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Camino eucarístico

Carlos de Foucauld nace el 15 de setiembre de 1858 en Estrasburgo, Francia, en una familia rica y cristiana. Su beatificación, prevista para el 15 de mayo de este año, será reconfirmada en una próxima fecha por el nuevo Papa. Umbrales presenta este amplio testimonio de su vida y de su espiritualidad.

Carlos, huérfano de padre y madre antes de cumplir los 6 años, es un niño herido afectivamente. De su abuelo materno recibirá los dones de la simpatía y generosidad, el amor por su familia y el país y también el amor por el estudio, el silencio y la naturaleza.

 

Conoce el sufrimiento de la guerra de 1870 y la invasión de su ciudad. Se refugia en Nancy con su familia. Allí hace su Primera Comunión; lo sostiene la fe de su familia, especialmente de su abuelo y de su prima María, a quien admira mucho.

Durante su difícil adolescencia pierde la fe y tal vez para huir de la angustia que lleva en el fondo de sí mismo, se sumerge en una vida de placer y desorden. Como quiere ser militar entra en la Escuela de Saint Cyr. A los 19 años tuvo el dolor de la pérdida de su abuelo, algo se rompe en él y su vida se va a la deriva. Hace una carrera corta en el ejército, a los 22 años siendo oficial es enviado a Argelia. Dejó el ejército emprendiendo una riesgosa exploración en Marruecos. El testimonio de la fe musulmana, despierta en él una inquietud: “¿Existirá Dios?”

 

De regreso a Francia, se dedica a buscar a Dios: “Dios mío, si existes, haz que te conozca“. Era esa su oración yendo de iglesia en iglesia, buscando algo que le faltaba, o más bien, buscando a Alguien. Su prima le aconseja ir a ver al Abate Huvelin, y éste fue un encuentro decisivo. Una frase del abate le fascina: “Nuestro Señor tomó de tal modo el último lugar, que nunca nadie se lo pudo quitar”.

LA CONVERSIÓN
En octubre de 1886, a los 28 años se convierte. Fue en la Iglesia de San Agustín en París donde se confiesa y reconoce a Dios como el Absoluto. Progresivamente descubre que seguir a Jesús, amarlo apasionadamente, es hacerse como Él, cercano a aquellos que están lejos, a los más abandonados. La conversión es el acontecimiento fundamental que lo explica todo, es un encuentro personal, que transforma la vida; un encuentro con alguien vivo, que está presente, Jesús.

 

No es sólo el Dios que él buscaba, sino aquel Dios que lo estaba esperando sin que él se diera cuenta. Un Dios que ama hasta perdonar. Alguien que ha amado tanto a los hombres, que les deja, aun ahora, su presencia en el sacramento. Dios no sólo existe sino que está allí, se puede estar con Él, quedarse con Él, morar junto a Él.

Carlos, que tanto dudó, parece no dudar más, ni siquiera un instante, de la realidad de la Encarnación y de la real presencia de Jesús en la Eucaristía.

En los meses sucesivos la comunión ” casi cotidiana”, será el medio para unirse a Él de la manera más íntima. El culto al Sagrado Corazón y al Santísimo Sacramento, en la exposición y bendición, no son para él más que una única expresión de amor, la esencia de la religión y será la nota dominante de su camino espiritual.

 

Peregrino en Tierra Santa en 1889, será particularmente sensible a la santidad de aquellos lugares. Pero los vestigios de Jesús, por emocionantes que puedan ser, no son más que un recuerdo. La realidad está en el Sagrario. Sin embargo, en las calles de Nazaret encontró la respuesta de lo que se preguntaba desde hacía dos años: “¿Qué debo hacer?” Tendrá que vivir como Jesús en Nazaret.

LA TRAPA
Eligió vivir como un pobre, en un país no cristiano,
 en un pequeño monasterio en construcción en el norte de Siria. Hace esto para amar con un amor más grande y para sacrificarse lo más posible, dejando para siempre lo que más quería. Expresaba con mucha convicción:

 

 

“Tan pronto como comprendí que había un Dios, entendí que no podía hacer otra cosa que vivir solamente para Él: mi vocación religiosa data de la misma hora que mi fe: ¡Dios es tan grande…! ¡Hay tal diferencia entre Dios y todo lo que no es Él!”

