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Santa Catalina de Siena

CATERINA DE SIENA 1347 – 1380

CONFERENCIA EN LA FUNDACIÓN JOAN MARAGALL DE BARCELONA

Introducción

El presente ciclo de conferencias está en plena sintonía con el Forum ecuménico de mujeres de Europa, que en el año 1988 se proponía descubrir y profundizar en la historia y aportación de las mujeres de nuestro pasado cristiano, con el objetivo de poner de manifiesto el papel decisivo que muchas de ellas han jugado en el desarrollo de la fe cristiana, tanto en el seno de la Iglesia como en la vida de la sociedad a lo largo de los siglos.

Una de estas mujeres relevantes, tanto de la historia de la espiritualidad y la mística cristiana, como en medio de una iglesia y sociedad convulsionada en pleno siglo XIV, es sin duda Catalina de Siena, a quien hoy vamos a acercarnos intentando profundizar en su vida y pensamiento. Su figura resulta particularmente significativa, en una sociedad en la que la mujer va ocupando el lugar que le corresponde y teniendo cierto protagonismo, y en una Iglesia, que dice hacer esfuerzos positivos por reconocer este papel, en el seno de la cual los laicos –Catalina lo fue- comienzan a jugar un papel decisivo, aunque hay que reconocer que aún queda un largo camino por recorrer.

Hablar de Catalina de Siena, la virgen de Fontebranda, es hablar de la Iglesia, y esto no es fácil, porque parece que ésta está en crisis, como lo está también nuestra sociedad, los gobiernos, las instituciones, la familia, el mundo. Y estar en crisis, no es malo, es posiblemente un síntoma de que un estilo y un sistema de vida y de valores, se va desintegrando o va desapareciendo para dar paso a algo nuevo y diferente; algo muy temido por los más conservadores, desconocido para los progresistas, pero para unos y otros desafiante. En una situación como la nuestra, con muchos puntos en común con la de Catalina de Siena, ella tiene mucho que decirnos.

Hablar de Catalina de Siena –decía-, es hablar de la Iglesia, pero no de cualquier manera: Es hablar de la Iglesia con pasión; Iglesia a la que amó, por la que vivió y murió: “Si muero, sabed que muero de pasión por ella”; Iglesia que es, el “Cuerpo místico de Cristo”, o “la Esposa”, que nos acoge como madre, pues nos engendra como al Hijo –Jesús-, pero que también nos duele, porque es parte de nuestra vida. Hablar de la Iglesia en clave cateriniana, es hablar de una Iglesia que no se desentiende de los conflictos temporales, porque le preocupa la persona y su plena realización, pero que está muy lejos de alianzas interesadas y de privilegios temporales; de contubernios políticos y de tráfico de influencias. A este respecto, Juan Pablo II, al declararla doctora de la Iglesia recordó que “la joven sienesa entró con paso seguro y palabras ardientes en el corazón de los problemas eclesiales y sociales de su época”

Pablo VI, al declararla doctora de la Iglesia, dejará claro que “fue una mujer política, pero en el sentido espiritual de la palabra, que ella misma explicará rechazando la acusación de politizante: “Mis paisanos creen que gracias a mí y a las personas que me rodean se hacen tratados; dicen la verdad, pero no saben de qué se trata, y sin embargo, aciertan en sus juicios, porque no pretendo ni quiero que los que me rodean se ocupen si no es de vencer al demonio y arrebatarle el señorío que ha adquirido sobre el hombre por medio del pecado mortal, en extraer el odio del corazón del hombre y en pacificarlo con Cristo crucificado y con su prójimo”.

Estamos ante la mujer que recibió tres reconocimientos solemnes por parte de la Iglesia: el Papa Pío II, compatriota suyo, la canonizó en el año el 29 de junio de 1461; Pablo VI la nombró, junto a Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia, título y reconocimiento otorgado, hasta ese momento -el año 1970-, exclusivamente a varones; y finalmente, Juan Pablo II, al entrar en el tercer milenio la declaró Patrona de Europa junto a las santas Brígida de Suecia y Edith Stein-. Todo esto nos está remitiendo, sin duda, a una gigante de la fe, a una mujer con peso específico propio.

Estamos ante una mujer analfabeta que a impulsos de su experiencia de Dios se convirtió en maestra de espiritualidad, en indiscutible guía almas, en consejera de todo tipo de personas, laicos, nobles, cardenales, obispos, religiosos, y en una eficaz promotora de la paz. Todo esto bajo el signo de su identificación con Jesucristo con quien se sabe desposada, y a impulsos de una pasión incandescente por la Iglesia a la que ama sin mitigaciones ni rebajas, y por la que arde en amores; ella misma se autodefinirá diciendo “mi naturaleza es fuego”, y en virtud de este fuego, habla, predica, ora, se consume, encarnado la perfección de la vida cristiana mixta de la que su hermano en la Orden de Predicadores, Santo Tomás había dicho “es más perfecta la (vida mixta: activa y contemplatiVA) porque es más perfecto arder e iluminar que solo arder o solo iluminar”.

Porque estudiar a Catalina de Siena hoy

El Padre Timothy Radclife, Maestro de la Orden de Predicadores, con motivo de la proclamación de Catalina como doctora de la Iglesia, dirigió a toda la Orden una carta en la que pone de relieve la actualidad de su mensaje. Por una parte, -porque como veremos más adelante- porque “La Europa de Catalina, como nuestro mundo de hoy, estuvo marcada por la violencia y por un futuro incierto… Había un declive de vitalidad en la Iglesia y una pérdida de identidad, así como una crisis en la vida religiosa”. Ella no se resignó ante este sufrimiento y división, sino que se lanzó a la nada fácil tarea de la reforma y pacificación de la Iglesia y la sociedad, y lo hizo porque “la devoraba la urgencia de llevar a todos el amor y la misericordia de Dios”, y siendo éste el móvil, es también la clave para restaurar hoy, tal vez desde la refundación, quizás desde la implicación temporal, y seguramente desde las convicciones evangélicas, la misión de la Iglesia y de los cristianos en una sociedad post.moderna de continuos e incesantes cambios.

En un mundo que se debate continuamente entre la guerra y la paz, en el que triunfa, no la justicia, sino la ley del más fuerte, Catalina nos ofrece su pensamiento que es capaz de promover la auténtica paz. Ella luchó por conseguirla con la convicción. Su consigna o lema en los momentos turbulentos en los que le tocó intervenir, fue expresado por ella así:

“Toma pues tus lágrima, tu sudor, y sácalos, tú y los otros siervos míos, de la fuente de la divina Caridad, y lavad con estas lágrimas la cara de mi esposa. Yo te prometo que por este medio le será restituida su belleza; no con espada, ni con guerras, ni con crueldad reconquistará su hermosura, sino con la paz, la humilde y continua oración, sudores y lágrimas, derramadas con angustioso deseo de mis siervos.

De este modo satisfaré tu deseo de sufrir mucho, extendiendo la luz de vuestra paciencia en la tiniebla de los hombres perversos del mundo. No temáis porque el mundo os persiga. Yo estoy con vosotros y en nada os faltará mi providencia”.

