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P. Estanislau M. Llopart, monje y ermitaño

Padre Estanislau Llopart, monje eremita

Breve apunte biográfico

Copio textualmente del libro del monje Bernabé Dalmau “Home del desert, jo el sóc ! ”

“El pasado 29 de Marzo, el Padre Estanislau Mª Llopart Ros murió en Montserrat, a donde pocas semanas antes había regresado después de una larga estancia en Japón como ermitaño. Su carisma singular había hecho de él una figura venerable en círculos y personas a los que ayudó espiritualmente.

Esta ayuda la prestó sobretodo en el interior de la comunidad de Montserrat, pero desde el momento en que optó por la vida eremítica – el primer caso en el Montserrat moderno -, paradójicamente, su irradiación le hizo salir de un cierto anonimato y lo proyectó exteriormente.”

Nace en Esparreguera, población situada a los pies de la montaña de Montserrat, el 12 de septiembre de 1915, segundo hijo de Emili Llopart y Balbina Ros, siendo bautizado con el nombre de Amadeu. Ya desde muy joven, 12 años, solicitará entrar en el colegio de postulantes de la Abadía de Montserrat, pero, a causa de su débil salud, el ingreso se retrasará un año. Entre 1927 y 1933 se prepara para la vida monástica y reafirma su vocación por Oriente, para vivir como cristiano entre los no cristianos.

El año 1933, con 18 años, ingresará en el noviciado, recibiendo el nombre monástico de Estanislao Mª (Por ser Montserrat un santuario mariano todos los monjes recibían junto a su nombre monástico el de María).

El año 1936 a causa del inicio de la Guerra Civil y de la persecución religiosa que se siguió, como otros muchos monjes ha de marchar del Monasterio y esconderse, primero en su casa y después en Barcelona con una familia que lo acoge, hasta que junto con otro compañero monje consigue embarcar hacia Francia, pasando después a residir en diversos monasterios de Bélgica, en los que con otros jóvenes monjes prosiguió su formación y profesó solemnemente el 17 de enero de 1939. En septiembre de ese mismo año regresa a Montserrat y completa su formación religiosa siendo ordenado el 10 de agosto de 1941.

A partir de su regreso a Montserrat y gracias a la experiencia de estudio vivida en el extranjero, dedicó 20 años de su vida monástica a ejercer la docencia en el monasterio, sobretodo en las especialidades de patrística, historia eclesiástica y metodología. Dice en su libro Bernabé Dalmau, que su tarea de docencia fue excelente por su habilidad pedagógica y el buen humor con el que la ejerció.

Además de dedicarse a la docencia escribió artículos y trabajos de investigación  de su especialidad para publicaciones de la Abadía y de otros lugares de España, recensiónó y comentó libros, e incluso, siendo ya ermitaño, fue consultado por alguna de las comisiones que trabajaban en el Concilio Vaticano II.

Sentía insistentemente la llamada a la vida eremítica – de tanta tradición en la montaña de Montserrat – para lo cual, año tras año, tenazmente, pedía al abad el permiso correspondiente, que año tras año le era denegado, especialmente a causa de su débil salud. Aquí hay que decir que esta debilidad se transformó en fortaleza en cuanto empezó a vivir como monje-ermitaño.  Esto acaeció en 1961, año en el cual, finalmente, el abad Escarré le autorizó a residir como ermitaño en la Santa Cueva – 25.4.1961 –

Mas tarde, en el año 1965, se trasladará a la Ermita de la Santa Cruz, de larga tradición eremítica y rehabilitada aprovechando un abrigo en las peñas situadas sobre el monasterio desde el cual se puede acceder a la ermita por unas escaleras muy empinadas que salen del Jardín de los Monjes. (Cuando íbamos de retiro a Montserrat siempre subíamos a la ermita, los chicos por las escaleras del jardín, las chicas, por aquello de la clausura, por el camino de San Jerónimo, el de los excursionistas y escaladores, exterior a la clausura y mucho más largo)

Copio del libro “Montserrat. Ermites i ermitans”

“La atracción irresistible de la montaña de Montserrat, que han sentido los hombres de todas las épocas, ha sido con seguridad uno de los factores mas importantes para el desarrollo del eremitismo que hizo posible la construción de trece ermitas, pobladas desde el siglo XVI hasta el XIX, con una regularidad que no ha existido pácticamente en ningún otro lugar.

