló una estrecha relación con algunos amigos piadosos. Uno de estos amigos íntimos fue el Duque de Beauvilleiers, un hombre destinado a desempeñar un papel formativo en la vida de Fenelon.

La esposa del Duque era madre de ocho hijas, y Fenelon se convirtió en algo que los Católicos denominaban Director Espiritual, o Guía Espiritual, para toda la familia. De esta experiencia habría de surgir el primer libro de Fenelon, una obra a la que se le dio mucho bombo en el mundo de la lengua y de las costumbres francesas. Se llama Tratado sobre la Educación de las Muchachas.

Y ahora se abre una página muy oscura en la historia de Francia. En octubre de 1685 Luis XIV revocó algo denominado El Edicto de Nantes (1598), que protegía a los protestantes de Francia y les otorgaba cierta medida de libertad religiosa. Durante años, Luis XIV había estado hostigando de una forma paulatina a los Hugonotes. De hecho, la razón presentada para derogar el Edicto de Nantes era que quedaban tan pocos protestantes en Francia que la ordenanza ya no tenía sentido alguno. (Bajo ningún concepto era cierto.)

La persecución se extendió. Decenas de miles, y por último cientos de miles de protestantes, huyeron de Francia. Los historiadores han calificado este hecho como quizás la mayor metedura de pata de un monarca en toda la historia de Europa. Los protestantes, como la historia hubo de revelar, eran la fuerza cohesiva y cristalizadora del comercio de Francia. Los negocios de banca, la contabilidad, de hecho casi toda credibilidad de la comunidad financiera, y gran parte de los negocios de transacciones de Francia, descansaban sobre la honestidad de los Hugonotes. Cuando los Hugonotes hicieron su éxodo desde su tierra natal algo del genio de Francia se esfumó tras ellos.

Fue en esta época (1685) que la más poderosa figura religiosa de Francia, Bossuet, recomendó que se enviara a Fenelon al área más problemática de Francia, los duros distritos protestantes de Poitou y Saintogne. Allí prevalecían la persecución y la confusión y se mascaba la rebelión en el aire. El rey, que casi siempre hacía cualquier cosa que Bossuet sugiriera en asuntos religiosos, despachó a Fenelon a esta zona. Fenelon estuvo de acuerdo pero añadió una cláusula de lo más pintoresca. No debía ser acompañado por tropas militares, sino que más bien iría a desempeñar una obra en son de paz y de misericordia. Era una tarea para la que estaba bien preparado por su carácter y por la experiencia que extrajo junto a las Nouvelles Catholiques de París. Los mandos militares debían retirarse de cualquier área en la que Fenelon tuviera jurisdicción.

Fenelon entendía la mentalidad protestante.

Una historia ilustra como este hombre se abría camino a través de la imposible situación que se desenvolvía en Saintogne. Un católico devoto acudió a Fenelon para que atendiera a un pariente suyo, un “hereje” protestante que agonizaba. Durante el camino Fenelon compuso una oración que, según nos cuentan, ambos —un hereje protestante y un obispo católico— ¡rezaron juntos!

Tú sabes, mi Salvador, que deseo vivir y morir en la Verdad; perdóname si estaba equivocado.

A medida que pasaba el tiempo, tanto los Hugonotes como los católicos se quedaron impresionados por la forma en que se desenvolvía en su trabajo. Se decía que aunque los protestantes no se convertían, se quedaban encandilados con su manera de ser. Quizás, aunque de mala gana reconocido, parecía que incluso se había llegado a ganar su estima y admiración. El éxito de Fenelon en Poitou hizo que, por primera vez, la opinión pública empezara a centrarse en este hombre y su ministerio.