 

 

Tuvo un verdadero encuentro con el Dios vivo, con un Dios cercano y amante. Este Dios cercano se hizo carne y tiene un nombre: Jesús. Toda la espiritualidad de Carlos de Foucauld estará centrada en la persona de Jesús, su Dios, su Señor, su Hermano, y más tarde, con el lenguaje de los místicos, su Esposo muy amado. El 26 de enero de 1885, toma el hábito con el nombre de Hermano María-Albérico y comienza el noviciado.

Peregrina por varias Trapas: en Nuestra Señora de las Nieves en Francia, en Akbés hasta setiembre de 1896, luego en la Trapa de Staouéli, cerca de Argel, durante algunas semanas y finalmente en Roma. En la Trapa escribe muchas meditaciones que luego René Bazin publicó como “Escritos Espirituales”; estas meditaciones no tienen fecha ni tampoco hacen alusión a su vida personal ni al período litúrgico en el que fueron escritos.

En estos escritos medita sobre la oración de Jesús en la cruz: “Padre me pongo en tus manos”. De este texto se ha sacado la llamada “Oración de abandono”.

 

Al terminar este período, pide dejar la Trapa. En aquel tiempo ya había escrito en un papel, una primera Regla para los que fueran a vivir con él. Es un texto muy interesante, titulado “Congregación de los Hermanitos de Jesús”, de carácter fuerte y absoluto, donde se manifiesta su radicalismo.

NAZARET
Después de 7 años de vida monástica es autorizado a dejar la Trapa; vive solo cerca de un convento de Clarisas en el que a menudo se expone el Santísimo Sacramento. Leyendo sus numerosos textos de este período, se podría creer que pasa todo su tiempo libre delante del Santísimo Sacramento, orando, leyendo, escribiendo. En realidad no es tan así.

 

Por un lado, reza a menudo en su casita, como testimonia esta nota escrita durante un retiro:

 

 

“Dios mío, el lugar y el tiempo son los adecuados, estoy aquí en mi casita, ya anochece, todo duerme, no se oye más que la lluvia y el viento y algún gallo lejano que… a pesar mío, me recuerda la noche de tu pasión… ¡Enséñame a orar, Dios mío, en esta soledad, en este recogimiento! Aquel que ama y está frente al Bienamado,¿podrá alejar sus ojos de Él? Orar es mirarte, porque Vos siempre estás allí,¿podría yo, si te amo de verdad, no mirarte sin descanso?

 

 

De este mismo período tenemos una meditación sobre la Eucaristía en la que hace decir a Jesús lo que pensaba de este sacramento: “En primer lugar mi constante Presencia, en segundo lugar todo mi ser, Dios y hombre, que entra en su cuerpo y es recibido como alimento por ustedes y en tercer lugar encarnándome sobre el altar y ofreciéndome en sacrificio por todos ustedes a mi Padre… Estos son los tres dones, los tres infinitos, que yo les hago”.

 

En el año 1900 siente la necesidad de ser sacerdote para asegurar el culto de la Eucaristía en el santuario en el cual piensa instalarse. En vista de tal propósito, vuelve a Francia para hacer su preparación. Tenía 43 años.

Con el cambio de siglo se realiza, durante esa preparación, un cambio también en su vida. Quiere imitar a Jesús, no sólo en su vida escondida en Nazaret, en el desierto y en su vida pública, sino sobretodo en su pasión, muerte y resurrección, ofreciendo el sacrificio pascual en cada Misa. Es una manera nueva de presentar la vida de Jesús con referencia a la Eucaristía.

