Santa Brígida de Suecia

21 Noviembre 2009

Grafía de Santa Brígida de Suecia

SANTA BRIGIDA era hija de Birgerio, gobernador de Uplandia, la principal provincia de Suecia. La madre de Brígida, Ingerborg; era hija del gobernador de Gotlandia oriental. Ingerborg murió hacia 1315 y dejó varios hijos. Brígida, que tenía entonces doce años aproximadamente, fue educada por una tía suya en Aspenas. A los tres años, hablaba con perfecta claridad, como si fuese una persona mayor, y su bondad y devoción fueron tan precoces como su lenguaje. Sin embargo, la santa confesaba que de joven había sido inclinada al orgullo y la presunción.

La Pasión: centro de su vida
A los siete años tuvo una visión de la Reina de los cielos. A los diez, a raíz de un sermón sobre la Pasión de Cristo que la impresionó mucho, soñó que veía al Señor clavado en la cruz y oyó estas palabras: “Mira en qué estado estoy, hija mía.” “¿Quién os ha hecho eso, Señor?”, preguntó la niña. Y Cristo respondió: “Los que me desprecian y se burlan de mi amor.” Esa visión dejó una huella imborrable en Brígida y, desde entonces, la Pasión del Señor se convirtió en el centro de su vida espiritual.

Matrimonio
Antes de cumplir catorce años, la joven contrajo matrimonio con Ulf Gudmarsson, quien era cuatro años mayor que ella. Dios les concedió veintiocho años de felicidad matrimonial. Tuvieron cuatro hijos y cuatro hijas, una de las cuales es venerada con el nombre de Santa Catalina de Suecia. Durante algunos años, Brígida llevó la vida de la época, como una señora feudal, en las posesiones de su esposo en Ulfassa, con la diferencia de que cultivaba la amistad de los hombres sabios y virtuosos.

En la Corte
Hacia el año 1335, la santa fue llamada a la corte del joven rey Magno II para ser la principal dama de honor de la reina Blanca de Namur. Pronto comprendió Brígida que sus responsabilidades en la corte no se limitaban al estricto cumplimiento de su oficio. Magno era un hombre débil que se dejaba fácilmente arrastrar al vicio; Blanca tenía buena voluntad, pero era irreflexiva y amante del lujo. La santa hizo cuanto pudo por cultivar las cualidades de la reina y por rodear a ambos soberanos de buenas influencias. Pero, aunque Santa Brígida se ganó el cariño de los reyes, no consiguió mejorar su conducta,pues no la tomaban en serio.

La santa empezó a tener por entonces las visiones que habían de hacerla famosa. Estas versaban sobre las más diversas materias, desde la necesidad de lavarse, hasta los términos del tratado de paz entre Francia e Inglaterra. “Si el rey de Inglaterra no firma la paz -decía– no tendrá éxito en ninguna de sus empresas y acabará por salir del reino y dejar a sus hijos en la tribulación y la angustia.” Pero tales visiones no impresionaban a los cortesanos suecos, quienes solían preguntar con ironía: “¿Qué soñó Doña Brígida anoche?”

Problemas familiares y peregrinaciones
Por otra parte, la santa tenía dificultades con su propia familia. Su hija mayor se había casado con un noble muy revoltoso, a quien Brígida llamaba “el Bandolero” y, hacia 1340, murió Gudmaro, su hijo menor. Por esa pérdida la santa hizo una peregrinación al santuario de San Olaf de Noruega, en Trondhjem.

A su regreso, fortalecida por las oraciones, intentó con más ahínco que nunca volver al buen camino a sus soberanos. Como no lo lograse, les pidió permiso de ausentarse de la corte e hizo una peregrinación a Compostela con su esposo. A la vuelta del viaje, Ulf cayó gravemente enfermo en Arras y recibió los últimos sacramentos ya que la muerte parecía inminente. Pero Santa Brígida, que oraba fervorosamente por el restablecimiento de su esposo, tuvo un sueño en el que San Dionisio le reveló que no moriría. A raíz de la curación de Ulf, ambos esposos prometieron consagrarse a Dios en la vida religiosa.