En agosto de 1689, cuando Fenelon tenía 38 años, se le concedió uno de los cargos de mayor influencia que pudiera recaer sobre un francés. Luis le designó como Preceptor del Duque de Burgundy. Ese título puede que no signifique mucho para cualquiera que no esté al tanto de la historia de Francia. Pero entendemos mejor las implicaciones cuando nos damos cuenta de que a Fenelon le dieron la tarea de educar, con todos sus efectos prácticos, al joven que habría de suceder a Luis XIV en el trono de Francia. Ahora Fenelon se encontraba en el círculo interno de influencia de Francia. También tenía que llevar a cabo una de las tareas más difíciles que pudiera imaginarse, ya que el joven Duque era terrible. ¿Podría Fenelon manejarle?

Un contemporáneo de Fenelon nos ha legado la siguiente descripción de la apariencia de Fenelon. Leerlo nos ayuda a entender un poco mejor el magnetismo de este hombre.

“Este prelado era un hombre delgado y alto, de buena constitución, pálido, con una larga nariz de la cual fluían como un torrente fuego y talento, una fisonomía como nunca he visto en ningún otro hombre y que, una vez se contemplaba, no podía olvidarse. Lo combinaba todo, y las mayores contrariedades no originaban una pérdida de armonía. Una conjunción de seriedad y alegría, gravedad y cortesía, el hombre de conocimientos, el obispo y el gran señor; los caracteres predominantes, como en todo lo referente a él, refinados, intelectuales, con gracia, modestia, y por encima de todo, nobleza.

Era difícil sacarle los ojos de encima. Poseía una natural elocuencia, gracia y finura, y una cortesía de lo más insinuante, mas noble y oportuna; una fácil, clara y agradable dicción; un maravilloso poder para explicar el asunto más difícil con un talante lúcido y preclaro. Era hombre que nunca buscaba parecer más listo que aquellos con los que conversaba, que se rebajaba sin darse cuenta a su propio nivel, poniéndose a su alcance, y, así cautivándote, no podía uno dejarle ni desconfiar de él, ni evitar pretender de nuevo su presencia.”

Otro contemporáneo describe a Fenelon de esta manera:

“… uno de esos hombres extraños, destinados a forjar una época en su tiempo, y a honrar a la humanidad tanto por su virtud como por sus cartas, en su exceso de talento, fácil, brillante, caracterizado por una imaginación fértil, graciosa y dominante, pero cuyo dominio nunca se dejaba sentir. Su elocuencia era cautivadora más que vehemente, y comandaba tanto por el embobamiento que ejercía en la sociedad como por la superioridad de sus talentos; siempre poniéndose al nivel de los otros, y nunca argumentando; parecía, al contrario, que se rendía a otros en el mismo instante que los convencía. Toda su apariencia estaba marcada con una noble superioridad, y una indescifrable y sublime simplicidad le otorgaba una especie de estampa de profeta a su carácter; la forma fresca, aunque natural, en que él mismo se expresaba, hacía que mucha gente creyera que lo sabía todo por inspiración. Casi daba la impresión de que hubiera inventado las ciencias en vez de adquirirlas. Siempre era original, siempre creativo, no imitaba a nadie, y él mismo era inimitable.”

De él se ha dicho que era un hombre muerto a la vanidad.

Uno de sus contemporáneos apuntó: “Nunca le pude ver hablarle a alguien con brusquedad, ni que yo haya sabido se ha escapado de él una palabra recriminatoria o de desprecio.” Y otro observador ofreció esta crítica de Fenelon:

“Le he visto adaptarse en poco espacio de tiempo a todas las clases sociales, asociándose con los grandes y usando su estilo, sin pérdida alguna de dignidad episcopal, y luego volverse a los pobres y jóvenes, como un amable padre enseñando a sus hijos. No había esfuerzo o emociones en su presteza para ir del uno al otro; parecía como si su mente abrazara de forma natural todas las variedades.”

A este hombre fue a quien se le encomendó la Hercúlea tarea de manejar a un niño violento y difícil de siete años. ¿Pero hasta qué punto era difícil este niño? ¡Aquí hay una descripción que se nos ha dejado acerca de este pequeño monstruo!