Si la Iglesia, no se despreocupa más de su imagen y de sus temores, difícilmente podrá empuñar con eficacia y confianza el arma de la paz y de la oración humilde que nacen de un corazón y una vida apasionada por la causa de Jesucristo, que nada tiene que ver con el poder temporal ni con los privilegios, solapados o descarados.

Catalina nunca sacrificó la verdad o la justicia por una paz fácil o a bajo precio. Recordó, por ejemplo, a los soberanos de Bolonia, que buscar la paz sin la justicia era “como poner bálsamo en una llaga que debía ser cauterizada y quemada con fuego”. Catalina se empeña en la tarea de la paz siguiendo los pasos de Cristo, que hizo la paz entre Dios y los hombres, dando la propia vida, derramando generosamente su sangre. El pacificador, -Catalina lo sabe y lo repite- compartirá el mismo destino que Cristo, sufrirá el rechazo y la persecución, porque el pacificador es “otro Cristo crucificado”. Ante un mundo amenazado por la violencia y la intolerancia étnica, religiosa, tribal, etc., Catalina se nos estimula a tener el coraje de asumir el papel de pacificadores, aunque esto traiga consigo la persecución y el rechazo.

Ella supo ponerse a la altura de las circunstancias, como laica y como mujer, desempeñando un papel significativo en la sociedad y en la Iglesia. Ganándose la confianza y el corazón de muchos, que no tardaron en acogerse a su maternidad, formó un ingente grupo de discípulos, que encontraban en ella, perfectamente armonizado la ternura de lo femenino, la intuición de las necesidades de las personas, propias del corazón materno, y la firmeza y radicalidad de la mujer de fe. La llamaban la “mamma”, porque ella lograba engendrar hijos para la VIDA, desde el manantial de la fe que brota generosa del costado de Cristo.

Mujer: Doctora de la Iglesia y co-patrona de Europa

Estamos sin duda en la hora de la mujer. Así quiso indicarlo Juan Pablo II al proclamar a Catalina de Siena junto a Brígida de Suecia y Edith Stein, patronas de Europa; indicando, al comienzo de la Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos y a las puertas del año 2000, que así como Europa gozaba de la protección de tres patronos –varones- que vivieron durante el primer milenio Cristiano – San Benito de Nursia, San Cirilo y San Metodio-, él quería, con esta proclamación solemne integrar al grupo de los santos patronos tres figuras emblemáticas de momentos cruciales del segundo milenio que concluía: “…Tres grandes santas, tres mujeres que, en diversas épocas se han destacado por el amor generoso a la Iglesia de Cristo y por el testimonio dado de su cruz.

Naturalmente, el panorama de la santidad es tan variado y rico que la elección de nuevos patrones celestes podría haberse orientado hacia otras dignísimas figuras que cada época y región pueden ofrecer. No obstante considero particularmente significativa la opción por esta santidad de rostro femenino en el cuadro de la tendencia providencial que, en la Iglesia y en la sociedad de nuestro tiempo, se ha venido afirmando con un reconocimiento cada vez más claro de la dignidad y de la riqueza propias de la mujer.”

A renglón seguido Juan Pablo II explica que “…su santidad se expresó en circunstancias históricas y en el contexto de ámbitos « geográficos » que las hacen particularmente significativas para el Continente europeo”.

Pablo VI, en el año 1970, proclamó a Catalina, doctora de la Iglesia, haciendo justicia a su figura de gigante de la fe y a su irradiación misteriosa. Ella formó una familia espiritual a la que orientó y enriqueció con su doctrina y consejo; pero su influencia y valía fue, a su muerte, expandiéndose rápidamente. Sus obras corrieron de mano en mano por toda Europa, cruzando más tarde el océano. Su figura inspiró con el tiempo la fundación de algunos monasterios y congregaciones y Conventos de la Orden de Predicadores, que la quisieron tener, además, como patrona.

Llegó a ser en el seno de la Orden de Santo Domingo, la encarnación femenina de su proyecto evangélico, de modo que se ha convertido para sus hermanos y hermanas en un referente indiscutible a lo largo de los siglos. El mismo Papa, indicó que el valor de su doctrina residía, más que en su valor apologético, propio de la obra de las grandes lumbreras de la Iglesia antigua de Oriente y occidente, y que en las especulaciones propias de la teología sistemática que ha inmortalizado a los teólogos del medioevo eclesiástico, en su sabiduría infusa y en su asimilación vital de las verdades divinas que resplandecen en sus escritos, como una expresión carismática del don de consejo, de las palabras de sabiduría y de ciencia.

Su doctrina a cerca de la Iglesia, es la que le ha merecido el título de doctora, porque, a través de un rico simbolismo y de un lenguaje audaz “y atrevido”, devuelve a la eclesiología la dimensión más entrañable y vital. Las imágenes son el vehículo por el que ella, de alguna manera, intenta explicar lo que se le ha dado a gustar y conocer; así, la Iglesia es para Catalina: “Un cuerpo cuya cabeza es Cristo”; “el fruto de la cruz”; “el Cuerpo místico de Cristo”; “La esposa de Cristo”; “una botica y una bodega”; “la viña”; “un jardín”; “la nave de Pedro”; “la madre de nuestra fe”, y un largo etc.

Fuentes para su conocimiento

Sus escritos

Catalina tiene un lugar privilegiado entre los más grandes escritores, la potencia de su poesía no envidia nada a la genialidad de los poetas de mayor renombre. Su producción literaria le sitúa “en un puesto de honor entre los escritores del Trecento italiano, o sea, el siglo que produjo los astros mayores de la literatura italiana”; y esto, a pesar de que era lo que hoy llamaríamos analfabeta o iletrada.. El beato Raimundo, nos dirá, que su doctrina es, tal vez, lo más admirable de su vida, y el P. Royo Marín que “Su doctrina mística representa uno de los hitos más importantes en la historia de la espiritualidad de todos los tiempos”.

Sus cartas atestiguan un conocimiento profundo de los Evangelios así como de las Cartas de San Pablo, con quien muchos autores la han comparado. Su lectura preferida era el breviario, pues éste la introducía en dulces coloquios con su esposo.

Todos sus historiadores coinciden en afirmar que no sabía leer ni escribir, pero que como mujer inteligente y práctica dictaba a dos o tres secretarios, que eran discípulos de su entera confianza, aquello que deseaba plasmar. Se ha dicho también, que a menudo dictaba estando en éxtasis, afirmación que ha dado lugar a muchas polémicas, que no es el caso analizar. Pero sea como sea, lo importante es que su obra ha llegado hasta nosotros, y que sus escritos son la base de que su nombre figure entre los doctores de la Iglesia.

Sus biógrafos de primera hora dirán que: “Una de sus hermanas, tal vez Alessia Saracini (perteneciente a una noble familia, y por tanto instruida), le procuró un alfabeto, y la joven de edad de veinte años, se dedicó a aprender las letras en la soledad de su celda.

Los progresos eran lentos, y después de varias semanas de esfuerzos, le pareció que nada adelantaba, entonces se dirigió a Jesús en su oración: “-Si te agrada, Señor, que pueda leer el oficio y cantar tus alabanzas en la Iglesia, ven en mi auxilio. Pero si no es esta tu voluntad, seguiré de buena gana en mi actual ignorancia”. Desde ese momento Catalina llegó a leer corrientemente. A veces, sin embargo, adivinaba más que leía, porque como afirma Raimundo, cuando se le rogaba que deletrease era incapaz de hacerlo porque apenas conocía las letras. Esta observación revela la naturaleza de la ciencia de Catalina, puramente intuitiva y de ningún modo razonada.