Viuda, vida religiosa, aumentan las visiones
Según parece, Ulf murió en 1344 en el monasterio cisterciense de Alvastra, antes de poner por obra su propósito. Santa Brígida se quedó en Alvastra cuatro años apartada del mundo y dedicada a la penitencia. Desde entonces, abandonó los vestidos lujosos, solo usaba lino para el velo y vestía una burda túnica ceñida con una cuerda anudada. Las visiones y revelaciones se hicieron tan insistentes, que la santa se alarmó, temiendo ser víctima de ilusiones del demonio o de su propia imaginación. Pero en una visión que se repitió tres veces, se le ordenó que se pusiese bajo la dirección del maestre Matías, un canónigo muy sabio y experimentado de Linkoping, quien le declaró que sus visiones procedían de Dios.

Desde entonces hasta su muerte, Santa Brígida comunicó todas sus visiones al prior de Alvastra, llamado Pedro, quien las consignó por escrito en latín. Ese período culminó con una visión en la que el Señor ordenó a la santa que fuese a la corte para amenazar al rey Magno con el juicio divino; así lo hizo Brígida, sin excluir de las amenazas a la reina y a los nobles. Magno se enmendó algún tiempo y dotó liberalmente el monasterio que la santa había fundado en Vadstena, impulsada por otra visión.

En Vadstena había sesenta religiosas. En un edificio contiguo habitaban trece sacerdotes (en honor de los doce apóstoles y de San Pablo), cuatro diáconos (que representaban a los doctores de la Iglesia) y ocho hermanos legos. En conjunto había ochenta y cinco personas. Santa Brígida redactó las constituciones; según se dice, se las dictó el Salvador en una visión. Pero ni Bonifacio IX con la bula de canonización, ni Martín V, que ratificó los privilegios de la abadía de Sión y confirmó la canonización, mencionan ese hecho y sólo hablan de la aprobación de la regla por la Santa Sede, sin hacer referencia a ninguna revelación privada.

En la fundación de Santa Brígida, lo mismo que en la orden de Fontevrault, los hombres estaban sujetos a la abadesa en lo temporal, pero en lo espiritual, las mujeres estaban sujetas al superior de los monjes. La razón de ello es que la orden había sido fundada principalmente para las mujeres y los hombres sólo eran admitidos en ella para asegurar los ministerios espirituales. Los conventos de hombres y mujeres estaban separados por una clausura inviolable; tanto unos como las otras, asistían a los oficios en la misma iglesia, pero las religiosas se hallaban en una galería superior, de suerte que ni siquiera podían verse unos a otros.

El monasterio de Vadstena fue el principal centro literario de Suecia en el siglo XV. A raíz de una visión; Santa Brígida escribió una carta muy enérgica a Clemente VI, urgiéndole a partir de Aviñón a Roma y establecer la paz entre Eduardo III de Inglaterra y Felipe IV de Francia. El Papa se negó a partir de Aviñón pero, en cambio envió a Hemming, obispo de Abo, a la corte del rey Felipe, aunque la misión no tuvo éxito.

Entre tanto, el rey Magno, que apreciaba más las oraciones que los consejos de Santa Brígida, trató de hacerla intervenir en una cruzada contra los paganos letones y estonios. Pero en realidad se trataba de una expedición de pillaje. La santa no se dejó engañar y trató de disuadir al monarca. Con ello perdió el favor de la corte, pero no le faltó el amor del pueblo, por cuyo bienestar se preocupaba sinceramente durante sus múltiples viajes por Suecia.

En Roma e Italia
Había todavía en el país muchos paganos, y Sarta Brígida ilustraba con milagros la predicación de sus capellanes. En 1349, a pesar de que la “muerte negra” hacía estragos en toda Europa, Brígida decidió ir a Roma con motivo del jubileo de 1350. Acompañada de su confesor, Pedro de Skeninge y otros, se embarcó en Stralsund, en medio de las lágrimas del pueblo, que no había de volver a verla. En efecto, la santa se estableció en Roma, donde se ocupó de los pobres de la ciudad, en la espera de la vuelta del Pontífice a la Ciudad Eterna.