“Monseñor nació con esa disposición que a uno le haría temblar. Era tan apasionado que rompía los relojes cuando daban la hora que anunciaban alguna tarea poco bienvenida, y acometía en la más salvaje rabieta cuando la lluvia evitaba algún placer. Hacerle frente le volvía del todo furioso. A menudo he sido testigo de esto en su temprana niñez. Además, un fuerte apego hacía presa de él por cualquier cosa que se le prohibiera en mente o en cuerpo. Su potencial satírico era del todo mordaz, pues era listo y burlón, y pronto se adhería al lado ridículo de las cosas. Se entregaba a todo lo que le agradaba con una pasión violenta y con una cantidad de orgullo y altivez más allá de toda posible descripción; era fatídicamente presto en penetrar tanto en las cosas como en las personas, en ver la parte débil y razonar con mayor energía y profundidad que sus maestros. Pero, por otro lado, en cuanto la tormenta pasional concluía, la razón volvía y tomaba el control; veía entonces sus faltas y las reconocía, a veces con tal lamento que casi despertaba de nuevo la tormenta. Su mente era vivaz, presta, penetrante, resuelta a toparse con dificultades… literalmente hablando, trascendía en todo punto. La maravilla es que en un lapso de tiempo tan breve la devoción y la gracia hayan hecho de él un nuevo ser y hayan cambiado faltas tan temibles en las virtudes opuestas.”
Y aquí hay otra descripción del joven que, salvo por el milagro llamado Fenelon, estaba destinado a ser un tirano.
“Era intensamente cabezota, desesperadamente amigo de la buena comida, de la caza, la música, los juegos que eran peligrosos, no podía soportar que le dieran unos azotes; tenía una disposición a la crueldad, y miraba al resto de la humanidad como una raza inferior con la que no tenía nada en común. Incluso a sus hermanos, que supuestamente tenían que educarse tras los mismos pasos que él, los consideraba como meramente una especie de nexo de unión entre él mismo y la ordinaria raza humana.”

Y así fue que Fenelon se puso manos a la obra. Tenía que proporcionar al chico una educación literaria, pero su batalla cardinal era el fiero temperamento del muchacho. La paciencia y la gentileza, mano a mano de la firmeza, fueron las que empezaron a acorralar la furia de este niño salvaje que habría de convertirse en rey.

Cuando entraba en uno de sus malignos arrebatos, se daban instrucciones a toda la casa para acometer silencio. Nadie habría de hablarle si podía evitarse. Tenía que ser tratado con la humillante compasión que podría tenerse hacia un loco; sus libros y todo lo demás que tenía que ver con la parte constructiva de su vida tenían que ser puestos a un lado como algo inútil en este estado de ira.

Esta táctica tuvo un efecto paulatino sobre el muchacho. Rebosante de penitencia, a veces venía y se lanzaba con pleno afecto y confianza, mezclados con remordimiento de niño, sobre la inconmovible paciencia de su Preceptor. Un lazo crecía a su alrededor. Pronto Fenelon se ganó al muchacho y éste casi le adoró hasta el mismísimo día en que murió. Incluso llegó a ayudar a otros que intentaban conquistar sus defectos.

Durante los siguientes tres años que vivió en la corte de Luis XIV, Fenelon escribió dos obras más, El Diálogo de la Muerte, y Telémaco. (En la literatura francesa Telémaco está a la altura de alguna de las mejores obras de Shakespeare en la literatura inglesa. Su contenido ha hecho que algunos llamaran a Fenelon “la primera mente moderna.”) Así mismo, durante este mismo periodo, la única gran influencia de su vida adulta iba a hacer su entrada. Mientras estuvo en la corte del rey, Fenelon conoció a Jeanne Guyon. Ella habría de introducir a Fenelon hacia una más profunda relación con Jesucristo. Habrá de ser para su eterno reconocimiento que este poderoso e influyente hombre se humillara ante esta oscura mujer y recibiera de ella la guía que recibió.

¡Pero no esperes que un historiador secular esté de acuerdo con esa observación! Los historiadores seculares nunca han perdonado a Guyon que fuera la única mancha en la vida de Fenelon, ocasionándole la pérdida de la capa cardenalicia y un lugar en la historia francesa al lado de sus más grandes hijos.