Ciertamente, a pesar de no haber recibido una formación académica, supo plasmar en sus escritos una teología de gran valor, elaborada, fundamentalmente en el diálogo interior que sostiene con el Maestro. Ella transmite también, sin duda, lo que ha asimilado en su ambiente familiar y social. El Padre Huerga, -estudioso de la santa- dijo que se trata de una cultura no masticada en los libros sino sorbida en el ambiente de formación de la espiritualidad de cuño dominicano, enriquecida más tarde con en su cenáculo o familia cateriniana, al que pertenecían laicos, religiosos, hombres y mujeres de diversas condiciones, pero la mayoría eran personas muy cultas.

Y el Padre Morta, afirmará: “Creemos científicamente ortodoxa la opinión de los que creen que, además de sus experiencias místicas y comunicaciones extraordinarias de Dios, aportaron elementos al caudal de su doctrina la formación recibida de los PP.Dominicos, directores espirituales suyos; su propia reflexión sobre lo aprendido por uno u otro medio, y la iluminación interior que acompañó siempre su hábito de rumiar y asimilar cuanto recibía su espíritu en orden a la vida espiritual.”

El Diálogo

No es un libro más en su vida: Es el libro de su vida. Allí queda plasmada ella tal como es; en sus páginas se da del todo, se desborda. Por amor a Dios, y por el deseo de comunicar lo que vive, se resiste a sepultar en el silencio de su tumba cuanto Dios, la Divina Providencia, le da a gustar y le hace comprender y por eso dicta

Catalina, sumida en la amargura por los males que agobian a la Iglesia, se abisma en la contemplación de la Misericordia y de la Providencia y se desborda en las páginas de este libro incomparable, que la contiene y resume a toda ella, expresando tanto su angustia como su confianza.

Las páginas vivas, palpitantes, del Diálogo contienen el grito inenarrable que compendia toda su existencia y misión, dirigido a Dios: “Por tu gloria, Señor, salva al mundo”. Escribió en él no lo que sabia, sino lo que vivía, lo que era, recogiendo una serie de experiencias místicas que se habrían perdido definitivamente para nosotros si, de modo providencial, no hubieran encontrado el eco cálido en las páginas del Diálogo. Con la misma fuerza captamos en ellas la respuesta divina en una promesa de misericordia sobre el hombre y la Santa Iglesia y en la enseñanza de los caminos por los que el hombre hallará su salvación.

Según los últimos estudios, la obra fue compuesta entre diciembre de 1377 y los últimos meses de 1378, y no fue dictado de un tirón, sino mediante sucesivas reelaboraciones. En la nota preliminar del Diálogo vemos a un alma angustiada por el deseo vehemente de la gloria de Dios y la salvación de las almas.

El libro del Diálogo consta de un Proemio, ocho grande apartados y una conclusión:

– Proemio (1-2)

– La Doctrina de la Perfección (3-13)

– Un diálogo en torno a las tres preguntas de Catalina (14-25)

– La doctrina del Puente (26-87)

– La Doctrina de las lágrimas (88-97)

– La Doctrina de la Verdad (98-109)

– El Cuerpo Místico de la Iglesia (110-134)

– La Providencia Divina (135-153)

– La obediencia (154-165)

– Conclusión (166-167)

Las Cartas

Nos han llegado 381 cartas en 55 códices, sólo 7 de éstas se consideran originales, en el sentido de haber sido dictadas directamente por Catalina a sus discípulos. El resto pertenecen a la colección recopilada por sus amanuenses después de su muerte.

Los destinatarios de las mismas son muy variados: desde Papas y reyes, hasta gentes muy sencillas. En ellas aborda una amplia gama de temas que nos permiten conocer la riqueza de su fe y de su capacidad para aconsejar con palabras de sabiduría. El denominador común en su correspondencia es:

– Su Amor ardiente Jesucristo.

– Su pasión por la Iglesia.

– Su ardor incansable por atraer a los hombres a Dios.

– La denuncia de los fallos, con la exigencia tierna y firme de vivir según el designio de Dios y la dignidad de la vocación a la que se está llamado.

Al copiar las cartas se suprimieron algunos fragmentos personales, pero esas variaciones carecen de importancia, constituyendo todas ellas un documento de gran valor espiritual y de gran actualidad.

La imagen que de sus cartas emerge, es mucho más real que la que nos trasmitieron sus biógrafos, y es sin duda más simpática y viva. En ellas queda en evidencia su amor maternal, su psicología femenina y su capacidad de sufrimiento y de empatía con las personas.

Básicamente la estructura de las mismas es la siguiente:

a).Un saludo Cristiano: Invocación a Cristo crucificado y a la dulce María.

b).Un saludo social: Saludo más o menos afectuoso al destinatario.

c). Motivo o tema: Enunciado del contenido principal.

d). Aspecto o aspectos de la vida cristiana: Cuerpo doctrinal de la carta.

e). Motivo por el que escribe: La aplicación práctica.

f). Conclusión de la parte doctrinal: “No digo más…”

g). No siempre hay otro apartado para: Saludos, recomendaciones, recados.

– Algunas veces en esta parte aparece el motivo de su misiva-.

h). Despedida cristiana: “Permaneced en el santo y dulce amor de Dios”.

i). Posdata: No siempre las hay, pero algunas cartas tienen hasta tres.

Hay que reconocer la dificultad que ofrece para la mentalidad actual, la lectura de sus cartas; dificultad que queda superada una vez familiarizados con su estilo y lenguaje.

Oraciones

Nos han llegado 26 oraciones pronunciadas por Catalina en los dos últimos años de su vida. Todas ellas reflejan la agudeza de su vivencia interior y la solidez de su reflexión teológica y vida teologal.

Raimundo de Capua, discípulo y director de la Santa

Sin duda, Catalina de Siena, huiría de la biografía que le escribió su discípulo y director, Fr. Raimundo de Capua, cuyo objetivo era, dar una visión de conjunto de su santidad y contrarrestar las acusaciones que se siguieron a su figura en los años posteriores a su muerte (se la acusó de bruja, de charlatana, de prostituta , etc)

Sin duda, el primer biógrafo, como los hagiógrafos medievales, cae en el panegírico apologético de su amada “mamma”, intentando por todos los medios dejar en evidencia su ejemplaridad y santidad precoz. Estilo y datos que más bien repugnan a la mentalidad contemporánea, que buscan acercarse a la figura de os santos, deseosos de descubrir su proceso de maduración y santificación que les hace más cercanos e imitables.

A pesar “de la pesada y fastidiosa relación de milagros” –escribe el crítico Fawtier-, el testimonio de Raimundo, junto al de su otro discípulo y biógrafo, Caffarini, complementado por la Catalina que emerge de las Cartas y del libro del Diálogo, es ilustrativo y valioso. En su conjunto, los escritos propios de la santa, como los de sus entusiastas discípulos, han contribuido positivamente a la investigación crítica e histórica, hasta dar con la Catalina de Siena, que hoy se nos ofrece como mujer creyente, cercana e imitable.