Asistía diariamente a misa a las cinco de la mañana, se confesaba todos los días y comulgaba varias veces por semana (según era permitido en aquella época). El brillo de su virtud contrastaba con la corrupción de costumbres que reinaba entonces en Roma: el robo y la violencia hacían estragos, el vicio era cosa normal, las iglesias estaban en ruinas y lo único que interesaba al pueblo era escapar de sus opresores. La austeridad de la santa, su devoción a los santuarios, su severidad consigo misma, su bondad con el prójimo, su entrega total al cuidado de los pobres y los enfermos, le ganaron el cariño de muchos.  Santa Brígida atendía con particular esmero a sus compatriotas y cada día daba de comer a los peregrinos suecos en su casa que estaba situada en las cercanías de San Lorenzo in Damaso.

Pero su ministerio apostólico no se reducía a la práctica de las buenas obras ni a exhortar a los pobres y a los humildes. En cierta ocasión, fue al gran monasterio de Farfa para reprender al abad, ”un hombre mundano que no se preocupaba absolutamente por las almas”. Hay que decir que, probablemente, la reprensión de la santa no produjo efecto. Más éxito tuvo su celo por la reforma de otro convento de Bolonia. Allí se hallaba Brígida cuando fue a reunirse con ella su hija, Santa Catalina, quien se quedó a su lado y fue su fiel colaboradora hasta el fin de su vida.

Dos de las iglesias romanas más relacionadas con nuestra santa son la de San Pablo extramuros y la de San Francisco de Ripa. En la primera se conserva todavía el bellísimo crucifijo, obra de Cavallini, ante el que Brígida acostumbraba orar y que le respondió más de una vez; en la segunda iglesia se le apareció San Francisco y le dijo: “Ven a beber conmigo en mi celda”. La santa interpretó aquellas palabras como una invitación para ir a Asís. Visitó la ciudad y de allí partió en peregrinación por los principales santuarios de Italia, durante dos años.

Profecías y revelaciones
Las profecías y revelaciones Santa Brígida se referían a las cuestiones mas candentes de su época. Predijo, por ejemplo, que el Papa y el emperador se reunirían amistosamente en Roma. Al poco tiempo así lo hicieron (El Papa Beato Urbano V y Carlos IV, en 1368).  Laprofecía de que los partidos en que estaba dividida la Ciudad Eterna recibirían el castigo que merecían por sus crímenes, disminuyeron un tanto la popularidad de la santa y aun le atrajeron persecuciones. Brígida fue arrojada de su casa y tuvo que ir con su hija a pedir limosna al convento de las Clarisas. Por otra parte, ni siquiera el Papa escapaba a sus severas admoniciones proféticas.

El gozo que experimentó la santa con la llegada de Urbano a Roma fue de corta duración, pues el Pontífice se retiró poco después a Viterbo, luego a Montesfiascone y aun se rumoró que se disponía a volver a Aviñón.

Al regresar de una peregrinación a Amalfi, Brígida tuvo una visión en la que Nuestro Señor la envió a avisar al Papa que se acercaba la hora de su muerte, a fin de que diese su aprobación a la regla del convento de Vadstena. Brígida había ya sometido la regla a la aprobación de Urbano V, en Roma, pero el Pontífice no había dado respuesta alguna. Así pues, se dirigió a Montefiascone montada en su mula blanca. Urbano aprobó, en general, la fundación y la regla de Santa Brígida, que completó con la regla de San Agustín. Cuatro meses más tarde, murió el Pontífice. Santa Brígida escribió tres veces a su sucesor, Gregorio XI, que estaba en Aviñón, conminándole a trasladarse a Roma. Así lo hizo el Pontífice cuatro años después de la muerte de la santa.

En 1371, a raíz de otra visión, Santa Brígida emprendió una peregrinación a los Santos Lugares, acompañada de su hija Catalina, de sus hijos Carlos y Bingerio, de Alfonso de Vadaterra y otros personajes. Ese fue el último de sus viajes. La expedición comenzó mal, ya que en Nápoles, Carlos se enamoró de la reina Juana I, cuya reputación era muy dudosa. Aunque la esposa de Carlos vivía aún en Suecia y el marido de Juana estaba en España; ésta quería contraer matrimonio con él y la perspectiva no desagradaba a Carlos. Su madre,horrorizada ante tal posibilidad, intensificó sus oraciones.