Y es más, este banquete, del cual se hace uno de sus servidores, tenía que servirlo no tanto en Tierra Santa para aquellos que ya tienen su riqueza espiritual, sino para aquellos que están mayormente alejados del Reino de Dios. Pensó que no había gente más alejada que la que había encontrado en los caminos y ciudades del Sahara y de Marruecos. Siente como un deber de reconocimiento para con ellos: ¿no fueron ellos los que despertaron en él la primera llama de la Fe? Debe entonces hacer a los demás lo que él deseaba que los demás hicieran con él. Ahora no piensa más en los ermitaños separados del mundo para adorar a Dios en el Santísimo Sacramento; quiere hermanos, cuya vida pública se irradie sobre el país como Hostia Viva.

 

En el Sahara intenta hacerse hermano universal de los nómades del desierto, aprende su idioma, se inicia en su cultura. No busca convertir sino amar: “Gritar el Evangelio con su vida”. Se instala en Beni Abbés, cerca de la frontera con Marruecos.

EN EL SAHARA
En Beni-Abbés se esfuerza en multiplicar las horas de adoración del Santísimo Sacramento; pero debe a menudo alejarse del tabernáculo, porque “Jesús, con la apariencia de pobre, de enfermo o de otra persona necesitada, me llama”. 

 

Otra forma de ser de Jesús. ¿Otra forma de vivir la Eucaristía?

Podemos constatar, por el contrario, que la inmensidad del misterio Eucarístico le impide detenerse frente a las bellezas de la puesta del sol sobre las dunas o la claridad de las noches estrelladas: “Achico estas contemplaciones y vuelvo delante del sagrario… Hay más belleza aquí que en la creación entera”.

 

En su viaje en 1904 se preocupa de celebrar la Misa cada día. Esto lo obliga a realizar empresas ascéticas cuando camina de noche y debe mantener el ayuno eucarístico desde la medianoche. Surge entonces otra pregunta acerca de la pobreza y la discreción, porque precisa de una cabalgadura especial para llevar lo necesario para la celebración de la Misa. Por unos años todavía continuará privilegiando la Misa sobre todas las cosas, a pesar que esto le exigirá más esfuerzos. A causa de una parada prolongada al norte del Hoggar, construye una capilla de follaje, en la cual reserva por unos días el Santísimo Sacramento: “gracia grande para toda esta región”. El Hno. Carlos habla “… de extender su zona de influencia”. Pone el Santísimo Sacramento “en una choza más pequeña que la de Nazaret” y agrega: “será para mí una gran felicidad”.

 

Al año siguiente recorre 4.000 km. para ir a buscar un compañero que le permita “tener expuesto el Santísimo más frecuentemente en Tamanrasset. Será una gracia grande para todo el país, para mi joven compañero y para mí mismo”. Pero por el camino debe abandonar al compañero y retornar solo al Hoggar. Vuelve sabiendo que, no solamente no podrá tener el Santísimo Sacramento expuesto, sino que tampoco podrá celebrar la Misa, no teniendo ningún participante: “los grandes santos, en ciertas ocasiones, han sacrificado la posibilidad de celebrar a favor de obras de caridad espiritual”. En realidad, en un período de seis meses, podrá celebrar una o dos veces. Y escribe al obispo: “No me inquieto por nada, por la falta de celebrar el Santo Sacrificio”.

 

En la Navidad de 1907 está solo y no puede celebrar. Es la primera Navidad sin Misa, desde su conversión. En enero de 1908 cae enfermo y ve acercarse la muerte. En esta situación de anonadamiento físico se siente falto de defensas como Jesús en la cruz y enteramente confiado a la buena disposición de aquellos que lo rodean. ¿No es éste otro modo de vivir el misterio pascual, hasta no poder compartir el sacrificio eucarístico con aquellos que lo ayudan materialmente y lo consuelan con su amistad? Pero el 31 de enero, cuando sus fuerzas empezaron a volver, recibe el permiso de celebrar la Misa a solas. Es una Navidad para él.

Durante los seis meses en que no pudo celebrar, conservaba el Santísimo Sacramento en el Sagrario, pero no se creía autorizado a comulgar. Esta presencia de “Jesús vivo y resplandeciente, aunque escondido como en Nazaret” parecía legitimar su presencia: “¿Mi presencia aquí hace un poco de bien? Si no hace nada, la presencia del Santísimo Sacramento hace ciertamente mucho bien. Jesús no puede estar en un lugar sin resplandecer”.