Los sucesos empiezan ahora a desenvolverse con rapidez. Fenelon está tutelando al sobrino del rey, los honores del mundo y la admiración de Francia están sobre él. En 1693 es designado para ser miembro de la Academia Francesa. Al año siguiente, en base al aprecio por lo que Fenelon había hecho con su sobrino, Luis XIV le otorgó a Fenelon el cargo de Abad de Saint Valery. Un año después, en 1695, el Papa elevó a Fenelon al cargo propicio de Arzobispo de un área de Francia llamada Cambrai. (El Arzobispo está a un paso del Cardenal, ¡que está sólo a un paso del Papa!)

Pero justo en aquellos años Bossuet se declaró enemigo de Jeanne Guyon. El hecho es que las dos figuras religiosas más poderosas de Francia se hallaban en una senda cruzada. Fenelon era amigo de Guyon; Bossuet era su enemigo bajo juramento.

Fenelon no podía hallar nada incorrecto, ni en la vida de Guyon, ni en sus enseñanzas. Llegó incluso a ser su defensor, aún a sabiendas del grave peligro de cruzarse con el poderoso Bossuet.

En aquella época, ambos estaban trabajando en sus vidas privadas en un libro sin saber que el otro hacía lo mismo. Bossuet, sin saber nada del libro de Fenelon, le pidió a Fenelon que apoyara el suyo. El libro de Bossuet condenaba las enseñanzas de Jeanne Guyon, y Fenelon rehusó. Bossuet montó en cólera. No pasó mucho tiempo para que Bossuet hallara inaceptable, no sólo la enseñanza de Jeanne Guyon, sino peor aún el propio libro de Fenelon Máximas de los Santos. Bossuet estaba decidido a chocar espadas con su amigo Fenelon y acabar con él en la batalla. Así comenzó una de las mayores confrontaciones eclesiásticas que la historia de la iglesia haya jamás contemplado.

Bossuet publicó un libro acusando a Fenelon de acoger doctrinas contrarias a la verdadera fe y exigió a Fenelon que diera respuestas. Fenelon escribió un pequeño libro en su defensa. Bossuet escribió un libro denunciando a Fenelon, sus enseñanzas y su respuesta. Cada cual respondió con otro libro y después de aquello, ¡cada cual respondió a la respuesta con un libro más! La cuidad de París (al igual que Francia y buena parte de Europa) estaba con las orejas bien abiertas. Esta serie de libros, a manos de estos dos personajes, eran literalmente la boca de la mayor parte del continente. Estos pequeños libros aún se consideran obras de arte de la literatura. La historia de Francia lo compararía a los debates Lincoln—Douglas en los Estados Unidos. (Si eres británico, intenta imaginarte un duelo literario entre Shakespeare y John Locke.) Hasta el día de hoy, los escolares de Francia estudian este choque de titanes tanto en sus clases de historia como en literatura.

Luis XIV, se arrimó al hombre de Bossuet —como siempre—, prohibió a Fenelon vivir más tiempo en París y le despidió como Preceptor de su sobrino. La controversia explotó.

Bossuet exigió que se investigara a Fenelon. Todo el asunto aterrizó en el despacho del mismísimo Papa, ¡el mismo Papa que hacía poco se había quitado un grano con el tema de Miguel de Molinos!

Se dispuso un comité en el Vaticano para saldar la cuestión. Años le llevó a ese comité abrirse camino en la enredada maraña. Bossuet hizo gala de toda su influencia para demandar la peor de las condenas, y con ello terminó de empañar su sitio en la historia. El veredicto final extendido por el comité no vino a ser más que una palmadita en la mejilla de Fenelon. Bossuet estaba fuera de sí. El libro original, Máximas de los Santos, sólo fue condenado con moderaciones. La sentencia escrita final sobre el tema más bien fue un estudio sobre la bondad de una condena. El Papa mostró gran ternura y respeto hacia Fenelon. No obstante, el libro de Fenelon había sido denunciado, y al llegarle a noticias de esto Fenelon enseguida se retractó. (En los círculos católicos esto simplemente significa que renunció a sus propias enseñanzas.) Lo hizo bajo la firme creencia de que tenía que someterse al Papa y a la madre iglesia en todas las cosas.