Dios resolvió la dificultad del modo más inesperado y trágico, pues Carlos enfermó de una fiebre maligna y murió dos semanas después en brazos de su madre. Santa Brígida prosiguió su viaje a Palestina embargada por la más profunda pena. En Jaffa estuvo a punto de perecer ahogada durante un naufragio. Sin embargo durante, la accidentada peregrinación la santa disfrutó de grandes consolaciones espirituales y de visiones sobre la vida del Señor.

A su vuelta de Tierra Santa, en el otoño de 1372, se detuvo en Chipre, donde clamó contra la corrupción de la familia real y de los habitantes de Famagusta quienes se habían burlado de ella cuando se dirigía a Palestina. Después pasó a Nápoles, donde el clero de la ciudad leyó desde el púlpito las profecías de  Santa Brígida, aunque no produjeron mayor efecto entre el pueblo.

La comitiva llegó a Roma en marzo de 1373. Brígida, que estaba enferma desde hacía algún tiempo, empezó a debilitarse rápidamente, y falleció el 23 de julio de ese año, después de recibir los últimos sacramentos de manos de su fiel amigo, el Padre Pedro de Alvastra.

Tenía entonces setenta y un años. Su cuerpo fue sepultado provisionalmente en la iglesia de San Lorenzo in Panisperna. Cuatro meses después, Santa Catalina y Pedro de Alvastra condujeron triunfalmente las reliquias a Vadstena, pasando por Dalmacia, Austria, Polonia yel puerto de Danzig.

Santa Brígida, cuyas reliquias reposan todavía en la abadía por ella fundada, fue canonizada en 1391 y es la patrona de Suecia.

Visiones y escritos

Uno de los aspectos más conocidos en la vida de Santa Brígida, es el de las múltiples visiones con que la favoreció el Señor,especialmente las que se refieren a los sufrimientos de la Pasión y a ciertos acontecimientos de su época. Por orden del Concilio de Basilea, el Juan de Torquemada, quien fue más tarde cardenal, examinó el libro de las revelaciones de la santa y declaró que podía ser muy útil para la instrucción de los fieles; pero tal aprobación encontró muchos opositores.

Por lo demás; la declaración de Torquemada significa únicamente que la doctrina del libro es ortodoxa y que las revelaciones no carecen de probabilidad histórica. El Papa Benedicto XIV, entre otros, se refirió a las revelaciones de Santa Brígida en los siguientes términos: “Aunque muchas de esas revelaciones han sido aprobadas, no se les debe el asentimiento de fe divina; el crédito que merecen es puramente humano, sujeto al juicio de la prudencia, que es la que debe dictarnos el grado de probabilidad de que gozan para que crearnos píamente en ellas.”

Santa Brígida, con gran sencillez de corazón, sometió siempre sus revelaciones a las autoridades eclesiásticas y, lejos de gloriarse por gozar de gracias tan extraordinarias, las aprovechó como una ocasión para manifestar su obediencia y crecer en amor y humildad. Si sus revelaciones la han hecho famosa, ello se debe en gran parte a su virtud heroica, consagrada por el juicio de la Iglesia.

El libro de sus revelaciones fue publicado por primera vez en 1492.

Las brigidinas tienen unas lecciones de maitines tomadas de sus revelaciones sobre las glorias de María, conocidas con el nombre de “Sermo Angelicus”, en recuerdo de las palabras del Señor a la santa: “Mi ángel te comunicará las lecciones que las religiosas de tus monasterios deben leer en maitines, y tú las escribirás tal como él te las dicte”.

Brigittine Monks

Orden Religiosa Relacionada

Texto extraído de: Corazones.org

Otra breve versión


 

La vida del monje trapense consiste en consagrarse íntegramente a Dios  por medio de una búsqueda constante de su voluntad y de su rostro, reflejado en el de Cristo.

San Roberto Abad

Introducción

Los orígenes de la reforma Cisterciense están indefectiblemente ligados a Roberto (1028-1111), Alberico (c.1050-1108) y a Esteban Harding (1066-1134), los tres fundadores inmortalizados en la obra de Raymond M., Tres monjes rebeldes.

La “Vita” de Roberto que presentamos, fue redactada como apoyo a la canonización de S. Roberto en 1222. El autor es un monje anónimo de Molesmes, que la escribe a petición de su abad, Odón II (1215-1227). Habían pasado más de cien años desde la muerte de Roberto, y todos los recuerdos directos hacía tiempo habían desaparecido. Salvo algunos prodigios milagrosos, parece que las grandes lineas de su vida están relatadas de manera seria. Sin embargo, se debe tener en cuenta que el propósito era ante todo hacer una obra de edificación y defensa , no una biografía o un relato histórico de la carrera de Roberto.

Roberto nació hacia 1028 en el Condado de Champagne. Como muchos otros monjes de esta época, pertenecía a las clases altas de la sociedad, pero muy poco cultivadas -poseían tierras, siervos y relaciones con la nobleza. Sus padres se llamaban Thierry (Theodoricus) y Ermengarda. A los quince años fue admitido en el monasterio de Montier-la-Celle y unos 10 años mas tarde lo encontramos como Prior del mismo.

Un giro en la vida de Roberto ocurre en 1074 cuando una comunidad de ermitaños situada en los bosques de Colan solicita al Papa Gregorio VII su nombramiento como superior, cosa que así sucede. Al año siguiente, el 20 de Diciembre de 1075, cambió al grupo a Molesmes, en un terreno otorgado por la Familia Maligny, que eran parientes suyos. Entre los que firman el documento de donación, se halla Tescelino el Rojo, padre de S.Bernardo.

La fundación de Roberto fue un éxito tan grande que rápidamente Molesmes se convirtió en otro Cluny; en 1098 contaba con unos 35 prioratos dependientes, otras casas anejas y monasterios de monjas asociadas. El descontento de Roberto por tener que lidiar con un género de vida casi de señor feudal, queda de manifiesto en el hecho de que varias veces entre 1090 y 1093 lo encontramos entre grupos de ermitaños en las cercanías de Aux.

Con el correr del tiempo, las tensiones en la comunidad de Molesmes entre monjes que querían “adherirse de un modo más estricto a los preceptos de nuestro Padre San Benito” y otros que defendían los valores de las tradiciones que ya vivían fueron creciendo. La lucha entre los “innovadores” y los “tradicionalistas” continuó. Sin duda, ante el poco entusiasmo del obispo local por cambiar la situación de Molesmes, los “reformadores” intentaron una entrevista con Hugo de Die, el reformador, arzobispo de Lyon y legado del Papa Urbano II. Finalmente, con el consentimiento del legado Papal, la comunidad se dividió y el grupo nuevo partió para fundar lo que eventualemte será el monasterio de Citeaux. Roberto fue instalado allí como abad.

En los documentos más antiguos, la fundación se llama sencillamente “Nuevo Monasterio”. El cambio por “Císter” sólo tuvo lugar con la expansión de la Orden, tal vez hacia 1119.

No entramos en mas detalles de la vida de Roberto que el lector podrá seguir directamente desde la fuente que presentamos. Según ésta, en 1111, “en el año 83 de su vida, el 17 de Abril, su cuerpo volvió a la tierra” (Vita Roberti 14).

Lamentablemente no se conservan escritos auténticos de Roberto: existen dos cartas editadas en Migne, pero son dudosas.


Aquí comienza el prólogo de la vida del Bienaventurado Roberto,

Primer Abad de Molesmes y Citeaux.

Jesús, el Sumo Sacerdote, por su propia sangre entró en el santuario y se reveló por medio de los santos. Por eso considero escribir la vida y hechos de estos santos como cosa de inestimable valor. En medio de los trabajos de esta vida, han imitado a Nuestro Salvador, hasta donde la fragilidad humana lo permite. Han perseverado con valentía, a través de las tempestades de esta vida, en los trabajos de la guerra. Glorificaron a Jesucristo y lo llevaron en sus cuerpos y hasta el fin de sus vidas permanecieron constantes en su compromiso hacia la santidad. Estos son de los que dicen las Sagradas Escrituras: “La senda de los honrados brilla como la aurora, se va esclareciendo hasta que es de día”. Estos son los astros que el Sumo Sacerdote ha colocado en el firmamento de la Iglesia. Su brillo hace desaparecer las tinieblas de la ignorancia humana, mostrando el puerto de la salvación a los que luchan en este mar amplio y espacioso .