Semblanza

Esbozo biográfico

Pero, ¿quién fue Catalina de Siena? Catalina nació en el año 1347, el 25 de marzo, día de la Anunciación de la Virgen, que ese año, coincidía con el Domingo de Ramos, en una casa de la calle de los Tintoreros, en el barrio de Fontebranda. Sus padres Jacobo Benincasa, tintorero de pieles, hombre devoto, de quien heredó la piedad sincera y la dulzura, y de Lapa Piacenti, de la que heredó la energía y el tesón, aunque hay que reconocer que de manera más virtuosa. Matrimonio honrado que vivía holgadamente.

Catalina junto a su gemela Giovanna, que murió poco después, es la vigésima cuarta hija de los veinticinco hijos que tuvieron sus padres. Su madre pudo criarla personalmente, cosa que no pudo hacer con los otros hijos a causa de sus frecuentes partos. Esto, en cierta manera la vinculó más a su hija, queriendo ejercer en su hija una influencia excesiva.

Coinciden sus biógrafos en destacar que era una niña alegre y bulliciosa, y en que su encanto le hacía ser el centro del cariño del círculo familiar y de las amistades. Entre el año 1353-1354, cuando contaba con cinco o seis años, hay un hecho significativo en su vida, lo que la teología moderna llama “la experiencia fundante.” Tiene una visión de Jesucristo, y poco después hace su voto de virginidad. Pero sobre esto volveremos.

A partir de entonces y hasta los 15 años lleva una vida de oración intensa y de sacrificios. Esto precedido por la lucha familiar por encontrarle marido y su resistencia.

Un año más tarde ingresa como Mantellate, o Hermanas de la Penitencia de Santo Domingo. Estos años se caracterizan por una intensa vida espiritual, en la que se afianza su relación con Jesucristo, y su fe se ve acrisolada por las sutiles tentaciones.

Sufre difamaciones y calumnias. Se va creando su familia espiritual: Se convierte en consejera de religiosos y nobles, laicos y gente de toda condición.

A la edad de 20 años, tiene la experiencia del desposorio místico con Jesucristo, que la confirma en su fidelidad. Tres años más tarde, cree haber muerto, y despierta con la claridad de los nuevos senderos que le manifestó Dios: Su espíritu experimenta una imperiosa sed de la gloria de Dios y se acrisola su amor a la Iglesia. En esta etapa de madurez, 1371-1372, comienza su actividad política debiendo salir a la luz pública.

Ante su fama creciente, el Capítulo de la Orden de Predicadores reunido en Florencia, la llama para examinarla, y se le asigna como director a Raimundo de Capua, dominico que llegaría a ser Maestro de la Orden y discípulo de la santa. Regresa a Siena –1374- y se dedica en cuerpo y alma a la atención a los enfermos a causa de la Peste Negra. Hasta su muerte será embajadora de la paz entre las ciudades italianas entre sí, y de éstas con el Papa. Intercedió para que éste regresara a Roma.

El 29 de abril de 1380, muere en Roma, ofreciendo su vida por la Iglesia que está dividida por el Cisma de Occidente.

Itinerario y rasgos de su espiritualidad

En las diferentes etapas de su vida se constata un proceso de maduración espiritual, en el que su experiencia de Dios, y su misión en medio del mundo adquiere unos rasgos y un itinerario hacia su identificación plena con Jesucristo muy característicos.

La experiencia fundante que vivió a los seis años fue el punto de partida de un proceso imparable hacia las cumbres de la santidad. Cuando regresaba junto a su hermano Esteban de casa de su hermana Buenaventura que vivía en el otro lado de la Ciudad. “De repente Catalina levantó los ojos y pudo percibir, al otro lado del Valle, por encima de la Iglesia de los Dominicos, la imagen de Jesucristo -que le bendecía-, vestido de pontifical y acompañado por los apóstoles Pedro y Pablo y por San Juan Evangelista.”

No es este el lugar para analizar el hecho y cómo pudo ocurrir. Evidentemente, hoy ni por asomo nos figuraríamos a Nuestro Señor vestido de pontifical y en medio de gran majestad. Pero hay que decir, en este caso y en los muchos otros que van jalonando su vida, que Dios siempre supo adaptarse a la psicología y mentalidad de la época, haciéndose cercano y entendible para aquellos a los que dignó visitar o revelar extraordinariamente. Si en aquel momento la imagen del Señor era majestuoso y real, lógicamente esa era la forma de visualizarlo en la oración, el pensamiento, los escritos.

Más allá de los hechos externos, que Catalina se negó a relatar a su hermano, que no vio nada, lo cierto es que esta experiencia dejó en su alma y en la totalidad de su vida, la huella profunda del paso de Dios, siendo el comienzo de un camino de continua transformación en el que la atracción irresistible de Jesucristo configuró definitivamente su santificación. Todo había cambiado en su vida, y a partir de este momento la pequeña, movida, sin duda por una inexpresable sed de Dios, comenzó a procurar la soledad, con el deseo de imitar a los Padres del desierto a los que conocía por las narraciones e historias que de ellos le había relatado Tomasso Della Fonte, más tarde dominico y primer confesor de nuestra Santa.

Tomó la decisión de hacer vida eremítica, primero ocultándose en los rincones, y después, manifestando su naturaleza dominante, imponiendo a las demás niñas que con ella jugaban determinadas oraciones. Pronto se cansó de este juego ya que su corazón aspiraba a la realidad y a la entrega absoluta, y no a la ilusión y a la fantasía.

Un día, huyó de su casa queriendo ir al desierto para concretar definitivamente su deseo de soledad. Pero, como es lógico, al llegar la noche, sintió temor al verse sola, pensó en sus padres, en que las puertas de la ciudad estarían cerradas y -nos dicen sus biógrafos- milagrosamente pudo regresar sin que nadie se hubiera percatado del hecho. Estos acontecimientos son reveladores de la misteriosa acción y atracción de la gracia en su vida.

A los 7 años formuló expresamente al Señor su voto de virginidad, prometiendo ante una imagen de la Madona, en la casa de su padre, que no tendría otro esposo que a Jesús, su Hijo. El beato Raimundo nos transcribe la oración que en esta ocasión hizo:

“¡Oh beatísima y Santísima Virgen!,que fuiste la primera entre todas las mujeres en consagrar con voto perpetuo tu virginidad a Dios, y por esto te concedió ser Madre de su Unigénito Hijo. Pido a tu inefable piedad que, no teniendo en cuenta mis pecados y defectos, te dignes concederme gracia tan grande y me des por Esposo al que deseo con toda mi alma: el sacratísimo Hijo único de Dios, mi Señor Jesucristo”

Estamos en la primera etapa de su vida dedicada totalmente a la oración y a la penitencia, ambas motivadas por un creciente amor a Jesucristo y por una legítima pasión por la salvación de las almas.”

Ahora, todo sería distinto: El altísimo la había cubierto con su sombra y había hablado a su corazón de niña. Su proceso de santificación fue muy de prisa y estuvo acompañado de no pocas gracias y carismas, a los que supo responder con una exigente vida de oración, recogimiento y mortificación. Pero no le fue fácil. La cándida idea de cortarse el cabello y hacerse pasar por chico para ser admitida en el convento, revela, algo de lo que pasaba ya por su mente infantil con deseos inexplicables de radicalidad. “De pequeña, quería ser fraile dominico, tuvo que conformarse con ser Mantellata”.

Su opción le acarrearía problemas: sus ayunos -comía sólo legumbres-, sus extremadas penitencias y sus largas oraciones, trajeron consigo las reprimendas de su madre. Tuvo que mantener ante ella una entereza y una dulzura, nada fácil de combinar, para ser fiel a sus propósitos.

Entonces, y en Italia, a los doce años, una joven tenía que comenzar a preocuparse por su porvenir. Su madre, que ya había casado a dos hijas, pensaba ya buscar matrimonio para su hija Catalina. Hasta los quince años ella resistió con entereza la presión familiar, y aunque jamás desistió de su compromiso con Jesucristo, sí tuvo una época en la que su fervor decayó.

Por estas fecha, su hermana Buenaventura consiguió que se tiñera el cabello y que realzara su belleza natural con vestidos apropiados para ello y con maquillajes en su rostro. Pero al poco tiempo, en agosto de 1362, su hermana murió de parto, y junto al cadáver de su hermana, Catalina experimenta, lo que ella llamará su conversión, su vuelta a Dios, tomando la determinación de entregarse sin reservas y para siempre a Dios. Tenía quince años.

La lucha familiar se desata en su contra, y la joven decide cortarse el cabello a rape, reafirmando de este modo su opción. Su familia la confinó a las tareas domésticas de la casa, no dejándole tiempo ni respiro. Lejos de turbar su ánimo, ella decide asumir todo como un servicio a Jesucristo y a los apóstoles, y es cuando comienza a forjarse en su interior la vivencia de la celda interior, donde se daba cita con Dios en su corazón. Al no tener un espacio físico para ella, pero persistiendo la atracción hacia la intimidad con Dios, ella descubrió esta misteriosa celda en el fondo de su corazón.

A los 16 años, 1363, vence su natural timidez y habla claramente con su padre. Éste ordena que se la respete y que se deje de tratarla como “la criada” de la casa, actitud que habían tomado para hacerla desistir de su idea de desposarse con el Señor, y que lejos de quitársela, la afianza. Decide hacerse Mantellate, -la tercera orden- teniendo que superar diversos obstáculos para ser admitida: Se suceden difamaciones, actitudes escépticas por parte de los frailes y de celos por otras mantellates.

También es el tiempo en el que, entre el dolor y la oración continua, el sufrimiento y su adentramiento en Dios, se va gestando su maternidad espiritual, y comienza a nacer la familia de sus seguidores, hombres y mujeres, seglares y frailes van a consultarla.

A los 20 años se ubican sus desposorios místicos con Jesús, y a partir de entonces, tiene que dejar su vida de retiro y soledad, para darse a una actividad apostólica inaudita: para sus fuerzas, para su condición de mujer y para el momento que atravesaba la sociedad y la Iglesia. Aunque de momento temió que sus actividades menoscabasen su intimidad con Dios, comprendió que había aprendido a vivir en lo que ella llama lacelda interior del adentramiento en Dios y de su propio conocimiento” Su actividad sería la proyección de su contemplación.

Empieza a darse a los más pobres y abandonados. Enfermos contagiosos y repugnantes que nadie cuida. La intimidad con Jesús la conduce allí donde el rostro de Cristo se muestra con claridad en medio de la miseria y del abandono. Empieza a revelarse como una maestra espiritual de primer orden. Tenía una especial capacidad de leer el interior de las personas e ir a la raíz de los problemas.

La contemplación de Cristo como Verbo Encarnado que derramó su sangre en la cruz para la salvación del mundo, la comprensión espiritual del misterio trinitario de Dios y la conciencia del amor de Dios y del pecado humano que hería ese amor marcarán toda su vida interior. Ella quiere ser como Cristo.

Entre 1370-72, comienza la vida política. Comienza su relación personal y epistolar con grandes personalidades del gobierno y de la Iglesia. Y da los primeros pasos promoviendo la cruzada para recuperar, de manos de los infieles, el Santo Sepulcro.

El 1374, es llamada por el Capítulo General de Florencia para ser examinada, y se le señala como director a Raimundo de Capua, asunto que ella considera una gracia de la Virgen.

En 1376 intercede ante el Papa Gregorio XI para que regrese a Roma. Trabaja incansablemente por la unidad de la Iglesia, que no logra ver, ya que en 1378 tiene lugar el cisma de occidente. Durante este período, su amor a la Iglesia se va acrisolando, hasta que el 29 de abril de 1380 muere en Roma, ofreciendo su vida por esta “Esposa amada”.

La verificación de su espiritualidad, como auténticamente cristiana, se verifica en el compromiso que genera en ella la vivencia de su fe. Se da en ella el doble movimiento verificador de la vida en Dios: Experiencia de Dios, entrada en la celda interior, y envío a la misión. Que ella, en su doctrina expresará como el itinerario que sigue a la conversión inicial:

Tras el descubrimiento realizado en la propia interioridad la persona se enfrenta ante una encrucijada: La constatación de la propia finitud puede llevar a la persona, o bien a instalarse en ella con resignación o rebeldía; o por el contrario, a abrirse con confianza a Dios que habita en lo profundo del ser. Quien opta por éste último camino acoge el amor creador de Dios y reorienta toda su existencia hasta alcanzar la transformación interior. Este itinerario hacia la vida en Dios, es expresado por Catalina poniendo en boca de Dios las etapas que se suceden en este proceso:

“La persona viendo, conoce; conociendo ama; y amando gusta de Mí Sumo y eterno Bien; y gustando, sacia y llena su voluntad; es decir, el deseo que tiene de verme y conocerme: Deseando, tiene y teniendo, desea”.

Este proceso explica, que el camino de Catalina que comenzó con una “visión”, acabara en amor consumado y oblativo, por la Iglesia y la humanidad: Por su Esposo Jesucristo y su gloria.

Contexto histórico-cultural

– La sociedad y la Iglesia

A grandes rasgos, podemos decir que la situación que la rodeaba era la siguiente:

Socialmente y eclesiásticamente se sufría la consecuencia de la peste Negra (1347-1452), también llamada peste Bubónica que diezmó al continente europeo, de hecho el saldo de muertes rondó un tercio de la población. La Provincia dominicana de Lombardía, prácticamente desapareció, al igual que una gran cantidad de conventos. Éstos, en situación muy precaria, comenzaron a acoger vocaciones, y puesto que unos estaban muy débiles a causa de la enfermedad, y los que venían, buscaban más bien un recurso para “vivir”, sobrevino una gran decadencia a la vida religiosa que se hizo extensiva a la Iglesia en general.

Políticamente, Italia, era un mosaico de pequeñas repúblicas en la que se multiplicaban las luchas intestinas y el enfrentamiento con el Papa. Es el tiempo del traslado de los Papas de Roma a Aviñón, (1305-1378) conocido como el tiempo del exilio Babilónico, y en cuyo retorno a Roma Catalina tuvo que ver. La Iglesia sufre la lacra del poder temporal de los papas llevado a extremos, relajación de las órdenes religiosas, que suscitan fanatismos por una parte, y por otra, errores funestos. Se constata también, la corrupción del clero alto y bajo, regular y secular.

Es el siglo del gran Cisma de Occidente ocurrido a la muerte de Gregorio XI: Los franceses presionaron para que el sucesor regresase a Aviñón, cuyo abandono era considerado por la Monarquía francesa transitorio. Pero la presión romana fue mucho mayor: Para impedir dicho retorno del Papa a Aviñón, presionó violentamente para que el nuevo Papa fuera romano o al menos italiano. Hubo violencia contra algunos cardenales, presiones por parte de las autoridades, y veladas amenazas. Recordando estos acontecimientos los cardenales, ya fuera de la Ciudad eterna, y después de haber elegido a Urbano VI –que resultó ser muy tirano, según decían ellos mismos-, negaron la validez de dicha elección por haber obrado bajo presión. El elegido es un napolitano que había regresado de Aviñón con su predecesor, y había sido nombrado obispo de Bari. Éste gozaba de prestigio y estaba bien relacionado con los cardenales, pero después de la elección, les echó en cara el lujo en que vivían, cosa que les molestó; movidos por su descontento, comenzaron a pensar y manifestar que se había producido un error. A los tres meses, Junio 1378, en Agnani, los cardenales –excepto los cardenales italianos- hacen pública sus dudas de legitimidad de la elección. Un mes más tarde, todos los cardenales, a excepción del anciano Tebaldeschi, que fallece en esos días, abandonan al Papa Urbano VI, proceden a realizar una nueva elección, con el apoyo de Carlos V de Francia.

Eligen a Roberto de Ginebra, que adopta el nombre de Clemente VII.

Tras diversos proyectos de solución se intentó llegar a un acuerdo, y en el Concilio de Pisa, en 1409, se elige a Alejandro V como Papa. El problema se había agravado por lo que en 1914, en el Concilio de Constanza, son depuestos los tres pontífices y es elegido Martín V lo que supuso la extinción del cisma. Catalina ya había muerto, no sin antes haber presagiado la gravedad e inminencia del cisma.

Antes de esta división profunda se suceden sus embajadas a favor de la paz y la unidad de la Iglesia y de ésta con los Estados.

Ante la grave crisis que vive la Iglesia, ella comprende, que todo tiene su solución en una inundación de santidad. Con este ánimo trabaja por defender a Urbano VI, que ella considera el verdadero Papa, pero lo hace, sobre todo con una vivencia muy profunda de la realidad de la Iglesia de Cristo, “con fiebre” por sembrar la virtud, y con energía llamando a la conversión, exhortando a sus discípulos, a cardenales y al mismo Papa. Se siente aplastada por el peso de la Iglesia, y en 1380, dicta su testamento en el que estimula y conforta a sus discípulos. Muere el 29 de abril de este año.

– Su influencia como consejera y mediadora

La compleja realidad del siglo XIV, y la agitación política, social y eclesial con el denominador común de carencia de valores desinteresados, y la ausencia total de líderes, a lo que se suma una crítica histórica que no acaba de encontrar puntos definitivos de encuentro, hacen difícil una valoración justa de la influencia determinante o no de Catalina, tanto en lo concerniente al Papado, como a los conflictos políticos en los que intervino. Lo que no se le puede negar es su convicción nacida de una fe comprometida y de la experiencia de Dios que busca el bien y salvación de sus criaturas, que la hizo denunciar con valentía y coraje la corrupción, la mentira y el fraude, allí donde se encontrara, sin importar demasiado si la verdad tenía que ser gritada a prelados, religiosos, laicos, nobles , condenados o al mismo Papa.

A nivel espiritual, es indudable su acierto, y es posible, con la historia como testigo, definir claramente su influjo positivo en pro de la santidad que imprimió en el alma de aquellos que, atraídos por su fama de santidad y sabiduría supieron acogerse a su maternidad espiritual o beneficiarse de su consejo y sabiduría. Igualmente ejerció un gran influjo en personas de gobierno, que al margen de encomiendas oficiales, le pedían su consejo.

Entrar en el corazón de los conflictos políticos y sociales y analizar su real incidencia, daría pie para interminables debates. Sin embargo, y a título ilustrativo, vale la pena citar su encomienda por parte de los Florentinos para hacer la paz con el Papa Gregorio XI con el fin de que éste pusiera fin al entredicho a que se encontraba sometida la ciudad de Florencia y sus habitantes.

Ella se explica en su toscano materno, y Raimundo traduce. Habla al Papa del olivo y de la cruz, y de la paz que él, montado en el pollino, como Jesús, debía llevar por la dulzura y no por la espada. Si la paz no se logró entre Florencia y la Santa Sede, la culpa fue de la República, porque los Florentinos que habían enviado a Catalina delante, le habían asegurado que llegarían unos embajadores para sellar esa paz; pero éstos no llegaban. El Papa aseguró a Catalina que estaba dispuesto a recibir a esos embajadores como a hijos, pero le hizo notar que los florentinos se estaban burlando del Papa y de ella.

Finalmente llegaron los embajadores, pero no aceptaron la mediación de Catalina, por lo que Catalina se empeñó en ganar otra batalla: Que el Papa regresara a Aviñón. Jörgensen relata este episodio de la siguiente manera: “Sin la menor timidez habló con el Papa de los pecados que se cometían en la corte pontificia, y lo hizo con tanta franqueza que Raimundo manifestó cierto temor. Después, como Gregorio vacilase, ella utilizó su facultad de leer en las almas, recordándole la promesa que hiciera a Dios, cuando aún era Cardenal, de restituir la Silla de Pedro a Roma”.

El Papa regresó en 1376, y dos años más tarde moriría. En Aviñón Catalina constata los pecados de la Corte, y recoge material que nutrirá terribles capítulos de su Diálogo.

Doctrina y su lenguaje:
Claves de interpretación

A primera vista puede resultar un tanto difícil entender el lenguaje de Catalina, como lo es la consideración de tantos fenómenos místicos. Pero, una vez que se ha entrado en su dinámica, y que se ha logrado la familiaridad con su personalidad incandescente, fácilmente se descubre, detrás de la elocuencia de sus palabras, su capacidad para presentar un modo ordinario y normal de conocer a Dios basado en su propia experiencia mística. Ella sabe captar lo que las personas viven, y desde esta vivencia las orienta a progresar en la vida cristiana. Esta capacidad “femenina” la hace capaz de acompañar en su caminar en la fe a cuantos se acercan hoy a ella a través de su vida y doctrina. Sus planteamientos y orientaciones son igualmente válidos y cercanos para nosotros hoy.

Indicamos cuatro elementos que maneja constantemente, que la definen, y que nos permiten entender su doctrina.

La doctrina de la Celda Interior

Hay una invitación apremiante, por parte de Catalina, al orientar al creyente, a “adentrarse en la celda interior”, en la interioridad y profundidad de nuestro ser. Sólo allí somos conscientes de lo que somos y vivimos, y somos capaces de reconocer los sentimientos, ideas y emociones que nos habitan. Allí comprendemos: Quiénes somos, quién es Dios, y quién es el prójimo para el creyente.