Aunque se le permitió permanecer en su arzobispado, Fenelon fue desterrado a su diócesis.

Mientras tanto, Bossuet y Luis XIV se encargan de encerrar a Guyon en prisión, sin juicio y sin siquiera cargos en su contra. La influencia de Jeanne Guyon en la corte de Luis XIV e incluso sobre la vida religiosa de Francia había concluido. No obstante, las cosas que ella dijo, las cosas por las que abogó, y el testimonio de su vida, han tenido la mala costumbre de resucitar de vez en cuando una y otra vez. Para malo o para bueno, Guyon sencillamente nunca se ha ido “en paz.”

El ahora exiliado Fenelon dedicó el resto de su existencia a las obligaciones de su diócesis. Fue durante esta época que escribió la mayor parte de las cartas que encontrarás en este libro.

Desgraciadamente, pocos sermones suyos nos han quedado. Los escritos por los que mayormente se le recuerda son Máximas de los Santos, Telémaco, y sus cartas. (Sus obras sobre la educación de los niños se han olvidado por completo, pero sus conceptos están entrelazados, hasta el día de hoy, en la fábrica de la cultura occidental.)

En términos generales, sus cartas se consideran entre las más perfectas de su clase que pudieran encontrarse en francés. Más de un creyente ha hallado consuelo y beneficio en su meditabunda correspondencia. La verdad es que son cartas espirituales, y forman parte de la mejor correspondencia cristiana que jamás haya sido impresa sobre un caminar más profundo con Cristo.

Lo que no se supo hasta el siglo veinte en cuanto a Fenelon es que, años después de que Jeanne Guyon fuera liberada de prisión, ambos mantuvieron una correspondencia secreta. Clara evidencia de que ninguno de ellos abandonaron realmente ni sus creencias ni la práctica de su caminar con el Señor.

Es interesante destacar que los tres grandes nombres católicos de esta era (en lo que se refiere a los aspectos más profundos de la fe) —Molinos, Guyon y Fenelon— se apegaron a sus convicciones hasta el fin de sus vidas.

Quizás la mayor desilusión que afectara a Fenelon y a Guyon fue la muerte prematura del sobrino del rey, en 1712. Esperaban que este joven sucediera a Luis XIV y llevara a Francia a un verdadero testimonio de Jesucristo y quizás, soñaban ellos, desempeñara un importante papel en la reforma de la Iglesia Católica. La muerte del joven Duque fue, de hecho, un tiempo de tristeza que paralizó las esperanzas de toda una nación.

Dos años después Fenelon sufrió otra dolorosa pérdida. El amigo de Fenelon, el Duque de Beauvilleiers, murió en 1714. A Fenelon se le partía el corazón, sin saber que a él mismo sólo le restaban cuatro meses de vida, pues por aquel entonces la propia salud de Fenelon se resquebrajaba.

En noviembre de 1714, al cruzar un puente, uno de los caballos se asustó… el carruaje se desplomó boca abajo y Fenelon sufrió heridas. Cayó en cama con fiebres el 1 de Enero de 1715. Al final de la semana, el 7 de enero a las 5:15 de la mañana, Fenelon pasó al otro lado a la edad de 63 años.

Dos años después Jeanne Guyon, que era dos años mayor que él, también murió. Se cerraba una página de la historia de Francia. Atrás quedaba un elevado listón en devoción cristiana y fe experimental, pero para nuestro propio desconcierto su influencia parece que busca las mañas para levantarse de los muertos de cuando en cuando. Puede que hoy vivamos ese día.

Este texto figuraba en nuestro archivo digital desde hace varios años y no hemos podido determinar el autor.

Si alguien tiene el dato agradecemos lo haga llegar al equipo de “Hesiquia” :

lahesiquia@gmail.com

Enlace:

Aceptar la Cruz

A %d blogueros les gusta esto: