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Vida de Charles de Foucauld


EL DESCENDIENTE DE LOS VIZCONDES DE FOUCAULD DE PONTBRIAND

A las cinco de la mañana del mes de junio, en Argel, ya se ve muy bien; también en el Mellah, el «ghetto» judío, donde las casuchas sórdidas, pegadas las unas a las otras, retienen durante más tiempo las sombras de la noche. El cielo estaba ya alto y claro a aquella hora; las mujeres, dentro de las covachas, se dedicaban a sus quehaceres, aunque las callejuelas se veían todavía desiertas y silenciosas. Al alba, cualquier paso retumbaba en los muros y provocaba la curiosidad detrás de las ventanas. Por esto no pasó inadvertida -a las cinco de la mañana del 10 de junio de 1883- la extraña visita que un joven, de estatura mediana, elegante, vestido a la europea, hizo a la sucia barraca donde vivía el rabino Mardoqueo Abi Serour con su mujer y cuatro hijos.

Se habló bastante en Mellah de aquella visita misteriosa. Sobre todo porque -según el testimonio de cientos de ojos que habían permanecido espiando tras las puertas entreabiertas- a aquel joven europeo nunca se le vio salir. Por el contrario, alrededor de una hora más tarde, salió un desconocido, envuelto en un traje medio argelino y medio sirio: casquete rojo y turbante de seda negra en la cabeza, gilet turco de tela oscura, sobre una camisa blanca de mangas muy amplias y pantalones hasta las rodillas. Se detuvo un instante en el umbral de la puerta, mientras se ponía una capa de lana con capucha; luego, en compañía de Mardoqueo, se dirigió presuroso fuera del «ghetto». Algunos oyeron a Mardoqueo llamarlo «Joseph Aleman», otros «rabino».

El misterio no se desveló hasta varios años más tarde. El «rabino Joseph Aleman» era el mismo joven europeo que entró tan de mañana en casa de Mardoqueo, precisamente para disfrazarse. Se trataba del vizconde Carlos de Foucauld de Pontbriand, cuya vida escandalosa proporcionaba tema de conversación en los salones de Saumur, Pont-á-Mousson y París; y motivos de irritación y entretenimiento a las guarniciones francesas en Argelia.

Carlos de Foucauld había nacido en Estrasburgo veinticinco años antes, exactamente el 15 de septiembre de 1858. Era entonces emperador de Francia Napoleón III y los periódicos andaban revolucionados, aquel año, a cuenta de las apariciones de Lourdes.    La casa natal, situada en el número 9 de la plaza de Broglie, hablaba en todos sus rincones de riqueza, aristocracia y glorias pasadas; muebles, cuadros, alhajas, tapicerías, cortinas, todo parecía concebido y construido como reverente orla de un antiguo escudo que, sobre la pared del fondo de una sala austera, mostraba un rojo león rugiente sobre un puente de plata de dos arcadas; el brillante puente de los vizcondes de Pontbriand, cuya valerosa divisa es:«Jamais arriére» («No retroceder jamás»).

En realidad Bertrand de Foucauld jamás había retrocedido en la séptima cruzada, y cayó como un héroe en Mansourah, junto al rey San Luis. No había retrocedido tampoco Juan de Foucauld, a quien las crónicas de familia recordaban firme junto a Juana de Arco, en el coro de Reims, durante la consagración de Carlos VII. Ni Armando de Foucauld -más conocido como Juan María de Lau, arzobispo de Arlés- había retrocedido jamás, en tiempos de la Revolución francesa, muriendo martir en la prisión de los carmelitas, en París, durante las matanzas de septiembre de 1792 (Pío XII lo beatificó en 1926). Y tampoco Eduardo de Foucau íd, padre de Carlos, hijo y nieto de militares, había retrocedido en el cumplimiento del deber como inspector de aguas y bosques.

También la madre de Carlos, Isabel de Morlet, descendía de una familia con ilustres tradiciones militares; pero ello la dejaba perfectamente indiferente. De profundos sentimientos cristianos, había hecho bautizar a Carlos dos días después de su nacimiento. Al cabo de tres años, le dio una hermanita, María. A ambos, desde su más tierna infancia, les enseñó a crecer en la ley de Dios y, sobre todo, a invocar a la Virgen y ayudar a los pobres.    No podemos decir que estas enseñanzas maternas obtuvieran una correspondencia entusiasta por parte del pequeño Carlos. En su infancia no hemos logrado descubrir ningún episodio que indique inclinación a la piedad, y mucho menos que revele la más tenue vocación religiosa. Sin embargo, aquellas lecciones prácticas de vida cristiana, aunque en su época no produjeron resultados evidentes, se imprimieron con tal fuerza en el alma del niño que, muchos años después, las encontró dentro, frescas y válidas como si nunca hubieran sido olvidadas.


En 1863, cuando Carlos tenía apenas cinco años, en pleno verano, la desgracia entró inesperadamente en casa de los vizcondes de Foucauld de Pontbriand.    El padre, Eduardo, enfermó de tuberculosis y, bien pronto, su estado fue motivo de preocupación. Tuvo que dimitir del cargo que desempeñaba y cada día fue cayendo en una tristeza más grande. Se encerró en un silencio atormentado, huraño, casi alucinado. Un día abandonó a sus hijos y a su mujer, que estaba esperando un nuevo hijo, y fue a refugiarse en casa de su hermana Inés, una famosa belleza de su época, que había sido retratada por el pincel de Ingres.

A su vez Isabel, desesperada, dejó la espléndida mansión de la plaza de Broglie y fue con los dos niños a la casa de la calle «Eschases» con su padre, el señor de Morlet, simpatiquísimo coronel de artillería retirado. Y allí, en el mes de marzo del año siguiente, murió de parto y de pena. Sus últimas palabras fueron las de Cristo en el huerto de Getsemaní: «Padre, hágase tu voluntad y no la mía…».

Cinco meses más tarde, en casa de Inés, expiraba también Eduardo.

Carlos y María quedaron huérfanos, y el abuelo coronel, de sesenta y siete años, se hizo cargo de ellos. Adoraba a Carlos («cuando llora es igual que mi pobre hija…»), y Carlos le correspondía con un cariño profundo.

A los ocho años el muchacho ingresó en el colegio diocesano de Saint-Arbogast de Estrasburgo. De allí salió cuando llegó el momento de estudiar en el Instituto Nacional.

Como estudiante fue regular: todos los profesores estaban de acuerdo en reconocerle una inteligencia extraordinariamente viva; pero no pocos tenían que dolerse de su excesiva condescendencia con la pereza.

Después, la guerra. Año 1870: los alemanes atacaron por el este. El señor de Morlet previó claramente la catástrofe, no obstante las ilusiones de Napoleón III, y se refugió con sus nietos en Suiza. Apenas los cañones germanos amenazaron Estrasburgo, Napoleón III fue abatido en Sedán, y Francia, invadida, proclamó la república. París, sitiado, se rindió por hambre. Alsacia y Lorena fueron anexionadas a Alemania.

«¡Adiós, Estrasburgo!» El señor de Morlet, excoronel de artillería del Ejército francés, no querrá volver a poner los pies en ti. Se establecerá en Nancy; y allí reanudará los estudios Carlos, y -a los catorce años, en 1872, ya un hombrecito- hará la primera comunión y será confirmado.

En su alma se hizo una intensa luz; pero se apagó pronto. Inscrito en retórica, en seguida se enamoró de los escépticos de todas las épocas, de Horacio, de Montaigne, con una particular predilección por el viejo Aristófanes. Eran los años en que prevalecían los burgueses incrédulos y los profetas del ateísmo proletario. Berthelos, Renan, Taine, Anatole France, Nietzsche, Marx y Rimbaud llamaban a la lucha contra la religión desde todos los frentes.

Carlos no leyó ni un solo renglón de estos autores; pero respiró ávidamente el aire contaminado de sus ideas, lo que fue suficiente para hacerle tirar la fe religiosa a las ortigas. «Durante doce años -recordará más tarde- viví sin ninguna fe. Nada me parecía bastante probado; la misma fe con que la gente del mundo sigue mil religiones distintas me parecía la condenación de todas».

Una vez obtenido el título de Bachiller en retórica en 1874, llegó para Carlos la hora de abandonar el nido. Le esperaban París y los estudios de filosofía.

El señor de Morlet le envió al internado de los jesuitas de la calle «Poste»; pero el ambiente pronto le resultó odioso e insoportable. Rogó, insistió, conjuró al abuelo, en decenas de cartas, que le llevase de nuevo a Nancy; pero el anciano no cedió. A pesar de todo, al finalizar el curso, Carlos era Bachiller en filosofía.

Había llegado el momento de empezar a estudiar una carrera. Para Carlos de Foucauld de Pontbriand no existía el problema de elegir. Desde que nació había parecido obvio a todos que un vástago de tal estirpe debería seguir la carrera militar. Carlos había aceptado siempre esta perspectiva como lógica y natural.

Al abuelo Morlet le hubiera gustado que su nieto entrara en la escuela politécnica, para que se hiciese oficial de artillería, como él. Pero Carlos sabia que la escuela politécnica era un hueso duro de roer y él no sentía ningún deseo de desgastarse los dientes. Ser militar estaba bien, pero sin mucho trabajo. Mejor la Escuela Especial Militar de Saint-Cyr, mucho más fácil.    Sin embargo, Saint-Cyr suponía un año de preparación en París. Y París significaba de nuevo el pensionado de los jesuitas. Así, durante un año más, el anciano señor de Morlet no tuvo paz. Cada dos días recibía una carta del nieto. Cartas desesperadas, algunas hasta de cuarenta páginas. «Aquí me es imposible permanecer, déjame volver a casa…».

Regresó a finales de año, expulsado por negligencia e indisciplina. «En aquella época -escribiría un día- era todo egoísmo, todo vanidad, todo impiedad, todo deseo de mal. Estaba como loco».

El abuelo no se desanimó por la expulsión. Le puso en manos de algunos profesores y le obligó a presentarse a las pruebas de admisión de Saint-Cyr.

Carlos corrió el peligro de ser rechazado por obesidad. Apenas con dieciocho años, de un metro sesenta y siete de estatura, estaba gordo, flácido y pesado, por abuso de dulces, carnes refinadas, vinos selectos y horas de reposo. Pero la comisión pensó que un par de meses en Saint-Cyr serían suficientes para despojarlo de los kilos de adiposidad, y le admitió a los exámenes. Le fue bastante bien y obtuvo el puesto ochenta y dos, entre cuatrocientos doce candidatos.

Dos años más tarde, en los exámenes de licenciatura, consiguió el 333 entre 386, un notable bajón. Había comenzado con el mayor entusiasmo; apenas puso los pies en Saint-Cyr, se sintió al fin «hombre» y «libre». Y como hombre libre, los primeros meses había aceptado dócilmente la disciplina militar, a pesar de ser tan fastidiosa, orgulloso de llevar el célebre kepis a la escuela, adornado con el famoso penacho blanco y rojo. Pero después se hizo amigo del marqués de Morés y de Monte Mayor, calavera y haragán, y el resultado fue que el estudio, la disciplina y el trabajo se le convirtieron en aborrecibles. En dos años coleccionó cuarenta y cinco castigos por negligencia, pereza e indisciplina. Si superó de alguna forma los exámenes se lo debió únicamente a su despierta inteligencia y ágil memoria.

En esa época murió su abuelo, el querido señor de Morlet, coronel de artillería retirado. Fue un trance doloroso. Pero el 15 de septiembre de 1878, al cumplir los veinte años de edad, entró en posesión de la herencia de la familia, y ésta representaba una verdadera fortuna. Carlos de Foucauld se volvió loco de alegría: aquel dinero era la llave de oro que le abriría las puertas de una vida brillante.

Decidió ser oficial de caballería. El marqués de Morés fue de la misma opinión. ¿En la escuela especial de Saint-Cry habían logrado salir adelante por los pelos? Voilá! En la escuela de caballería de Saumur no les faltaría, de vez en cuando, un golpe de suerte.

En la escuela de Saumur compartieron la misma habitación, la número 82. Morés tomó a su cargo el guardarropa, y compró trajes y calzado de acuerdo con el último grito de la moda. Carlos se preocupó de la despensa y la comodidad: ricas golosinas y una deliciosa butaca. De reserva, una tumbona.

«Quien no ha visto a Foucauld en su habitación, en pijama de franela blanca con llamares, cómodamente hundido en una butaca o tumbona, saboreando un pastel de hígado, acompañado de excelente champán, leyendo a Aristófanes en un libro elegantemente encuadernado -escribió en aquel tiempo uno de sus amigos-, no puede hacerse idea de lo que es un hombre feliz de la vida». Otro contó: «La habitación de ambos pronto se hizo célebre por las excelentes comidas y las largas partidas de cartas que en ella se organizaban, con objeto de tener compañía durante el castigo, pues era raro que uno de los dos no estuviera arrestado».

En breve, Carlos mereció un total de veintiún días de arresto simple y cuarenta y cinco de arresto mayor, y Morés no se quedaba atrás. Cuando podían salir, llevaban con ellos un alegre grupo a «Budan», el restaurante más famoso y caro de Saumur y, en un reservado, se hacían servir menús de lo más selecto. Carlos prefería el pastel frío de perdiz acompañado de dos botellas de Alicante. Luego, recostado en un sofá, sentenciaba que «a continuación de una comida no hay nada mejor que un buen puro y, para volver a casa, un coche pequeño y bajo, a fin de no tener que levantar demasiado el pie para subir». Después de estas «reuniones», siempre se levantaba en toda la ciudad una polvareda de comentarios y escándalo.

Pero al descendiente de los vizcondes de Pontbriand no le bastaba. A las orgías normales, añadió la pimienta de las aventuras excepcionales. Un día que, como de costumbre, estaba arrestado, supo que se daba una fiesta en Tours. Consiguió una blusa y una gorra de obrero, se colocó una barba postiza y, de tal guisa disfrazado, salió de la escuela, pasando con desenvoltura por delante del cuerpo de guardia. Cuando el tren le dejó en Tours, decidió regalarse con una cena antes de ir a la fiesta, y se dirigió a un pequeño restaurante. El dueño encontró en él algo sospechoso: ¡la barba de aquel extraño cliente se estaba desprendiendo! ¿ Ladrón o anarquista? Por si acaso, llamó a la policía.

En la comisaría, Carlos supo inventar una historia tan graciosa para explicar por qué se había disfrazado de aquella manera, que el comisario lo dejó marchar dándole unas palmaditas en la espalda y llorando todavía de la risa.

Pero, apenas había salido de la comisaría, cuando se topó, frente a frente, con el general L’Hotte, comandante de la escuela de Saumur: treinta días de arresto mayor.

Al final del curso, en octubre de 1879, Carlos de Foucauld salía de la escuela de caballería con el puesto octogésimo séptimo, sobre un total de 87… Y la nota del inspector general decía así: «Es distinguido. Ha recibido una buena educación. Pero tiene la cabeza ligera y no piensa más que en divertirse. Se le ha privado del diploma por mala conducta y por los numerosos castigos recibidos».

Fue nombrado subteniente del IV Regimiento de Húsares, en Sézanne. Pero este pueblo no le ofrecía suficientes ocasiones de diversión. Se hizo trasladar a Pontá-Mousson, donde lo primero que hizo fue alquilar un piso. También tomó un apartamento en París, con objeto de ir allí a pasar los días de permiso.    Estaba más gordo que nunca. Saint-Cry había sido un fracaso como cura de adelgazamiento. El rostro parecía hinchado, tenía los labios gruesos del hombre sensual, la mirada asesina del vividor, se peinaba como un tenorio. «Era un sibarita -contó el duque de Fitz-James, que había reemplazado a Morés al lado de Carlos, pues aquél había sido destinado a otro lugar-. Con tacto exquisito y perfecta delicadeza, Foucauld tenía su bolsa a nuestra disposición. Cuando nos jugábamos la consumición, si ganaba varias veces seguidas, yo le he visto perder a propósito. De verdadero buen gusto, le agradaba celebrar reuniones de poca gente, un grupo reducido. Frecuentemente nos invitaba a su magnífica garçoniére para saborear sandwiches de pastel de hígado, acompañados de un óptimo sherry. Tenía un criado, un calesín inglés y un caballo…»

En este período, Carlos conoció a una tal Mimí. La tuvo consigo un año, hasta que, en diciembre de 1880, le llegó la noticia de que el IV de Húsares iba a ser trasladado a Argelia, a la guarnición de Sétif, con el nombre de IV de Cazadores de África. Carlos, que no quería separarse de Mimí, ideó una nueva treta. Escribió una carta de presentación e hizo partir a la muchacha para Argelia dos días antes que el regimiento. Mimí se presentó en Sétif haciéndose pasar por la esposa del subteniente Carlos de Foucauld, vizconde de Pontbriand -como la carta testimoniaba- y las autoridades militares le dispensaron toda clase de atenciones. Pero, cuando, con el regimiento, llegaron el coronel, los oficiales y sus esposas legítimas, estalló el escándalo.

El coronel cubrió de improperios al subteniente; pero el subteniente ni se inmutó. Es más, acentuó la provocación narrando descaradamente, en público, las escenas de más refinada afectuosidad con Mimí. Entonces las protestas arreciaron, el coronel le planteó la elección: «O Mimí o el regimiento. ¡Elija usted! ». Carlos respondió, con impertinencia, que no pensaba de ninguna manera devolver a Mimí a Francia.

Así, el 20 de marzo de 1881, por decreto ministerial, el subteniente Carlos de Foucauld fue mandado a la reserva «por haber deshonrado el grado, por indisciplina y mala conducta en público».

Su carrera estaba terminada. Carlos lo celebró con una salva de carcajadas. Después tomó del brazo a Mimí y fue a establecerse en Evian.

Pero un día, alrededor de tres meses más tarde, ojeando casualmente un periódico, leyó que, en Argelia, los Ulad Sidi Cheikh se habían sublevado, y que el IV de Cazadores de África estaba en pleno combate. «Jamais arriére!» y, de repente, Mimí perdió para sus ojos todo el interés.

Corrió a París, se presentó en el Ministerio de la Guerra y pidió ser admitido inmediatamente en el ejército. Dado que se dudaba, ante sus antecedentes escandalosos, declaró que no le importaba en absoluto el grado militar: estaba dispuesto a partir aun como simple soldado.

Le aceptaron y, además, con grado de subteniente. Partió para África en el primer buque. En seguida se encontró en medio del tinglado.

Estaba desconocido. Era un hombre completamente cambiado, aunque Aristófanes le seguía a todas partes, en una cuidada edición. «En medio de los peligros y las privaciones -escribió un compañero- aquel erudito en juergas se reveló como un soldado y un jefe capaz de soportar, con la sonrisa en los labios, las más duras pruebas, siempre dispuesto a arriesgarse y preocupado sobre todo de sus hombres, a quienes cuidaba con abnegación…»

Combatía para vencer, desde luego. Los franceses tenían que aplastar a los Ouled Sidi Cheikh, no cabía duda. Pero, al mismo tiempo, aquellos amplios albornoces que se inclinaban profundamente en la solemnidad de la oración, y aquella invocación que se elevaba: «Allah Akbar!» («Dios es el más grande»), le causaron una enorme impresión.

A los dieciséis años, con la fe que aprendió en los libros -escribiría Michel Carrouges en Charles de Foucauld, explorador místico-, le pareció que la oposición entre las diversas religiones era la más sencilla negación de todas. Hoy, al borde del desierto, ve orar a los creyentes del Islam y se estremece de envidia y admiración». «El Islam -confesará más tarde el propio Foucauld- produjo en mí un profundo cambio… La vista de aquella fe, de aquellas almas tan unidas a Dios, me hizo intuir que existe algo más grande y más digno que las diversiones mundanas».

Dios se sirvió de la fe de los seguidores de Mahoma para abrir una primera brecha en el alma de Carlos de Foucauld.

Cuando la campaña terminó y el IV de Cazadores hubo de regresar a Sétif, Carlos sintió que no podía renunciar a aquel mundo, que apenas había vislumbrado. Pidió permiso para realizar un viaje de estudios por Argelia del sur, pero le fue negado. Y así, por segunda vez, salía nuevamente del ejército; pero ahora, por algo más que una simple Mimí.

Fue a instalarse en Argel, donde alquiló una casa en el número 58 de la cuesta de Vallée. ¿Se le negaba un viaje de estudios por Argelia? Voilá! ¡Explorará Marruecos! Sí, señores, el Marruecos impenetrable, la fortaleza musulmana del Atlántico, con sus ciudades fabulosas, sus bazares multicolores, sus laberintos envueltos en misterio, y sus jardines secretos; el reino de Muley Hasan, el sultán omnipotente, y de la anarquía imperante; el país que cerraba herméticamente las puertas para los europeos porque en cada uno de éstos veía, además de un evidente infiel, un oculto espía.    Sin embargo era preciso prepararse minuciosamente. La indolencia y la ligereza de Carlos desaparecieron como por encanto. Se instaló en la biblioteca de Argel y se dedicó a estudiar el árabe, la geografía y etnología de Marruecos, a examinar mapas, a utilizar los aparatos necesarios para la investigación científica. El bibliotecario principal, Oscar Mac Carthy, le prestó una valiosa ayuda.

Pero, mientras se encontraba abstraído en aquellos estudios, recibió un inesperado golpe. La tía Inés- aquella belleza espléndida de un tiempo, a cuyo lado había ido su padre a morir- le acusó de haber derrochado en juergas y extravagancias una notable parte de la herencia familiar -cuatro mil francos oro al mes durante cuatro años consecutivos- y presentó una instancia en el tribunal civil de Nancy para que al joven sobrino le fuera impuesto un consejo judicial.

Carlos contestó que sí, que era cierto, que había cometido un sinfín de locuras y administrado su fortuna de una manera, por lo menos, poco prudente: sin embargo ahora…

Al tribunal le bastó la confesión. Le declaró derrochador y le impuso un consejo judicial en la persona de un anciano primo suyo, el señor de Latouche, quien le concedió una pensión de trescientos cincuenta francos al mes -precisamente en el momento en que disponer de dinero le iba a permitir realizar algo serio- y accedió a darle un anticipo suplementario, sólo para que pudiera comprar un sextante, un cronómetro, un teodolito y algunos otros instrumentos indispensables para la expedición.

Carlos volvió a sumirse en el estudio. El duque de Fitz-James, su antiguo compañero de juergas en Pont-á-Mousson, un día, lo encontró por casualidad. «¡Cómo ha cambiado Foucauld! -escribió a unos amigos-. Era gordo y ahora es delgado. Y nada de fiestas, mujeres y buenas comidas. Sólo le interesa el estudio».

A bordo de un buque de guerra, mandado por un pariente suyo y atracado en el puerto de Argel, Carlos practicaba el manejo de los instrumentos científicos.

Mientras tanto, el señor Mac Carthy buscaba un buen guía para la expedición. Creyó encontrarlo el día que le pusieron tras la pista del rabino Mardoqueo Abi Serour, cuya vida parecía una novela de aventuras. Los tratos con el viejo hebreo fueron laboriosos y largos, pues, en cada encuentro, el muy pícaro, aumentaba la cifra que quería cobrar por sus servicios. Al fin llegó a un acuerdo por la cantidad de doscientos setenta francos al mes, durante los seis o siete meses que durase la expedición.

La mañana del 10 de junio de 1883 hemos visto a Carlos, con Mardoqueo, en una calleja del «ghetto» de Argel. Estaban a punto de comenzar un viaje. Vestido de europeo, Carlos no hubiera avanzado ni un solo kilómetro por Marruecos. Disfrazarse de árabe hubiera sido imprudente, pues todavía no hablaba la lengua a la perfección y su ignorancia sobre el Islam le hubiera traicionado fácilmente. Por esto se había puesto vestiduras de hebreo.

Con el apoyo de Mardoqueo, el joven presunto rabino Joseph Aleman encontraría, durante su peligroso viaje por Marruecos, asilo y protección entre los judíos que habitaban en las ciudades prohibidas.

UN RABINO ERRANTE POR EL MARRUECOS PROHIBIDO

El 25 de abril de 1885, los periódicos de París publicaron, en lugar muy destacado, el resumen de la sesión extraordinaria de la Sociedad de Geografía, que se había celebrado bajo la presidencia de Fernando de Lesseps, constructor del canal de Suez, el día anterior, con el fin de escuchar el relato de la expedición a Marruecos realizada por el vizconde Carlos de Foucauld, de veinticinco años de edad, a quien le había sido otorgada la medalla de oro.

«Antes del viaje del señor de Foucauld -es lo que pudo leer el público de Francia y de fuera de Francia- los cartógrafos disponían apenas de 12.208 kilómetros de Marruecos, con pocas e imprecisas referencias sobre la latitud y aun menos sobre la longitud. La geografía astronómica se había estudiado, dentro del imperio, sólo en una veintena de puntos… En nueve meses, del 28 de junio de 1883 al 23 de marzo de 1884, un sólo hombre, el vizconde Carlos de Foucauld, dobló por lo menos la longitud de los itinerarios marroquíes, con mapas cuidadosamente trazados, corrigió el conocimiento de 689 kilómetros descritos por anteriores viajeros y añadió 2.250 nuevos. En lo que respecta a la geografía astronómica,. determinó 45 longitudes y 40 latitudes. Donde sólo se conocían algunas docenas de alturas, él colocó tres mil. Gracias al vizconde de Foucauld se abrió una era nueva en el conocimiento geográfico de Marruecos…»

Este fue un capítulo en la vida de Carlos de Foucauld con el cual se podría escribir una novela. La sociedad de Geografía destacó únicamente su excepcional importancia científica. Fue un capítulo de ruptura, comprometido y audaz, que él quiso afrontar como reto, para acabar con las irregularidades de una existencia inútil. Nosotros, aquí, trataremos de relatar algunos momentos.

Primeramente, el joven vizconde y su guía habían intentado penetrar en Marruecos por tierra, a través de las salvajes montañas del Rif, pasadas las fronteras argelinas, pero no lo consiguieron.

Formaban una curiosa pareja. Uno, Carlos de Foucauld, alias Joseph Aleman -supuesto rabino moscovita, huido de Rusia a consecuencia de los últimos progroms-, disfrazado con aquellos vestidos medio sirios y medio argelinos, recordaba grotescamente a uno de esos monos que, con traje de colorines, hacen piruetas y muecas sobre el hombro de su amo. El otro, Mardoqueo Abi Serour, rabino auténtico de vida ajetreada, no era ya más que una ligera sombra del aventurero de otro tiempo: la barba, entonces negra y abundante, estaba ahora raía y surcada de abundantes hilos blancos; el caftán que, sujeto a la cintura, le caía hasta los pies y el casquete rojo que, con el turbante negro, le cubría la cabeza, mostraban a duras penas, entre los remiendos y las manchas, la buena calidad de las telas antiguamente. Viejo, cobarde y desgraciado, Mardoqueo se había quedado .casi ciego y sordo, si bien contaba con las mejores referencias de todo el Sahara. Tenía siempre entre las manos una vieja petaca, de la cual extraía contenido sin parar, y cuando podía entablar conversación con alguien, hablaba siempre y solamente de alquimia: era un buscador fanático de la piedra filosofal.

Con tal guía, Carlos de Foucauld había comenzado una de las expediciones más arduas y peligrosas de la época, tras diez días de haber buscado inútilmente, en las casuchas y las sinagogas de Orán, Tlemcen, LallaMarnia y Nemurs, un hebreo dispuesto a conducirlo al otro lado de la frontera, a introducirlo en el imperio secreto del sultán Muley Hassan.

Esbelto, majestuoso, con su vestidura alba, el rostro velado, sobre un caballo blanco cubierto con gualdrapa de terciopelo verde con franja de oro, rodeado de una nube de esclavos, atentos a espantar las moscas y a darle sombra con un gigantesco quitasol rojo, el sultán Muley Hassan,con su enorme cortejo de nobles, portaestandartes, guardias de vistosos uniformes encarnados y músicos incansables, estaba casi siempre de viaje a través de un vasto imperio, un imperio sin caminos y sin puentes, roído por el hambre y minado por la violencia. Iba de una ciudad a otra, de Fez a Rabat, de Meknés a Marrakech, o de una a otra de sus lejanas provincias, para cobrar los impuestos por la fuerza, o someter a las tribus rebeldes. Cuando, por la noche, se detenía, alrededor de su tienda, deslumbrante de adornos dorados, florecía como por encanto una ciudad de tiendas dispuestas en círculos concéntricos y dividida en sectores, para alojar a los dignatarios y el harén, la guardia y los mercaderes, los soldados regulares y los reclutados en las distintas tribus sometidas.

Estas eran las noticias «de color» que entonces se tenían del imperio prohibido más allá de sus fronteras, traídas por los pocos que habían osado poner los pies en Marruecos y logrado salir con vida de aquel país ferozmente xenófobo, que se defendía de la penetración de cualquier «cristiano» con leyes tan rigurosas que llegaban a contemplar la pena de muerte, la misma que para los que alimentaban aquel estado de constante insurrección que se recrudecía, contra todo y contra todos, a lo largo del inmenso territorio marroquí.

Una sola ciudad estaba abierta a los europeos: Tánger, que, para permitir el comercio de Marruecos con el resto del mundo, consentía a los comerciantes de toda Europa establecerse en ella con relativa seguridad. Fue a Tánger donde Carlos de Foucauld y su guía llegaron por mar, tras fracasar en los demás intentos de penetrar en Marruecos por tierra.

Era el 20 de junio de 1883. Una vez desembarcado en el inmenso puerto, que exhibía un sol espléndido, situado entre olivos y casas de blanquísimas fachadas, lanzando al cielo azul altísimas palmeras y agudos minaretes con un brillante policromado de mosaicos, Carlos de Foucauld se mezcló entre la multitud cosmopolita y, abriéndose paso con dificultad entre europeos, hebreos, árabes, bereberes y esclavos negros, se adentró en un laberinto de callejas estrechas y tortuosas, entre los gritos de vendedores públicos, el caracolear de jinetes con amplias chilabas, la música mágica de los encantadores de serpientes, el tintinear de las campanillas de los vendedores de agua, el trotar de los asnos cargados hasta los topes, los lamentos desesperados de los mendigos, las rimas de los cantantes y músicos y las ofertas susurrantes de las vendedoras con velo negro, acurrucadas en el suelo junto a sus pobres mercancías, con un surtido amplísimo, desde dátiles a pollos, desde hierbas a cacharros de barro.

Finalmente, Carlos encontró la casa del señor Ordega, ministro francés en Tánger, y luego fue a la morada de Mouley Abd es Selam, descendiente de Mahoma y amigo de Francia. Uno y otro le dieron cartas de recomendación para distintos personajes que, tarde o temprano, podrían serle útiles.

La primera jornada en territorio marroquí se desenvolvió felizmente. Alquilaron unas mulas y las cargaron con el equipaje indispensable: un par de sacos, que contenían cada uno una manta, un vestido, algunas .provisiones y utensilios de cocina, un botiquín con los medicamentos más necesarios y una caja metálica con el material secreto para la exploración: el sextante, el teodolito, el cronómetro, brújulas, termómetros, barómetros y mapas. Tres mil francos, en oro y corales -el capital de la expedición-, estaban escondidos en las vestiduras de Carlos, dentro de un pliegue que ni siquiera Mardoqueo conocía. Luego, los dos montaron en sendas mulas y se pusieron en camino hacia lo desconocido, hacia Tetuán.

Durante el camino, Carlos había tenido una conversación con su guía: «Escucha, Mardoqueo -le había dicho-: Estos días pasados, cuando intentabas convencer a alguno de tus correligionarios para que nos introdujera en Marruecos a través de las montañas del Rif, yo te dejaba hablar escuchándote en silencio; pero estaba bastante preocupado. Inventas cuentos sin fin sobre mi vida en Rusia. ¡Demasiadas historias sobre mí y, lo que es más, bastante inverosímiles! A la larga, esa manía tuya de fantasear puede llegar a ser imprudente. Y si nos descubren, ya sabes lo que nos espera… Por lo tanto, vamos a simplificar las cosas: desde este momento yo no soy el rabino Joseph Aleman, huido de Moscú, etc., etc. En adelante, simplemente, diremos que soy el rabino Couvaud, de Jerusalén, y basta. ¿De acuerdo?».

Llegaron a Tetuán, sin que nadie les molestase lo más mínimo. ¿Tal vez la realidad de Marruecos era menos hostil de lo que se decía?

Satisfechos por este primer éxito, y amablemente hospedados por una familia del «ghetto», se pusieron inmediatamente a preparar la siguiente aventura, bastante más ambiciosa: nada menos que una excursión a Chechaouen, la ciudad santa árabe, donde jamás un europeo había puesto los pies.

Partieron llenos de entusiasmo. Pero no pasarían muchas horas sin que la familia que los había hospedado los viera volver, con los vestidos desgarrados y los rostros lívidos. A las afueras de la ciudad, unos árabes, al descubrir los instrumentos científicos que el «rabino Couvaud» estaba manejando, olfatearon al explorador, y por lo mismo, al espía, y rápidamente se lanzaron contra él, para asesinarlo. «Si estamos todavía vivos, es de milagro», balbuceaba Mardoqueo, que había perdido hasta la última gota de su antiguo coraje.

Carlos de Foucauld comprendió que aquel era el primer aviso del verdadero Marruecos. Convenía, por tanto, anteponer, al estudio de la geografía y los demás estudios científicos, el conocimiento de la situación local y la profundización en ciertos aspectos particulares, referentes a los usos y costumbres de aquella gente. Informándose a fondo de la situación, descubrió que era la siguiente: en el País abundaban los salteadores dedicados a arrancar, sin misericordia, a los campesinos de aquellos contornos, y a rastrear hasta el último céntimo, de lo poco que se escapaba a las recaudaciones fiscales que llevaban a cabo el Sultán Mouley Hassan y su ávida y suntuosa corte. En lo que concernía a la posibilidad práctica de viajar por aquellas tierras, aprendió que no existía más que una manera, articulada en tres momentos: primero, pedir a un miembro importante de la tribu que le había hospedado que le concediese su anaia, esto es, su protección; segundo, concertar con él la zetata, o sea, la suma que pedía por protegerlo; tercero, afrontar el riesgo del viaje hasta el lugar indicado, en compañía del protector y de algunos de sus hombres armados hasta los dientes. Estos le pondrían en manos amigas y podría seguir el viaje hacia otros lugares merced a nuevas peticiones de anaia, nuevas zetata y nuevos desplazamientos con escolta armada, siempre con la esperanza de no encontrar alguna banda de ladrones más fuerte que la escolta. Y así, hasta el fin de su viaje por Marruecos.

Aprendida la lección, Carlos la puso inmediatamente en práctica para ir a Fez. A lo largo del camino, bajo la amenaza constante de los bandidos y la mirada desconfiada de sus acompañantes, logró rehacer de nuevo los primeros planos, a escondidas, trazando los primeros relieves con ayuda de la brújula y el barómetro, inaugurando aquel sistema clandestino de anotaciones científicas, que le sirvió después a lo largo de toda la expedición.

«Durante la marcha -contó más tarde- tenía siempre una libretita de cinco centímetros cuadrados escondida en la palma de la mano izquierda y un pedazo de lápiz como de dos centímetros en la derecha. Allí anotaba lo que me parecía importante en el camino, y lo que veía a izquierda y derecha. Anotaba los cambios de dirección, según las indicaciones de la brújula, los accidentes del terreno gracias a la altitud barométrica, la hora y el minuto de cada observación, las detenciones, la velocidad de la marcha, etc. Lo hice así todo el tiempo que duró el viaje y nadie se dio cuenta, ni siquiera en las ocasiones en que llegamos a ser una caravana numerosa; tenía, de hecho, la astucia de colocarme en cabeza o al final de la fila, de modo que, con ayuda de mis amplios vestidos, no se viese el ligero movimiento de mis manos al escribir…».

Cuando, a la caída del sol, llegaba a alguna aldea y conseguía un cuarto para él solo, Carlos pasaba aquellos apuntes a su cuaderno de viaje, describía el perfil de los paisajes observados durante la jornada y realizaba los croquis topográficos.

Las observaciones astronómicas resultaron para Carlos más complicadas que la descripción del paisaje y los caminos. El sextante no lo podía esconder como la brújula y, además, aquella labor exigía permanecer bastante tiempo contemplando el cielo. ¿Cómo hacer entonces?

«La altura del sol y de las estrellas -comentaba después- la tomé casi siempre en los pueblos. De día, buscaba el instante en que no hubiera nadie en la terraza de la casa donde me hospedaba; llevaba entonces los instrumentos envueltos en ropa interior, que decía iba a tender para que se secara. Mardoqueo se quedaba al pie de la escalera, de guardia, dispuesto a entretener, con sus interminables narraciones, a cualquiera que fuera a buscarme. Comenzaba las observaciones cuando tampoco en las terrazas vecinas había nadie; pero con frecuencia tenía que interrumpirías. Era una labor pesadísima…». Más de una vez le sorprendieron en plena faena y, para que no sospecharan que era explorador, se hizo pasar por hechicero un tanto loco. Un día, por ejemplo, dijo que estaba escrutando el cielo para descubrir los pecados de los hebreos; otra vez aseguró que, con aquel aparato, lanzaba conjuros contra el cólera…

Finalmente, el 11 de julio, en el horizonte de una gran llanura verde, nuestros viajeros distinguieron las torres almenadas y los muros rojos de tierra prensada de una ciudad que se anunciaba espléndida, con sus altas terrazas blancas, los techos brillantes de azulejos verdes y los esbeltos minaretes cubiertos de mosaicos. Era Fez, con todo su fulgor, la más grande ciudad santa de Marruecos, una de las cuatro magníficas capitales del sultán Muley Hassan.

Pero al llegar, cuando se dirigieron al Mellan de los hebreos, se ofreció a sus ojos el espectáculo más horrendo y repugnante que hubiera visto jamás: el «ghetto» estaba separado del resto de la ciudad por una extensa franja de «tierra de nadie», llena de montañas de inmundicia y cúmulos de carroña de animales, que producían un hedor insoportable. Eran los desperdicios de toda Fez, arrojados allí como indiscutible frontera racial.

Las calles del «ghetto» eran las más estrechas, sucias y oscuras que Carlos recordaba. Tuvo que recorrerlas muchas veces antes de descubrir, en un soportal maloliente, la pequeña puerta de la casa de Samuel Ben Simún, para el cual le había entregado una carta de recomendación el ministro Ordega. Pero cuando la puerta fue abierta, y anduvo a tientas por un corredor oscuro como la noche, Carlos quedó literalmente estupefacto ante el encantador espectáculo que se ofrecía a sus ojos. Se encontraba, como por arte de magia, en presencia de un patio digno de «las mil y una noches»: las paredes interiores de la casa, que tenía dos pisos, con balcones preciosamente calados, estaban recubiertas de mosaicos desde el tejado hasta el suelo y, en el centro del patio, un pozo revestido de cerámica verde era un maravilla de arabescos. El dueño de la casa, un hombre encantador y de educación exquisita, alojó al «rabino Couvaud» en una estancia pequeña y fresca, una joya del arte de la cerámica, y le permitió el acceso a la terraza, desde la cual pudo, secretamente, hacer sus observaciones.

Carlos no pensaba echar raíces en Fez. Dijo que quería alcanzar lo más pronto posible Tadía, la vasta región salvaje y desconocida, que se extendía en torno a los montes de Atlas Medio. Precisamente en aquellos días, Ben Simún supo que el jerife Sidi Omar estaba organizando en Meknés una caravana para ir a Boujad, la capital de Tadía y, por medio de una colección de amistades, logró que sus huéspedes fuesen admitidos en la misma.

Cuando salió para Meknés, a Carlos el cabello le había crecido hasta los hombros, tal como era costumbre entre los hebreos de Marruecos. Entonces pensó en sustituir las llamativas vestiduras sirio-argelinas por el traje sencillo de los rabinos marroquíes &endash;casquete negro y babuchas negras-, con objeto de pasar lo más desapercibido posible entre la gente.

En Meknés, el 27 de agosto, el jerife Sidi Omar dio orden de partida a la larga caravana, en la cual viajaban, además de nuestro par de rabinos, siete u ocho miserables musulmanes que se dirigían a Tadía, dos hebreos de Boujad que retornaban a sus casas y una cincuentena de mercaderes, que deseaban tomar parte en una feria que se celebraba a una jornada de camino.

Los incidentes no se hicieron esperar: en el término de dos horas, el camino fue cerrado cinco veces por bandas de salteadores, que siempre exigían el pago de importantes peajes.

Al día siguiente, dejados los mercaderes, junto con sus naranjas, aceitunas, dátiles y rojos pimientos, y reforzada la escolta armada, la caravana atravesó una región de gargantas escabrosas, excavadas en las montañas y llenas de bosques, infectados de tribus amenazadoras. Afortunadamente, éstas no hicieron acto de presencia. Los hombres de la escolta se encargaron de crear complicaciones. Se tumbaron en el suelo y dijeron que no se moverían de allí mientras no les dieran un sustancioso suplemento sobre el sueldo que les habían asignado. El suplemento fue concedido y el viaje continuó bajo la amenaza constante de las emboscadas. Y la comezón del miedo hacía presa, cada vez mayor, en el pobre Mardoqueo.

El 5 de septiembre la caravana alcanzó los limites de Tadía. «Estoy a sólo tres horas de marcha de Boujad -anotó en su libreta Carlos de Foucauld-; pero me hallo muy lejos de haber llegado. Hay casi tantos peligros en este pequeño trozo de camino que me queda por hacer como en todo lo que he recorrido hasta ahora. Aquí no hay anaia ni zetata que valgan. Los ladrones pueden con todo y ni las caravanas de cincuenta fusiles osan aventurarse a pasar…».

Solo cabía una solución: recurrir a Sidi Ben Daoud, el único personaje respetado en Boujad y en toda la región de Tadía. Carlos recordó entonces que en Tánger había obtenido de Muley Abd es Selam, descendiente de Mahoma y amigo de Francia, una carta de recomendación, precisamente para aquel Sidi Ben Daoud, quien tenía por antecesor a Omar, compañero de Mahoma y segundo califa del Islam. Llamó inmediatamente a un hombre de la escolta, le mandó quitarse los vestidos, para que no atrajese la avidez de los ladrones, y le envió con aquella carta en busca de Ben Daoud.

A la mañana siguiente, el mensajero retornó vestido de punta en blanco, y con él un joven de hermosa apariencia, montado en una muía blanca, seguido de un esclavo que le protegía con una sombrilla. Era Sidi Edris, nieto de Ben Daoud, mandado por éste para escoltar a los viajeros.

Llegados a Boujad, Carlos y Mardoqueo fueron conducidos ante Sidi Ben Baoud, un anciano benévolo de rostro pálido, expresión dulce y larga barba blanca. Le dijeron que eran dos rabinos de Jerusalén, que habían estado siete años en Argelia, etc., etc. Carlos se dio cuenta de que el anciano le miraba atentamente y con sospecha; también lo advirtió Mardoqueo, que del susto perdió el habla. Pero no sucedió nada. El anciano ordenó que los dos rabinos fueran hospedados, con todos los honores, en casa de la mejor familia judía de la ciudad.

En los días siguientes, los dos huéspedes se vieron tratados con la mayor cortesía. Regularmente, eran invitados a comer y cenar por el hijo o por el nieto de Ben Daoud. ¿Qué significaban aquellas atenciones extraordinarias, sin precedentes para los hebreos?

«No tardé en comprender -dijo después Carlos- dos cosas. Por una parte las constantes invitaciones y las visitas amabilísimas de los familiares de Sidi Ben Daoud tenían por objeto ganar mi confianza y hacerme hablar. Por otro lado, los hebreos ejercían un verdadero espionaje sobre todos mis movimientos, metían la nariz en mis apuntes y examinaban mis instrumentos. Algún pequeño detalle había hecho nacer en Sidi Ben Daoud, en su hijo Sidi Omar y, por lo tanto, en el nieto Sidi Edris, la sospecha de que yo era cristiano. Para comprobarlo, los marabutos me hacían vigilar por los hebreos y, mediante sus invitaciones, me examinaban con toda libertad…».

Un día, durante la comida, Carlos advirtió que el joven Sidi Edris estaba dispuesto a descubrir sus cartas. Decidió hacer lo mismo y correr el riesgo que implicaba sincerarse.

«No se imagina cuanto me gustaría hacer un viaje a Francia», dijo Sidi Edris, como por casualidad.

Y Carlos le respondió: «Nada más fácil. El ministro de Francia en Tánger le haría llegar hasta Argel y, en ésta, yo me pondría a su completa disposición. ¿Pero usted traería un cristiano aquí, a Boujad?».

«No tendría nada que oponer, a condición de que ese cristiano se vistiera de musulmán, o de judío, de que el Sultán no supiese nada y que el acuerdo se tomará secretamente entre el ministro de Francia y yo».

En este caso -contestó Carlos-, estoy seguro de que las autoridades de Francia le dispensarían la mejor acogida, ya que es importante para ellas poder enviar franceses de visita a esta ciudad, pues jamás ha sido vista por un cristiano».

«No es exacto -rebatió, sonriendo alusivamente, Sidi Edris-. Hay cristianos que han estado en esta ciudad».

«¿Disfrazados de musulmanes?».

«No, de hebreos. Venían de incógnito; pero nosotros los hemos conocido».

Era evidente que Sidi Edris, su padre Sidi Omar y su abuelo Sidi Ben Daoud habían descubierto que él era cristiano. ¿Le esperaba la muerte? No tuvo tan mala suerte. Enemigos del despotismo absolutista y aislacionista del sultán de Marruecos, los miembros de la familia santa de Boujad buscaban el modo más discreto de iniciar relaciones con el mundo occidental. Al final, entregaron a Carlos de Foucauld, falso rabino desenmascarado, un mensaje para el ministro de Francia en Tánger.

Las sucesivas etapas de la peligrosa expedición por el Marruecos prohibido llevaron al vizconde francés y a su guía hebreo a través del Gran Atlas, en el cual las poblaciones se apretaban en torno a las kasbah, de rojos muros almenados, construidas por los señores feudales en lo alto de picachos rocosos, semejantes a nidos de águilas. Más al sur, la poca vegetación, constituida por espinos y acacias, les anunció que estaban cerca del Sahara; se adentraron entre las dunas del mismo Sahara, desde el oasis de Tisint al de Akka, para tomar finalmente el camino de regreso, de una ciudad prohibida a otra, de una a otra emboscada, a lo largo de un itinerario que les condujo a Mrimina, donde les ocurrieron algunos hechos que vale la pena contar.

Estaban en Navidad. Carlos había pasado una melancólica Nochebuena, sus recuerdos se habían remontado hasta las dulces navidades de Nancy, cuando se reunía junto al árbol con su hermana y el bondadoso abuelo Morlet, coronel de artillería retirado. La mañana del día de Navidad de 1883 Bou Rhim, notable de Tisint y amigo entrañable de Carlos, que como jefe de la escolta les había llevado, a él y a Mardoqueo, hasta Mrimina, confió a ambos a la protección de Si Abd Allah, quien debía acompañarlos durante la próxima etapa. Si Abd Allah era en Mrimina un santón de una importante fraternidad religiosa musulmana, un anciano de apariencia huraña, de cuyo rostro bronceado fluía una luenga barba blanca.

«Yo no siento gran simpatía por los judíos -fue el poco tranquilizador discurso que les soltó, apenas los tuvo en su presencia-. Sin embargo, ya que vosotros dos me habéis sido traídos aquí, y por lo tanto sois mis huéspedes, os trataré con toda consideración. Pero dados mis sentimientos hacia los hebreos, lo mínimo que puede pediros como prueba de gentileza es que me compenséis de la repugnancia que siento por tener que ayudaros y me hagáis un regalo, y se entiende que tiene que ser un regalo digno de mí y aparte del precio acordado para que os conceda mi protección.»

Carlos se consideró afortunado, porque Si Abd Allah se contentó con los panes de azúcar, el té y el algodón que había encontrado en su equipaje. Pero, al despedirse, el santón dijo: «Está bien. Ahora voy a tratar con uno para que os provea de escolta».

¿Cómo? ¿No estaba todo arreglado, cerrado el trato, pagado y requetepagado? ¿No se había comprometido él, Si Abd Allah en persona, a escoltarlos en la siguiente etapa? Misterios del Marruecos prohibido.

Al día siguiente, fecha de partida, nadie apareció. Carlos, que desde el primer momento había olfateado en Mrimina un aire particularmente enrarecido, decidió utilizar el segundo recurso, el que después del dinero se había revelado como el más eficaz en aquel extraño país. Buscó entre las cartas de recomendación de que había sido provisto antes de comenzar el viaje y durante el mismo. Una de Muley Abd Selam, venerable jerife de Uazan, le pareció la más prometedora.

Lo fue, en efecto, hasta el punto de que, apenas la mostró, mereció ser leída públicamente en las mezquitas. Si Abd Allah, en los tres días siguientes, se tomó la molestia de hacer numerosas visitas a los rabinos y, no contento con esto, encargó a dos de sus hijos que durmieran junto a Carlos y Mardoqueo, concediéndoles así el máximo honor y la más fuerte garantía de seguridad. Pero de la partida, el anciano seguía hablando en términos de dilación. Hasta que dejó de ir donde ellos, con la excusa de que estaba enfermo.

Entre tanto, llegó a los oídos de Carlos una alarmante noticia: por toda la región se había esparcido el rumor de que el «rabino Couvaud» era en realidad un cristiano disfrazado, que llevaba consigo un importante tesoro. A las puertas de Mrimina, dos bandas rivales de ladrones, la de los Arib y la de los Beraber, estaban apostados para apoderarse del botín, apenas él y Mardoqueo pusieran el pie en despoblado. La extraña conducta de Si Abd Allah tenía al fin explicación, así como sus recomendaciones de paciencia encontraban una justificación.

El comienzo del año 1884 fue tan triste para Carlos como melancólica había sido la Navidad. Días más tarde, le llegó la noticia de que la banda de los Arib se había cansado de esperar y se había ido. Otro tanto había hecho la de los Beraber. Pero habían sido sustituidas inmediatamente por una treintena de Am Seddrat, los cuales, poco dispuestos a perder el tiempo esperando la presa, habían enviado una embajada a Si Abd Allah para pedir que les confiara a ellos la protección de sus huéspedes.

Aunque abusón y rapaz, Si Abd Allah se reveló, afortunadamente, no del todo deshonesto. Rehusó la oferta e hizo poner guardia de protección en la casa de los rabinos.

Nueva embajada de los bandidos; nueva negativa del viejo santón. El asedio continuó.

«La única solución -dijo Si Abd Allah, apareciendo ante sus huéspedes, después de la diplomática enfermedad- es esperar otros ocho días. Porque entonces los miembros de mi fraternidad religiosa y yo dejaremos Mrimina para ir devotamente en peregrinación a Tisint, a la tumba del gran marabuto. Ustedes podrán mezclarse entre ellos, en la procesión, entre la multitud de peregrinos…».

«Basta -le interrumpió Carlos-. Si no eres capaz de proporcionarnos inmediatamente la protección necesaria para que pueda salir de aquí, buscaré yo mismo la forma de seguir el viaje por otros medios».

Mandó un mensajero a Tisint, a su amigo Bou Rhim. Tres días más tarde, cerca de treinta jinetes, guiados por Bou Rhim en persona, entraron en Mrimina como un huracán, galopando directamente a la casa de Carlos.

Pasada media hora, Carlos y Mardoqueo salían camino de Tisint. La escolta que Bou Rhim había formado, con hombres de su parentela, estaba tan poderosamente armada, que los Am Seddrat no creyeron prudente salir al paso.

Pero las aventuras de Carlos y Mardoqueo no habían terminado. Nuevos incidentes los acompañaron de Tisint a El Outat, hasta Lalla Marnia, en las fronteras con Argelia, donde los encontramos desvanecidos, magullados y cubiertos de sangre, en la mañana del 23 de marzo de 1884.

Marruecos los había despedido apaleándolos y robándolos. Los autores materiales del hecho habían sido los hombres de la última escolta. Una despedida digna de aquella tierra, «donde -había escrito Carlos a su hermana María- entre los ladrones y el Sultán, no tienen tranquilidad ni ricos ni pobres; donde la autoridad no defiende a nadie y amenaza los bienes de todos; donde el Estado atesora continuamente, sin jamás hacer un gasto para el bien del país; donde la justicia se vende, la injusticia se compra y el trabajo nunca tiene recompensa… Se trabaja de día y se hace guardia durante la noche. Cierras los ojos un momento y los ladrones te quitan ganado y cosecha… Y cuando, a fuerza de trabajo y fatigas, la cosecha está a salvo en el granero, hay que defenderla todavía del Sultán. Para librarla de éste, los campesinos gritan que están en la miseria, que la estación ha sido pésima. Pero los emisarios los vigilan. Si ven que salen del mercado sin comprar grano, eso quiere decir que tienen, y los denuncian. En el momento menos pensado, llega una veintena de guardias, les registran la casa, les quitan el grano y además, si tienen esclavos y animales domésticos, se los llevan. Por la mañana si despiertan ricos y a la noche se encuentran pobres. Sin embargo, no les queda más remedio que seguir viviendo, sembrar para el siguiente año. En esta situación, sólo hay una esperanza: el judío. Este, si es un hombre honesto, les hará un préstamo al sesenta por ciento. En caso contrario, el interés todavía es más grande. El principio del fin, porque el primer año de sequía, las tierras salen a subasta y ellos van a la cárcel. Ruina total…»

El 26 de mayo de 1884, Carlos llegó a Argel. Lo primero que hizo fue ir a la biblioteca para entregar a su viejo amigo Mac Carthy las notas científicas de la expedición.

Se quitó los vestidos de hebreo errante. De ellos salió el Carlos de Foucauld «hombre viejo» elevado a la enésima potencia. Mientras los periódicos, argelinos contaban su viaje con categoría de hecho sensacional, él se entregó, durante doce días, a las orgías más desenfrenadas. Pero eran las últimas locuras del descendiente de los vizcondes de Foucauld de Pontbriand. Para él estaba muy próxima la hora de su gran conversión.

Mardoqueo cobró la paga pactada -doscientos setenta francos por cada uno de los nueve meses que duró la expedición- y, en poco tiempo, quemó todo este dinero en las llamas de su vieja pasión: la alquimia. Unos meses más tarde, durante un experimento del cual esperaba obtener la piedra filosofal, murió envenenado por los vapores del mercurio.

EL CAMINO QUE LLEVA A LA TRAPA

El invierno de 1886 fue crudo incluso para Jerusalén. Las terrazas de las casas, las cúpulas de los santuarios, las cúspides de los minaretes, las copas de las palmeras y los ramos de los olivos se cubrieron de una nieve espesa como algodón. Las callejas sucias de la ciudad vieja se llenaron rápidamente de un barro resbaladizo, de color grisáceo oscuro.

Nevaba también, la víspera de Navidad, cuando un joven europeo -el bigote aguzado según el dictamen de la última moda y con un paletot de inconfundible corte parisino- fue visto aventurarse en aquel fango helado que cubría la Via Crucis hasta el Calvario; se dirigió después al Santo Sepulcro y paseó más tarde por el Jardín de la Resurrección. Por la noche llegó a Belén, asistió a la misa de medianoche y comulgó. En los días que siguieron a la Navidad, visitó Betania, Caná, subió al monte Tabor, pasó por Emaús y fue a Nazaret. En esta última ciudad se detuvo más largamente que en los Otros lugares y recorrió las calles llenas de barro, donde jugaban niños harapientos.

Se marchó. Pero en seguida volvió sobre sus pasos, como si una voz, a la que no se pudiera no hacer caso, le repitiera: «Aquí, aquí, en Nazaret, es donde Jesús vivió treinta años. Los vivió en silencio, ignorado por todos, desconocido, orando junto a su madre y trabajando de carpintero en el taller de José. Treinta años, ¿comprendes? Todo lo larga que ha sido tu vida hasta ahora; tal vez tanto como te queda todavía por vivir…».

Se hizo la luz. Jesús no le llamaba a imitarle en la vida pública; no le mandaba por ello ingresar en una orden religiosa que después le enviara a la predicación o a la vida intelectual. Nazaret hablaba claro a su corazón: «Estar escondido en Cristo, con San Pablo, quiere decir elegi abjectus esse (he elegido ser despreciado), porque nuestro Señor lo fue».

Era la luz. La luz que Carlos buscaba desde hacía cuatro años, a partir del verano de 1885, el cual pasó -como vamos a ver a continuación- en Tuquet, entre los plácidos viñedos de Gironda.

Poco después de terminada la expedición al Marruecos prohibido, Carlos de Foucauld había regresado a Francia. El eco de su empresa y la fama proporcionada por los primeros elogios oficiales habían borrado, del ánimo de sus parientes, el resentimiento por las pasadas irregularidades. Estos le acogieron con un calor que era a la vez afecto y orgullo. Pero Carlos permaneció poco tiempo entre ellos.

En octubre nos lo encontramos de nuevo en Argel, donde -apoyándose en los apuntes confeccionados durante el viaje- escribió una obra de elevado valor cien tífico y gran interés literario, que el editor Challamel publicó con el titulo Reconnaissance au Maroc. Fue un trabajo absorbente, que exigía de él mucha concentración, pero que no le impidió correr el riesgo de contraer un matrimonio, cuyos preparativos ya habían comenzado. Afortunadamente se salvó, en el último momento, gracias a la intervención a distancia de sus parientes, en particular de su prima María de Bondy, una persona de la cual sería necesario decir alguna palabra.

Tía Inés, la belleza sofisticada de otros tiempos, había contraído matrimonio con el bonachón señor de Moitissier. Fue ella quien, preocupada por la conducta de Carlos y sus prodigalidades extravagantes, había hecho imponer a éste un consejo judicial. Había tenido dos hijas. La mayor, Catalina, estaba casada con un diplomático, el conde de Flavigni. La segunda, María, era esposa del vizconde de Bondy. María había sentido siempre un afecto particular por su extravagante primo, desde el momento en que, siendo un niño, quedó huérfano de padre y madre.

También durante el transcurso de todos aquellos años que siguieron, cuando a casa de los Moitissier llegaban las noticias, cada vez más alarmantes, sobre el comportamiento del muchacho, Maria, sola en medio del coro consternado e indignado de la familia, nunca había pronunciado una palabra de condena. Por el contrario, siguió manteniendo con Carlos una relación epistolar cariñosa y serena que, en algunas ocasiones, le libró de cometer locuras todavía más grandes que aquellas en que caía.

Fue también su discreta y dulce intervención la que disuadió a su primo de caer en un nuevo error. «Tenía necesidad de ser salvado de este matrimonio, y vos lo habéis hecho», escribió después Carlos a su prima. Y ésta no será, como veremos más adelante, más que una de las intervenciones trascendentales de María de Bondy en la vida de Carlos de Foucauld.

Mientras tanto, en Argel, Carlos se había puesto preocupantemente enfermo, con una inflamación. El médico, que le había tratado hasta su curación, le prescribió taxativamente una larga convalecencia en Francia, a ser posible en el campo.

Era ya el verano de 1885. Carlos, todavía con fiebre, aprovechó para reunirse con su hermana, que estaba veraneando con los Moitissier en una granja que estos tenían en Tuquet, en Gironda. «Nada de trabajar, nada de escribir, ninguna clase de fatiga: reposo, reposo y reposo», le había recomendado el médico de Argel. A Carlos no le quedó más remedio que pasar las horas en una cómoda habitación, pensando y observando. Pero pensara lo que pensara, viera lo que viera, era África quien prevalecía en sus recuerdos.