Es el pilar básico de su espiritualidad y el requisito primordial para encontrarnos con Dios. De esta celda no es posible salir, ni siquiera por los reclamos del exterior, ella lo experimentó y descubrió en sus años de persecución familiar. De ahí la importancia de saber que nuestra libertad nos hace ser dueños de nosotros mismos, a pesar de las dificultades externas.

Cuando el alma se aposenta allí, se habitúa al silencio y en él entiende, conoce y gusta la bondad de Dios, pues allí se da el encuentro con Él.

Catalina no habla sólo de la Celda interior, sino de la Celda interior de conocimiento de sí y de Dios.

El conocimiento de sí y de Dios

Catalina descubre, que al estar aposentados en la celda interior, se experimenta una atracción irresistible hacia Dios, y que allí se inicia un camino de crecimiento espiritual a partir de la doble experiencia: El conocimiento de sí misma y el conocimiento de Dios. Para Catalina este doble conocimiento es el fundamento de toda vida espiritual, el cimiento sólido sobre el que se edifica la ciudad interior.

Esta llamada insistente al doble conocimiento en el que Catalina insiste a tiempo y a destiempo a lo largo de todos sus escritos, tiene su origen en una experiencia personal que su director explica así: “…al principio de sus visiones se le había aparecido Nuestro Señor, durante la oración y le había dicho: `Has de saber hija mía lo que eres tú y lo que soy Yo. Si aprendes estas dos cosas serás feliz. Tú eres lo que no es, y Yo soy el que Soy. Si tu alma se penetra de esta verdad, jamás te engañará el enemigo, triunfarás de todos sus ardiles, nada harás contra mis mandamientos y adquirirás fácilmente la gracia, la verdad y la paz´…. Y, ¿qué he de hacer? Piensa en mí, que yo pensaré en ti.”

No se trata aquí del conócete a ti mismo socrático que trata de llevar al ser humano de la contemplación del cosmos a la reflexión de las cosas humanas. Catalina se sitúa más bien en la órbita de San Agustín bajo cuyo influjo estaba la Orden de Predicadores y su doctrina, cuando el santo de Hipona dice en sus confesiones: “Conocedor mío, que yo te conzca como tú me conoces.”

Se trata pues de reconocer que somos en virtud de Otro que es el Absoluto, a quien no nos es lícito suplantar, y que nos da gratuitamente la existencia. Desde esta experiencia de conocimiento de Dios, es posible descubrir nuestro proyecto de vida, amar el bien, la bondad y la belleza, desear identificarnos con ella, y por lo mismo, surge la aversión al mal, al pecado: Nos abrimos al amor, y allí entendemos que “somos un árbol creado por amor, y no podemos sino amar, vivir abiertos en relación y comunión con un Tú”.

Vivir en la Verdad

Catalina entiende que en la morada interior hay dos celdas: La del conocimiento de sí y la del conocimiento de la bondad de Dios pero, de hecho, son inseparables. Catalina advierte del peligro de prescindir de una de ellas, con lo cual correríamos el riesgo de caer en la desesperación o en la soberbia, porque fuera de Dios tenemos una visión parcial de lo que somos y podemos sucumbir bajo el peso de nuestra fragilidad. Por otra parte, el que conoce a Dios, sin conciencia de la propia fragilidad, puede caer en la presunción. Por lo que la santa concluye: “Es necesario que una y otra se hagan una misma cosa, y así vendrá la perfección.”

En la hondura de nuestro ser se nos revela el amor de Dios y nos vemos impulsados a rechazar el mal y el pecado que están enraizados en nuestra naturaleza; nos abrimos al perdón y nuestra debilidad se convierte en camino de encuentro con Dios que acoge nuestra pobreza y la transforma en apertura incondicional a Él y al prójimo.

El conocimiento de nosotros y de Dios en verdad, supone reconocerle como origen, centro y meta de nuestra vida: Su gracia y la virtud de su poder, actúan en la criatura y llevan a plenitud sus ansias de trascendencia, respetando el ritmo de la naturaleza humana y la libertad de la persona. Catalina supera toda concepción dualista que suponga contraponer lo corporal y lo espiritual, lo humano y lo divino, lo natural y lo sobrenatural; y da pautas claras de integración y de una visión global de la persona, que toda ella, con su psicología, cultura, realidad física, etc. ha de encontrar su realización, es decir, vivir en la verdad dando cauce al crecimiento personal no a costa del espiritual, sino simultánea y estrechamente unida a la vida del Espíritu.

Pasión por Jesucristo y su Iglesia: Sangre y Fuego

Cuando estamos aposentados en la celda interior enraizados en la verdad del conocimiento de nosotros mismos y de Dios, se abre ante nosotros un camino de maduración personal: Descubrimos el amor que Dios nos tiene y sentimos la urgencia de ser árboles de amor: Es decir, de crecer bien enraizados para dar frutos sabrosos. Para que esto sea posible, Catalina nos dice que somos injertados en el árbol de la cruz: “donde Cristo se injertó en la naturaleza humana, dándonos la savia de la vida divina”.

Cristo es el árbol de la vida injertado en la naturaleza humana para demostrarnos el amor desbordante del Padre. Él unió definitivamente todo lo humano a la riqueza divina, y por eso, la criatura puede dar sabrosos frutos, porque la savia que circula por sus venas, tiene el vigor del que es “la Vida”.

Pero hay más, Cristo, no sólo asumió la condición humana, sino que su deseo de reconciliar al hombre con su Padre, le llevó a injertarse en el árbol de la cruz, haciendo que éste sea el árbol de la vida. Allí Catalina descubre el amor que Él nos tuvo; entiende que su amor destruye el orgullo humano; le descubre como “Puente” que une el cielo con la tierra y como renovación de la alianza del Padre.

Seducida por su entrega incondicional, y consciente del valor de su Sangre derramada por amor, Catalina, ansía identificar todo su ser y su actividad con Jesús, “se sumerge en su sangre, en la que todo lo lava y purifica”, y arde en pasión porque su sangre bañe toda la tierra, y su fuego todo lo purifique al calor de su amor incandescente.

La Sangre redentora de Cristo, es para Catalina, la manifestación de su providencia infinita y el aval de su amor incondicional por su criatura; de ahí que exhorte a: “embriagarse, lavarse, anegarse, saciarse, vestirse, etc. en la Sangre de Cristo”.

En el diálogo, Dios se le revelará como fuego; comprenderá entonces que “su naturaleza es también fuego”, y que ha de amar: “En tu naturaleza, Deidad eterna, conoceré la mía. Y ¿cuál es mi naturaleza, Amor inestimable? Es fuego, porque tú no eres otra cosa que fuego de amor. A todas las cosas y criaturas, las hiciste por amor.”

Al recibir la absolución, dice experimentar el calor de la Sangre, y entiende entonces, que es el fuego el que todo lo purifica, por lo que deduce, que el fuego que nos purifica está amasado con sangre: El fuego del amor hirió al Cordero de Dios y le hizo derramar su sangre.

Catalina se identifica con Cristo, se sumerge en su Sangre y arde en la hoguera del amor, de esta manera su vida no aspira a otra cosa que a ser irradiación de la del Verbo, deseando ella unirse a su acción redentora y empeñar su vida por la salvación de la humanidad y la reforma de la Iglesia, la Esposa del Dulce Jesús.