Cabe decir que la vida eremítica era casi siempre totalmente monástica. Las ermitas eran como un pequeño monasterio y el ermitaño un verdadero monje, sujeto al reglamento monástico y a la regla de San Benito, que ya hablaba de los ermitaños como una vocación especial, fruto de la madurez de los años y de la larga prueba de la vida cenobítica en el monasterio con los otros monjes.

La vida del ermitaño se caracterizaba por su extraordinaria austeridad : pobremente vestido, descalzo, comiendo sólo legumbres, hierbas, huevos, queso y pan hecho con frecuencia por el mismo; su tiempo estaba dedicado a la meditación, al oficio divino y la lectura espiritual, así como a diversos trabajos materiales y manuales: el trabajo del huerto de las flores, buscando pequeños espacios llanos entre las rocas de la montaña, frecuentemente de difícil acceso”.

Justamente cuando el Padre Estanislau inicia su vida escondida de monje-ermitaño es cuando mas difusión adquiere se persona, convirtiéndose, sin pretenderlo, en guía espiritual de muchos jóvenes monjes del Monasterio y de muchas otras personas que en él y su ermita buscaban un espacio de silencio, de oración, un consejo… Su serena y profunda mirada, su presencia pacificadora…

Siguiendo su vocación mas íntima  de “perderse” en el corazón de un pais no cristiano para ser fermento de evangelización desde el silencio y la oración (He aquí una similitud con la vocación del hermano Charles de Foucauld), creo que también atraído por la profundidad y el sentido de silencio y contemplación, de pacificación interior de la espiritualidad oriental, de equilibrio con el entorno natural… en diciembre de 1972 marchó hacia Oriente en un periplo que primero lo llevará a Belén, donde se instalará en una cueva a la que llamó del “Corazón e la Luz” en un lugar llamado “Campo de los Pastores”, cercano al centro de estudios de Tantur, en el cual había monjes de Montserrat, llamados por Pablo VI para trabajar en la investigación bíblica juntamente con otros religiosos y confesiones.

Un año y medio mas tarde marchará a la India y, en 1974, se instalará definitivamente en el Japón, primero en una pequeña isla en el extremo sur del archipiélago, lugar muy pobre, de pescadores, en el que en tiempos de la evangelización jesuítica se había dado una cierta cristianización  y, lugar sencillo muy alejado de la imagen del avanzadísimo y tecnificado Japón contemporáneo. Tiempo después, mas envejecido y con la salud  quebrantada, se instalará en una zona rural de la provincia de Hiroshima.

En el viaje hacia Belén fue acompañado por Pere Vilaplana i Josep Closa, de nuestra Comunidad. Después, ya en el Japón, contó con el apoyo de los claretianos catalanes establecidos allí, con la amistad de cristianos japoneses de la zona y, sobretodo, con el soporte y acompañamiento de su – creo poder nombrarla así – hija espiritual, la hermana Miriam, ermitaña ya en Montserrat, que lo cuidó hasta el último instante, cuando murió en el Monasterio de Montserrat después de haber regresado para acabar sus días junto a su queridísima comunidad  y a los pies de la Virgen a la que siempre quiso tan especialmente.

Monje-ermitaño

Cuando hablamos de la vocación del Padre Estanislao este binomio es inseparable. Su vocación eremítica (Esto también nos lo repetía Pere Vilaplana) está sólidamente fundamentada en los muchos años de vida en comunidad, de la participación de la vida litúrgica y en el estudio; en la purificación de la obediencia al abad, de la perseverancia en su vocación al silencio, la soledad y el ascetismo, aceptando el momento de Dios.

El Padre Estanislao no se hace ermitaño para huir de la gente, si nó para avanzar en la búsqueda de la unidad en Dios. Cuando, por fin, el año 1961 va a vivir en el pequeño “monasterio” situado detrás de la capilla de la Cueva de la Virgen, lo hace con el bagaje adquirido en la experiencia de vida en comunidad y muy consciente, como lo fue durante los 31 años que residió lejos de Montserrat, de ser un monje, un miembro de su comunidad, que la vivía, amaba y de la cual participaba en la comunión del Espíritu.

¿Quién es el Padre Estanislau para la Comunidad de Jesús?

Pere Vilaplana, fundador de la Comunidad de Jesús, conoce al Padre Estanislau por medio de un amigo y este encuentro será fundamental en la trayectoria vital y espiritual de Pedro.

Copio ahora de unos apuntes para un libro sobre Pedro y la Comunidad:

“En el Padre Estanislau (Pere) encontrará acogida y consejo, descanso para su espíritu, guía para el proyecto de Comunidad y, sobretodo, aprendizaje en la oración, en el silencio, en la paciencia en el vivir entregado a la Providencia. El Padre Estanislau, sin pretenderlo, marcó firmemente la espiritualidad personal de Pedro y, a la vez, la de la Comunidad de Jesús.”

Es el Padre Estanislao quien el 29 de septiembre de 1968, en la ermita de la Santa Cruz, recibe a Pedro como “Primer Servidor de la Comunidad” y le pide que, seguidamente, reciba y confirme el compromiso  de los primero hermanos y hermanas de la Comunidad de Jesús. Es este uno de los momentos decisivos en la vida de Pere Vilaplana: “Confirma a tus hermanos…” Esta fecha es la que hemos tomado como momento fundacional de nuestra Comunidad.

Transcribo ahora el testimonio de Pere Vilaplana en el libro “Montserrat, Ermites i Ermitans”

“El frecuente contacto que la Comunidad de Jesús ha mantenido con él, tanto de manera personal como comunitaria, durante su estancia en la ermita de la Santa Cruz, creó una profundísima relación, hasta el punto de penetrar, esta vida eremítica en la espiritualidad e identidad propias de la Comunidad de todo lo que he visto y compartido puedo dar un testimonio , que no es otro   que la realidad de una vida eremítica consciente , en pleno mundo actual. No en vano han sido muchas las horas compartidas con el ermitaño, empezando por las visitas a la ermita de la Santa Cruz, frecuentemente yo solo, a veces con el hermano Esteve o algún que  otro acompañante.

El hermano Esteve, monje también de Montserrat, que velaba tan delicadamente por el ermitaño, debía entregarme siempre las famosas llaves de la puerta de la escalera que asciende desde el Jardín de los Monjes hasta la ermita de la Santa Cruz.

Habitualmente me venía a recibir, al inicio de estas escaleras, el “petirrojo” tan amigo del padre Estanislao, al que él llamaba el “policía” y que, saltando de escalón en escalón, me precedía hasta llegar cerca de la ermita, momento en que volaba hasta la ventana del ermitaño, señal inequívoca de la llegada de una visita.

Durante estas visitas, relativamente frecuentes y siempre con regularidad, tenía ocasión de pasar todo el día con él; por esto puedo hablar de su vida de oración, de su silencio, de su acogida, así como de su trabajo en el huerto y en el bosque. Porque esto es lo que compartí con él en aquellos días, en los diversos aspectos humanos y espirituales que la relación profunda de amistad descubría continuamente, en los largos paseos hasta la ermita de Sant Antoni.

Allí concelebraba la Eucaristía con el padre Manuel. También en las visitas a la Santa Cueva, recorriendo caminos bordeados de boj y otros árboles y flores característicos de Montserrat, acompañados por el canto de los pájaros, todo ello creando una imagen realmente franciscana.

También podría hablar de las comidas sencillas y fraternales con el ermitaño, compartidas algunas veces también en el hermano Esteve, en las que tomábamos sobretodo sopa de pan con tomillo, muy del gusto del padre Estanislau , así como te de roca , que él mismo recogía en la montaña; puedo dar testimonio también de su amor delicado por las flores y los pájaros, a los que con tanta frecuencia he visto tomar de su mano migajas de pan o piñones… tantos y tantos detalles de vida íntima que quedan en lo más profundo de mi corazón. “

Lo que yo recuerdo

En abril hizo 35 años que vi por última vez al Padre Estanislau. Era el año 1972 y unos días después yo marchaba al servicio militar y subí a la  ermita para despedirme de él; buscando como siempre aquella paz interior que irradiaba y de la cual me sentía especialmente necesitado, pues marchaba muy lejos y por 15 meses, algo totalemtne nuevo para mí, tan acostumbrado al cobijo familiar y, desde la adolescencia también al de Pere y los hermanos y hermanas de la Comunidad.

Después, cuando en el mes de diciembre el padre Estanislao pasó por la casa de la calle Joan Blanques, antes de tomar el barco que lo llevaría a Tierra Santa, y celebró la Eucaristía, yo ya no pude asistir. De mi último encuentro con él  no recuerdo nada en especial; pero sí que recuerdo muchos momentos vividos en la ermita cuando subíamos todos en los días de retiro o cuando íbamos con el pequeño grupo formado por Pere y los hermanos que después formaron la primera fraternidad de celibato , muy especialmente con Andreu Muñoz y Santi Soro.