Los viñedos de Gironda eran bellos. Para recorrerlos, no se necesitaba contratar protección, ni pagar una escolta armada, ni afrontar emboscadas como en Marruecos… Pero, cuando la brisa movía los pámpanos de la vid, era el rumor de las palmeras de Tisint el que resonaba en los oídos de Carlos. Si, desde la ventana de su habitación veía la blanca barba de un labrador anciano, era la patriarcal figura de Sidi Ben Daoud la que se alzaba ante sus ojos. Cuando, desde los lejanos telares se alzaba, al atardecer, alguna coplilla, le venia a la mente el eco de la plegaria musulmana que desde la cordillera del Atlas llegaba hasta allí, hasta la Gironda; aquella plegaria solemne, que hacían postrados, y cinco veces al día repetía: «Allah Akbar» («Dios es el más grande»).

Sin embargo, en Tuquet había aprendido que no eran los seguidores de Mahoma los únicos que sabían orar, creer y adorar. Se daba cuenta de que, mientras los beduinos se inclinaban allá en el lejano desierto, en la iglesia del pueblo, a pocos pasos de la granja, su prima Maria rezaba por lo menos con la misma entrega.

Durante muchos años había pensado -desde que la adolescencia echó su fe a las ortigas- que precisamente la diferencia entre unas y otras religiones era la negación de todas. Ahora conocía a los creyentes de dos de ellas, comprendía que aquella convicción no se tenía en pie y que se imponía esta otra como evidente y cierta: de las ardientes arenas del Sahara, como de la fresca penumbra de la iglesita de Tuquet, era único el acto de fe que se alzaba a Dios, única la alabanza al Altísimo…

El no creía en aquel Dios. Pero, sin saberlo, tenía una gran necesidad de creer. Las interminables horas de aquel reposo forzado estuvieron, a partir de un determinado momento, llenas de meditaciones sobre el mundo de la fe y la virtud. El no tenía fe; pero podía aspirar, al menos, a la virtud. Una virtud -sin duda alguna- pagana.

Se lanzó a buscarla en los viejos autores griegos y latinos; pero sólo halló aburrimiento y disgusto. Entonces, casi instintivamente, pasó a ojear algunos textos cristianos. Fueron lasElevations sur les Mystéres, de Bossuet, las que le hicieron al fin encontrar un cierto sentido místico a la vida. Pero siguió vacilando ante la fe en Dios, y, todavía más, ante la fe en el Hijo de Dios, y rebelándose al solo pensamiento de aceptar el «yugo de la Iglesia».

Mientras tanto su salud mejoraba. Cuando, en septiembre, los Moitissier y su hermana regresaron a París, él volvió a Argelia. Tenía planeado Otro viaje -a través de las regiones desde hacía poco sometidas a Francia- y lo realizó. De Mzab a El Golea, después subiendo hasta Túnez, donde embarcó, para llegar a su patria en enero de 1886.

Se estableció en Paris, en el número 50 de la calle Miromesnil. En el apartamento volcó su nostalgia de África: colgó de las paredes, entre los viejos retratos familiares, una colección completa de sus «paisajes» marroquíes. Adquirió una biblioteca de obras selectas y editadas lujosamente, contrató un mayordomo; pero no compró cama. Prefirió dormir sobre una estera, envuelto en su albornoz, como Buo Rhim y los otros amigos de allá. ¿Bohemia de lujo con fantasías exóticas? ¿Ascetismo snob? Puede ser. Sin embargo, la diferencia entre los equívocos pisitos anteriores y este apartamento, aunque extravagante, indicaba que algo había cambiado en el interior de Carlos de Foucauld.

A poca distancia de la calle Miromesnil, en la de Anjou, vivían los Moitissier. La tía Inés tenía un salón que ejercía cierta influencia en el mundo político francés de la época. Carlos fue acogido con todo el interés que merecía el explorador de una parte de mundo desconocida. Bien pronto se vio asediado por un coro de ilustres aduladores, que pretendían atraerle a su campo con toda clase de tentadoras ofertas. Hastiado, no les dio oportunidad; y si continuó frecuentando el salón fue sólo para encontrarse, lo más a menudo posible, con su prima María, a la cual definía a menudo como «ángel en la tierra», o «alma bella».

Estas dos expresiones hoy nos pueden parecer mediocres y hasta un poco cursis, dada la profusión poética y romántica de las «almas bellas» y de los «ángeles en la tierra». Pero en boca de Carlos de Foucauld tenían un significado genuino. Un hombre como él -que durante años había conocido la «dolce vita», calibrando la relación con las mujeres solamente con la medida del capricho o la pasión- no podía encontrar otras expresiones para definir a una mujer como María de Bondy, la cual, por primera vez en su vida, cual imagen viviente de la virtud, le inspiraba un sentimiento de absoluta pureza, jamás conocido antes.

A la calle de Anjou iba, de vez en cuando, el abate Huvelin para visitar a la tía Inés y a María. Era un convertido que se había hecho sacerdote y que entonces desempeñaba el cargo de vicario en la parroquia de San Agustín. Fatigas y enfermedades habían señalado su rostro, haciéndole parecer más viejo de lo que en realidad era. Para escuchar sus sermones acudía mucha gente del gran mundo; sin embargo no tenía nada de abate mundano, y no ofrecía un Evangelio aguado, sino todo lo contrario.

Carlos sintió muy pronto una gran admiración por aquél abate; pero ni siquiera se le ocurrió pensar que pudiera ayudarle lo más mínimo. Si Maria no había logrado que recobrase la fe, mucho menos estaba ello al alcance del abate Huvelin. Este era un simple sacerdote, no un taumaturgo. Y además, la fe, no te la pueden imponer los otros, ni tú la puedes comprar en los mercados, ni siquiera para hacer feliz a una María de Bondy…

Un día Carlos entró en San Agustín. Recorrió lentamente las naves, sumidas en una discreta penumbra, murmurando entre dientes: «Dios mío, si existís, hacédmelo saber».

¿Le buscaría -podríamos preguntar con Pascal- si no le hubiese encontrado ya?

Pero no es siempre fácil para un hombre conocer aquello que le inspira. Además, sin negar el poder de la gracia, quien ha perdido la fe es raro que la recobre como iluminado por un rayo de lo alto. La mayoría de las veces, debe recorrer un camino largo y penoso, con avances y retrocesos, antes de llegar a la meta del «si» que subraya el final del drama interior.

En septiembre de 1886, Carlos volvió a embarcar se. Quería realizar una rápida expedición por territorio tunecino, antes de poder decir que había recorrido toda África del norte, desde Tánger hasta Tunez.

Un mes más tarde, en octubre, se lo pudo decir a María, nada más volver a París. Pero la conversación se desvió inevitablemente a Otro tema y terminó con estas palabras amargas de Carlos: «Vosotros sois felices con creer; yo, por el contrario, busco la luz y no la encuentro».

Sin embargo, una mañana de los últimos días de octubre, a primera hora, después de una noche de insomnio, Carlos de Foucauld salió de casa y se dirigió a San Agustín. No sabia claramente que era lo que deseaba; sólo sentía una angustiosa necesidad de ayuda.

En la sacristía preguntó por el abate Huvelin. Le contestaron que estaba en el confesionario, aquél de allí, y se lo indicaron. Carlos se aproximó y, hablando a media voz, a través de las portezuelas cerradas: «Abate Huvelin -dijo, y fueron las únicas palabras que le acudieron a los labios-, deseo que me instruyáis en la fe».

«Arrodillaos -respondió desde la oscuridad la voz contenida del sacerdote-, confesaos a Dios y creeréis.».

«Pero yo no he venido a eso…».

«Confesaos» -repitió el abate-. Un último momento de vacilación y Carlos pasó al lateral del confesionario y se arrodilló con la vista dirigida hacia la rejilla.

Desde aquel día, casi todas las mañanas iba a comulgar y se confesaba cada semana. Su alma sentía una serenidad como jamás la había conocido.

Pero Carlos no había llegado al final de su conversión. Porque si conversión significa la transformación total del ser, él comprendía que ésta no estaría concluida mientras su vida no fuera arrasada, para construirla de nuevo de un modo completamente distinto. «Cuando creí que había Dios -escribirá más tarde-, supe que no podía hacer otra cosa que vivir sólo para El. Mi vocación religiosa nació en el mismo instante que mi fe».

Empero, su fe recién nacida tenía que soportar muchas dificultades para sobrevivir. A veces, los prodigios narrados por los Evangelios le sabían a fábula; en otros momentos deseaba mezclar las plegarias cristianas con trozos del Corán… Fue necesaria la ayuda constante del confesor para que aquella delicada fe llegase a madurar; pero, sobre todo, fue decisiva la ayuda de la gracia de Dios.

En medio de tantas contradicciones, la primera idea -que fulguró en el mismo momento que la mano del abate Huvelin trazaba la cruz de la absolución- se abría paso y se robustecía. «Deseo ser religioso, vivir sólo para Dios, hacer lo más perfecto, cueste lo que cueste…»

El abate Huvelin le hizo esperar tres años. Además de otras razones, había una especial: aunque Carlos deseaba «desaparecer ante Dios en un puro anonadamiento» -como le sugerían las páginas de Bossuet-, sus ideas seguían sin ser claras del todo y no sabía qué Orden religiosa escoger.

La primera indicación le llegó de un trozo del Evangelio, que le produjo un impacto muy particular: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este es el primero y el más grande de los mandamientos. El segundo es semejante a éste: amarás al prójimo como a ti mismo». Por lo tanto, comenzaba y se circunscribía en el amor.

La segunda orientación..Ja tuvo por medio de un sermón del abate Huvelin en San Agustín. Recordaba muy bien sus palabras: «Nuestro Señor ha elegido el último puesto, hasta tal punto que nadie ha logrado quitárselo». «De acuerdo -pensó Carlos-, no es posible quitárselo; pero lograr el último puesto entre los hombres sí que es posible. Este, sin duda, es el único modo de estar próximo a nuestro Señor…»

Transcurrieron varios meses. Durante los mismos, Carlos -convencido de tener al fin en la mano la llave de su vida- meditó profundamente en la gran paradoja del cristianismo: Dios es el Altísimo; pero el Hijo de Dios se ha hecho el último de los hombres. ¿Por qué? Lentamente sus ideas se fueron aclarando: el Altísimo ha amado a la humanidad con tal amor, que ocultó toda señal de su gloria para hacerse hombre -y entre los hombres el más miserable-, llegar incluso hasta la muerte en el patíbulo y a la ignominia para conquistar el amor de las criaturas humanas.

Durante aquellos meses nadie se dio cuenta del drama que se desarrollaba en el alma de Carlos de Foucauld. Para todos seguía siendo el elegante parisino, un poco «snob», que frecuentaba el salón de madame Moitissier, tenía un mayordomo con lujosa librea y un piso un poco extravagante, donde pasaba las horas corrigiendo las pruebas de su obra sobre Marruecos y completando los mapas y cartas topográficas. Cuando -a comienzos del año 1888- el editor Challamel lanzó al mercado Reconnaissance au Maroc, el libro tuvo el más lisonjero éxito y la crítica profetizó a su autor un brillante porvenir. Al leer esto último, Carlos no pudo contener una sonrisa irónica.

En el verano de aquel mismo año, fue a pasar unos días en el castillo de los Bondy, en Indre. Fue entonces cuando María le aconsejó que visitará la trapa de Fontgombault, que estaba próxima. Carlos así lo hizo. Contempló el silencioso ir y venir de aquellos monjes de hábitos de lana blanca, oyó el golpear del martillo en el taller, el trino de los pájaros en los árboles, el murmullo del agua en las fuentes, el mugido lejano de una vaca, el sonido sordo que producía el azadón al hundirse en la tierra del huerto, el rumor del rastrillo; pero no oyó una sola voz humana en aquél pequeño mundo, limpio y misterioso. El silencio absoluto del hombre le pareció que transfiguraba el mismísimo campo de Francia, dándole la muda majestad del desierto. Pero lo que más le impresionó fue el mísero hábito de trabajo, sucio y remendado, de un fraile que regresaba de los campos.

Esta fue la tercera indicación: «Es aquí dentro -pensó- donde ese fraile ha encontrado el último puesto. Su hábito es el más bello del mundo…»

¿Era la trapa el único lugar de la tierra donde podía satisfacer su vocación? El abate Huvelin, al cual sometió su pregunta en cuanto estuvo de regreso en París, no se pronunció todavía. «Es mejor -le dijo- que antes de tomar cualquier decisión, hagáis una peregrinación a Tierra Santa. Allí pedid a Dios que os ayude a decidir».

En Tierra Santa, entre la nieve, sucedieron los acontecimientos que hemos narrado al comienzo de este capítulo. Desde aquella Navidad, Carlos no soñó sino con vivir la vida de silencio, oración y trabajo que durante treinta años llevó Cristo en Nazaret.. Había recibido la cuarta indicación y era la definitiva.

El 16 de enero de 1880 fue un día de viento impetuoso. Carlos avanzó por el sendero que se adentraba en un bosque de hayas y abetos, en forma de escarpada pendiente, entre los montes del Vivarais. Aquel camino llevaba a la trapa de Nuestra Señora de las Nieves.

Respecto de la misma, sabía dos cosas esenciales: la primera, que aquél era el más pobre entre los pobres monasterios trapenses, y él quería ser el más miserable de aquellos frailes míseros; segunda, que aquella trapa había fundado un nuevo monasterio en Siria, cerca de Alejandreta, y esperaba formar parte del grupo que iba a ser enviado allí para reforzar la nueva comunidad, la cual sin duda seria todavía más pobre que la casa madre.

El abate Huvelin le había escuchado, -ya no cabían dudas, la elección de Foucauld era meditada- y le dio su aprobación. Aquél fue el momento de la decisión final.

Desde que solicitó la admisión en la trapa, hasta que le fue concedida, pasaron varios meses. En el transcurso de los mismos, el tribunal de Nancy le quitó el consejo judicial y le devolvió la plena libertad para disponer de su fortuna. Curiosa historia la de la fortuna de Carlos: había podido utilizarla a manos llenas cuando era mejor que no la tuviese; le fue administrada precisamente cuando la había podido emplear en algo serio; se le devolvía ahora la completa disposición sobre la misma, cuando para él carecía totalmente de interés. Carlos la donó íntegra a su hermana.

Hizo una visita de despedida a sus parientes. Fue de Nancy a Dijón y por último a París. La víspera de la partida, él y Maria asistieron juntos a la misa que celebró el abate Huvelin y ambos comulgaron. Al llegar el momento, dio un postrer abrazo a los parientes de la calle de Anjou y se encaminó solo hacia la estación.

El bosque estaba ahora a su espalda; pero el viento soplaba igualmente en la desnuda pendiente de la montaña. Al alzar los ojos, Carlos vio los muros de granito blanco del monasterio solitario. Entonces sintió que, en verdad, todo había terminado: las locuras de Saumur, las pasiones de Evian, las aventuras de Fez, las amistades de Boujad y de Tisint, los afectos de París, las noches marroquíes bajo un cielo de diamantes, las noches parisinas iluminadas con las luces de los grandes bulevares, los veranos entre los viñedos de Gironda y en el castillo de Indre. Pero, al mismo tiempo, sintió que todo comenzaba en aquel reino de silencio. Hizo sonar la campana que había en la puerta.

«Deseo hablar con el Padre Abad» -dijo-. El hermano portero le guió, sin abrir la boca, ante el P. Martín.

«¿Qué sabéis hacer?» -le preguntó éste sin entrar en preámbulos.

«Pocas cosas».

«Entonces tomad ésta». Y le dio una escoba.

«Es mejor ser el último allí donde Dios quiere» -murmuró Carlos.

El día 27 de aquél mismo mes entró en la comunidad como postulante. Diez días más tarde tomaba el hábito de los novicios de coro: una amplia túnica de lana blanca, el escapulario y la cogulla. El vizconde de Carlos de Foucauld elegía para nombre religioso el de hermano María Alberico. «María -explicó-, por la Virgen de Nazaret, por mi prima que había sido la inspirada y como una hermana, a la que amaba tiernamente. Alberico en recuerdo de uno de los santos fundadores de la orden cisterciense».

En la trapa de Nuestra Señora de las Nieves cada día era idéntico que el anterior e igual que el siguiente. Para el hermano María Alberico todos ellos significaban oración, estudio y escoba, y una gran nostalgia de las personas amadas: María, Catalina, su hermana, la tía…

«Nos levantamos a las dos -escribió a su hermana- y vamos a la iglesia, donde recitamos durante dos horas en voz alta los salmos en el coro. Después, durante hora y media, se está libre: se lee, se reza, los sacerdotes celebran su misa. Hacia las cinco y media volvemos al coro para seguir recitando salmos -es el oficio de «prima»- y se oye la misa de la comunidad. Después se va al capítulo, donde se hacen algunas oraciones, el superior comenta una parte de la regla y, si alguno ha cometido una culpa, se acusa en público y recibe la penitencia correspondiente, que no es jamás severa. Después, más tiempo libre -tres cuartos de hora- para leer y orar cada uno por su cuenta; luego se recita en el coro la «tercia». Hacia las siete se comienza el trabajo: al salir de «tercia» el superior señala el trabajo a cada uno. Se hace éste hasta las once, hora en que se dice la «sexta». A las once y media vamos al refectorio. Después de la comida -una comida monacal- nos dirigimos a la habitación para dormir hasta la una y media de la tarde. Tres cuartos de hora de intervalo para las plegarias particulares de cada uno o la lectura. A las dos y media, vísperas. Después de éstas, trabajo hasta las seis menos cuarto. A las seis, oración. A las seis y cuarto, cena. Un poco de tiempo libre y, a las siete y cuarto, lectura para toda la comunidad, en capitulo. Después «completas», canto de la salve y a la cama. Vamos a dormir a las ocho…»

Los trapenses no tienen celdas separadas, duermen todos juntos en una desnuda habitación. Adiós cámara familiar de otro tiempo, adiós cuarto número 82 de la escuela de Saumur con su cómoda tumbona, adiós garçoniere de Pont-á-Mousson, adiós apartamento de Paris, adiós tiendas marroquíes…

Pero ¿por qué había elegido la trapa? «Por amor, por amor», escribía.

EL ULTIMO A TODA COSTA

El sobre presentaba un montón de sellos de colores vivos, en los cuales se veía la media luna turca. Hacía meses que María de Foucauld, esposa del señor de Blic, esperaba aquella carta.

«El trabajo más duro -leyó, entre otras cosas, y fue el párrafo que la impresionó más- es el de la tierra. En invierno se talan los bosques, en primavera se podan las vides, en verano se siega el heno y se recoge el grano. Anteayer precisamente hemos terminado de segar. Un trabajo de labradores, en suma, inmensamente bueno para el alma, la plegaria y la meditación. Después de este trabajo -más pesado de cuánto se puede imaginar, sobre todo para uno como yo, que jamás lo ha hecho- se siente compasión de los pobres, caridad hacia los obreros, amor por los trabajadores… Se conoce el precio de un pedazo de pan cuando se prueba cuánto sudor cuesta producirlo. ¡Se aprende a tener compasión de aquellos que trabajan, al compartir fatigas!…»

La carta estaba firmaba por el hermano de la señora Blic, el antiguo vizconde Carlos de Foucauld de Pontbriand, ahora más sencillamente fray María Alberico, y procedía de la lejana trapa de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, en Siria, lo que en aquél entonces equivalía a decir del imperio otomano. La fecha era la de un día de fin de verano de 1891. Carlos, como le seguían llamando en la familia, estaba allí desde hacia más de un año.

Fray María Alberico estuvo sólo seis meses en la trapa de Nuestra Señora de las Nieves, enclavada en los helados montes de Vivarais. («Parecía un ángel en medio de nosotros», escribía de él el padre abad, don Martín). Después no se le quiso hacer suspirar más por la pobrísima trapa del Asia Menor y, en junio de 1890, el novicio pudo dejar la escoba junto al cogedor de basura y dirigirse a Marsella, donde embarcó hacia Oriente. El 9 de julio desembarcaba en Alejandreta. En el puerto, bajo un cielo de metal fundido, le esperaba el padre Etienne, con la blanca túnica empapada de sudor. En silencio, los dos subieron a la grupa de sendas mulas y, escoltados en el primer trecho del camino por un pelotón de guardias turcos y después por varios guerreros curdos, avanzaron hacia el interior.

El camino ascendía con rápida pendiente por entre las montañas de Amanus, vigilado desde lo alto por las torres espectrales de antiguos castillos en ruinas. El paisaje sombrío, que recordaba al áspero y desolado del Pequeño Atlas, la escolta armada que caminaba con cautela a su lado, los jinetes de mirada huidiza que se cruzaban con ellos, las caravanas de lentitud exasperante que a veces cerraban el paso, los bosques infectados de bandidos, el sol que había bajado hasta la altura del horizonte: todo hacia revivir en la mente de Carlos una parte de su aventura marroquí. Si no hubiese sido por la vestidura que llevaba -el hábito cisterciense de fray María Alberico y no el pintoresco disfraz del rabino Couvaud- la similitud de lugares y circunstancias le habrían hecho creer que verdaderamente se acababa de despertar de un largo sueño para encontrarse, algunos años atrás, y a millares de kilómetros de distancia, sobre un camino prohibido en la tierra del Sultán Muley Hassan.

Cabalgaron dos días y dos noches, con breves descansos para dormir. Subieron a la cima de la colina de Beilán y descendieron por la otra vertiente hasta el poblado de Akbés, asomado a una vertiginosa pared cortada a pico. Bajaron por un lugar donde la verticalidad era menos pronunciada, siguiendo un camino de mulas apenas marcado en la roca, y alcanzaron el fondo del horrible precipicio. Recorrieron un largo trecho de la estrecha garganta, treparon por el lecho de un arroyo sin agua en aquellos momentos, y desembocaron al fin en un amplio valle, dulcemente extendido a ochocientos metros de altura, pero cercado de montes impenetrables, que erguían sus cimas de roca gris, horadadas por cavernas, más altas que los sombríos bosques de pinos marítimos, encinas gigantes y olivos silvestres, vivienda de perdices, venados y bandidos, reserva de caza -durante el invierno- de los lobos, panteras, osos y jabalíes.

Si el hosco paisaje, que los había acompañado durante el largo camino desde Alejandreta hasta allí, hizo recordar a Carlos algunas regiones de Marruecos, aquel valle insospechado y que aparecía repentinamente ante sus ojos, verde de pastos, dorado de mieses y alegre de árboles frutales, le trasladó, como por arte de magia, a los años de su infancia, en un valle de los Vosgos, cuando su pequeña mano iba cogida de la mano grande y buena del abuelo Morlet, coronel de artillería retirado. Pero poco después, los ojos del novicio encontraron dos detalles que le volvieron bruscamente a la realidad: una empalizada alta y sólida, protegida con espino, construida alrededor de todo el valle, en los limites con el bosque, para impedir las incursiones de las fieras; y en el centro, un poblado de barracas, hechas con madera y barro, cubiertas con ramas, muy semejante a los pueblos de los buscadores de oro del Far West, de los cuales Carlos había visto algunas fotografías.

Aquella era la trapa de Nuestra Señora del Sagrado Corazón. «Es una babel de graneros, establos, chozas, unidos los unos a los otros por miedo a los ladrones y a las fieras, a la sombra de árboles inmensos», escribió Carlos en una de sus cartas. En otra explicó: «Hace treinta años, este lugar estaba habitado; la comarca, ahora desierta, era populosa. Pero, a causa de una insurrección, los turcos lo arrasaron todo. Evidentemente, no pensaban prepararnos el lugar».

En 1882, los trapenses de Nuestra Señora de las Nieves, amenazados con la expulsión de Francia, enviaron a uno de ellos a buscar refugio en otro lugar. Alguien encontró aquí el refugio adecuado, en tierra Siria, en aquella cuenca perdida entre montes, donde el furor de los turcos había pasado sin dejar huella de personas y de cosas.

Entonces vinieron unos cuantos monjes desde Nuestra Señora de las Nieves, y fundaron una trapa hija, dedicada a Nuestra Señora del Sagrado Corazón, y don Luis Gonzaga, hermano de don Martín, fue el prior. Algunos curdos, bajados de las montañas, se dejaron convencer de que abandonaran el bandidaje y todos juntos pusieron manos a la obra; levantaron algunos alojamientos provisionales, protegieron el valle con la empalizada, limpiaron el suelo de ruinas y, araron la tierra cultivable. Cada año recogían cebada, trigo, legumbres, uva, algodón y fruta, cada vez con mayor abundancia.

Después de ocho años de fatigas sin descanso, el valle que se ofrecía a los ojos de Carlos, tapizado de prados limpios y de cultivos ordenados, era un encanto. Pero el monasterio -si así se podía llamar a aquel conjunto de chozas miserables- hablaba todavía el áspero lenguaje de los pioneros. En el verano, los frailes dormían en un granero que estaba encima de los establos; el olor se metía por entre las tablas mal juntas y el pataleo de los animales no cesaba en toda la noche. Para los inviernos tenían otro granero, situado sobre el refectorio, y el frío parecía una lluvia glacial desde el techo de hojalata cubierto de nieve.

«Somos una veintena de trapenses, comprendidos los novicios -escribió Carlos algún tiempo después a su hermana Maria de Blic-. Hay ganado, bueyes, cabras, caballos, asnos, cuanto es necesario para una labor agrícola en gran escala. En las barracas se alojan también una veintena de huérfanos católicos -comprendidos entre los cinco y los quince años- y una quincena de obreros laicos -curdos que abandonaron el bandolerismo para hacerse agricultores-, sin contar un número siempre variable de huéspedes, en el verdadero sentido de la palabra, pues ya sabes que los monjes son esencialmente hospitalarios… Mi alma tiene una profunda paz, una paz que desde el instante en que llegué no me ha dejado, y que cada día es más grande, si bien comprendo cuán poco es mía y cuánto, por el contrario, es un puro don del Señor».

Aquella pobreza santificada por la oración, el trabajo hecho sagrado por la regla, el encontrarse en tierra de Asia, no lejos de los lugares que habían acogido a los primeros eremitas cristianos, le entusiasmaron, hasta tal punto, que creyó -por algún tiempo- haber conseguido plenamente la sencillez de los tiempos primitivos.

Pero luego recordó que todavía estaba ligado al mundo por un grado de oficial de la reserva y por aquel extravagante apartamento que poseía en Paris en el número 50 de la calle Miromesnil. Se apresuró a escribir a su hermana: «También es tuyo, te lo regalo»; y al ministro de la guerra: «De nuevo presento mi dimisión del ejército francés, y esta vez definitivamente». Después, con un profundo sentimiento de alivio, comunicó a su prima Maria de Bondy: «Este paso me ha dado una verdadera alegría. Había dejado todos los bienes; pero me quedaban dos impedimentos miserables: el grado y una pequeña propiedad. Me siento feliz de haberlos arrojado también por la ventana».

La semana del 2 de febrero de 1892 -el alba no había despuntado todavía sobre la fiesta de la Candelaria- fray María Alberico hizo voto de pobreza, castidad y obediencia en la Orden de los cistercienses reformados es decir, de los trapenses.

«Ya no me pertenezco en absoluto -escribió en la noche de su profesión religiosa-. Me encuentro en un estado que nunca había experimentado, si no es a mi regreso de Jerusalén. Es una necesidad de recogimiento, de silencio, de estar a los pies de Dios y de contemplarle…».

«No sabéis, señora -escribía respecto a él Don Luis Gonzaga, prior de la trapa, a María de Bonfy-, qué santo compañero de viaje hacia el cielo se ha unido a nosotros… Nuestro venerado padre Policarpo, que es su director espiritual, tiene casi cincuenta años de profesión religiosa y más de treinta de superior, y me asegura que no ha encontrado en su vida un alma tan entregada a Dios…». Y le confiaba, quizá para obtener de ella una ayuda indirecta: «Quisiera que fray María Alberico hiciese los estudios de teología para ordenarse sacerdote. Pero preveo que habré de sostener una gran lucha con su humildad».

Si ése era el deseo de Don Luis Gonzaga, más ambicioso era el proyecto que abrigaba su hermano, Don Martín. Este, llegado desde Francia a la trapa de Siria en visita canónica, dijo clara y rotundamente que fray María Alberico era el más dotado para ser en un día futuro prior del monasterio de Nuestra Señora del Sagrado Corazón. Sin embargo, los dos estaban de acuerdo en que la tarea de convencerle, para que aceptase semejante dignidad, iba a ser muy difícil.

Fray María Alberico no tenía ninguna de las llamadas «santas ambiciones»; o, mejor dicho, de ambiciones nutría una sola legítima, firmísima: la ambición de estar en el último puesto siempre y en todas partes. Los dos superiores lo comprobaron, sin lugar a dudas, al iniciar los primeros sondeos; nada más mencionárselo se declaró indigno del sacerdocio y descartó la idea de cualquier dignidad, aunque fuese religiosa, con el mismo ímpetu con que habría rechazado la tentación que pretendiera alejarle de aquella pobreza, la cual -decía- era la única capaz de acercarle a Cristo: «Experimento un gozo vivísimo al estar metido hasta el cuello entre la paja y la leña, y mi repugnancia es extrema hacia cuanto pueda alejarme de este último puesto, que he venido a buscar aquí, en esta abyección, en la cual deseo profundizar más y más, según el ejemplo de nuestro Señor…»

El «peligro» de tener que ordenarse sacerdote -es la palabra empleada textualmente por fray María Alberico- pareció alejarse cuando, además de no volver a mencionarle los estudios teológicos, le encargaron de remendar y coser los vestidos de los huérfanos acogidos en la trapa. Le pareció entonces que se le abrían las puertas del cielo. ¡Aquel trabajo si que le aproximaba a la casita de Nazaret!

Pero su felicidad duró poco tiempo. En agosto de 1892 le fue ordenado, de repente, que dejase la aguja y comenzase los estudios de teología. Desesperado, corrió ante el prior.

«No tengo vocación», insistió.

Don Luis Gonzaga le contestó, con tono terminante, que era cosa ya decidida y no había nada que objetar.

Fray Maria Alberico estuvo durante varios días profundamente deprimido. Después recordó que la obediencia perfecta es más pura que la más pura intención personal, y se sobrepuso. A partir de entonces, dos veces a la semana, acompañado de otro fraile trapense, recorrió a pie, ida y vuelta, el largo camino que llevaba a la aldea de Akbés -el terrible precipicio, el vertiginoso camino de mulas apenas señalado en la pared de roca casi vertical-, con objeto de acudir a la misión de los lazaristas y escuchar las lecciones del padre Destino, el superior, hijo de un antiguo ministro del rey de Nápoles y que había sido profesor de teología en Montpellier.

«La teología me interesa», escribió Carlos algún tiempo más adelante; pero nunca dijo que la amara. Le interesaba en cuanto !e hablaba de Dios y, queriendo, también podía conducirlo a Él. Pero en cuanto ciencia -no como acto de vida ni de amor- en ningún momento le produjo una chispa de entusiasmo. «Estos estudios -escribió- no valen lo que la práctica de la pobreza, de la obediencia, de la mortificación, de la imitación de nuestro Señor, que me inclinan al trabajo manual. Pero como lo hago por obediencia, después de haberme resistido cuanto me ha sido posible, no hay duda de que es esto lo que el buen Dios quiere de mí en este momento».

Yendo y volviendo de la trapa a la misión de los lazaristas en Akbés, Carlos tenía mucho tiempo para pensar sobre los hechos de su vida. Poco a poco, empezó a no sentirse a gusto consigo mismo.

Recordaba que hacia algún tiempo había escrito: «Cuanto más das a Dios, más devuelve El. Creía, al dejar el mundo, haberlo dado todo; pero en la trapa he recibido mucho más de cuanto he dado en toda mi vida». Entonces escribió estos reglones con el corazón lleno de gozo. Pero, ahora, pensar en ello le producía profunda inquietud. Había soñado y encontrado la trapa más pobre y más dura de cuantas existían en el mundo; y sin embargo aquella trapa le había ofrecido una vida tan dulce y tan fácil…

Por añadidura, la orden de estudiar le turbaba. «Para aplicarme con todas mis fuerzas en el estudio de la teología, me veo obligado a renunciar a la lectura y a pasar menos tiempo en la Iglesia… la teología me interesa, sí, y también es bella cuando se la ama… Pero sabía mucha, acaso, San José?» A pesar de su gran tristeza, sacaba fuerzas para ironizar sobre sí mismo: una trapa, que le encaminase hacia «una honorable vida de estudio», no la había esperado ni remotamente. Mientras tanto, las palabras de san Vicente de Paúl resonaban cada día, cada hora, de la misma manera, en su interior: «Amemos a Dios, amemos a Dios; pero a costa de nuestros brazos y con el sudor de nuestra frente».

El sentimiento de disgusto que ya dominaba el alma de Carlos, aumentó en abril de 1893, a causa de un «Breve» de León XIII, que autorizaba a los trapenses a usar grasa y mantequilla como condimento para los alimentos de su régimen vegetariano. Más aún, la autorización tenía valor de recomendación.

Comprendía perfectamente que el Papa había dado aquel documento por la preocupación de salvaguardar, en cuanto era posible, la salud de los trapenses; y sabia también que, únicamente con este espíritu, la trapa de Nuestra Señora del Sagrado Corazón había aceptado la invitación de Roma. No obstante, no podía negarse a si mismo que aquel hecho hacía más profundo el sentimiento que experimentaba últimamente: el de hallarse en la trapa como pez fuera del agua.

«Desde hace unas semanas -escribía a María de Bondy el exrefinadísimo sibarita en especialidades gastronómicas- no tenemos nuestra buena cocina a base de agua y sal… Ponen en los alimentos una enorme cantidad de grasa… Tú puedes comprender cuánto me disgusta esto: mortificarse menos es dar un poco menos a Dios, un poco menos a los pobres…».

Pasó algún tiempo, y la inquietud creció hasta tal punto en el ánimo de Carlos, que no tuvo más remedio que enfrentarse con el dramático interrogante que dominaba sus pensamientos: ¿podía, debía permanecer todavía entre los trapenses? En realidad, los votos que había pronunciado hasta aquel momento eran temporales; pero este hecho no era suficiente para aplacar su angustia.

Decidió pedir consejo al padre Policarpo y a sus superiores, y les habló con entera sinceridad.

«Me siento seguro -les dijo- de que mi vocación no coincide exactamente con la Orden de los cistercienses reformados».

Le pidieron que dijera cuál era la Orden a la que se sentía llamado y respondió que, en aquel momento, no existía en la Iglesia una comunidad que reuniese las condiciones que él necesitaba.

«Viendo que no es posible en la trapa llevar la vida de pobreza, de absoluto desinterés, humildad -y diría también de recogimiento- de nuestro Señor en Nazaret, me he preguntado si Él me habrá dado estos deseos tan vivos para que se los sacrifique o, por el contrario, si dado que hoy ninguna congregación en la Iglesia ofrece la posibilidad de llevar la misma vida que El tuvo en este mundo, debo buscar algunas almas con las cuales fundar una pequeña congregación que reúna estas condiciones: imitar lo más exactamente posible la vida de nuestro Señor, vivir únicamente del trabajo manual, sin aceptar ningún regalo ni limosna alguna, siguiendo al pie de la letra los consejos de Cristo, no poseyendo nada, dando a todo el que pida, no reclamando nada, privándose de todo lo privable, a fin de ser lo más conforme posible a nuestro Señor y darle lo más que podamos en la persona de los pobres. Al trabajo iría unida mucha oración, pero sin oficio en el coro, ya que es un inconveniente para los huéspedes y ayuda tan poco a la santificación de los ignorantes. Las comunidades serían de pocos miembros, a la manera de los carmelitas, porque los monasterios numerosos asumen, necesariamente, una importancia material que es enemiga de la pobreza y de la humildad. Y así difundirse por todas partes, sobre todo en los países de infieles o abandonados, donde será dulcísimo aumentar el amor y los servidores de nuestro Señor Jesús…»

Esto dijo a sus superiores. Al confesor le preguntó de dónde le vendría aquel deseo tan grande de realizar su «ideal de Nazaret»: ¿De Dios? ¿Tal vez del demonio? ¿O de su fantasía? «El padre Policarpo me ha contestado que no lo piense por el momento y espere la ocasión, propicia, que Dios, si este deseo mío viene de El, lo hará surgir sin duda».

Más dura fue la respuesta del abate Huvelin, al cual había escrito para pedirle también consejo: «Proseguid los estudios de teología, al menos hasta el diaconado; aplicaos en el ejercicio de las virtudes interiores y sobre todo del anonadamiento. En cuanto a las virtudes externas, practicadlas en la perfecta obediencia a la regla y a los superiores… Para lo demás, esperemos. Sin embargo, tened presente que vos no estáis hecho, en absoluto, para guiar a los demás…».

Ante esta respuesta, fray Maria Alberico inclinó la cabeza.

«Paciencia, paciencia», pensó. Transcurrieron varios meses, sin que sucediera nada. Pero de improviso, Dios le envió la primera señal.

Fue en abril de 1894. A fray Maria Alberico le mandaron ir a velar el cadáver de un operario árabe católico. Apenas pisó la choza del muerto, se sintió conmovido hasta lo más profundo. A poca distancia de la trapa más pobre del mundo, descubría una miseria tan tremenda que hacía parecer riqueza la pobreza de los monjes.

«Nosotros, los trapenses -pensó entonces-, hemos renunciado al mundo, es verdad; vivimos una vida dura, es cierto. Pero este hombre que acaba de morir en este tugurio ha llevado una vida todavía más dura. Por añadidura, nosotros los frailes formamos una comunidad numerosa, nos sostenemos el uno al otro, tenemos algunas tierras y ganados; pero este hombre, para mantener a su familia, estaba solo, como San José. No poseía nada. Y si ha logrado sobrevivir hasta hoy, ha sido gracias a que vendía cada día, míseramente, el trabajo de sus brazos. ¡Qué diferencia entre esta casa y la nuestra! ¡Cómo añoro a Nazaret!».

Un año más tarde, en noviembre de 1895 hubo una terrible matanza, fue la segunda señal. Los cristianos de Armenia se sublevaron contra los turcos y éstos aprovecharon la oportunidad para intentar el exterminio no sólo de los armenios, sino de todos los cristianos, católicos y greco-ortodoxos, donde quiera que se encontrasen. En pocos meses las víctimas llegaron a ciento cuarenta mil -en Marache, la ciudad más próxima a la trapa, en dos días fueron muertos cuatro mil quinientos-, y muchos fueron mártires, en el pleno sentido de la palabra, porque murieron voluntariamente, sin defenderse, antes que renegar de la fe.

«Los europeos se hallan bajo la protección del gobierno turco, y así nosotros estamos seguros -escribió Carlos, con profunda amargura-. Pero es bien doloroso ser tratados de este modo por los mismos que deguellan a nuestros hermanos. ¡Cuánto mejor seria morir con ellos que ser protegidos por sus asesinos!».

La gran tragedia aumentó todavía más su deseo de abyección total. Si no hubiese sabido aceptar la obediencia hasta la completa negación de si mismo, no habría resistido, ni un minuto más, dentro de la empalizada que cerraba el verde valle.

Pero obedeció, una vez más se anonadó en la obediencia, Aunque desde hacía tres años no sentía otro deseo que salir de la trapa, en enero de 1896 -por obediencia- renovó los votos temporales por dos años más. No obstante, al mismo tiempo, elaboraba con todo detalle un proyecto de regla para las pequeñas comunidades que soñaba fundar y para las cuales ya había encontrado nombre: «Congregación de los Hermanitos de Jesús».

«Estas comunidades -escribió- se establecerán en las ciudades pequeñas o en los suburbios de los centros populosos, en todo caso en los barrios donde vivan los más pobres. Habitarán en pequeños alojamientos, que serán absolutamente semejantes a las más miserables viviendas del lugar, barracas o cabañas, según sean. Cada alojamiento tendrá tres habitaciones; una reservada a la capilla, otra a los huéspedes y la tercera a los Hermanitos. Nada de sillas, ni de camas: bastará con unos bancos adosados a las paredes. En torno a la barraca habrá un huertecillo para cultivar legumbres y algunos árboles frutales. La clausura será extremadamente severa, y el silencio deberá reinar perpetuo, roto solamente por la oración que, con el trabajo, ocupará toda la jornada. El trabajo será manual y lo más sencillo posible, tanto para sufrir la misma fatiga que la gente más ignorante como para dejar libre el espíritu para la meditación. Por el trabajo se cobrará el salario más bajo. Como vestido se adoptará el que usen los más pobres de la región. Para la alimentación serán suficientes dos comidas: una con solo cereales hervidos en agua y sal y la otra de una libra de pan. Únicamente los domingos habrá un poco de leche, miel, mantequilla y fruta. Sin embargo, los enfermos gozarán de la mayor abundancia, porque es justo que naden en las delicias. También la oración será “pobre”: se asistirá a la misa, se adorará al Santísimo, se rezarán el ángelus, el viacrucis y el rosario; pero nada de oficio canónico: no se debe excluir de la plegaria a aquellos que no saben nada de latín…».

Carlos envió una copia de este esbozo de regla al abate Huvelin. La respuesta llegó, alarmadísima, a vuelta de correo: «Vuestra regla es absolutamente impracticable. ¡Si el Papa vaciló en aprobar la franciscana, por considerarla demasiado severa, imaginad la vuestra! ¿Debo deciros la verdad? Me asusta. Vivid a las puertas de una comunidad, en la abyección que queréis; pero no redactéis reglas, os lo suplico…».

¡Pobre abate Huvelin, qué golpe había asestado a aquel proyecto de regla!. Pero había servido para algo: rehusaba, de un modo claro, reconocer en Carlos de Foucauld el espíritu del fundador y, al fin, le daba permiso para vivir -como un solitario loco de Dios- a la puerta de cualquier monasterio.

Carlos no dejó pasar el tiempo. Inmediatamente presentó al padre Policarpo y a los superiores su petición de libertad. Estos escribieron a Roma para solicitar la autorización de Don Sebastián, el superior general de los trapenses. Cuando el 10 de septiembre llegó la respuesta, decía sólo: «El hermano María Alberico es invitado a partir inmediatamente hacia la trapa de Staoueli, donde recibirá nuevas instrucciones».

La trapa de Staoueli se encontraba situada a diecisiete kilómetros de Argel, en una meseta desierta. Era prior Don Luis Gonzaga, el mismo que hasta hacia poco había estado allí, en Siria, dirigiendo la de Nuestra Señora del Sagrado Corazón.

La alegría que sintió Carlos al ver, después de diez años, a su amada África y al abrazar a su antiguo superior, se apagó tan pronto le fueron comunicadas las «nuevas instrucciones» dadas por Don Sebastián: como última prueba debía estudiar, durante dos años, teología en Roma. ¡Dos años! Tenía treinta y ocho, y de prueba en prueba, había tenido paciencia desde hacía más de tres años. Pero de nuevo obedeció. Es más: «Obedecer es amar: es el acto de amor mas puro, el más perfecto, el más sublime, el más desinteresado, el más adorador».

En noviembre de 1896, Carlos llegó a Roma y se alojó en la casa generalicia de los cistercienses reformados, al lado de San Juan de Letrán. Poco después comenzaba los cursos de la Universidad Gregoriana.

«El trabajo manual -escribió- ahora lo hemos dejado necesariamente… No tenemos todavía edad para trabajar como San José; estamos aprendiendo a leer como el Niño Jesús…».

Mientras tanto, se acercaba la temida fecha del 2 de febrero de 1897. En aquel día, por cumplirse los cinco años de los primeros votos, las constituciones indicaban que Carlos debía, o pronunciar los votos perpetuos, o abandonar la Orden. Precisamente, mientras se encontraba cumpliendo la última prueba que le había sido impuesta, lo cual complicaba la situación: si se iba de la trapa, faltaría al compromiso de ser obediente a su superior hasta el final, y pronunciando los votos anularía, en principio, todo resultado diverso de la prueba misma.

Fue el propio Don Sebastián quien resolvió in extremis la cuestión: reunió, con carácter de urgencia, el consejo, y los dos años de prueba y de teología fueron suprimidos. Fray María Alberico, al fin, era libre de abandonar la trapa. Solamente se le rogaba que pidiera un último consejo al abate Huvelin, quien había quedado como único director de su conciencia.

«Creo que mi vocación es descender… -escribió entonces Carlos al abate-. Se me han abierto las puertas para dejar de ser religioso de coro y bajar al rango de mandadero y criado». En suma, le hizo comprender que también en la jerarquía eclesiástica quería ocupar el último puesto.

El abate, en la respuesta, le repitió el permiso para vivir con todo el ocultamiento que quería, a las puertas de un convento, si era lo que deseaba; pero le negó de nuevo, con palabras claras y terminantes, la autorización para redactar una regla para otras personas.

Era todavía septiembre cuando Carlos dejó Roma, no llevando consigo más que lo poco que le habían dado los trapenses. Poco, pero sí suficiente para embarcarse con dirección a Jaffa. De ésta, pensaba dirigirse a Nazaret, ya que era precisamente allí donde quería vivir la «vida de Nazaret».

EL MARABUTO DEL CORAZÓN ROJO

La mañana del 6 de marzo de 1897, la hermana María Fiel, lega de las clarisas de Nazaret, se detuvo mucho más tiempo del acostumbrado en la capilla del convento. Había fingido salir con las demás después de la oración en común; pero se había escondido detrás de una columna, desde donde podía vigilar a un extraño vagabundo arrodillado ante el Santísimo.

Había entrado en la capilla a primera hora de la mañana -«Un tipo que inspira poca confianza»-, cubierto de harapos y polvo, la barba sin arreglar, los pies hinchados y heridos dentro de unas sandalias con las suelas rotas,- «ha debido venir andando»- se cubría la cabeza con algo que se parecía a un turbante; sobre la espalda, una blusa con capucha a rayas blancas y azules dejaba ver unos pantalones de algodón, cuyo color podría haber sido en otra época más o menos parecido al azul: «Un tipo al que no hay que perder de vista, si no queremos que desaparezca de improviso llevándose la custodia de oro», pensó también la hermana Maria Fiel y, por ello, se había quedado en la sombra montando la guardia, mientras aquella figura sospechosa, inmóvil ante el altar, parecía no decidirse nunca a separar los ojos del Santísimo.

Transcurrieron tres horas. Entonces se puso en pie. «Ahora intenta el golpe», pensó la lega, preparándose para dar la alarma. Pero él, sin darse cuenta de que era vigilado, salió de la capilla y se dirigió a la puerta del convento.

Tocó la campana, y la Hermana Marta, la portera, se quedó asombrada al oír en un francés absolutamente correcto, sin acento ninguno, expresarse a aquel hombre andrajoso, que le dijo: «Quisiera hablar con la madre abadesa».

Al llegar a este punto de nuestra narración, ni siquiera las vitrinas del mayor anticuario de París podrían contener por orden cronológico -si se nos permite decirlo así- los trajes y uniformes que Carlos de Foucauld de Pontbriand ha lucido ya, así como si fueran los símbolos de las distintas fases de su vida, que incluso cambia hasta en el modo de vestir. A los ocho años se puso el uniforme del colegio diocesano de Estrasburgo. A los dieciocho, el de cadete de la Escuela Militar Especial de Saint-Cyr. A los veinte, el de alumno de la escuela de caballería de Saumur. A los veintiuno, el de subteniente de Húsares (en este periodo particularmente desordenado, el smoking fue un segundo uniforme, vistiéndolo todas las noches). A los veintidós, vistió el de subteniente de Cazadores de África. A los veinticinco, una exótica vestidura sirio-argelina, mientras fingía ser el rabino moscovita Joseph Alemán. Poco después, en el papel de rabino Couvaud, se puso la más modesta de hebreo marroquí. A los treinta y dos años, tomando el nuevo nombre de hermano María Alberico, se cubrió con el hábito trapense. Siete años más tarde, una vez abandonada la Trapa (momento en que le encontramos a las puertas del convento de la clarisas de Nazaret), ha cambiado otra vez de nombre, se llama hermano Carlos de Jesús y también ha variado de vestiduras: ahora lleva andrajos, como el más miserable de los mendigos de Palestina. Única señal de distinción: un rosario de cuentas muy gruesas suspendido de la cintura.

Había desembarcado en Jaffa el 24 de febrero, y sin una moneda en el bolsillo, se puso en camino hacia el sur, hacia Belén y Jerusalén, en peregrinación; después fue hacia el norte, hasta Nazaret, la meta tan largamente soñada. Había hecho doscientos kilómetros a pie en ocho días.

Llegó a Nazaret hambriento, extenuado, herido, marcado con llagas sangrientas producidas por el empedrado de los caminos. Se presentó a los franciscanos de la Casa Nueva para pedirles trabajo y permiso para poder vivir a la puerta de su convento, pero aquellos frailes no tenían trabajo para darle, y le dijeron que probase a pedirlo en las clarisas.

Tal era la razón de que se encontrase en el locutorio de paredes encaladas, con una mesita, una silla y, delante de él, la verja de hierro, tras la cual había una cortina negra sin ninguna abertura.

«Alabado sea Jesucristo», bisbisó una voz de mujer a través de la cortina.

El hermano Carlos no dijo nada de sí. Sólo pronunció aquello que dicen los que piden trabajo. Pero la abadesa, madre San Miguel, intuyó rápidamente que no se trataba de uno de tantos hombres sin ocupación cuando, después de decirle que efectivamente necesitaban alguien que les sirviese de sacristán, hiciera los recados y supiera realizar algunos trabajos manuales, le preguntó qué cantidad quería como salario, éste le contestó: «No tengo necesidad de salario, sino sólo de un poco de pan y agua, además de algún tiempo libre para orar».

No quiso alojarse en la casa del jardinero; prefirió una garita de madera, que se usaba para guardar las herramientas en el fondo del huerto, poco más grande que una garita militar. Quitó cuanto le estorbaba y, unas veces haciendo de carpintero y otras de albañil, la puso perfectamente en orden y limpia. Una lega le llevó una mesita, un banco y un catre. Pero este último terminó retirado en un rincón, pues Carlos dormía en el suelo.

Terminado el arreglo, elevó la barraca a la dignidad de ermita y la dedicó a nuestra Señora del Perpetuo Socorro.

Comenzó entonces una nueva fase de la vida de Carlos de Foucauld, al cual le veían regularmente levantarse antes del amanecer, ir al convento de los franciscanos y permanecer en oración hasta las seis. Seguidamente volvía donde las clarisas para barrer, preparar el altar, ayudar a la misa del capellán, y poner en orden la iglesia. A lo largo del día, cavaba en el huerto o regaba la verdura, hacía los pequeños trabajos manuales que siempre son necesarios en un convento, iba a buscar el correo, pues en aquella época Nazaret tenía servicio postal, pero no cartero.

Los momentos libres los dedicaba a la oración en la capilla o a la lectura en su barraca. Leía los libros de piedad que le pasaban las monjas del convento y los de teología que le mandaban de Francia sus familiares. Únicamente los domingos aceptaba el mismo desayuno frugal de las clarisas; los otros días de la semana hacía sólo dos comidas, de pan duro y agua.

La abadesa, informada de aquello por las legas, mandó varias veces que le llevasen almendras e higos secos para hacer un poco más agradables las austerísimas comidas; pero se enteró que siempre él ponía aquellas frutas en una caja de cartón y las distribuía entre los niños y los mendigos, cuando creía no ser visto por nadie.

Un día, no se sabe cómo ni por quién, la madre San Miguel supo la verdadera identidad del hermano Carlos de Jesús; pero, respetando su silencio y deseo de ser olvidado, no le dijo ni una palabra. Sin embargo, quiso ponerle a prueba.

Se acercaba el 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración. Como todos los años, la mayor parte de los cristianos de Nazaret y de los alrededores haría dos horas de camino para subir al monte Tabor en romería. Sin embargo, esto, como otras veces, terminaría en jolgorio, con bailes y embriagueces.

La víspera de la fiesta, la madre abadesa mandó a la hermana Marta que fuera a decir al hermano Carlos que debía subir necesariamente al monte Tabor.

Carlos, que había oído hablar de aquella anual romería, tan irreverente, no sentía ningún deseo de asistir.

«No conozco el camino», trató de excursarse.

«No se preocupe, nosotras se lo indicaremos», le contestó la hermana Marta.

Carlos inclinó la cabeza, resignándose a obedecer, y se dirigió a la capilla para orar. Poco después volvió la hermana Marta.

«Tenga, hermano -le dijo-, ésta es la escalera para subir al Tabor». Le puso en las manos una escalerita de cartón, en cuyos peldaños estaban escritas, con la bonita caligrafía de las monjas, las virtudes que se deben practicar para subir a la montaña santa de Dios… La hermana Marta no pudo contener su alegre risa y el hermano Carlos le hizo coro.

Creyó que las monjas habían querido burlarse de él -no sospechó que, bajo la broma, lo que habían hecho era ponerle a prueba- y se alegró de que, en el fondo, le tuvieran por simple. Porque no deseaba otra cosa que ser escarnecido y despreciado y empezaba a sufrir a causa de que las clarisas le tratasen con muchos miramientos. El hecho es que, a la vez que habían comenzado a conocerlo mejor, a través de las noticias de las legas, lo admiraban cada vez más.

«Afortunadamente no es así en Nazaret», pensó Carlos.

En efecto, cuando iba a la ciudad a buscar el correo, siempre había algún granuja que le insultaba o se reía de él, al verle vestido con aquellos pintorescos harapos. Una vez le persiguieron a pedradas, y para Carlos fue aquel un día de alegría.

«Días dichosos» como aquel, que señalaban ante él mismo las etapas de su descenso, de la renuncia llevada al extremo, de la abyección elevada a ideal, hubo muchos. Bastará recordar algunos.

El hermano Carlos de Jesús, que se cortaba el pelo él mismo, medio arrancándoselos con una vieja navaja oxidada, un día se arrodilló delante de un padre carmelita, que había ido de visita al convento, y le pidió su bendición. Aquél, al ver una cabeza tan horrible le dijo: «Amigo, ¿no tendrás por casualidad sarna?».

En otra ocasión, las monjas le encargaron que acabara con un zorro que, desde hacía algún tiempo, entraba todas las noches en el gallinero del convento y cometía grandes destrozos. Rogaron a un vecino que le prestara un fusil. Este llegó con el arma, vio a aquel criado andrajoso y despeluchado, le pareció un poco tonto y se sentó a su lado para explicarle, durante dos horas, con palabras muy sencillas, lo mismo que si hablara con un niño o un retrasado mental, el modo de disparar. Carlos de Foucauld, que había estado en dos escuelas militares, que había sido oficial y había combatido en Argelia y explorado Marruecos, le dejó la satisfacción de darle aquellas instrucciones, aceptando también todo el desprecio que encerraban. Más tarde, al anochecer, se puso al acecho detrás de un olivo, exactamente como le había sido indicado. Esperó varias horas, sin ver siquiera la sombra del zorro. Después se puso el fusil sobre las rodillas y pasó el resto de la noche rezando el rosario. Al alba, cuando volvió al convento de las clarisas, supo que el zorro había hecho su acostumbrada visita al gallinero. Todo Nazaret se rió a su costa.

Otra vez, un predicador, de paso, comió en el locutorio de las clarisas. Era tiempo de Navidad, así que los alimentos que el hermano Carlos sirvió a la mesa fueron excepcionalmente buenos y abundantes. Al final, quedaron en los platos algunos restos.

«Ahora te toca a ti -le dijo el predicador, levantándose-. Siéntate y come bien, por lo menos esta vez…»

Carlos leyó en los ojos del fraile la buena intención; pero también cierto deseo de gozar de la escena de un atracón memorable. Evidentemente le juzgaba un tragón. No quiso desilusionarle y, aunque aquellos alimentos le repugnaban, decidió comerlos. Farfulló una inacabable serie de «gracias» y se lanzó sobre los platos, cogiendo con las dos manos los restos que habían quedado en ellos, devorándolos con toda la avidez que logró fingir. ¡Le habían tratado de glotón, qué felicidad! Había descendido otro peldaño en la escala de las humillaciones.

Otro día que podía haber sido de dicha plena, lo fue solamente a medias. Se encontraba en el patio de las legas, cerniendo lentejas. Pasaron dos religiosos franceses y les oyó un comentario irónico a su respecto, por estar haciendo aquel trabajo de mujer. Enrojeció hasta las orejas. Aquel rubor le quitó la alegría de la nueva humillación. No lograba perdonárselo: «¿Por ventura Jesús se hubiera avergonzado, aquí en Nazaret, de ayudar a su madre?».

Trató, en suma, apasionadamente, día tras día, de convertirse, cada vez más, en objeto de risa, y desprecio, a fin de anular su «yo» y ser, en la mayor medida posible, una sola cosa con Cristo burlado y desprepciado.

El día de Pentecostés escribió entre sus apuntes una nota dirigida a sí mismo, que años más tarde había de adquirir el dramatismo de una profecía: «Piensa que debes morir mártir, despojado de todo, tirado en tierra, desnudo, irreconocible, cubierto de sangre y heridas, muerto violentamente y dolorosamente.., y desea que sea hoy…».

¿Qué más podía hacer Carlos de Foucauld, que no hubiese hecho ya en aquellos primeros meses pasados en Nazaret, para arrancar de lo profundo de su ser las raíces del «hombre viejo», de que habla el apóstol Pablo? Sin embargo, él pensaba que no había logrado toda la expoliación de sí mismo que debía. Por ello, del 5 al 15 de noviembre entró en retiro: de la capilla a la barraca, en el más absoluto silencio, siempre en meditación y plegaria.

Esta subida a la montaña de Dios, hecha de mortificaciones, ayunos, vigilias y una pasión siempre ardiente de ser despreciado, no pasó inadvertida a las clarisas, las cuales le seguían, en todos sus detalles, a través de las noticias que llevaban las legas, quienes eran las que trataban con él.

La abadesa, madre San Miguel, quiso conocer al hermano Carlos más íntimamente, para lo cual mantuvo con él una serie de conversaciones a través de la cortina negra que cubría la reja. Nació así entre los dos, y paulatinamente se fue reforzando, un vínculo espiritual extraordinario, sin que sus ojos se llegaran a ver jamás.

En un determinado momento, la madre San Miguel informó del caso a sor Isabel del Calvario, abadesa de las clarisas de Jerusalén, la cual también quiso conocer personalmente a Carlos. Cuando éste llegó ante la reja -corría julio de 1898-, ella comenzó a interrogarle y Carlos le contó a grandes rasgos toda su vida.

La madre Isabel le retuvo algún tiempo junto a su monasterio: «Nazaret no se ha equivocado -dijo, cuando concluyó su examen-; verdaderamente es un hombre de Dios: tenemos en casa un santo». Seguidamente, de acuerdo con la madre San Miguel, empezó la tarea de convencerle para que se hiciera sacerdote.

Como se suponía, Carlos rechazó inmediata y decididamente aquella proposición. Pero insistiendo un día y otro, repitiéndole que no tenía derecho a enterrar los talentos que Dios le había concedido, la abadesa advirtió, con enorme alegría, que se abrían las primeras grietas en la coraza de su resistencia. El continuaba afirmando su indignidad, diciendo que no creía posible una conciliación entre el ministerio sacerdotal y su vocación al último puesto, a la abyección; pero ya había comenzado a admitir que quizá pudiera aceptar la idea de hacerse sacerdote si hubiera tenido la certeza de poder permanecer humilde y pobre, ignorado y despreciado.

Dos años más tarde, el 9 de junio de 1901, después de un retiro en su querida trapa de Nuestra Señora de las Nieves, entre los fríos montes de Vivarais, en Francia, monseñor Montéty, obispo de Viviers, le impuso las manos para ordenarle sacerdote. La madre San Miguel y la madre Isabel del Calvario, que habían sido intérpretes de la voluntad de Dios, veían realizadas su esperanza. Carlos se había puesto una nueva vestidura, esta vez la negra sotana del sacerdote, que añadía a la larga serie de sus trajes.

A los cuarenta y dos años cumplidos, una nueva vida se abría ante él. Era sacerdote de la diócesis de Viviers; pero, en principio, se había asegurado una completa libertad para residir fuera de la misma. ¿Dónde?