4. Catalina de Siena hoy

El mensaje de Catalina hoy, es de indudable actualidad. No sólo porque la sociedad y la Iglesia atraviesan una crisis de desmoronamiento y surgimiento de algo nuevo y diferente, sino porque el hombre de entonces y de ahora tiene, en sus manos y en su propia vida, la clave para hacer frente a las adversidades, para asumir su historia, y para llegar a la Felicidad a la que es convocado. De ahí que podamos enumerar, brevemente algunos ámbitos en los que la doctrina de Catalina recobra hoy actualidad práctica:

Ante una sociedad y un mundo en crisis

Catalina grita con su vida, que la transformación de las estructuras tiene su origen en lo profundo del corazón del hombre. Si las iniciativas no nacen de éste, y éste purificado del egoísmo, no es posible la armonía y la convivencia.

La vida de fe y la experiencia de Dios, exigen del creyente un compromiso por la justicia y la paz. No es posible ser creyente y permanecer indiferente ante la sociedad y el sufrimiento de los hombres y mujeres: El Dios del éxodo que oía los clamores de su pueblo y no podía soportarlos, sigue manifestándose en aquellos hombres y mujeres que descubren su presencia y se dejan enviar para decir a los que sufren, a los que oprimen, la humanidad: “Yo soy, me envía…”. Si no hay urgencia por redimir, por aliviar, por unir, no hay vida en Dios.

Es hora de vivir de lo esencial: si hay un viejo sistema que está cayendo, si las estructuras están agonizando, hay que dejar que caigan y mueran, si han de morir y desaparecer, con tal que todos nos comprometamos a construir algo nuevo pero desde dentro; desde la real experiencia de conocimiento de nosotros mismos y de Dios, donde el otro, la persona, no nos puede resultar indiferente.

Promotora de la Paz

Cuando los conflictos mundiales ya no nos sorprenden, porque la seguridad no existe y medio planeta está en guerra, la figura de Catalina emerge invitándonos a conjugar los movimientos de nuestra vida y corazón, sabiendo que la paz, nace de un compromiso insobornable por la justicia y la verdad. Es urgente combinar: Compasión y misericordia, de las que nace la auténtica denuncia de la inmoralidad y a partir de la cual es posible erradicar la violencia que nace del desamor y del egoísmo.

La paz auténtica, nace, para Catalina, del corazón reconciliado, que no se avergüenza de vivir, obrar e invocar el nombre de Dios, pero no para hacer la guerra, sino para llamar a la conversión, reconciliando primero al hombre consigo mismo y con Dios, y luego a Dios con la humanidad: De la vida en Dios, no es posible que surja ningún deseo de venganza, de violencia ni desamor.

La mujer en la Iglesia y en la sociedad

Estamos en un momento histórico en el que es indiscutible el rol de la mujer, y en el que ésta va recuperando una serie de derechos que históricamente le fueron arrebatados; aunque a lo largo de la historia hubo algunas, que, a pesar de los condicionamientos históricos, se abrieron camino y son para las mujeres y para la sociedad un referente, y ¿por qué no? un modelo a imitar.

Coincidiendo con el comienzo de este curso, la semana pasada tuvo lugar en Madrid un curso, organizado por la CONFER, en el que participaron más de un centenar de personas, sobre “La tarea insustituible de la mujer en la acción evangelizadora de la Iglesia”. Era abierto, pero los participantes fueron 134 mujeres… Y esto es un indicativo. El título no cuestiona, afirma. Pero, he aquí que las participantes y ponentes al finalizar dicho curso “reclaman un protagonismo mayor e insustituible”; hablan de una Iglesia patriarcal –hoy- y afirman que “las mujeres son evangelizadoras porque son portadoras de una antorcha, que pasó de mano en mano, porque ayudan a despertar, a tomar conciencia y a actuar promoviendo así el cambio social…”. Hablaron de la mujer evangelizadora y evangelizada como “servidora del Reino, no como sirvienta gratuita y no rentable, para las cuentas diocesanas; de las mujeres como comensales del banquete, y no cocineras”… Se habló de corresponsabilidad, y del papel del acompañamiento espiritual por parte de la mujer en los procesos de fe, y se indicó que estamos en una sociedad y en una Iglesia que carece de líderes y de maestros espirituales; y aquí se apunto un papel insustituible para la mujer, por su capacidad de escucha, por su visión global de la vida y por su tendencia maternal femenina”. Finalmente se reconoció que la voz de la mujer había sido silenciada…. ¿y hoy?…. La pregunta quedó abierta.

Es justa la reivindicación, y ésta es muy diferente de igualdad de funciones. Confundir los papeles de hombres y mujeres, podría ser nefasto, nos veríamos privados de la riqueza que aporta lo femenino y lo masculino a nuestra existencia. Valores igualmente dignos y nobles, pero diferentes entre sí, complementarios.

Viendo el influjo de Catalina, y pensando en nuestra la Iglesia, que es madre, llegamos a la conclusión que no puede verse privada de lo femenino, de la presencia de la mujer en los ámbitos de decisión, de consulta, de gobierno; en la cátedra, en las relaciones diplomáticas, etc. porque por naturaleza ella está llamada a llenar de ternura y de cercanía esos ámbitos, -que de por sí son frios y/o formales- que sirven para acercarse al corazón del hombre, para comprender, perdonar, acoger.

Es tiempo de devolver a la Iglesia su auténtico rostro de esposa y de madre, y de no dejar a la sociedad privada de los valores auténticamente femeninos: La intuición, la capacidad de escucha y de sufrimiento, la perseverancia, la comprensión……ayudarán a dar respuestas a los problemas concretos del hombre de hoy, y seguramente será un buen paso para suavizar actitudes de condena, de inflexibilidad, de excesiva dureza.

En esto también Catalina, fue una precursora, que puede arrojar mucha luz para ayudarnos a descubrir nuevos caminos de realización. Basta ver su actuación, para darnos cuenta que hay muchos ámbitos que, entonces como ahora, pueden ser enriquecidos con la presencia activa de la mujer. Reducir su influjo o gastar todas las cargas, por defender temas, como por ejemplo el sacerdocio de la mujer, sería, tal vez una minimización del auténtico papel de la mujer. Eso, a lo mejor llegue, tal vez lo veamos, tal vez no, pero no es lo único ni lo más importante. De momento han dicho que no, que lo estudien los teólogos y lo discutan los que tienen a su cargo la guía de la Iglesia. Nosotros, tratemos de “trabajar” por dar un paso “protagónico”, donde tiene que tenerlo la mujer, y no hay leyes -aunque sí costumbres- que se lo puedan impedir: ¿Serían los cardenales y los papas; los políticos y religiosos, los clérigos y laicos de entonces más dóciles que los de ahora?…. Catalina hizo oír ante ellos su voz enérgica y grave, y fue escucha, y también ignorada, pero no por eso dejó de: negociar, exponer, congregar en torno suyo una “familia”, orar, viajar, etc….

Sor Lucía Caram

Monjas Dominicas

Santa Clara

Manresa

Texto extraído de:

Mercabá

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One Comment
  1. erika dinora guzman rios permalink

    definitivamente creemos que todo lo material es lo mas importante,, que equivocados

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