Guardo en la memoria “fotos” muy definidas y no sólo de su actitud y de su sonrisa cálida y acogedora.

· La serenidad de sus ojos que de tal manera te miraban que inmediatamente te sentías comprendido, querido y aceptado tal como eras.

· El orden y  pulcritud, dentro de la pobreza y austeridad de medios, de su ermita y de su persona.

· El cuidado y el amor dedicados al entorno natural. La delicadeza con la que cuidaba el bosque, el pequeño jardín y el huerto… cómo distribuía pequeñas indicaciones  en los alrededores de la ermita para que los visitantes o los excursionistas en marcha por la montaña, respetasen el lugar como lugar de silencio y oración del cual la naturaleza era parte inseparable.

· El respeto por todos los seres vivos de la montaña, para los cuales, a buen seguro, él era uno más, perfectamente integrado en el entorno – Ya se ha citado anteriormente la anécdota del petirrojo “policía” explicada por Pere y que muchos de nosotros también  pudimos observar –

· A pesar de la soledad de la vida eremítica, el Padre Estanislao era una persona bien informada de lo más relevante de la actualidad. – Seguramente esto era fruto de las numerosas visitas que recibía en la ermita –

· Era una persona amorosa, amable, pero muy recta. Sabía disentir y corregir sin ofender y sin que la persona corregida dejase de sentirse muy amada.

· Sus palabras, su actitud, el tono de su voz, el entorno de su persona eran silencio en sí mismos. Nos enseñó a amar y a practicar el silencio. Las ermitas de Tarrés son un fruto de ello.

· Un buen amigo dijo no hace mucho que el Padre era “un hombre libre”, libre y liberado. Un hombre siempre en camino.

· Amaba mucho a María. Bernabé Dalmau en su libro escribe: “La curación de la enfermedad que lo afligió durante los primeros años de su vida le dio siempre un gran amor a la Madre de Dios”

· Le gustaba explicar que nunca celebraba la Eucaristía solo. Siempre la celebraba frente a una ventana orientada al valle de Llobregat, al llano y a la sierra de Collçerola. De hecho, con que el día sea  un poco claro, desde aquella ventana se distingue perfectamente el templo del Tibidabo. ¿Misa en soledad? Decía. ¿Sabéis cuánta gente habita a los pies de esta montaña? No recuerdo si este es el literal de la frase, pero desde luego era esta la idea que quería transmitir.

El cariño y el respeto por la Iglesia Ortodoxa y por la liturgia oriental. Siempre presente sobre el altar construido con troncos de encina o pino, un antimensium ortodoxo con la escena de la Crucifixión.

Probablemente hay más detalles a recordar y también relevantes, pero estos que quedan escritos son los que yo recuerdo. La memoria se escribe con la suma de muchas memorias. Transcribo ahora lo que el monje Bernabé Dalmau ha escrito como testimonio del último mes de la vida del Padre Estanislao en la Abadía de Montserrat, a la que regresó desde el Japón, previendo cercano el fin de sus días y con la ilusión de morir entre su Comunidad y a los pies de la virgen tan amada desde niño.

“Durante el mes largo en que vivió nuevamente en el monasterio comunicó su paz interior, tanto a los antiguos hermanos de comunidad que se alegraron de reencontrarlo al cabo de tantos años como a las nuevas promociones que sólo habían oído hablar de él remotamente.

Su muerte, a los 87 años, coronó una vida de fidelidad a Dios y de alegría en el Espíritu. Por esto sugirió que en sus exequias se cantase el “Te Deum”, que fue emotivamente ejecutado por la comunidad y los acompañantes en el momento de la despedida final.

Como acertadamente dijo el abad Josep Mª Soler en la homilía exequial, “El rostro sereno y luminoso del P.Estanislau, era expresión de la paz que llevaba en su corazón; de aquella paz que es don de Dios y fruto del combate del desierto, en la soledad. Hombre de paz y pacificador, de estimación profunda; se quería pobre y solidario con los pobres”.

Conviene que su recuerdo no se pierda, porque es un legado que aún puede hacer el bien a mucha gente”.

Josep Calve

Extraído de:

carlosdefoucauld.org


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