No existía problema de elección para él. Sabía perfectamente, desde mucho tiempo atrás, a qué lugar se dirigiría. «En la soledad de la preparación al diaconado y al sacerdocio -recordará más adelante- comprendí que aquella vida de Nazaret, que consideraba como mi vocación, debía vivirla no en Tierra Santa, tan amada, sino entre las almas más enfermas, las ovejas más abandonadas. Este divino banquete, del cual yo iba a ser ministro, era preciso ofrecerlo no a los parientes, ni a los ricos vecinos, sino a los cojos, a los ciegos, a los pobres, es decir, a las almas sin la ayuda de un sacerdote».

¿África, entonces? Precisamente, no podía ser otro lugar que «su» África. Tanto más cuanto que habían sido los musulmanes de Marruecos, sin querer, los primeros en orientarlo hacia Dios. Ahora quería devolverles el ciento por uno. Era entre ellos donde deseaba ser testigo del verdadero Dios. Los recuerdos de dieciocho años atrás afloraban claros en su mente: «En el interior de Marruecos, tan extenso como Francia y con diez millones de habitantes, no hay un solo sacerdote. En el Sahara, siete u ocho veces mayor que Francia, y bastante más poblado de lo que en un tiempo se creyó, apenas se encuentran una docena de misioneros. Ningún pueblo me parece más abandonado que éste…».

Sabía que, después de la muerte del sultán Muley Hassán, la situación en el interior de Marruecos se había hecho todavía más caótica y que toda la frontera argelino-marroquí estaba en llamas. Exceptuadas las localidades donde había una fuerte guarnición francesa, pocos oasis argelinos situados en las proximidades de la frontera con Marruecos se podían considerar a cubierto de las incursiones de los guerrilleros marroquíes.

Solamente muy al sur, en el corazón profundo del Sahara, los franceses habían hecho algún progreso, completando la ocupación, entre otros, de los oasis de Saoura, habitados por una de las más extrañas poblaciones de origen árabe, negra y hebrea. Ahora bien, aquellos oasis -Carlos lo sabia perfectamente- se extendían hasta las fronteras del sur de Marruecos.

Era allí donde debía ir. Y su sueño -siempre impedido, pero jamás abandonado, de fundar la Congregación de los Hermanitos de Jesús- se unió a la nueva decisión: «Nosotros fundaremos junto a la frontera marroquí no una trapa, no un grandioso y rico monasterio, no una empresa agrícola, sino una especie de humilde eremitorio, donde pocos monjes pobres podamos vivir con una escasa cantidad de fruta y trigo, cultivados con nuestras propias manos, en una rigurosa clausura, haciendo penitencia y adorando al Santísimo, sin salir jamás de los límites del eremitorio, sin predicar jamás; pero ofreciendo hospitalidad a quien la pida, bueno o malo, amigo o enemigo, musulmán o cristiano… Creo que habéis comprendido lo que yo quisiera: construir una zaouia de oración y hospitalidad, para hacer irradiar el Evangelio, la verdad, la caridad, a Jesús».

Era tal su amor a Marruecos que, para denominar el eremitorio que soñaba, no dudaba en emplear una palabra árabe: zaouia, que significa «centro de una fraternidad religosa musulmana».

En septiembre de 1901, Carlos de Foucauld desembarcó en Argel; pero en seguida sus proyectos encontraron serias dificultades. El Saoura era todavía considerado zona de operaciones y los militares no soportaban la llegada de civiles. En cuanto a sacerdotes, el gobernador general de Argelia era absolutamente contrario a que pusieran allí los pies, por temor, decía, a indisponer todavía más a los musulmanes. Si además un clérigo se presentaba, como Carlos de Foucauld, anunciando su intención de fundar una nueva congregación, esto todavía hacía más categórica la negativa.

Por fortuna, Carlos encontró en Argel a bastantes de sus antiguos compañeros de armas, algunos de los cuales ocupaban importantes puestos de mando en África del Norte. Fueron éstos quienes consiguieron allanar, una tras otra, todas las dificultades. Así que, después de haber estado cerca de un mes en descanso forzoso, Carlos obtuvo permiso para ponerse en viaje hacia los oasis del Saoura, exactamente hacia Beni Abbés, ya que éste, según las informaciones que le habían dado, era el que mejor se adaptaba a sus planes, pues comprendía algunos poblados indígenas, se alojaba en él una guarnición francesa, ni un solo sacerdote había en sus proximidades y por añadidura era el más cercano al sur de Marruecos.

Carlos, para emprender el camino, se puso una nueva vestidura, esta vez la misma de los indígenas saharianos: una blanca gandourah y un cheché de igual color. Únicamente llevaba dos signos que le distinguían: un grueso rosario de cuero pendiente de la cintura y un gran corazón rojo, sobre el cual había una cruz también roja, colocada en el pecho de la blanca gandourah.

Tomó un viejo tren que, traqueante y lento, llegaba hasta unos pocos kilómetros antes de Figuig, un oasis más bien turbulento. De allí en adelante no había más que un camino que, marchando paralelo a la invisible frontera de Marruecos, conducía a Beni Abbés.

Carlos quiso hacer el camino a pie; pero se lo impidieron. «No son éstos lugares por los cuales se pueda andar según el gusto de uno. !A caballo, monsieur l’abbé!».

Carlos aceptó el caballo y se puso en camino confiado a las escoltas de un lugarteniente, que regresaba de permiso, y un grupo de soldados indígenas.

No les acompañaremos en su viaje a través de las dunas del Sahara. Mejor esperarles a las puertas de Beni Abbés, donde el círculo de peladas colinas del desierto se abre y se descubre a la mirada de quien llega, al otro lado de una llanura de aridez lunar, la cinta brillante de las aguas del oued Saoura, que suaves y caudalosas, envuelven un bosque de siete u ocho mil palmeras verdes oscuras; desde aquí, un espolón de roca amarilla prorrumpe gigantesco hacia el cielo.

Si Carlos de Foucauld pensaba vivir en el Sahara más oculto que en Nazaret, pronto le fue quitada esta ilusión. El capitán Regnault, que mandaba la guarnición local, salió a su encuentro en compañía de todos los oficiales y, desde los tres poblados, escondidos entre los huertos y los árboles frutales del encantador oasis, vinieron los jefes de aquel millar y medio de habitantes, de raza mitad negra y mitad bereber.

Su fama de húsar brillante, valeroso soldado del cuerpo de Cazadores de África e intrépido explorador de Marruecos, había llegado unos días antes que él. Ya podía presentarse, estrechando las numerosas manos que se le tendían, como «hermano Carlos de Jesús». Intento inútil. Le habían bautizado ya a su manera, apenas recibieron de Argel la noticia de que le iban a tener entre ellos: los franceses le llamaban «padre Foucauld» y los árabes «marabuto del corazón rojo». Los unos querían que se alojase en el fortín y los otros en los poblados.

Pero el fortín, aunque austero, era demasiado confortable y las aldeas demasiado floridas. Su puesto estaba fuera del fortín y fuera de las aldeas, en pleno desierto, solo ante Dios, pero al mismo tiempo no demasiado lejos de aquellos hombres que tenían necesidad de él. Es más, encontrándose cerca de la frontera entre Argel y Marruecos, su puesto no podía estar más que en el lugar de división entre franceses y árabes, entre cristianos y musulmanes.

Inspeccionó la zona y, a menos de un kilómetro de Beni Abbés, descubrió que un vasto rellano, árido y quemado por el sol, terminaba en una hondonada. Descendió por la difícil cuesta, entre el silencio de las piedras agostadas por el sol y, al llegar hasta la mitad, se detuvo: desde aquel lugar no se veían ni las torretas del fortín, ni las copas de las palmeras; los montículos de las dunas cerraban el horizonte, y ante los ojos no tenía más que el paisaje desolado y la bóveda del cielo. Carlos miró hacia abajo, hacia el fondo, y divisó algunos escuálidos matorrales. Buena señal: allí, en algún tiempo, debió haber pozos de agua. Bien, su eremitorio lo construiría en aquel lugar, en la mitad de la cuesta, en el escenario dantesco que le rodeaba.

«Para recibir la gracia de Dios -escribió aquella misma noche a un amigo trapense- es preciso vivir algún tiempo en el desierto: aquí es donde uno se vacía, se desembaraza de todo aquello que no es Dios, se libera completamente la habitación de nuestra alma para dejar el sitio sólo a Dios. Los hebreos pasaron por el desierto; Moisés vivió en él antes de ser encargado de su misión; San Pablo, San Juan Crisóstomo, también fueron preparados en el desierto… Es un tiempo de gracia, una condición por la cual el alma que quiera dar fruto debe pasar necesariamente. Es preciso este silencio, este olvido de todo lo creado, pues en él Dios edifica su eremitorio y crea el espíritu interior… Subid todavía más arriba: mirad a San Juan Bautista, a nuestro Señor mismo. El no tenía necesidad; sin embargo quiso darnos ejemplo…»

Después escribió también a su prima María de Bondy. para pedirle dinero. Necesitaba un millar de francos destinados a comprar al caíd de Beni Abbés el árido terreno de la cuesta, porque justamente a lo largo de aquella pendiente esperaba encontrar un poco de tierra cultivable. El dinero llegó pronto y Carlos puso manos a la obra. Tenía que levantar el pequeño eremitorio, cavar la tierra para plantar un huertecillo, poner de nuevo en funcionamiento los viejos pozos del fondo de la hondonada y plantar en torno de éstos algunas palmeras y olivos. Comprendió bien pronto que él solo no lograría hacerlo. Pero el capitán Regnault, sospechando la misma cosa, le envió varios soldados para que le ayudasen, al menos, a preparar el adobe.


Lo primero que construyó fue la capilla. No se parecía en nada a una iglesia, ni siquiera a la más mísera del más olvidado valle de Europa. Si no hubiese sido por la pequeña cruz de madera que tenía en el tejado, no se la habría podido distinguir, externamente, de las demás chozas árabes de aquellos contornos. Por dentro no se diferenciaba en absoluto de las cinco habitaciones que se estaban levantando a su alrededor. Una de éstas estaba destinada a celda de Carlos, otras dos para los huéspedes que pudieran llegar y las restantes para los hipotéticos compañeros que, en su sed de unidad en la caridad, esperaba siempre que se agregarían a él.

Bien pobre cosa era la iglesia construida; pero no dejaba de ser la casa del Señor, y Carlos la describió entusiasmado a su prima Maria de Bondy: «Por dentro está recubierta de mortero gris oscuro, o mejor gris perla muy oscuro, gris negro en suma; un bonito color natural. Tiene cuatro metros de altura. El cielo raso, o, mejor dicho, el techo, es horizontal, hecho con gruesas vigas de palmera. En conjunto resulta rústica, bastante pobre; pero armoniosa y bella. Para sostener la construcción hay en el centro cuatro troncos de palmera, verticales. Con su rusticidad producen un bellísimo efecto y encuadran muy bien el altar. En la parte del Evangelio hay colgada una lámpara de petróleo que me da luz por la noche e ilumina el altar. Este, desmontable, de madera blanca, fue hecho, de acuerdo con mis indicaciones, en Nuestra Señora de las Nieves, y lo traje conmigo. Es una mesa sostenida por cuatro gruesas patas cuadradas y en su centro se halla el sagrario. La cruz es de cuero sobre ébano, bellísima: regalo de la abadesa de las clarisas de Jerusalén. Del techo pende un dosel, a modo de cortina, de tela gruesa, verde oscura, absolutamente impermeable, para resguardar el altar y la peana de la lluvia. El techo protege más del sol que del agua. El suelo está cubierto de una capa de arena roja de diez centímetros de espesor: en este país, arena la hay a montones…».

El 1 de diciembre de 1901, Carlos celebró por primera vez la misa. «Quien no ha asistido a aquella misa -contó después el viejo soldado que le ayudó-, no sabe lo que es una misa. Cuando pronunció el Domine, non sum dignus, el padre Foucauld puso tal acento, que los presentes lloraron con él…».

Al final del verano de 1901, cuando Carlos dejó Francia para dirigirse a África -esta vez como sacerdote, no como soldado o explorador-, para explicar el sueño que acariciaba desde hacía tanto tiempo, se sirvió de una palabra árabe: zaouia, que significaba, para los musulmanes, el lugar donde se reúnen para vivir juntos los miembros de una fraternidad religiosa. «Nosotros fundaremos, junto a la frontera marroquí… una zaouia de oración y hospitalidad», escribió, ¿lo recuerda?

Cuando, en el comienzo de la primavera de 1902 -tras haber construido con sus manos, a lo largo de la pendiente árida de la hondonada sahariana, en las proximidades del oasis de Beni Abbés y mirando hacia Marruecos, aquel grupo de chozas según el estilo argelino- comprobó que ningún compañero se le unía y que las dos habitaciones preparadas para los soñados Hermanitos de Jesús seguían inútilmente vacías, la realidad le obligó a servirse de otra palabra árabe para definir exactamente su eremitorio: Khaoua, que quiere decir fraternidad y, por lo tanto, lugar donde cualquiera que se hallase de paso, sería acogido como un hermano. Así denominó aquel grupo de chozas: «Khaoua del Sagrado Corazón». Con toda seguridad, el vocablo Khaoua no sonaba tan dulcemente a los oídos de Carlos como zaouia, pues siguió esperando la llegada de algunos que, estableciéndose allí y consumándose en la unidad con él en Cristo, transformasen aquella casa de ermitaño en casa de una comunidad.

Estaba resignado a la soledad; pero hacía cuanto se hallaba en su mano para atraer compañeros que trabajasen con él en aquello que consideraba la parcela más árida de la viña del Señor.

Un día hasta escribió a sus antiguos superiores de las trapas de Nuestra Señora de las Nieves, en Francia, y de Staoueli, junto a Argel: ¿tenían algún novicio que quisiera unirse a él y hacer su misma vida? Pero los dos abades ni siquiera interrogaron a los novicios, pues temían que la inextinguible hambre de penitencia y abyección de Carlos pudiera producir trágicas consecuencias en la salud de sus hipotéticos seguidores. Aunque desolados, le contestaron que no. Respecto a este hecho, uno de los abades escribió en aquellos días: «La única cosa que me asombra en el padre Foucauld es que no haga milagros. Fuera de los libros, yo no he visto sobre la tierra una santidad semejante. Confieso, sin embargo, que dudo un poco de su prudencia. Las penitencias que hace son tales, que me permito pensar que un novicio sucumbiría en breve tiempo. Y no es esto sólo: la disciplina de espíritu que se impone y que quiere imponer a sus discípulos me parece hasta tal punto sobrehumana, que temo que volvería loco al novicio, antes de matarlo con el exceso de penitencias…»

Carlos levantó en torno a su eremitorio un muro para cerrarlo. Muro tal vez sea una palabra excesiva; en realidad, era un montón de piedras colocadas en fila, las cuales casi se confundían con las otras que había en la inhospitalaria pendiente. Sin embargo, representaba un límite que Carlos se había impuesto no superar sino en caso de absoluta necesidad, y con el cual reforzaba tanto el vinculo que lo unía a la clausura, como la barrera del desierto que había colocado entre si y el oasis. Sin embargo, era una barrera sólo para él, porque cualquiera, desde el exterior, la podía traspasar sin esfuerzo. Para los otros, para todos los demás, soldados y oficiales franceses, árabes y bereberes, caídes y mendigos, cristianos y musulmanes, enfermos y esclavos -sobre todo los esclavos- no había ningún impedimento, aquella barrera no tenía razón de ser y en la práctica no existía.

El capitán Regnault, que mandaba la guarnición francesa del fortín de Beni Abbés, escribió aquellos días, en el parte que enviaba a Argel a sus superiores: «Deseando continuar la vida de clausura, el reverendo padre de Foucauld ha colocado, en el terreno que rodea su casa, límites que no supera jamás. Con la ayuda de indígenas, que ha pagado con dinero suyo, ha sembrado de cebada la pendiente al este del eremitorio. También ha excavado pozos que le permitirán regar. Vive de los dátiles y el pan que le pasa la administración. El dinero lo emplea en comprar harina, cebada y dátiles, que regala a los pobres. No obstante las repetidas instancias de los señores oficiales de la guarnición, no ha querido cambiar de alimento. Las legumbres que se le mandan, con el fin de que mejore su comida, van a parar a manos de los pobres o de gentes de paso que encuentran refugio en su casa. Los indígenas del Saoura sienten hacia el reverendo padre de Foucauld una profunda veneración. Su generosidad y abnegación les producen maravilla y admiración…»

«Para tener una idea exacta de mi vida -escribía por su parte Carlos a monseñor Guérin, Padre Blanco, que por ser prefecto apostólico de Ghardaia ejercía autoridad sobre todos los católicos de las regiones saharianas anexas a Argelia- es preciso tener presente que a mi puerta llaman unas diez veces cada hora, casi siempre más que menos, y son pobres, enfermos, necesitados, gente de paso…». Los cristianos iban para asistir a misa o para orar con él, sacerdote de Cristo; los musulmanes acudían para hablar de las cosas de Dios con él, «marabuto del corazón rojo»; los mendigos, para pedir algo con qué quitar el hambre o con qué vestirse, a él que era el más pobre de los blancos de todo el Sahara; los esclavos, para refugiarse bajo su protección, cuando él era el más inerme e indefenso de los franceses de toda Argelia…

Y Carlos daba a los pobres cuanto recibía del fortín de Beni Abbés y, además, lo que podía comprar, cebada, dátiles, trozos de tela y, si había necesidad, los alojaba en su eremitorio.

Sin embargo, durante un retiro, juzgó que todavía no era suficiente la hospitalidad que ofrecía a aquellos desgraciados, y decidió lavar sus andrajos, hacerles la cama y ordenar sus habitaciones, cocinar para ellos, servirles a la mesa, con el fin de cargar sobre sí «todo aquello que es servicio y asemejarse a Jesús, que entre los apóstoles era como “aquel que sirve” …». Los más desgraciados entre aquellos desgraciados eran los esclavos negros. Carlos comprendió muy pronto que, para ellos, todos los servicios que prestaba eran muy poca cosa.

A los pocos días de llegar a Beni Abbés se dio cuenta de un hecho terrible. Mientras toda la prensa de Europa callaba -cuando no proclamaba lo contrario-, en el Sahara, en aquel año de gracia de 1901, existía todavía la trata de esclavos, y no se realizaba de un modo clandestino; el comercio de criaturas humanas gozaba prácticamente de impunidad, se hacía tranquilamente, a la luz del sol. Francia, que en su territorio metropolitano se enorgullecía del hermoso lema de libertad, igualdad y fraternidad, en los márgenes extremos de Argelia cerraba un ojo, cuando no los dos, ante aquel horrendo tráfico, para no enemistarse con los notables de los oasis y los jefes de las tribus, los cuales eran propietarios del mayor número de esclavos.

Aquellos infelices eran sometidos a fatigas agotadoras, sobre todo la de sacar agua de los pozos con cántaros, frecuentemente sin la ayuda de una polea, de la mañana a la noche, para regar las palmeras. Si hacían el trabajo con lentitud, los latigazos arrancaban trozos de piel de sus espaldas de ébano. En caso de que se les ocurriera huir, eran perseguidos a golpe de fusil como si se tratase de fieras. Cuando eran capturados con vida, se les cortaban los tendones de los pies para que no pudieran volver a correr. «Los esclavos -anotaba Carlos- no reciben nada por su trabajo; por lo tanto, jamás les será posible rescatarse. Su miseria material es extrema; pero la moral es todavía peor: casi sin fe religiosa, viven en el odio y en la desesperación…»

El conocía, quizá mejor que nadie, las condiciones inhumanas en que vivían y el sufrimiento furioso que atormentaba su ánimo. Alrededor de una veintena de esclavos saltaban todos los días el bajo muro que había construido y pedían que les diera refugio en su Khaoua. Para todos buscaba palabras de caridad, que fuesen capaces de aplacar sus corazones, para todos encontraba un pan, un lecho y mucha, muchísima amistad. Pero cuando todos, absolutamente todos, se arrojaban a sus pies y dando alaridos le suplicaban que los liberase, Carlos comprendía que para aquellos desgraciados no bastaba la amistad, ni eran suficientes las buenas palabras, el pan y el lecho.

Necesitaban la libertad. ¿Pero dónde encontrar el dinero necesario para comprar la libertad de una muchedumbre de esclavos, que cada día se le revelaba más imponente? Era fácil sacar las cuentas del contenido del bolsillo de Carlos. Su prima María de Bondy atendía los gastos de la capilla y, todos los meses, los oficiales y soldados del fortín de Beni Abbés hacían una colecta entre ellos, que sumaba entre los 40 y 50 francos, que luego le entregaban. A esta cantidad había que añadir los 50 francos que mensualmente le enviaba su prima Caterina de Flavigny y 20 más remitidos por María de Blic, su hermana. Total: 110-120 francos al mes, que Carlos destinaba enteramente a los pobres.

Era todo lo que podía dar…, y venía a ser como una gota de agua en el ardor del desierto, ya que en el Sahara, los desesperados eran mayoría.

Logró rescatar siete esclavos: el primero, un nómada caído en manos de los negreros que, apenas libre, regresó con su tribu. El segundo y tercero desaparecieron inmediatamente y de ellos no se volvió a saber nada. El cuarto y el quinto eran niños: al más pequeño, de unos tres años, lo bautizó y le puso de nombre Abda Jesús (Servidor de Jesús); luego envió a ambos a un orfanato de los Padres Blancos. La sexta fue una negra viejísima que murió en el eremitorio pocos días después de su liberación; pero antes, la bautizó con el nombre de María. Parece que fueron solamente estos dos los bautismos administrados por Carlos; él no era, de hecho, el párroco de Beni Abbés, ni se consideraba un misionero, en el sentido de predicador que se atribuye normalmente a esa palabra. Sólo se sentía llamado a vivir allí del modo más parecido posible a como lo había hecho el Hijo de Dios en Nazaret, en silencio. Sin embargo, aunque no lo pretendía, también daba testimonio. El séptimo esclavo liberado fue también un niño, llamado Paul Embarek, quien -al hacerse mayor- le abandonará varias veces para crearse una vida independiente; pero en cada ocasión retornará derrotado, para al fin permanecer fielmente a su lado hasta el último instante.

Bastó la liberación de estas pocas criaturas para que la noticia de la misma corriese como el viento e hiciera estremecer todas las palmeras del Saoura y, desde todos los oasis, los infelices marcharan en largas filas hacia la «Khaoua del Sagrado Corazón» como si se dirigiesen hacia la libertad.

El hecho, clamoroso, alarmó a los dueños de esclavos de todas las tribus de la zona, los cuales protestaron vivamente ante los oficiales de la guarnición de Beni Abbés. Los oficiales de la guarnición se alarmaron a su vez temiendo, tanto la reacción de los notables indígenas, como la reprobación del gobierno. (Efectivamente, si lo que soplaba en los oasis saharianos era, en aquellos días, viento de liberación, lo que soplaba en Francia era, más que nunca, viento de masonería, y el gabinete Combes no toleraba ninguna «intrusión de clérigos», empeñado como estaba en la lucha contra las congregaciones religiosas).

Los militares, por ello, invitaron a Carlos a obrar con la máxima prudencia. Pero éste no podía poner de acuerdo la prudencia con los horrores de la esclavitud, que todos los días contemplaba en aquellos que veía, y obró con la máxima energía.

Escribió a París, al capitán de Castries, primo suyo. Sabia que éste ocupaba un buen puesto en el Ministerio de Asuntos Indígenas y tenía «influencias» -como se diría hoy- con algunos diputados notables de la Asamblea Nacional. También envió una carta a monseñor Guérin, que representaba en aquellas tierras la autoridad de la Iglesia: «La esclavitud es un asunto doloroso, y nosotros los franceses, consintiéndola y hasta sosteniéndola, no conseguimos otra cosa que hacernos despreciar… Los indígenas saben que la condenamos, que entre nosotros no está permitida…; y cuando ven que nos prestamos a su juego, se dicen:

“No tienen valor para impedírnoslo, tienen miedo de nosotros”. Nos desprecian y con razón… Nadie en el mundo tiene el derecho de remachar las cadenas de estos infelices, que Dios ha creado libres como nosotros. Permitiendo a sus presuntos amos retenerlos por la fuerza, darles caza cuando huyen, llevarlos consigo otra vez cuando vienen a echarse a los pies de las autoridades francesas, en busca de refugio y de justicia, nosotros les robamos el más precioso de los bienes… No tenemos el derecho de ser perros mudos o centinelas sordos: debemos gritar cuando vemos el mal… No hay otro remedio para esta vergüenza y esta injusticia que la liberación de los esclavos. No hay razón política ni económica en el mundo que pueda justificar esta inmoralidad, esta iniquidad…»

No sabemos cuánto pudo hacer monseñor Guérin en el ambiente de envenenado anticlericalismo que había en Francia; tampoco qué labor había sabido ejercer el primo de Castries, trabajando en los engranajes del aparato del Estado. Sabemos, sin embargo, que Carlos de Foucauld hizo toda su parte, hasta el final. Y por los hechos que sucedieron en el oasis de Beni Abbés, y en los que estaban cerca, nos creemos autorizados a pensar que en más de una ocasión logró convencer al capitán Regnault de que tomase localmente medidas antiesclavistas, a pesar de los intereses, y también en contra de los intereses, del gobierno de París y de las autoridades civiles de Argelia.

Lo cierto es que, tres años después de su llegada a Beni Abbés, Carlos podía escribir al capitán de Castries: «De común acuerdo, nuestras autoridades coloniales han tomado medidas para la supresión de la esclavitud: no en un día, ya que esto no sería prudente, sino gradualmente, de modo que en breve tiempo no habrá esclavos. Se puede decir que esclavitud verdadera y propia, entendida en su antiguo significado, hoy ya no existe: el mercado de esclavos ha sido absolutamente prohibido, los esclavos actuales no pueden cambiar de dueño y, si no son bien tratados, se les da la libertad. Esto es ya un gran paso…» Mientras Carlos luchaba contra la esclavitud, otros episodios sucedían, los cuales apenas hemos mencionado en el cuadro de los dramáticos sucesos, pero que ahora recordaremos de manera sumaria.

Carlos estaba escribiendo un esbozo de regla para las Hermanitas de Jesús. Aunque llevaba muchos años esperando en vano la llegada de varones que quisieran formar una comunidad con el título de Hermanitos, Carlos, en lugar de declararse fracasado, proyectaba la creación de grupos femeninos que vivieran al estilo de Nazaret en tierra de misión. Se encontraba escribiendo esta regla, mientras la situación en el Sahara se iba agravando de día en día.

En julio de 1903, después de algunos esporádicos ataques de tanteo contra uno u otro oasis fronterizo, doscientos guerreros marroquíes cayeron, por sorpresa, en las cercanías de Beni Abbés, sobre un destacamento de cincuenta fusileros argelinos, realizando una matanza de veintidós bajas. El capitán Regnault ordenó inmediatamente una expedición de castigo y, al frente de ochenta hombres, consiguió cortar el camino por el cual los asaltantes pensaban refugiarse en Marruecos, los sorprendió en retirada y puso a una veintena fuera de combate.

El oasis de Beni Abbés tributó los honores del triunfo al capitán Regnault; pero al jerife Muley Mustafá, en respuesta, declaró la guerra santa. Reunió cuatro mil guerreros bereberes y, a su cabeza, y a la cabeza de sus mujeres y sus hijos -cerca de nueve mil personas-, de sus camellos, de sus asnos y de sus cabras, marcho contra los oasis del Saoura. En el curso de pocas horas, el de Taghit, mejor abastecido que otros por ser el más poblado, fue invadido por una muchedumbre de gentes aterradas que habían huido desordenadamente de los oasis vecinos, más pequeños y peor defendidos. En aquél caos indescriptible, el capitán de Susbielle, jefe de la guarnición y antiguo compañero de armas de Carlos, tuvo que preparar precipitadamente la defensa, sin más medios que dos cañones de 80 y cuatrocientos setenta hombres.

La marea humana de Muley Mustafá avanzó entre las dunas, con el impresionante aspecto de una emigración bíblica. Durante tres días consecutivos atacaron, primero en masa y después en grupos separados. Pero Taghit consiguió sostenerse y el jerife tuvo que retroceder hacia Marruecos, dejando en el campo mil doscientos muertos.

Por desgracia, durante la retirada, doscientos de sus guerreros se encontraron, en las proximidades de El Mungar, con un centenar de legionarios que daban escolta a un convoy, y se vengaron de ellos. Cuando el capitán de Susbielle acudió en su ayuda, sólo encontró sobre la arena del Sahara muertos que sepultar y cuarenta y nueve heridos, a los que recogió y llevó a Taghit.

La noticia de los combates llegó a Beni Abbés y sembró el pánico en las tres aldeas del oasis. Carlos comprendió que, en aquel momento, el muro que circundaba su eremitorio cesaba de tener significado también para él. Su puesto estaba al lado de aquellos cuarenta y nueve heridos, pues eran entonces sus hermanos más necesitados.

Se presentó en el fortín, donde pidió un caballo y permiso para dirigirse a Taghit.

«Es una locura», le dijeron los oficiales de la guarnición; pero terminaron por entregarle el caballo. El, calzadas las espuelas y envuelto en un burnous, desapareció entre las dunas al galope.

«Lo conseguirá -dijo el capitán Regnault a quienes le miraban con expresión de reproche, como si él hubiera consentido al eremita del Sagrado Corazón ir a la muerte-, lo conseguirá. Os lo digo yo, porque él no lo confesará jamás: puede atravesar sin armas todo el territorio en revuelta. Nadie le tocará un cabello, porque es sagrado».

En efecto, lo consiguió.

Cuando el capitán de Susbielle le vio salir, de su primera entrevista con los heridos, conociendo muy bien a aquellos hombres que, endurecidos en la Legión Extranjera, masticaban mucho tabaco pero poca religión, le preguntó con algo de ironía en la voz: «Cómo te ha ido, querido padre? ¿Te han acogido con las debidas consideraciones tus nuevas ovejas?».

«Vaya, es necesario algún tiempo para que nos conozcamos -respondió Carlos, brillándole en los ojos una sonrisa-; pero lo haremos. Ahora soy feliz por estar junto a ellos».

Permaneció allí tres semanas. Pero «no necesitó mucho tiempo para conquistarlos a todos con su dulzura, su solicitud en todo momento y su alegría -contará más tarde el capitán Susbielle-. Cuando entraba en las habitaciones, se disputaban el tenerle los primeros junto a su cama y que estuviera el mayor tiempo posible, a pesar de las protestas de los otros. El padre, infatigablemente, escribía sus cartas, los animaba, conversaba con ellos en voz baja y poco a poco empezaba a hablarles de Dios y de la religión. Recuerdo a uno en particular: era de origen alemán y tenía un pasado más bien borrascoso. Había recibido una herida gravísima en el pecho y el médico desesperaba de poder salvarlo. Al principio acogió al padre bastante mal; pero, al cabo de un par de días, no fue capaz de seguir resistiendo. Y, como todos sus compañeros, al fin se confesó y comulgó».

Después de los hechos de Taghit y El Mungar, el gobierno de Paris pidió al ejército «un hombre fuerte». Y el ejército envió a Argelia al general Lyautey, otro antiguo compañero de Carlos, húsar con él en Sézanne, también Cazador de África con él durante la campaña de 1881.

Quiso la casualidad que Lyautey tomase posesión de su mando en Ain-Sefra precisamente cuando Carlos pasaba por allí, de retorno de Taghit.

«Permaneció conmigo tres días -contará después el general-, aceptó de buen grado ser mi huesped y comer en mi mesa. A los demás comensales los conocéis bien, eran el comandante Henrys, el capitán Berriau, el capitán Poemyrau y otros: todos gente alegre, tipos llenos de brío. Hablamos mucho, es verdad, de su documentación científica sobre Marruecos y de los problemas africanos. Pero, vosotros me compredereis bien, nosotros somos militares, no podemos tratar solamente durante tres días de asuntos serios. El hecho fue que, de una conversación a otra, más de una vez nos olvidamos de que el padre Foucauld no era el subteniente de Foucauld. El nunca dio muestras de escandalizarse y ni siquiera se negó a tomar la copa de champán que tenía delante. ¡Ah, muchachos, me parece estar viéndole cuando, en un determinado momento, pidió a Poemyrau que tocase una canción en el piano! Me dije a mi mismo: “Está bien, será un santo; pero al mismo tiempo no parece que le disgusta divertirse un poco con viejos compañeros”. ¡Nada de divertirse, muchachos! Escuchad lo que pasó después. Enseguida de haberse marchado él, recibí un telegrama de Argel que me anunciaba la llegada, una hora más tarde, de una caravana de turistas muy importantes. Llamé a mi asistente y le ordené que arreglase en pocos minutos la habitación del padre Foucauld. “Mi general -me contestó-, todo está perfectamente. No ha tocado nada. La cama no la ha deshecho. Las tres noches ha dormido en el suelo, sobre el pavimento, envuelto en su burnous”. ¿Comprendéis? Sólo entonces me di cuenta con qué discreción y con qué amabilidad había buscado, ante todo, que su presencia en nuestra mesa no molestase a nadie y después, para compensar aquella infracción pasajera e involuntaria de su regla, se había impuesto una mayor austeridad».

Unas semanas más tarde, el general Lyautey tuvo que ir a Beni Abbés. Eran días difíciles: consiguió llegar gracias a una buena escolta y abriéndose paso a tiros.

Enseguida buscó a Carlos, y éste le dijo que, la mañana siguiente, salía de viaje para Argel.

«¿Cómo? ¿Mañana? Ni pensarlo, amigo, tendrás que retrasar la salida dos o tres días. Viajarás con migo, porque antes no me es posible disponer una escolta, sólo para ti».

Carlos le contestó que tenía sus asuntos y trataba de

solucionarlos con la mayor brevedad, por lo cual partiría a la mañana siguiente. Lyautey se impacientó.

«Mi general -intervino en este momento el capitán Regnault-, el padre de Foucauld no tiene necesidad de escolta. Puede pasar en medio de todas las bandas de guerrilleros que merodean por el desierto sin temer un solo disparo. La gente que se encuentre con él, se echará a tierra, besará el borde de su burnous y le pedirá una bendición. Dejadlo ir».

«Así me fue revelado -escribió algún tiempo después el general Lyautey- el poder que aquel hombre, estimado por los musulmanes como un verdadero marabuto, tenía sobre el Islam sahariano».

De regreso a la «Khaoua del Sagrado Corazón», Carlos comenzó de nuevo a hacer la vida de Nazaret. Estaba redactando «El Evangelio presentado a los pobres negros del Sahara» (por si ocurría que alguno de ellos, un día, le solicitaba algo más que dátiles y cebada), cuando le llegaron noticias de nuevos estallidos de violencia en África. La última precisaba que también el Hoggar estaba revuelto. Todo hacía pensar que Francia aprovecharía la ocasión para intervenir y, después, quedarse en el territorio.

El Hoggar, corazón desnudo del Sahara, región de la sed y del miedo. Un océano en tempestad, inmóvil y muda, de piedras ásperas, rojas, negras, verdes, que proyectan aquí y allá contra el cielo montañas volcánicas de tres mil metros de altura… El Hoggar, el reino de los tuareg, los guerreros montados en camellos y vestidos de azul que caen sobre las caravanas, terribles como una maldición, y las roban y aniquilan.

Un día a Carlos le llegó una carta, procedente de In-Salah, el más grande de los oasis argelinos dominado por los franceses al sur, precisamente en los confines con el Hoggar. La escribía el general Laperrine, que mandaba aquel territorio de los oasis. Habían sido amigos en la escuela de Saint-Cyr y luego compañeros de armas en el IV de Cazadores de África. El general le hablaba del temporal que se estaba condensando en el cielo de allí; pero sobre todo le hablaba de los tuareg.

La carta produjo en Carlos el efecto de una fulguración. Llevaba varios años viviendo en la Khaoua con los ojos y el corazón vueltos siempre hacia el Oeste, hacia Marruecos; en aquel momento comprendió que el camino señalado por el Señor tomaba otra dirección, precisamente la opuesta a la por él deseada: le indicaba hacia el sureste hacia el país de los tuareg, el pueblo perdido en el desierto de piedra, que ignoraba el nombre de Cristo, y sólo podía ser visitado por él, porque era el único sacerdote en el mundo, en aquel momento, que tenía la posibilidad de conseguir autorización para partir hacia el Hoggar.

Entonces, una vez más, lo abandonó todo. Había dejado una vida de aventuras galantes por una vida de aventuras científicas; después dejó las exploraciones por la trapa, luego ésta por el eremitorio de Nazaret, y el eremitorio por la Fraternidad de Beni Abbés. Ahora traspasaba por última vez el límite de piedra de su clausura para seguir, a lo largo de los caminos del desierto, el mandato de Dios, y renunciaba definitivamente a «su» Marruecos por el salvaje Hoggar.

El corazón le sangraba: «La naturaleza se me resiste de un modo increíble. Me rebelo -y siento vergüenza- ante el pensamiento de dejar Beni Abbés, la tranquilidad al pie del altar, y lanzarme a la aventura de nuevos viajes, por los cuales hoy siento un horror indecible»;

Pero, ¿cómo negarse? «He sido invitado, me esperan… Cuanto más viaje, más indígenas veré y más seré conocido por ellos».

Escribió el plan que había trazado: «Me estableceré entre los tuareg, lo más posible en el corazón del país. Rezaré, estudiaré la lengua y traduciré el santo Evangelio. Pondré todos los medios para relacionarme con ellos. Viviré sin clausura. Cada año, para confesarme, me dirigiré al norte. Durante el camino, administraré los sacramentos en todos los puestos avanzados, hablaré de Dios con los indígenas a mi paso…».

Cuando, a comienzos de 1904, inició su nueva aventura, le acudió a la mente lo que había escrito unos meses antes: «En cada instante, vivir como si esta noche hubiese de morir mártir… Prepararse sin cesar para el martirio y recibirlo sin gesto de defensa, como el Cordero divino…».

Quizá, en aquel momento, tuvo el presentimiento de que tales palabras no eran un mero deseo de su corazón, sino que tenían el sabor de una profecía.

DESPUÉS, ALGUIEN LLAMÓ A LA PUERTA

Las sombras de la noche cayeron frías la tarde de aquel primero de diciembre de 1916, sobre las gargantas de los montes del Hoggar, sobre los bastiones del fortín, entre las desnudas rocas de la meseta de Tamanrasset.

Cuadrado, rudo, construido con ladrillos de tierra cruda y roja, el fortín estaba rodeado de muros macizos, los cuales tenían cuatro torreones en los ángulos, y, por la parte exterior, había un profundo foso. Un puente, que cruzaba dicho foso, alcanzaba la única puerta que, protegida por una pared de mampostería, se abría, baja, en los bastiones. Aquella puerta conducía a un corredor con vueltas, un túnel más que un corredor, a lo largo del cual se encontraba un muro a modo de obstáculo que era necesario saltar, inclinándose mucho, para no dar con la cabeza en una viga del techo, y daba también a otras dos puertas bien cerradas. El corredor desembocaba en un patio interior, con un pozo en el medio, un horno para el pan y una serie de aberturas angostas alrededor, las cuales correspondían a míseras estancias.

En una de aquellas estancias, Carlos de Foucauld estaba escribiendo cartas aquella tarde. Se había quedado solo dentro del fortín. También Paul Embarek, el esclavo liberado tantos años antes de Beni Abbés, se había ido al atardecer a la aldea de los haratinos1, cerca de un kilómetro de distancia, donde tenía una cabaña, esposa e hijitos.

Carlos sabía que, en cualquier momento, pasarían por allí Bou Aicha y Boudyma bem Brahim, los dos meharistas encargados de llevar el correo. Por ello, después de haber escrito al viejo amigo general Laperrine y a su hermana María de Blic, ahora, sentado ante una caja que le servía de mesa, a la luz anémica de un cabo de vela, estaba terminando la carta a su prima María de Bondy: «… nuestro anonadamiento es el medio más poderoso que tenemos para unirnos a Jesús y hacer bien a las almas».

Fue al llegar a este punto cuando oyó llamar a la puerta del fortín.

Atravesó el patio y, asomado al corredor oscuro, gritó: «¿Quién es?».

«El correo», respondió desde fuera la voz bien conocida de El Madani, un haratino al que Carlos había dado de comer un montón de veces.

Carlos enfiló corredor adelante, para abrir la puerta…

Carlos de Foucauld llevaba en el Hoggar trece años, desde aquel lejano enero de 1904, cuando con Paul Embarek, una asna cargada con la capilla portátil y un asnillo que trotaba detrás, algunas provisiones a la espalda y dos pares de zapatos de repuesto, unido a una columna de Cazadores de África, había dejado el eremitorio de Beni Abbés para tomar el largo camino que conducía directamente al sur, entre altas colinas negras y desnudas.

Un mes de marcha a pie, en medio de enjambres de moscas implacables. Cada varias horas, entre las piedras grises, un árbol enano y espinoso. Cada varios días, en la línea del horizonte, un oasis verde, creado por el espejismo. Todas las semanas, o cada dos, un oasis verdadero, en los cuales el padre Foucauld trababa conocimiento con los habitantes y distribuía entre los más pobres algunas monedas de su flaca bolsa, o provisiones de su saco, escasamente surtido.

Al fin, después de haber atravesado una región de fábula, -imaginaos: un jardín inmenso, de flores de piedra, con las formas más inverosímiles, y jaspeadas de multitud de colores, a la sombra de grandes rocas rojas y bajo un cielo que, a pesar de ser invierno, tenía la pureza del cristal-, la caravana llegó al cuartel general francés del territorio de los oasis, en ln-Salah.

Allí el general Laperrine informó a Carlos de Foucauld de las últimas noticias: de las seis confederaciones en que se agrupaban los tuareg, tres daban señales de estar dispuestas a someterse a Francia. Eran los Kel Ahaggar del territorio del Hoggar, los Taitoq del territorio del Ahnet y los Iforas del Adrar. Por ello, Laperrine ansiaba emprender lo más pronto posible un largo viaje a través del Hoggar, el Ahnet y el Adrar con objeto de acelerar las cosas y aceptar la sumisión.

«¿Y tú que harás, viejo eremita? ¿Vendrás con nosotros?».«¿Por ventura lo pones en duda, soldadote?».

A Carlos no se le podía presentar una ocasión más favorable para penetrar en la profundidad misteriosa del Sahara, donde Dios le llamaba a vivir, sin clausura, la vida de Nazaret.

Como la expedición del general Laperrine exigía unos preparativos relativamente largos, Carlos no quiso perder el tiempo y se dirigió, solo, al oasis de Akabli, donde, según le habían dicho, se detenían con frecuencia caravanas de tuareg.

Fue en Akabli, en febrero de 1904, cuando los vio por primera vez. Entre los acostumbrados grupos de árabes, petulantes y envueltos en sus blancos bournous, ellos, los tuareg, paseaban en silencio, erguida su alta figura, el aspecto noble, los movimientos con una agilidad y elegancia que recordaba la de los felinos, el rostro cubierto de un velo azul que descendía formando grandes pliegues hasta los pies; por encima de aquel velo, los ojos negros y enormes, brillantes de fiereza, y parte del rostro, teñido con la misma tintura azul que daba color a todas sus ropas.

¡Allí tenía, delante de sus ojos, a los guerreros azules! Al contrario de lo acostumbrado por los árabes, eran los hombres quienes se tapaban el rostro, mientras las mujeres lo llevaban descubierto. Mujeres muy hermosas, de extraordinaria elegancia e inteligencia pronta, que gozaban de una libertad absolutamente desconocida por sus hermanas de sexo árabes. Aquí y allá, en el oasis, junto a camellos soñolientos, se levantaban las tiendas bajas de los tuareg, de cuero rojo, cuyas entradas, al norte y al sur, estaban abiertas para dejar pasar la corriente de aire.

Desde el primer día, Carlos fue de una a otra tienda roja, y en todas ofreció y obtuvo amistad. Al cabo de una semana, ya balbuceaba algunas palabras en la lengua de los tuareg. Pero se dijo que debía aprenderla a fondo, para poder hablar del modo más eficaz a aquellos hermanos de la voluntad del Altísimo.Eligió a un tuareg como maestro y empezó a estudiar el idioma, que se llamaba tamacheq y se escribe con caracteres tifinak. Es una lengua extraordinariamente pura, absolutamente africana, que no tiene nada que ver con el árabe, llegado de Asia; no es, en modo alguno, pobre, como lo son las lenguas de los pueblos ignorantes sino, al contrario, posee una gramática compleja y un rico vocabulario.

Tres semanas después de su llegada al oasis de Akabli, Carlos vio aparecer entre las dunas a la columna del general Laperrine, que pasaba por allí para recogerlo, y se dirigía al sur, hacia Tombuctú. Un sur muy lejano, ya que el orgullo colonial de Laperrine quería sacar provecho de aquel largo viaje por el corazón del Sahara, tanto para aceptar la sumisión, como para confirmar oficialmente la unión estrecha, que de ahora en adelante, existiría entre Argelia y Sudán.

A medida que la caravana se adentraba en el Hoggar, Carlos hablaba con cuantas personas encontraba, visitaba todos los oasis, entraba en todos los campamentos y lo observaba todo con la misma agudeza con la cual, muchos años antes, había explorado el Marruecos prohibido.

Descubrió que, en Hoggar, los tuareg estaban divididos en tres castas: los nobles, entre los cuales el clan de los Ken Reía era evidentemente el más ilustre, ya que uno de sus miembros desempeñaba, por elección, el cargo de aménokal, es decir, de jefe supremo del Hoggar. En aquellos momentos lo era Moussa, quien seguía diciendo que estaba dispuesto a someterse a Francia; pero que, en la práctica, aunque sabía que Laperrine viajaba por sus territorios, no se dejaba ver en ningún lugar, con lo cual no había modo de llegar a una conclusión efectiva. La segunda categoría la formaban los vasallos, quienes poseían armas, cabras y camellos, lo mismo que los nobles pero, sobre todo, eran guerreros. El último puesto lo ocupaban los plebeyos, los más numerosos, que vivían de ciertos cultivos y del comercio.

Laperrine atravesó todo el Hoggar sin poder poner la vista encima a Moussa. Luego penetró profundamente en el Adrar, donde vivían los tuareg Iforas, de quienes obtuvo en seguida la sumisión. Acto seguido, al frente de su columna, alcanzó Timiaouine, que se encontraba en el camino a Tombuctú. De improviso se le apareció una patrulla armada y dispuesta en posición de ataque, la cual le ordenó que no siguiera adelante. Una situación grotesca, ya que estaba mandada por oficiales franceses del Níger.

La causa era que las tropas destacadas en aquel lugar, furiosas porque Laperrine se había entrometido en los asuntos de una parte del Sahara que consideraban de su competencia, y también porque había recibido la sumisión de los Iforas, cuando deseaban este honor para sí, habían decidido humillarlo para vengarse, es decir: impedirle, con la amenaza de sus fusiles, seguir hasta Tombuctú.

Seguramente Laperrine hubiera opuesto las armas a las armas; pero el padre Foucauld supo encontrar las palabras que le hicieron razonar y dieron fuerza para no ceder a la ira. La columna retrocedió, dirigiéndose al territorio de Ahnet, habitado por los tuareg Taitoq, que también firmaron la sumisión.La expedición concluyó. Laperrine tomó a InSalah y dejó a Carlos solo, en su nueva clausura, grande cuanto el desierto entero.

Carlos penetró en el Hoggar y, durante cinco meses, vagó errante de un campamento a otro, un día aquí y al día siguiente allá, por aquel inmenso reino de los nómadas, buscando siempre nuevas amistades. Todos los días celebraba misa, ayudado por Paul Embarek; oraba, meditaba, conversaba con cuantos tuareg podía y los socorría en aquellas necesidades que le era posible. A pesar de no detenerse en su incesante peregrinar, encontró el tiempo y la manera de terminar la primera traducción al tamacheq del Evangelio. Tal vez algún día un tuareg lo leyera… ¿Le sería concedido a él ver aquel día bendito? Sucediera lo que sucediese, el Hoggar era, desde entonces, su nuevo mundo y allí plantaría definitivamente su tienda.

Laperrine le hizo saber que aquella decisión le preocupaba bastante, pues no estaba totalmente tranquilo respecto a su seguridad personal, de la cual se había hecho responsable. Aunque la sumisión de los Iforas y de los Taitoq estaba conseguida, el aménokal del Hoggar, Moussa, no había llegado a un acuerdo firme y real con los franceses por lo cual el futuro podía reservar sorpresas. Más prudente era que Carlos hablase primero con el aménokal en persona, si lograba localizarlo, y le pidiera permiso para establecerse entre los tuareg. Mientras tanto, no debía tomar resoluciones, ni hacer planes, con carácter definitivo.

Obediente a aquellas sugerencias, Carlos regresó a In-Salah y, desde allí, se puso en camino hacía Ghardaia, para confesarse con los Padres Blancos y pedir consejo a monseñor Guérin. Estaba terriblemente enflaquecido y cansado. Tenía cuarenta y seis años; pero se le hubiera calculado sesenta.

En diez meses había recorrido cinco mil kilómetros a pie.

Luego volvió a Beni Abbés, a su vieja «Khaoua del Sagrado Corazón». Se había convencido de que debía dividir su vida entre los tuareg, por un lado, y los árabes y franceses del Soura, por otro.

Pero estuvo apenas cuatro meses, porque en mayo de 1905, aprovechando que el capitán Dinaux debía escoltar, a través del desierto del Hoggar, a una expedición compuesta de un periodista, un geólogo, un historiador y un inspector de comunicaciones, se unió al grupo, junto con Paul Embarek.

Fue un viaje espantoso a causa del calor tórrido del verano sahariano. «Después de dos horas de marcha a pie, apenas había amanecido -contó luego el capitán Dinaux-, todos subían a los camellos. Sólo el padre Foucauld continuaba caminando a pie hasta el limite de sus fuerzas, rezando el rosario y recitando letanías. En los trechos más accidentados del terreno, forzaba el paso. Desde las cinco de la mañana, el sol caldeaba implacablemente el aire; a la sombra, la temperatura oscilaba entre los 40 y 50 grados. Cada uno de nosotros bebía entre ocho y diez litros de agua diarios, ¡Y qué agua…! Pero el padre caminaba siempre con pasos rápidos, excepto cuando se levantaba una tempestad de arena, o uno de nosotros le decía: «Padre, o vos subís, o yo bajaré a vuestro lado». En las etapas, nos colocábamos en forma de cuadro y dormíamos a la sahariana, sin tienda, las carabinas cargadas, los indígenas envueltos en los bournous y en sus puestos de combate… Hacíamos que el padre estuviera en un ángulo del cuadro, para que pudiera aislarse más y rezar tranquilo, a su gusto. Cuando la hora de la partida lo permitía, se hacia despertar a tiempo por el centinela, montaba la tienda en un momento y decía misa. La celebración de ésta, a la cual asistía siempre uno de nosotros, fue para todos una sorpresa y una revelación: el fervor del padre era tan extraordinario, que parecía en éxtasis».

Fue durante un descanso, el 25 de junio de 1905, cuando los centinelas dieron la voz de alarma. Todo el campo se preparó para la defensa: por el horizonte de aquel océano de piedra, avanzaba una larga columna de meharistas. ¿Cuáles eran sus intenciones?

La espera fue larga y los mantuvo con la respiración cortada. Por fin, se consiguió conocerlas. No había duda, era él, el aménokal Moussa, escoltado por los más ilustres de los Ken Reía. Un espectáculo inolvidable de hombres majestuosos, envueltos en ropas azules y montados sobre camellos lujosamente enjaezados, las armas de los guerreros tuareg empuñadas.

De pronto todos se detuvieron, como ante una orden, aunque no se había pronunciado una palabra. Sólo el aménokal siguió avanzando, hasta encontrarse frente al capitán Dinaux, y cambió con él solemnes saludos. Después las escoltas de ambas caravanas tomaron parte en el ceremonial del encuentro, que culminó con la ritual mezcla del té.

En este punto, Moussa declaró que estaba dispuesto a dar por terminadas sus prolongadas indecisiones y aceptar sin reservas la autoridad de Francia. A partir de entonces la solemnidad cedió terreno, cada vez más, a la familiaridad.

Durante varios días, las dos caravanas viajaron juntas. El capitán Dinaux lo aprovechó para presentar a Moussa al padre Carlos de Foucauld. «Es un marabuto cristiano, servidor del Dios único -precisó-, amante de la soledad, deseoso de estudiar la lengua de los tuareg. Un hombre que puede rendir grandes servicios a los pueblos del Hoggar y aconsejarlos de un modo útil».

Este primer encuentro fue seguido de varias entrevistas. Durante las mismas se eligió Tamanrasset como residencia del padre Foucauld, «porque Tamanrasset -explicó el aménokal- es un poco el pied-a-terre de la tribu de los Dag Ralí, la más numerosa y la más fiel entre mis tribu».

Moussa ha escrutado a Carlos, desde el primer encuentro, con sus ojos que parecen adentrarse hasta el alma, y ha sentido que puede fiarse.

«Responderé de este hombre con mi cabeza», fueron sus palabras.

También Carlos ha sondeado hasta lo íntimo al aménokal: «Es muy seguro de sí mismo, inteligentísimo, abierto, un musulmán muy piadoso, deseoso de bien; pero al mismo tiempo ambicioso, amante del dinero, del placer, de los honores», anotó.

Después de quince días de viaje juntos, Moussa dejó a sus nuevos amigos para volver con sus tuareg. El capitán Dinaux escoltó a Carlos hasta Tamanrasset. Después de recorrer un laberinto de gargantas salvajes, alcanzaron una inmensa altiplanicie, absolutamente desnuda, enteramente cubierta de piedras, sin una línea de sombra, sin un hálito de frescura, rodeada del largo lecho arenoso del fantástico torrente Tamanrasset, casi siempre seco. Al oeste, unos cuantos pozos entre unos pocos arbustos raquíticos, y algunas cabañas de haratinos, los cuales cultivaban cebada en delgadas capas de tierra. Aquello era la aldea de Tamanrasset, una veintena de hogares en total, dispersas a lo largo de tres kilómetros, junto a la orilla del torrente seco. Al este, a lo lejos, se erguían montes salvajes, dominados por el Ilamán, la montaña más alta.

Allí, en aquella desnuda inmensidad quemada por el sol, en aquel reino de la soledad, en aquel mar de piedras -que florecía en grupos de tiendas rojas cuando los tuareg hacían un alto- Carlos se fabricó una cabaña de cañas, en todo semejante a las de los haratinos, al mismo tiempo que comenzaba la construcción de una extrañísima casa con piedras y barro. Una casa increíble, larga, estrecha, bajísima, con muros de un metro de grosor, sin ventanas, únicamente pequeñas aberturas, una sola puerta baja y para entrar por ella era necesario salvar una pared maciza de setenta centímetros de alta, capaz de impedir la intrusión de las víboras cornudas. El techo, plano, estaba hecho con gruesas ramas sin desbastar, y recubierto de cañas y barro; una protección del sol, en suma, pero no de la lluvia violenta, Por dentro, una pared la dividía en dos estancias: una destinada a capilla y la otra a lugar de trabajo; ambas medían dos metros setenta y cinco centímetros de longitud por un metro setenta y cinco centímetros de anchura.

Fuera, la cabaña de cañas serviría de cocina, salón para la visitas y habitación de Paul Embarek, si este eterno indeciso no se iba en busca de otro modo de vivir.

Al cabo de poco tiempo, no hubo un haratino se dentario ni un tuareg nómada en toda la altiplanicie de Tamanrasset que no fuese de vez en cuando al eremitorio del «marabuto del corazón rojo». La puerta estaba siempre abierta, todo visitante era acogido como un hermano. Los tuareg pensaban de él: «Ciertamente Laperrine es su amigo, y Laperrine es poderoso. Pero Laperrine está a ochocientos kilómetros de aquí. Por lo tanto, el marabuto, viviendo solo en el Hoggar, demuestra una gran confianza en nosotros». Y los tuareg tenían demasiado vivo el sentido del honor para que no les impresionase profundamente aquella confianza que, por primera vez, un hombre blanco, y además inerme, les demostraba.

Al principio, mil dudas los habían acosado: «Es un marabuto, no se puede negar; pero es cristiano, no musulmán. ¿Por qué entonces ha dejado a los suyos para vivir entre nosotros? Da limosna y no pide, ¿cómo es posible? ¿Y por qué esto? ¿Y por qué aquello?».

Pero luego, aquellas preguntas dejaron de preocuparles. Bastaba una conversación con él para que toda desconfianza se amortiguase.

A medida que fue pasando el tiempo, Carlos se convirtió en el consejero de cada uno de ellos, casi podríamos decir en su director espiritual. Porque si bien es verdad que la fe en Cristo les separaba, la fe en Dios les unía, y a todos cuantos se dirigían a él, les recordaba la ley primitiva, la cual les era común, la ley del Sinaí, que manda adorar a Dios y practicar sus mandamientos.

Se la recordó también al aménokal cuando, en octubre, haciendo la misma vida que sus guerreros, llevó a pastar los camellos en la raquítica hierba que un poco de lluvia había hecho nacer en los bordes de Tamanrasset. Pronto los dos se sintieron unidos por una profunda amistad. Una amistad de tal calidad que, en el corazón de Moussa, surgió la convicción de que había encontrado a un hombre de Dios. Reconocer en el padre Foucauld a un hombre de Dios y desear tenerlo como su guía y maestro fue para el jefe supremo del Hoggar la más lógica de las conclusiones.

De este modo Carlos de Foucauld, francés y sacerdote de Cristo, se convirtió en octubre de 1905, y lo fue durante todo el resto de su vida, el íntimo consejero y prácticamente el «capellán» de un jefe tuareg, ferviente seguidor de Mahoma.

Cuando Moussa le contaba su preocupación por cierto relajamiento que advertía en los sentimientos religiosos de sus tuareg, el padre Foucauld le recordaba la necesidad de adorar la voluntad del Altísimo y tratar de conocerla lo más perfectamente posible «porque cuanto mejor se la conoce, más se la ama, más fielmente se cumple». Por lo tanto: orar, orar mucho, practicar el ayuno y la limosna, ejercitar las virtudes, reprimir el mal, honrar el trabajo, purificar la familia, enseñar a los niños a desear el bien.

Otras veces el aménokal le confiaba sus aprensiones sobre la suerte del pueblo tuareg, perennemente amenazado por el hambre, y Carlos le aconsejaba que, todos ellos unidos, desarrollaran la agricultura y la ganadería a lo largo y ancho del país.

Moussa, muy sensible en cuanto concernía al honor, se lamentaba con él de ciertas ambigüedades del comportamiento de los franceses, de las malas jugadas pasadas a los tuareg por los intérpretes. Carlos le aconsejaba que no emplease los mismos métodos: «Mejor conseguirás mantener la paz y el bienestar en el Hoggar -le decía- y menos los franceses tendrán ocasión de intervenir». En lo que concernía a los intérpretes, lo más acertado era prescindir de ellos. ¿Por qué los tuareg no aprendían el francés? «Aprended el francés, no para ser nuestros sometidos, sino nuestros iguales; para estar siempre a la par con nosotros y no tener necesidad de intermediarios. Si hacéis esto, más pronto o más tarde, vosotros seréis los militares y los empleados civiles encargados de la defensa y de la administración del Hoggar».

Las ideas de Carlos de Foucauld sobre el colonialismo francés eran, más que claras, previdentes: «El imperio francés en África del noroeste -escribía en sus apuntes-, confirmado por la ocupación de Marruecos y la unión de Argelia con el Sudán, gracias a la conquista del Sahara, será para Francia causa de fuerza o debilidad, según sea bien o mal administrado. Tiene treinta millones de habitantes, que, dentro de cincuenta años, gracias a la paz, estarán duplicados. Entonces se hallará en pleno progreso material, rico, cruzado por ferrocarriles, poblado por gente que conocerá el uso de nuestras armas, habituadas a nuestra disciplina y cuya flor y nata se instruirá en nuestras escuelas. Si no sabemos unir a nosotros aquellas gentes, nos echarán. No solamente perderemos el imperio, sino la misma unidad que le habremos dado se volverá contra nosotros. Será entonces un vecino hostil, terrible, bárbaro».