Cuando algunas semanas más tarde tiene conocimiento que no estaba autorizado a guardar el Santísimo Sacramento, por estar solo, en vez de irse a otro lugar, se queda y deja el Sagrario vacío. No será sin sufrimiento interior, pero lo hará sin preguntarse nada. Es otra oportunidad para adelantarse un poco, como le explicaba su obispo: “Si el buen Dios le priva de su presencia real en el Sacramento, será para un mayor gusto de la celebración cotidiana del Santo Sacrificio Eucarístico y de su presencia, muy real, en su alma, a través de la gracia”. Más tarde el Hno. Carlos escribirá a una hna. clarisa: “Hay que estar listos a todo por amor al Esposo, hasta ser privados de su presencia sacramental en este mundo, si ésta es su voluntad”.

 

Esta privación durará seis años. Fue así que en Assekrem, donde en 1911 transcurrió 5 meses en un sitio “cuya belleza y sensación de infinito te acercan tanto al Creador”, el Sagrario que había llevado consigo con la esperanza de encontrar un compañero, quedó vacío. Aprovecha el tiempo para completar cuanto antes su diccionario tuareg. Se conforma con la contemplación de la salida del sol; “cómo es lindo, en esta grande calma y en esta bella naturaleza tan atormentada y extraña, elevar el corazón al Creador y Salvador Jesús”.

Vive una nueva evolución después de Beni-Abbés. En 1911 escribe: “Sentí pena al sacar los ojos de esta estupenda vista, cuya belleza e impresión de infinito acerca al Creador, así como la soledad y su aspecto salvaje muestran cuan poco somos sin Él, como una gota de agua en el mar”.

 

Cuando después de seis meses de privación, lo autorizan a tener el Santísimo Sacramento, no ha perdido el sentido y el gusto de esta presencia y no oculta su gran alegría: “extrema dulzura, gran amparo, gran fuerza para mí y grande gracia para todas las almas de este País”. Cabe también señalar que las condiciones exigidas para la exposición del Santísimo Sacramento no serán nunca cumplidas.

En el momento en que se encontraba satisfecho por esta nueva cercanía a Jesús, no termina de desear estar mayormente cercano a los vecinos. La Palabra de Jesús tomó un nuevo realismo:“Todo lo que ustedes hacen a uno de estos pequeños, es a mí que me lo hacen”. Estas palabras que una vez produjeron en él una profunda impresión, las pone en el mismo nivel de estas otras: “Esto es mi Cuerpo”.

Estas palabras no terminan de transformar su vida, llevándolo a buscar y a amar a Jesús en “los pequeños”.

 

Servicio eucarístico y servicio a “los pequeños”, comparado nada más que al culto del Cuerpo de Cristo. No sólo presencia real de Aquel que se dona para ser contemplado, comido y ofrecido; sino también presencia real en un pueblo que tiene una vida humana continuamente expuesta a todas las miradas y a todos los desafíos; presencia de una vida ofrecida como un pan fácilmente comido. Es por eso que el Hno. Carlos quería hacerse“pequeño y cercano”, consciente que sólo esta vida sería una Biblia legible para todos. Esta Biblia que él quería ver iluminada como el Sagrario por la misma y única lámpara, uniendo “las dos tablas de la Palabra y del Pan”.

LA MUERTE
El 1º de diciembre de 1916, unos tuaregs lo sacan del fortín de Tamanrasset donde vivía, y lo atan. Durante el asalto se anuncia la llegada de los militares por sorpresa. En esa confusión, una bala perdida lo mata. Es enterrado en la fosa que envuelve al fortín. Ese mismo día, en una carta dirigida a Suzanne Perret, había escrito: “Cuando el grano de trigo caído en tierra no muere, permanece solo. Si muere, trae mucho fruto… Rueguen por mi conversión, a fin de que muriendo traiga fruto”.

Gloria Aguerreberry

Extraído de: chasque.net

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