Su concepto de lo que deben ser las relaciones entre los países colonizadores y los pueblos que les están sometidos, lo sintetizó en esta sencilla frase, tan breve como clara: «Una nación tiene, respecto a sus colonias, los deberes de los padres hacia los hijos: convertirlos, con la educación y la instrucción, en iguales o superiores a sí mismos».

En constante contacto con los tuareg, desde el jefe supremo hasta los mendigos, pasó varios años. Al mismo tiempo, Carlos recogía poesías, cuentos, proverbios y componía una gramática de la lengua tuareg. Cada año, subía al norte, a Ghardaia, para confesarse, entrar en retiro y pedir consejo a monseñor Guérin. A continuación pasaba algunos meses en Beni Abbés con sus antiguos amigos franceses y árabes, que acudían corriendo a la Khaoua.

De cuando en cuando, el eterno indeciso, Paul Embarek, desaparecía. Eran los períodos más dolorosos para Carlos porque no podía celebrar la santa misa, ni adorar al Santísimo. Por fin, un día le llegó el permiso de la Santa Sede para decir la misa sin ministro. Fue un día de alegría inolvidable.

Se estaba en lo más agudo del hambre de los años 19071908. No llovía desde hacia diecisiete meses. «Es hambre negra -escribía Carlos- para un país que vive todo de la leche y donde los pobres viven exclusivamente de ella. Las cabras están tan secas como la tierra, y las personas tanto como las cabras».

Una vez al día, Carlos reunía alrededor de su casa a todos los niños de la meseta de Tamanrasset, y hacía que comiesen hasta que saciasen el hambre. La mayoría de las veces sucedía que «viendo a aquellos mocosos masticar tan alegramente -escribió Laperrine- el padre de Foucauld no tenía valor para retirar su parte».

Al fin sucedió que Carlos, al privarse también de lo necesario, enfermó gravemente. «Sin toser, sin tener ningún dolor en el pecho -comunicó a su hermana-, el más pequeño movimiento me produce un cansancio tan grande que casi me desvanezco. Hace un día o dos temía que fuera el fin…». Enterado de las condiciones desesperadas en que se encontraba, Laperrine se apresuró a enviarle la única medicina que juzgó le sería útil en aquel momento: un cargamento de víveres.

Al mismo tiempo llegó la comunicación de la Santa Sede. Porque no era sólo el pan de la tierra lo que le faltaba sino, sobre todo, el pan de la Eucaristía.

Se había sentido muy próximo a la muerte en aquel año 1908. Si hubiese sido el fin, ¿qué hubiera quedado de su ideal? Ningún compañero había acudido a sus reiterados llamamientos…

Cuando las primeras lluvias de otoño aplacaron el hambre, partió para Francia con un nuevo proyecto: encontrar, costara lo que costase, la adhesión de alguien, al menos, a una unión de hermanos y hermanas del Sagrado Corazón de Jesús, una especie de tercera orden, a la cual confiar su patrimonio espiritual, con la esperanza de que algún día llegase alguien para ser su compañero o para reemplazarle. Encontró la adhesión en su prima Maria de Bondy, de su hermana María de Blic y de pocas personas mas… Hará más adelante otros viajes a Francia, siempre con el mismo objeto; pero cuando él muera, una asociación para la plegaria, fundada por la unión, contará apenas con una cincuentena de afiliados.

La soledad en que se veía obligado a vivir la vida de Nazaret siguió pesándole dolorosamente en el corazón. Por fin, un día pareció que su gran esperanza iba a realizarse. Estaba en Ghardaia, con monseñor Guérin, cuando supo que el hermano Michele, un joven bretón que había sido zuavo y entonces desempeñaba el cargo de coadjutor de los Padres Blancos, deseaba seguirle. Inmediatamente lo llevó consigo a Beni Abbés. Pero la severa vida de anonadamiento de la «Khaoua del Sagrado Corazón» comenzó a minar la salud del neófito.

Algunos meses más tarde partieron para el Hoggar. Al llegar a ln-Salah tuvieron que detenerse porque el hermano Michele necesitaba descanso. ¿Sólo descanso? Hubo de ser hospitalizado y el médico fue tajante: imposible que siguiese hacia el Hoggar, porque moriría en el camino.

Así fue como Carlos, cuando llevaba un compañero al desierto, el primero de sus hermanitos, tuvo que continuar el resto del camino solo.

En 1910 hubo otra vez una gran sequía. Los tuareg se lanzaron por sus escabrosos montes, en busca de los pastos que pudiera haber en las cimas. En la meseta de Tamanrasset quedaron sólo los haratinos. Carlos decidió entonces construir un eremitorio en lo más alto del Asekrem, un monte de 2.700 metros, en el cual habían acampado los tuareg.

Cuatro días de camino por gargantas abismales, entre gigantescos salientes de rocas negras, azules, rojas, hasta alcanzar la base de un pared de cien metros de altura. No quedaba más remedio que escalaría para llegar a la cima plana, pelada, cubierta de piedras verdes, magnificas, y en la cual, constantemente, se oía el silbido o el ulular del viento impetuoso. Allá arriba, frente al espacio inmenso, en el cual, las cumbres de todos los montes del Hoggar se lanzaban hacía el cielo en un caos fantástico, Carlos construyó su nuevo eremitorio: la capilla y una diminuta habitación.

«Estoy absolutamente sólo en lo alto de este monte, el Asekrem, y la vista es maravillosa: la más extraña combinación de cimas, agujas rocosas y piedras fantásticamente amontonadas que he contemplado jamás».

Pero el espectáculo más agradable estaba a sus pies, en aquellas pendientes que, a la menor señal de lluvia, se cubrían de hierba perfumada, porque allí los tuareg habían plantado sus tiendas de cuero rojo, aquellos tuareg que, todos los días, subían hasta su eremitorio y luego descendían, repitiendo más o menos las palabras que en 1907 había dicho una de sus mujeres, de noble casta, de la cual Carlos salvó cinco hijos durante el hambre: «es tremendo pensar que, a su muerte, un hombre tan bueno irá al infierno porque no es musulmán…». Y por el marabuto cristiano rezaban a Alá y respetaban con mayor empeño la voluntad de Dios según la ley del Sinaí, tal como Carlos les enseñaba.

Al cabo de algún tiempo, se unió a él Ba Hammou, el secretario de Moussa. El aménokal, en señal de amistad, se lo había «prestado» por unos meses, pues sabia que le iba a ser muy útil. Ba Hammou era, en efecto, un pozo de sabiduría etnográfica y lingüística. Carlos lo aprovechó para trabajar con él en la compilación de un diccionario tuareg-francés.

Cuando el invierno se anunció soplando violentas ráfagas glaciales sobre la cima del Asekrem, Ba Hammou empezó a gruñir que de aquel «veraneo» tenía ya bastante.

Al padre Foucauld no le quedó más remedio que bajar a Tamanrasset.

Allí, en su casa en forma de longaniza, a la que el general Laperrine llamaba «La Fragata», porque le recordaba a una nave de guerra en un tormentoso mar de piedras, Carlos recibía a los tuareg que iban de camino con sus rebaños de cabras. Estaban tan acostumbrados a encontrarlo cuando pasaban por Tamanrasset a beber té con él, a partir el pan y los lacticinios, del mismo modo que Carlos había compartido con ellos el hambre durante las sequías, que no podían seguir adelante sin detenerse algún tiempo para manifestarle su profundo aprecio. Se lo hacían saber con interminables conversaciones, en los cuales también le hablaban de sus preocupaciones y asuntos. En ocasiones ocurría, cada vez con mayor frecuencia, que le hacían preguntas, por las cuales Carlos se sentía feliz:«¿Qué estas escribiendo? ¿Qué significan esas figuras que pintas?».

El padre Foucauld les explicaba lo que las imágenes sagradas representaban y les leía un trozo del Evangelio, sobre todo las parábolas. Los tuareg cada vez sentían más admiración por su santidad.

Ocurría de vez en cuando que el hospitalario eremita de Tamanrasset, el hermano de los pastores nómadas, el siervo de los pobres, pasaba a ocupar un puesto principal en los asuntos del país, se convertía en árbitro de las controversias que surgían entre Francia y el Hoggar. Como cuando el general Laperrine decidió transportar varias toneladas de material a Tamassinine, en la frontera con Tripolitania, donde acababa de ser construido Port Flatters.

Para una expedición de tal importancia, en aquellas regiones salvajes y sin carreteras, era preciso servirse de casi todos los camellos de Hoggar, enrolar algunos centenares de hombres y proveer a su subsistencia durante varios meses. Laperrine encargó a Carlos que obtuviese los camellos y los hombres del aménokal y éste, no sólo accedió a la petición, sobre todo porque le había sido hecha por medio de su consejero, sino que se declaró dispuesto a guiar él mismo la gran caravana. En compensación pidió a los franceses, siempre por intermedio de Carlos, que los meharistas tuareg fuesen pagados anticipadamente, de manera que, al llegar a Temassinine, pudieran efectuar las compras que les fueran necesarias. Laperrine, como esta petición estaba avalada por el padre Foucauld, la aceptó. Sin embargo, a la hora de pagar, los franceses parecieron olvidarse de cuál era la cifra pactada. Carlos intervino entonces enérgicamente para que los meharistas recibieran su justa paga, hasta el último céntimo.

Cuando el aménokal Moussa se puso en viaje a la cabeza del gigantesco convoy, confió temporalmente el poder a su lugarteniente Akmed Ag Echecherif. Por su parte, Carlos había obtenido de Laperrine la seguridad de que, mientras durase la ausencia de Mousa, el teniente francés Sigonney velaría por el Hoggar, donde, durante tres meses al menos, sólo quedarían ancianos, mujeres y niños. En realidad, quien sustituyó al aménokal en el gobierno del país fue, como había ocurrido en otras ocasiones, una mujer extraordinaria.

«Quien toma las decisiones -escribió por aquellos días Carlos de Foucauld- es Dassine… Ella ordena sin aparecer en público. Akmed Ag Echecherif no es más que el poder ejecutivo. Ella es muy inteligente y está al corriente de todas las cosas. El es dinámico y lleno de buena voluntad. Ambos son piadosos. No podemos estar mejor…».

Poetisa exquisita y espiritual, mujer bellísima y de una elegancia refinada, todos los guerreros del Hoggar estaban enamorados de Dassine, y más que ninguno, el aménokal. «Dassine es luna -había cantado éste en un poema de amor dedicado a ella-; su cuello es más inquieto que el de un potro atado en un campo de cebada o trigo de abril. Dios la ha hecho armoniosa y llena de gracia. Como todos la admiran, así todos la aman. Imposible a mujer alguna desposarse mientras Dassine es libre. Ella es bella y graciosa. Sabe tocar el monocordio y cantar con alegría…».

Pero Dassine, aunque amiga afectuosa del aménokal, no correspondió a su amor.

«Regalaré a manos llenas los siervos y los ganados que suben por los montes -cantó entonces Moussa- y todos los pastos que hacen fecundas las cabras y las camellas, desde Gougueran hasta aquí y hasta Bornou, de Arar a Afeston, para que tú estés en mi corazón, Dassine, como el sol entre las estrellas… Pero ella, ella no vuelve la mirada a mi, ella no me presta atención…».

Otros cien guerreros cantaban, como el aménokal, su amor por Dassine. Y Dassine, entre cien guerreros, eligió a Aflan. No por esto Moussa le retiró su amistad. Al contrario, cada vez que se ausentaba, mientras oficialmente se hacía sustituir por éste o aquél de sus lugartenientes, en la práctica confiaba el gobierno del Hoggar en las manos de aquella mujer excepcional.

«Ella es muy inteligente y está al corriente de todo», había escrito Carlos. Dassine, en efecto, conocía su amistad hacia Moussa y que éste lo apreciaba hasta el punto de haberle hecho su consejero. Ella lo aprobaba. La joven poetisa del Hoggar, devota de Alá, fue una de las más preciosas colaboradoras del hermano Carlos de Jesús en el Sahara.

Llegó 1914 que trajo la gran guerra. Carlos se enteró un mes más tarde de haber sido declarada. En seguida tuvo repercusiones en el corazón de África. De Argelia, le llegaron noticias de que los guerrilleros marroquíes incrementaban sus ataques a lo largo de toda la frontera; en Tripolitania se desencadenó un caos; del oasis de Kufra, en Cirenaica, centro principal de la gran confraternidad de los senusi3, la instigación a la rebeldía fue serpenteando entre los tuareg hasta llegar al Hoggar.

En su eremitorio, Carlos de Foucauld se estaba consumiendo: desnutrición, escorbuto, fiebre, respiración penosa. «Señor, hágase tu voluntad y no la mía» era siempre su oración, la misma que su madre había pronunciado en el lecho de muerte hacía tantos años en Estrasburgo; la que él estaba viviendo desde el momento de su conversión.

El alto mando francés no se sentía tranquilo sabiendo que estaba en Tamanrasset, solo en su eremitorio indefenso, que en cualquier momento podía ser aplastado por una oleada de odio senusi.

La orden que llegó a Carlos fue de que se retirase a Fort Motilinsky, a unos cincuenta kilómetros al este.

La negativa fue firme: no abandonaría jamás la altiplanice de Tamanrasset, donde vivían sus haratinos y donde los tuareg sabían que lo encontrarían siempre.

Puesto que se le mandaba refugiarse en un fortín, él construiría uno allí en Tamanrasset, dentro del cual también sus amigos haratinos y tuareg encontrarían defensa en caso de peligro.

Con la ayuda de aquellos, levantó un verdadero fuerte. Los franceses lo proveyeron de armas, él llevó el altar, el cáliz, el sagrario, la custodia, las vestiduras y sus manuscritos. Dejó el eremitorio por la fortaleza; decidió y seguir viviendo en ésta la vida de Nazaret que había vivido en el eremitorio.

Las sombras de la noche -como ya hemos dicho- cayeron frías aquella tarde del uno de diciembre de 1916 sobre las gargantas de los montes del Hoggar, sobre los bastiones del fortín de Tamanrasset. Después alguien llamó a la puerta.«¿Quién es?».

«El correo», contestó la voz bien conocida del haratino El Madani.

Carlos abrió la puerta. Diez, veinte, sesenta manos salieron de la oscuridad, le agarraron brutalmente, le arrojaron a tierra, de rodillas; luego le ataron las manos a los tobillos, por la espalda, y pusieron ligaduras en torno a todo su cuerpo.

Eran una treintena las sombras de los senusi que veía junto al foso que rodeaba los muros; gente de la tribu de Ajjer, en su mayoría, que habían llegado a escondidas, a través de las gargantas de los montes de Hoggar, en completo silencio. Al cabo de algún tiempo vio venir algunos otros, de la dirección en que estaba la aldea haratina: habían ido a buscar a Paul Embarek a su cabaña. También Paul era prisionero; pero Carlos notó que no tenía amarradas las manos.

Última foto conocida del P. Foucauld

Durante media hora -¿o fue una eternidad?- los contempló ir y venir al fortín, sacando fuera cuanto podían robar, armas y objetos sagrados, y destrozar todo aquello que no podían transportar. Uno solo de los senusi no tomaba parte en la razzia, permanecía inmóvil, a dos pasos de Carlos: un muchacho que había crecido demasiado deprisa.

«Tú cuida de él, Sermi Ag Tohra», le habían dicho. La boca del fusil le apuntaba constantemente, y estaba como alucinado.

«Piensa que morirás mártir, despojado de todo, tendido en tierra…, irreconocible, cubierto de sangre… muerto con violencia…» ¿Cuándo había escrito Carlos estas palabras? Y también: «Vivir cada instante como si debiese morir mártir esta noche… Prepararse sin cesar para el martirio y para recibirlo sin un gesto de defensa, como el Cordero divino…».

De repente, uno gritó alarma. En el instante de silencio que siguió, llegó hasta los oídos de Carlos un caminar de camellos. Eran los meharistas que, ignorantes de cuanto sucedía, iban a recoger el correo.

Los senusi temieron quién sabe qué ataque. Lanzando alaridos, dispararon a locas contra el peligro desconocido. Sermi Ag Tohra, muchacho crecido demasiado pronto, perdió la cabeza. Quizá Carlos hizo un movimiento y él creyó que quería escapar. Quizá, simplemente, el miedo le cegó; pero no tanto que le quitase la puntería. Apretó el gatillo.

Carlos de Foucauld, hermanito de Jesús, se desplomó lentamente dentro de las ligaduras. El proyectil le penetró por el oído derecho y fue a salir por el ojo izquierdo; luego se incrustó en la pared de ladrillos rojos, a la izquierda de la puerta del fortín.

LOS HERMANITOS QUE CARLOS NO CONOCIO

¿Y después?

Asesinado Carlos de Foucauld y muertos Bou Aicha y Boudjema ben Brahim, los dos meharistas del servicio de correos, los senusi pasaron la mayor parte de la trágica noche del primero de diciembre de 1916 banqueteando con la carne del camello de Bou Aicha. Después se retiraron a dormir en el fortín.

Pero con las primeras luces del alba del 2 de diciembre, el centinela que habían apostado en los muros descubrió a lo lejos una sombra que avanzaba balanceándose entre los peñascales desolados de Tamanrasset. ¡Un hombre a camello! Dio la alarma y los senusi se colocaron detrás de las troneras del fortín y, fuera del fortín, en la fosa que rodeaba los muros. Cuando la sombra estuvo a tiro, sonó una voz: «¡Fuego!». El meharista rodó entre las rocas.

Era Kouider bam Lakhal, el correo de Fort Motilinsky, que llegaba con la correspondencia para el padre Foucauld.

El sol del Sahara iluminaba la meseta de Tamanrasset cuando los senusi abandonaron el campo y, sobre sus camellos, cargados de razzia, ganaron las gargantas de los montes de Hoggar, dirigiéndose hacia Tripolitania.

Poco después, Paul Embarek, que había conseguido escapar aquella noche, afortunadamente, del exterminio, y algunos heratinos de la aldea de Tamanrasset, llegaron ante el fortín. Fue un espectáculo terrible el que se ofreció a sus ojos.

Llorando, recogieron el cuerpo de Carlos de Foucauld y, tal como estaba, rodeado de ligaduras, la espalda doblada hacia atrás, las rodillas plegadas, las muñecas atadas a los tobillos, lo colocaron en el fondo del foso, bajo los muros del fortín. A su lado pusieron los cuerpos de los tres meharistas, Bou Aicha, Boudjema bam Brahim y Kouider bem Lakhal, y los sepultaron bajo un montón de piedras.

Después Paul Embarek, acompañado de un haratino, corrió a Fort Motilinsky, cincuenta kilómetros de desierto, y llegó antes de la noche. Informó de la tragedia al capitán de la Roche.

La corneta tocó «a formar» y, al frente de un grupo de sus hombres, el capitán se lanzó en persecución de la banda de senusi. Durante dos meses batió toda retama, todo hueco de aquel laberinto de gargantas sombrías que hienden los montes de Hoggar. Al fin, el 17 de diciembre, los alcanzó. Entonces gritó la orden que, desde hacia quince días, le quemaba en la garganta:

«¡Fuego a discreción!» Varios senusi cayeron; pero el grueso del grupo consiguió rehuir el combate y escapar.

El 21 de diciembre, el capitán de la Roche regresaba a Tamanrasset. Mandó poner firmes a sus hombres ante el foso y luego dijo: «¡Presenten armas!» Colocó una cruz entre las piedras que cubrían las cuatro víctimas. Seguidamente entró en el fortín.

Le pareció devastado por un tornado: el crucifijo de madera pisoteado en la arena del patio, libros desgarrados, manuscritos rotos, sucios y dispersos por doquier, las tablas del viacrucis, que el padre de Foucauld en persona había pintado a pluma, arrojadas entre los escombros y tabiques rotos, jirones de telas, y puertas arrancadas de sus quicios…

Salió afuera, con los ojos fijos en el suelo y un nudo que le destrozaba la garganta. En un montón de arena, entre las piedras, grises, vio brillar una cosa, semejante a un espejillo. Se inclinó para recogerla: era el pequeño viril de Carlos de Foucauld y todavía contenía la hostia consagrada.

Las manos del capitán de la Roche temblaron. Limpió el viril de la arena que tenía pegada, lo envolvió en un pañuelo de lino, lo puso en un bolsillo de su chaqueta, sobre el pecho, y lo llevó consigo a Fort Motilinsky.Pero en Fort Motilinsky comenzaron las preocupaciones para el capitán de la Roche. Recordaba una conversación que había tenido con Carlos de Foucauld. Este le había dicho: «Si me sucediera algo, os ruego que llevéis el viril con el Santísimo a Ghardaia y lo entreguéis a los Padres Blancos». Pero la situación cada vez era más amenazadora en el Hoggar, a causa de las infiltraciones senusis, y el capitán no podía dejar el territorio que le había sido confiado para subir tan al norte. Tampoco quería confiar la hostia consagrada a las manos de nadie.

¿Qué hacer entonces? ¿Darse de comulgar a sí mismo? Alguna vez había oído hablar de una solución de esta clase. Pero él no se decidía a hacerlo.

Por fin se acordó del suboficial, un excelente muchacho, el más bravo de los suboficiales a su órdenes. Salieron del fuerte, en la majestad del desierto, bajo la bóveda brillante del cielo, de cara al Altísimo. El capitán de la Roche se puso los guantes blancos, saco de su bolsillo el viril, quitó el pañuelo de lino y lo abrió. De rodillas delante de él, el suboficial sacó la Hostia y comulgó.

Cuando, algunos días más tarde, la noticia de los asesinos de Tamanrasset -viajando con las caravanas de tuareg por los desiertos de piedra del Hoggar- llegó a la tienda del aménokal Moussa, éste estalló en un llanto desesperado y salvaje. Después, se acurrucó sobre una estera y escribió a Maria de Blic una carta en la que, entre los propósitos más crudos de venganza despiadada -los cuales el amigo muerto le hubiera reprochado con dulzura-, expresó, en nombre de todo su pueblo, el verdadero y profundo significado del sacrificio de Carlos de Foucauld.

«¡Alabado sea el Dios único! -escribió-. A la señoría de nuestra amiga María, hermana de Carlos, nuestro marabuto, a quien los traidores y desalmados, las gentes de Ajjer, han asesinado… Desde el momento en que he tenido noticia de la muerte de nuestro amigo, vuestro hermano Carlos, mis ojos se han cerrado, todo es oscuridad para mí. He derramado muchas lágrimas y estoy en un gran dolor. Su muerte me ha destrozado. Me encuentro lejos del lugar donde los traidores y desalmados lo han matado, pues ellos le han matado en el territorio de los Ahaggar y yo estoy ahora en el Adrar; pero plazca a Dios que podamos alcanzar y castigar a quienes han matado al marabuto, hasta hacer que nuestra venganza esté completa. Saludad en mi nombre a vuestras hijas, a vuestro esposo y a todos vuestros amigos, y decidles: Carlos, el marabuto, no ha muerto sólo por vosotros, ha muerto por todos nosotros. Que Dios le dé su misericordia y que nosotros podamos encontrarla en el Paraíso».

«El ha muerto por todos nosotros». El Hoggar pregonaba, con esta afirmación de su aménokal, el valor sublime del martirio de Carlos de Foucauld.

¿Y después?

Pasaron otros diez años.

En 1927 se abría el proceso informativo para la beatificación de Carlos de Foucauld y su cadáver era trasladado a una tumba en el Golea. Pero hasta aquel momento ninguna huella en el Sahara testimoniaba que alguien hubiera pasado por allí para recoger el tesoro del ideal de Nazaret…

¿Y más adelante?

Pasaron otros seis años. Y finalmente, en 1933, René Voillaume daba vida al primer grupo de Hermanitos de Jesús, reconociendo como fundador y padre a Carlos de Foucauld, de quien se declaraba sucesor.

En 1939 nacían también las Hermanitas de Jesús. Ya en 1933 había surgido una congregación femenina de Hermanitas del Sagrado Corazón; pero ésta, aunque haciendo suyo el ideal de Carlos de Foucauld, daba mayor importancia en su regla a la contemplación.

De la sangre vertida sobre el suelo de Tamanrasset, convertida en semilla, habían nacido en el transcurso de poco más de veinte años, tres plantitas. Aquí vamos a hablar de las dos que se han desarrollado con mayor fidelidad al ideal de Nazaret, tal como Carlos lo concebía, lo describió en varios proyectos de regla, y, sobre todo, los vivió.

Al principio eran muy pocos. Pero hoy sus Fraternidades están esparcidas por los cinco continentes. Los Hermanitos de Jesús son más de cuatrocientos, las Hermanitas de Jesús superan las ochocientas. Y sus noviciados no conocen crisis de vocaciones.

Viven en grupos de tres, cuatro, cinco, en sus pequeñas Fraternidades, proletarios entre los proletarios de las grandes metrópolis, nómadas entre los nómadas de los grandes desiertos, en las mismas casas, en las mismas tiendas, haciendo los mismos trabajos manuales.

«Me cayeron en las manos, hace algún tiempo -se lee de un reportaje publicado en el Ruhr-Bild-, dos fotografías, que a primera vista me parecieron completamente contradictorias. En la primera se veía el pequeño eremitorio de piedra, construido por Carlos de Foucauld en 1910, en el más absoluto aislamiento del mundo, sobre la cima desnuda del Asekrem, entre los picos torvos del Hoggar, en el profundo sur del Sahara. En la otra, veía el alojamiento de la Fraternidad de Roubaix, situado en un miserable callejón sin salida, al cual se llega a través del patio interior de un conglomerado de viviendas, habitadas por mineros y sus familiares. Las bicicletas de tres Hermanitos, negras por el carbón, están apoyadas en la pared. Dentro, evidentemente, apenas hay espacio para moverse… ¿Contradicción? De ninguna manera. Trabajando en los pozos de las minas de Roubaix y viviendo, después de la jornada, en aquel hormiguero humano, los Hermanitos de Jesús permanecen -en los años sesenta- completamente fieles a la vida que llevó el hermano Carlos durante los dos primeros decenios del siglo en el desierto del Sahara. Ellos dan el mismo testimonio».

Nada, absolutamente nada poseen los Hermanitos, ni siquiera sus pobrísimos alojamientos, que son todos alquilados y que pueden ser, según el lugar del mundo donde se encuentren, una barraca cualquiera en cualquier bidonvile, o una cabaña de bambú, una cueva, un carromato de gitanos, una tienda de nómadas o un par de habitaciones en cualquier barrio popular, en la periferia de cualquier ciudad. Y tanto barraca, como choza, carromato, cueva, tienda o apartamento, todo alojamiento de una Fraternidad muestra, a quien entre, una pobreza igual: una mesa, algunos bancos, un par de sillas, unos libros, camas sencillísimas… Siempre se nota la misma paz, el mismo orden de vida. En todas ellas se advierte también, inmediatamente, casi en el aire que se respira, que aquella pobreza es amada por sí misma, como prenda y señal de desapego espiritual del mundo.

«El trabajo manual… -escribió Carlos de Foucauld cuando era todavía el hermano María Alberico, en la Trapa de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, de Siria- este trabajo más pesado de cuanto nos imaginamos… ¡te da tal compasión por los pobres, tal caridad hacia los obreros, tal amor por los trabajadores! Se sabe el valor de un pedazo de pan cuando se experimenta cuánta fatiga cuesta producirlo. ¡Se aprende a tener tanta piedad por quien trabaja cuando se comparten las mismas fatigas!…».

Los Hermanitos de Jesús se ganan el pan, día a día, literalmente con el sudor de su frente. Sólo durante el período de noviciado, y en el transcurso de los estudios posteriores, aceptan, obligados por la fuerza de las cosas, alguna subvención, alguna ayuda. Pero una vez terminados los estudios y pronunciados los votos perpetuos, pertenecen por entero a la clase obrera, con todo lo que esto entraña.

Hacen los mismos turnos de trabajo que los demás trabajadores, de día o de noche, reciben los mismos escasos salarios, toman parte en las huelgas justas, corren el peligro de accidentes en los puestos difíciles, contraen las mismas enfermedades laborales, porque, a todo esto, han dicho sí desde el principio.

Algunas fábricas, al saber que son religiosos -y ellos no hacen nada por ocultarlo-, quieren concederles privilegios, hacerles gozar de algunas ventajas. Pero los Hermanitos rehúsan todo privilegio, rechazan todas las ventajas que podrían alejarlos un sólo ápice de su ideal, que es el mismo de Carlos de Foucauld: el último puesto. Han prometido buscar siempre el último puesto, y lo buscan tanto en los lugares donde trabajan como al elegir la casa donde vivir, porque ya en la primera regla, redactada por Carlos en 1896, se establece que vivan «allí donde están los más pobres», «se consagren, sobre todo, a aquellos que son los más desheredados y los más abandonados».

Los Hermanitos se consagran a los más desheredados y a los más desamparados de un modo completamente particular. Fiel al espíritu de Carlos de Foucauld y al ideal de vivir la vida de Jesús en el ocultamiento de los primeros treinta años, una nota del prior René Voillaume confirmaba en 1938 la prohibición absoluta de cualquier acción de apostolado: ellos no pueden aceptar ningún servicio para la parroquia, en ningún caso su capilla se puede convertir en iglesia parroquial; tampoco, durante las horas que están libres de trabajo, y se retiran a la clausura de sus Fraternidades, no deben bajo ningún concepto dedicarse a obras que tengan como objeto la conversión o la educación religiosa, ni al cuidado de huérfanos, enseñanza en las escuelas o cualquier otra actividad que esté en contraposición con su vida oculta de silencio y de plegaria.

Lo mismo con la gente que vive junto a la Fraternidad, como con los compañeros en las fábricas donde trabajan, los Hermanitos tienen las relaciones normales de vecindad y amistad, sin jamás intentar de ninguna manera, ni con ningún medio, obtener conversiones o bautismos.

El Hermanito debe ser simplemente «todo para todos» -escribo «simplemente», pero el adverbio en este caso da vértigos- y, por ello, la puerta de su Fraternidad está siempre abierta para cualquiera que llegue, a cualquier hora del día y de la noche, como estuvo siempre abierta a todos la «Kahoua del Sagrado Corazón» en Beni Abbés, el eremitorio de Tamanrasset y la cabaña de piedra sobre la cima del Asekrem.

En toda fraternidad, tanto en Bélgica como en el Líbano, tanto en España como en el Congo, los Hermanitos de todas las razas y de todas las nacionalidades dan testimonio del carácter supranacional del amor cristiano acogiendo a cualquiera que llame a su puerta, sea para pedir consejo, pan o un poco de amistad. Esta voluntad de identificarse en todo y por todo con los más pobres es la que les hace hablar el lenguaje de la gente que les rodea, alimentarse con la comida propia del lugar, celebrar la misa, aquellos de los Hermanitos que son sacerdotes, según el rito usado en el país, vestir el traje corriente de trabajo excepto durante el servicio divino, para el cual llevan una sencillísima túnica gris. En tierra musulmana, por ejemplo, hablan el árabe, celebran según el rito melquita y usan bournous. Y así en ningún lugar de la tierra se comportan como extranjeros y, actualmente, no son misioneros, ni sacerdotes obreros. Son religiosos vestidos de laicos, que viven la pobreza de la era moderna, como los monjes de la antigüedad vivieron la pobreza de su época.

Lo que principalmente hay de nuevo en los Hermanitos de Jesús, y nunca experimentado por la Iglesia hasta ahora como método de evangelización, es «ese carácter de total desinterés» -como escribe Robert Barrat- que tiene su presencia entre los pobres. Ellos quieren ser simplemente siervos inútiles, instrumentos en las manos de Dios. Si el Señor lo quiere, algún alma será tocada por su testimonio de vida evangélica. Alguien acudirá a ellos y, antes de pedir consejo, pan o amistad, les hará preguntas sobre los motivos de su fe y de su esperanza. Los Hermanitos responderán y será lo que Dios quiera. Pero sin provocar jamás estos encuentros, sin suscitar jamás tales preguntas, sin ejercer jamás ninguna presión en las respuestas, porque los Hermanitos quieren ser nada más que testigos mudos, frecuentemente incomprendidos, del amor de Dios entre los hombres.

Los resultados son paradójicos. Cuanto más quieren permanecer ocultos los Hermanitos, más acude la gente a sus Fraternidades. En las fábricas, donde trabajan, los sencillos obreros comentan: «Por fin hay frailes que viven como nosotros y como Cristo debió vivir».

Pero no siempre y en todas partes sucede lo mismo. A veces, sobre todo en las grandes ciudades, siempre que cierta prensa sensacionalista no haga a costa de ellos un reportaje, y entonces es peor, su mudo testimonio pasa inadvertido, parece desvanecerse en el vacío religioso que los rodea.

Entonces, hasta en el mismo sitio donde viven, se sabe poco o nada de los Hermanitos, nadie se fija en ellos, y en los lugares en que trabajan, todo lo más, surge un diálogo de esta clase: «Qué es eso? ¿Una insignia?, y el obrero indica el pequeño corazón rojo con la cruz encima, que el Hermanito lleva en el revés de la chaqueta.

-«Sí, es la insignia de una orden católica…».

-«No está mal. ¿La has pintado tú?».

Nada más. El resto es una indiferencia absoluta. Ninguna hostilidad, nada de ironías burlonas. Un respeto distancialmente, en suma.

Por la tarde, cansados por el trabajo, los Hermanitos regresan a las Fraternidades, que son sus células vitales. Principalmente porque en toda Fraternidad hay una pequeña estancia dedicada a capilla donde, cada mañana o cada tarde, celebran la misa, todos los días, también cuando la fatiga los atormenta y se arrodillan delante del Santísimo para las horas de oración cotidianas que la regla prescribe.

No es en modo alguno fácil mantener una vida de oración en las duras condiciones impuestas por el trabajo manual y en el ingrato ambiente del miserable alojamiento, colocado siempre en los lugares donde habitan los más pobres. Es una ascética tremenda que, día tras día, comienza con las primeras luces del amanecer, cuando hay que levantarse para decir la misa con tiempo suficiente para luego estar puntuales en el puesto de trabajo; que continúa durante toda la jornada, pues cada Hermanito se ha de entregar con la caridad más pura y disponible a los compañeros de trabajo, a los vecinos de su alojamiento y a los huéspedes que pueden llegar de cualquier parte. Al mismo tiempo, desde el alba hasta la noche, y así a lo largo de toda la vida, deben mantener el alma preparada para la oración.

Es natural que una vida semejante, llevada según el espíritu de Carlos de Foucauld, requiera una larga y profunda formación, sobre todo para hacer a los novicios capaces de identificarse con cualquier aspecto de la pobreza en el mundo.

Las vocaciones son abundantes: labradores, obreros, algunos sacerdotes, pero la mayoría son intelectuales; lo cual tiene su aspecto positivo pero también su parte negativa: «porque tenemos que aprender a trabajar», me decía un Hermanito. Y no resultando ni simple ni fácil aprender a trabajar con los brazos para quien jamás lo haya hecho, les parece perder un tiempo precioso en aquel aprendizaje, al compararse con los trabajadores ya acostumbrados.

De todas formas, sean de la clase que sean -labradores, obreros o intelectuales- todos realizan los mismos estudios y el hecho de que alguno llegue a ser sacerdote y otros no, es algo absolutamente personal dentro del cuadro de la vocación común de trabajar todos por igual. «Un Hermanito -dicen las Constituciones- puede o no tener una vocación sacerdotal y en ambos casos el realizará el ideal mismo de Hermanito de Jesús».

Después de dos años de prueba, que se deben pasar en una Fraternidad de trabajo, para conocer en seguida y por un tiempo prolongado de qué pan y de qué sudor estará formada la vida a que se aspira, se va al noviciado, en Francia, en España, en América Latina o en Italia, en Espello, un pueblo agrícola junto a Asís, de gente pobre, donde los Hermanitos han arrendado un viejo convento franciscano, abandonado hacia muchísimos años, al lado del cementerio. Aquí han abierto la mayor Fraternidad de Italia, una Fraternidad campesina, en aquel ambiente de pequeños campesinos, que sirve como lugar de referencia para cuantos quieren conocer la espiritualidad de Carlos de Foucauld.

Concluido el noviciado y pronunciados los primeros votos temporales, que serán repetidos varias veces durante años sucesivos, antes de llegar a los votos perpetuos, el novicio es enviado de nuevo a una Fraternidad para una segunda prueba. Si la supera, puede comenzar los estudios, que duran de tres a seis años y se cursan en St. Maximin, cerca de Tolosa. Allí recibe una amplia formación teológica, filosófica y cultural, aprende mística hindú, teología musulmana, ideología marxista y la doctrina de los hermanos separados grecoortodoxos. Estas que hemos citado no son sino algunas de las numerosas materias de estudio. Terminados dichos cursos, el joven pasa un período, más bien largo, en el desierto, para concentrarse mejor en el pensamiento de la inmensidad de Dios y la pequeñez de sí mismo. Después de este último detalle de su formación, es enviado a cualquier parte del mundo, para dar comienzo a su silencioso operar por medio únicamente de su presencia, de su vida de trabajo y oración.

Cada año nacen Fraternidades de hermanitos en diferentes países de la tierra. Son mineros en Bélgica, marineros en Bretaña, obreros en los astilleros de Hamburgo, pastores nómadas en el desierto, presos voluntarios en algunas cárceles. En Italia, los Hermanitos de Jesús trabajan en las minas Sardas de Bindua, en el Iglesiente, además de estar presentes en Roma con una Fraternidad que podríamos llamar Casa Central. Aquí en Bindua, entre otros, se ha verificado un hecho interesante, que es signo de una nueva situación madurada en 1965.

Los Hermanitos, sudando entre los mineros de aquella zona alejada de la Iglesia, tanto en el sentido material, por la cantidad de kilómetros, como en el sentido espiritual, por la descristianización, han construido una estrecha amistad con sus compañeros de fatigas, quienes, a su vez, se han interesado cada vez más por sus vidas y han manifestado siempre el deseo creciente de oírles hablar de Dios.

¿Cómo negárselo?

Una cosa es vivir el «ocultamiento» en cualquier ambiente del Islam -por poner un ejemplo-, donde el Hermanito trabaja y ora en el espíritu de su vocación específica y, aunque lo quisiera, no podría hacer nada, o casi nada, más que dar su testimonio para convertir a alguien al Evangelio; y otra, muy distinta, es vivir entre cristianos abandonados a sí mismos, o incluso descristianizados, los cuales, convencidos por el buen ejemplo, solicitan al menos una palabra de salvación espiritual y la imploran en nombre de aquella relación de amistad que se ha creado. De esta forma, en Bmdua, precisamente por amistad, los Hermanitos no han podido negar aquella ayuda espiritual a sus compañeros de trabajo, y han aceptado empezar un cierto apostolado, pero no organizado, en absoluto, ni estructurado…

Hoy en Bindua, enseñan el catecismo, administran los Sacramentos y rigen un orfanato que acoge a sesenta niños.

Esto es lo que ha sucedido en el Iglesiente. Y ha sucedido porque, si los Hermanitos hubieran eludido aquellas peticiones y no hubieran seguido adelante, aceptando el encargo del ministerio sacerdotal, nadie habría podido sustituirles.

Por lo demás, esto está previsto, como excepción, en las mismas Constituciones de la Congregación, allí donde dicen que la imitación de la vida (de trabajo, de oración y de «ocultamiento») de Jesús de Nazaret, «que es para los Hermanitos la mejor manera de realizar la perfección de la caridad apostólica, que les podrá conducir a anunciar el Evangelio con la palabra y, si son sacerdotes, a administrar los Sacramentos, tanto por la obligación de testimoniar su propia fe, como porque algunos de entre los que vivan comiencen a abrirse al Evangelio y a la vida cristiana y no puedan, de hecho, recibir esta gracia si no es a través de la Fraternidad».

En cambio en Éfeso, por contar otro ejemplo, la cosa es distinta.

Allí había una Fraternidad, junto a las ruinas de la Casa de la Virgen, que eran lugares de peregrinación, y los peregrinos encontraban cómo refugiarse en aquella Fraternidad. Pero la Fraternidad de los Hermanitos se desviaba del fin para el que había nacido, que era el mismo fin (de trabajo, oración y testimonio) de todas las demás Fraternidades, que no es el de hospedar, guiar o asistir a los peregrinos, a lo cual se podían dedicar otras personas. Y de hecho, los Hermanitos se fueron de Éfeso, cediendo aquel lugar a los monfortianos. De esta forma se han tenido que ir de otros lugares en los cuales, habiendo creado ya en torno a la Fraternidad un germen de comunidad cristiana, han podido indicar al obispo que allí podría establecerse una parroquia.

Volviendo al episodio, entre otros, de Bindua, en Cerdeña, donde los Hermanitos, para no destruir la relación de amistad ganada entre aquellos mineros, han tenido que aceptar el encargo de aquella comunidad cristiana revitalizada, sin dejar de trabajar ni de rezar según la regla; este resulta ser un hecho revelador de aquel otro más general que se ha manifestado diferenciado en 1965, como ya hemos indicado, en las tareas de la familia de los Hermanitos.

Quede bien claro que esta familia permanece unida, y ellos quieren que así sea; compuesta por los mismos hijos unidos, guiada por los mismos superiores, que son, mientras se alcance la madurez, los intérpretes, tanto de una como de otra «alma», de Carlos de Foucauld: bien la de Carlos de Foucauld «monje y eremita» del primer episodio, bien la de Carlos de Foucauld «también misionero» del segundo periodo.

Se trata, de hecho, de una diferenciación de tarea, que deriva de una disponibilidad de los Hermanitos, diversa en el servicio; disponibilidad que -más allá de haberse manifestado en el examen de las necesidades impuestas por las diversas situaciones locales en el terreno concreto de los hechos- se desprende también, al menos a mí me lo parece, de una diferencia de formación y de temperamento.

Quiero significar que esta duplicidad de tareas -indicada también en la doble denominación de «Hermanitos de Jesús» (mantenida por aquellos que persiguen exclusivamente el testimonio silencioso de oración y trabajo en los lugares más pobres y abandonados, donde otros no acuden) y la de «Hermanitos del Evangelio» (adoptada por aquellos que desarrollan también una acción de apostolado en las comunidades cristianas suscitadas por ellos y donde otros no podían sustituirles)- tiene también que ver, según mi parecer, con el aumento de las vocaciones, que ha llevado a la Congregación a ser, por encima de «francesa», verdaderamente internacional, y en particular a la afluencia de nuevos Hermanitos italianos y de América Latina, cuyo carácter, como es sabido, es más extrovertidos que el de los demás, y conduce a la comunicación.

En un último análisis, sin embargo, me parece que el nacimiento de los Hermanitos del Evangelio junto a los Hermanitos de Jesús, en la misma familia originada por la espiritualidad del padre de Foucauld, indica que todos los Hermanitos están obligados por la Providencia a recoger frutos allí donde el deber les ha forzado a sembrar.

El mensaje de Carlos de Foucauld, así como todos los mensajes de los grandes santos que han interpretado y caracterizado una época -podemos pensar, por ejemplo, en el de Francisco de Asís- es un mensaje universal, que realiza una llamada, de modo particular y extraordinariamente potente, a los hombres y mujeres de hoy, con independencia de que estén consagrados o no.

Por todo esto, en la estela de Carlos de Foucauld -además de en la de los Hermanitos, de los cuales he dicho que pueden ser religiosos sacerdotes y religiosos laicos, sin que esta distinción comporte una doble categoría en el ser religioso, o en la estela de las Hermanitas del Sagrado Corazón, que como ya he apuntado, viven en África una vida de contemplación- han surgido otras agrupaciones espirituales, independientemente de estas tres Congregaciones principales, con votos, promesas, reglas y superiores distintos, lo cual no quiere decir que no estén invadidos de un gran deseo de unidad con los Hermanitos y las Hermanitas.

Quiero referirme, entre otros, sobre todo a aquellos institutos seculares de sacerdotes, de chicos y chicas, se denominan respectivamente Unión Sacerdotal Jesús Charitas (que cuenta con 800 sacerdotes diocesanos, y algunos obispos y cardenales) y a los Institutos Jesús Charitas masculino y femenino, cuyos miembros, consagrados, viven en el mundo según el ideal contemplativo del espíritu de Nazaret, sin ninguna finalidad particular de acción externa.

Y me referiré también a la Fraternidad secular de Carlos de Foucauld, aquella gran asociación abierta tanto a sacerdotes como a laicos, tanto a casados como a solteros -en el deseo común de ayudarse fraternalmente para mejor amar a Dios, adorarlo en la Eucaristía y para mejor amar a los hombres sin excepción alguna- que se remonta a la primera fundación que el padre de Foucauld, como recordareis, realizó en Francia.

Hay entre los bosques de eucaliptos en «le Tre fontane», en Roma, algunas barracas de madera y mampostería. Aquí las Hermanitas tienen uno de sus noviciados internacionales.

-«¿Cuántas sois en todo el mundo?».

-«Cerca de 950, con exactitud 768 profesas y 150 entre novicias y postulantes» me responde una Hermanita de Jesús y me explica que provienen de 50 nacionalidades distintas y que están distribuidas en cerca de 200 Fraternidades esparcidas por todos los continentes.

-«¿Todos, todos…?»

-«Sí. En África estamos en Argelia, en Egipto, en el Hoggar, en Libia, en Marruecos, en Nigeria, en Sabara, en Camerún, en el Congo, en Etiopía, en Kenia, en Mozambique, en Ruanda, en la República de Sudáfrica, en Somalia y en Uganda. En América tenemos Fraternidades desde Alaska hasta el Perú, en Canadá, Estados Unidos, la Martinica, Méjico, Argentina, Brasil, Chile y Colombia. En Asia estamos en Afganistán, en Bután, en Jordania, en India, en Irak, en Irán, en Israel, en Líbano, en Pakistán, en Siria, en Turquía, en China, en Corea, en Japón y en Vietnam. En Oceanía trabajamos en Australia y en el Territorio de Papua; y en Europa estamos presentes, además de en Italia y por supuesto en Francia, en Austria, Bélgica, Dinamarca, Alemania, Gran Bretaña, Holanda, Suiza, Portugal, España, Finlandia, Noruega y en Grecia».

Le pido que me diga algo, aunque sabía todo lo que le costaba, de la finalidad de las Fraternidades de las Hermanitas de Jesús.

-«¿La finalidad? Consiste esencialmente en la imitación de Jesús, niño en Belén y obrero en Nazaret. Por tanto, tratamos de llevar una vida contemplativa en el mundo, sin actividades de apostolado organizado, compartiendo con los trabajadores no solamente la pobreza obrera, sino también su propia condición social. Por lo cual, preferentemente, establecemos nuestras Fraternidades en los ambientes obreros más míseros, para ser allí una presencia de oración y de amistad. Y elegimos los países más abandonados y más retrasados, las poblaciones descristianizadas o que todavía esperan el anuncio del Evangelio, el bajo proletariado de las ciudades y de los campos, las minorías ignoradas, despreciadas y oprimidas, los nómadas y los gitanos».

-«¿Y tienen bastante con vivir en amistad profunda con estos últimos, “los preferidos de Jesús”?».

-«No, no nos contentamos con esto: nos esforzamos por acercarlos a quienes los ignoran, los desprecian y los oprimen, para que se realice entre todos los hombres la unidad del Amor de Jesús a través del amor fraterno y universal, en reciproco respeto, por encima de toda división de clase, de nación y de raza».

Trato de saber si también entre las Hermanitas de Jesús se ha manifestado alguna diferencia de tareas, aún perteneciendo a la única familia.

La respuesta fue ésta: «las Fraternidades pueden asumir formas diversas de modo que puedan realizar en particular un aspecto de la vocación de las Hermanitas, sin que por ello se excluyan los demás. Y por esto existen Fraternidades de adoración, consagradas en particular a la oración; Fraternidades obreras y rurales, que desarrollan el trabajo manual en las fábricas y en el campo; Fraternidades de ayuda, especialmente en las zonas subdesarrolladas, con una misión caritativa más específica, y Fraternidades artesanas, con trabajos manuales textiles, cerámicas etc…, dentro de la Fraternidad misma. Otras Fraternidades, además de las necesarias para la formación de las Hermanitas, están integradas en ambientes aún más específicos: los enfermos, los presos…»

-«Y los gitanos -añado yo-… Como vimos con ocasión de la peregrinación de gitanos a Roma para el encuentro con el Papa Pablo VI. Verdaderamente me conmovió aquel grupo de Hermanitas que comparten con los gitanos su misma vida ambulante y los mismos carromatos.

-«Aquí, en Tre Fontane, además del noviciado internacional tiene su sede, si no me equivoco, también la Fraternidad General; ¿es cierto?».

-«Exacto. Y en Roma, además de esta Fraternidad General compuesta por Hermanitas cuyo número es variable, existe también una Fraternidad obrera.

-«¿Este de Roma es el único noviciado internacional?».

-«¡Oh, no! Además de éste, en Italia, está el de Jerusalén en Jordania, el de El Abiodh Sidi Cheikh en el Sahara, y el de Aix-en-Provence en Francia. Estos cuatro, diríamos, son los noviciados más específicamente internacionales; pero también los demás: el de Altatting en Alemania, Banneux en Bélgica, Rocas Novas en Brasil, Lourdes en Francia, Tokyo en Japón, Jerusalén en Jordania, Kiriko en Kenia, Washington en Estados Unidos y Dalat en Vietnam, también éstos, decíamos, aparte del hecho de que no siempre funcionan al mismo tiempo, son internacionales, aunque acogen una mayoría de novicias de las naciones en las cuales se encuentra el noviciado; y allí se habla la lengua del lugar. Este carácter de internacionalidad de nuestros noviciados les sirve para realizar también en sí mismos la manifestación del amor fraterno y universal».

Quien deja Roma por la vía Prenestina, allí donde los feos barrios-colmena desembocan en la extrema periferia, ve la prolongación de la gran arteria subir por una colina cubierta de matorrales sucios y casas miserables. Varias calles, de nombres grotescamente pomposos y con el asfalto deprimentemente roto, cruzan este barrio miserable que se llama Borgata Prenestina. Se pasa ante casas de un rojo sucio, descaradamente llamadas «casa populares». Son habitaciones levantadas al estilo de los «bloques» de los campos de concentración. Tienen sólo la planta baja y el tejado con una inclinación tan grande que, por lá parte de atrás, casi toca el suelo. Aquí y allí, una tienda de «pan y pasta», un establecimiento anticuado y, sobre una puerta carcomida, el letrero de oficina para el pago de alquileres. Más allá, las calles pierden las últimas costras de asfalto, olvidan todo trazado que obedezca a un plan establecido y no tienen ni siquiera nombre.

Aquello es un desastre completo. Casuchas, cada una con unos pocos metros cuadrados fangosos de patio, cerrado éste con red metálica de gallinero. Chabolas, casi todas construidas en el transcurso de una sola noche para que los funcionarios del Ayuntamiento no pudieran sorprenderlas sin techo y ordenar su demolición.

Callejas de tierra cretosa, corroídas por la lluvia, llenas de inmundicias, piedras y hierbas; tendederos con ropa puesta a secar al sol, que muestra sus agujeros y remiendos. Esqueletos de motocicletas, sin ruedas ni accesorios, abandonados en el fondo de hondonadas. Niños y gallinas a cada paso, perros vagabundos, mujeres de mirada angustiada, hombres de rostro cansado. En las paredes, pasquines del partido comunista italiano.

Por una de estas callejas, que se abre entre un montón de casuchas, no más ancha de dos metros y medio, se llega a una vivienda roja, también con sus pocos metros cuadrados de patio rodeado de tela metálica de gallinero, también con su colada secándose al sol, también con sus ventanas no más grandes que el ventanillo de una oficina postal, pegada a otra casucha igual, donde vive un obrero con su familia. Sobre el arquitrabe torcido de la puerta, de dos hojas, hay clavada una madera, en la que escrito a tinta se lee: Fraternidad de Jesús.

Aquí viven las Hermanitas, en Roma, caput mundi. Dos estancias pequeñas encaladas, los pocos muebles esenciales y de muy mala calidad; dos fotografías de Carlos de Foucauld; un mapa de los continentes colgado de la pared; un Niño Jesús de terracota sin pintar, para recordar que en todo momento se debe vivir la vida de Nazaret: «No olvides que eres pequeño».

Al otro lado de una puerta, la capilla. Es una pobre estancia como las anteriores, dos metros y medio por tres, o poco más. Pero se respira un aire de paraíso. En la pared, de cara a quien entra, un altar de madera cubierto con un sencillo lienzo blanco y sobre el altar el Santísimo expuesto en la más desnuda custodia que hemos visto jamás, colocada sobre un sagrario de cobre, de aquel buen cobre antiguo, familiar, de las ollas colgadas en las cocinas de nuestras abuelas… Unas luces alimentadas con aceite y dos velas encendidas. Más en alto, una cruz de madera, con la figura del crucificado diseñada en el inconfundible estilo de los bocetos de Carlos de Foucauld.

En las dos esquinas, a ambos lados del altar, sendas mesitas de madera. Sobre la de la izquierda, la sagrada Escritura en una edición barata; en aquella de la derecha, una Virgen con el Niño Jesús de terracota. Colgadas de las paredes, tantas tablitas cuantas son las estaciones del Viacrucis, y cada estación está señalada sólo con un número romano, escrito con tinta probablemente, y sobre todas ellas hay una pequeña cruz.

En el suelo, delante del altar, una pequeña estera de palma. Arrodilladas sobre ésta, dos hermanitas oran: cantan el Veni Creator, recitan el ángelus -afuera, el rojo del crepúsculo se apaga con las primeras sombras de la noche- y entonan el Tantum ergo… Después una puertecita de cobre se desliza ante la custodia: tiene grabado rústicamente un corazón con una cruz encima. Se apagan las dos velas. Las lucecitas quedan encendidas. Brillan como los ojos de las Hermanitas.

Las Hermanitas llevan un vestido de tela ordinaria, de un gris azulado, es una especie de intermedio entre el hábito de una monja y el delantal de una criada. En el pecho, una gran cruz marrón con un pequeño corazón rojo encima. De la cintura les cuelga un rosario con las cuentas de madera. En la cabeza, un pañuelo, como lo llevan nuestras campesinas, de color azul. Es el mismo color de los velos en que se envuelven los tuareg en el Hoggar. Cuando las hermanitas se inclinan ante el altar, tocan el suelo con la frente, realizan la misma solemne postración que los musulmanes dentro de sus amplios bournous, cuando oran.

«Son tres, en este momento, las Hermanitas de la Fraternidad de Roma -nos dijeron los vecinos el día que las buscamos en aquel dédalo increíble de callejas miserables-, porque a las dos que estaban aquí desde hace algún tiempo -una obrera de una fábrica de tejidos y la otra interina en casa de una familia- se ha unido una tercera que ha venido de Kenia, donde ha vivido hasta ahora con los indígenas. Esto significa siempre que una de las otras dos va a marcharse. Y en efecto, se va la Hermanita que antes de trabajar aquí en Roma lo hizo cerca de un poblado de gitanos en Francia. Ahora la mandan a Nápoles».

Para las Hermanitas, como también para los Hermanitos, los traslados están a la orden del día y son completamente inesperados. Un capazo con alguna ropa de repuesto, ¡y adelante! Cada rincón de la tierra vale lo que otro. En todas partes hay pobres y abandonados, en todas partes se pueden descender grados por la escala del anonadamiento y de la abyección para acercarse lo más posible al «último puesto», conquistado por Jesús con su sacrificio en la cruz.

Donde quiera que se encuentren, los Hermanitos de Jesús se adaptan de tal modo a las circunstancias locales que llegan incluso a conformar el estilo de su capilla a las características del lugar en donde viven.

En la Fraternidad de Charleroi, el altar está sostenido con vigas idénticas a las que sujetan el techo de la mina; en Concarneau, de las paredes de la capilla cuelgan redes para la pesca de la sardina; en el Líbano, Irak y Pakistán el altar es cuadrado, con tela dispuesta en pliegues y encima hay una serie de iconos colocados según el uso local; en el puerto de Hamburgo-Altona, el lugar que actualmente ocupa la capilla era un depósito de carbón hace pocos años: una diminuta casa de Dios en un sótano de siete metros cuadrados, bajo el establecimiento de un barbero, que es el dueño de la casa.

Pudieran parecer, a primera vista, proyectados en el mundo, en este o aquel rincón de miseria, y allí abandonados a sí mismos, solos. Pero no es así. Hay una gran unión entre todos los Hermanitos, un vínculo estrecho, un constante intercambio de noticias. En cada Fraternidad existe un responsable ante el prior, y este responsable le envía, cada dos o tres meses, una carta muy sencilla, muy. familiar, en la cual cuenta los hechos últimamente acaecidos, las experiencias realizadas, las dificultades que han surgido, las alegrías experimentadas. Después, estas cartas a modo de diario son impresas y hechas circular entre las Fraternidades, con objeto de que cada una de ellas sepa todo respecto de las demás. Es así como, aparentemente abandonado entre las escarpaduras de la cordillera de los Andes o en las selvas amenazadoras del Congo, el Hermanito sabe que en realidad se encuentra estrechamente unido con todos sus compañeros.

Si el «ocultamiento» que regula cualquier aspecto de la vida de los Hermanitos y la intimidad que caracteriza esta correspondencia no impidieran la publicación, el conjunto de dichas cartas-diarios constituirían, fuera de toda política, el texto científico más formidable de la miseria material y espiritual que es la plaga de nuestra época.

Respetando la intimidad de esas cartas, nos será licito, sin embargo, reproducir algunas líneas que cierran la narración de un Hermanito sobre su vida en el lugar donde desarrolla su silenciosa labor: «… Rogad un poco por todo esto, Hermanitos, porque nuestra oración aquí no es suficiente. La separación entre nosotros y la gente que nos rodea es muy grande. Rogad por W., mi compañero de fábrica, que esta semana trabaja 76 horas, porque para él sólo una cosa tiene importancia: el dinero. Rogad por G., que no se entiende con su mujer, sobre todo porque desde hace cinco años viven con un niño en una sola habitación. Rogad por H., de veinte años, que barre el mercado y es objeto de burlas por parte de sus compañeros porque es tartamudo. Rogad por todos aquellos que el Señor nos ha confiado y la salvación de los cuales se retrasa por nuestra falta de amor…»

Llamadas tan angustiosas llegan de todas partes: desde las Fraternidades del norte de África, que trabajan tanto entre los árabes como entre el proletariado europeo, de aquellas que se dedican a los leprosos en el Camerún y en el Irán; desde las que están esparcidas en el mundo musulmán o en Ceilán en el ambiente budista; de cuantas se hallan situadas en los barrios de la miseria, en la periferia de las grandes ciudades del Perú, Vietnam, Japón, Bélgica, Alemania, Inglaterra; desde las que dan testimonio de la vida de Nazaret entre los indígenas de Venezuela, Angola y otros países del mundo; de los Hermanitos que trabajan la tierra con los campesinos y afrontan el mar con los pescadores.

De todas partes, parecidas noticias y siempre la misma súplica: «Orad…». Porque dondequiera, como recomienda René Voillaume, los Hermanitos trabajan «en medio de aquellos que deben soportar la vida cotidiana desesperadamente solos y viven únicamente con un ideal materialista».

Y como dice también René Voillaume, lo Hermanitos son «aquellos que viven con cualquier cosa», porque tienen una fe profunda y firme, que les hace sentirse hermanos de todos.

«Esta vida de fe y de oración -añade el sucesor del padre Foucauld- obtendrá que nuestro pobre testimonio sea escuchado, hasta por medio de una simple palabra, de una respuesta dada a un amigo, de un consejo sofocado por el ruido de una máquina. La voz de un hombre en medio de la masa puede encontrar un eco en el mundo… Porque Jesús es maestro de lo imposible».

Extraída de :

Abandono

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