Entre ellos brilla con luz particular el Bienaventurado Roberto, hombre venerable, primer abad de la iglesia de Molesmes, cuya intachable santidad es proclamada tanto más gloriosa en nuestros días, cuanto que hay muy pocas personas temerosas de Dios. He comenzado a escribir su vida sin fiarme de mis propios conocimientos, sino poniendo mi esperanza tanto del progreso como de la conclusión de la obra que ahora comienzo, en el que hace que sean elocuentes las lenguas de los niños y en el que, en tiempos pasados, concedió el don de la palabra a bestias mudas para corregir la locura de algún profeta.

Añadamos a todo esto la orden dada por el Reverendo Odo, Abad de Molesmes y las insistentes y devotas peticiones de los hermanos del monasterio, a quienes considero completamente inapropiado el negar nada. Para no aparecer yo ante el Señor con las manos vacías, aunque yo no posea ni la virtud ni el mérito de ser un ejemplo para los demás, he emprendido este trabajo para que (el Bienaventurado Roberto) no les quede completamente oculto, pues por su santidad ha sido dado para ser ornato de la santa Iglesia.

Quienquiera que seas, lector, te pido que no preguntes el nombre del autor. Huyo de toda gloria humana y sólo busco la gloria de Dios. Así que, en este trabajo, no diré cómo me llamo. Lo hago para no reducir el valor de la obra entre los inexpertos, si aparece el nombre de un pecador al inicio del trabajo. Pido perdón al lector si digo algo ordinario o inapropiado. Al mismo tiempo, prevengo a todos los que lean este texto que no busquen frases elocuentes, ya que la verdad pura es suficiente y hermosa, y no ha de colorearse con frases artificiales ni pintarse con los afeites de Jezabel. Finalmente, escuchemos al Doctor de los Gentiles, el discípulo de la Verdad, cuando dice que el Reino de Dios no es de palabras sino de fuerza.

Fin del prólogo

Aquí comienza la vida del Bienaventurado Roberto, Abad de Molesmes y Citeaux

El Bienaventurado Roberto fue oriundo de la región de Champagne. Brilló como una flor de los campos, y su innata belleza de buenas costumbres agradaba a todos los que le contemplaban. La fragancia de su santa reputación se extendía ampliamente e invitaba a muchos a imitarle. Creo que este hombre santo puede ser comparado con una flor, ya que las Sagradas escrituras dicen de ellos: “Florecen en la ciudad como hierba sobre la tierra”. Poseía también cierta nobleza; ¡dichosos los padres que dieron tal hijo al mundo!

Su padre era Thierry (Teodorico) y su madre se llamaba Ermengarda. Por su honrada conducta eran distinguidos tanto por el mundo como ante Dios. Poseían abundantes bienes temporales, pero los usaban más como mayordomos del cabeza de familia que como propietarios de los bienes de este mundo.

Sabiendo que los que tienen misericordia de los pobres sirven al Señor, limpiaban el polvo de la vida terrena con la limosna. No vivían según la carne aunque estaban en ella, sino que por sus pensamientos y anhelos tenían la morada en el cielo, adornando sus coronas con obras virtuosas como piedras preciosas de virtud. Digo esto para demostrar cuán santa fue la raíz de cuya savia se alimentó nuestro santo como un retoño del árbol de la vida.

Ya que hemos mencionado a sus padres, narraremos brevemente cómo el Espíritu Santo descendió sobre él concediéndole dones exquisitos, cuando aún estaba en el vientre de su madre. Cuando su madre estaba embarazada, la Virgen María, la Gloriosa Madre de Dios se le apareció en sueños con un anillo de oro en su mano. Y le dijo: “Ermengarda, quiero que el hijo que llevas en tu vientre se despose conmigo con este anillo”. Dichas estas palabras desapareció. Cuando Ermengarda despertó, comenzó a reflexionar en lo que había visto. La Madre de Dios se apareció de nuevo a la mujer, como en otros tiempos se apareció el Señor por segunda vez a Samuel para confirmar su promesa. Cumplido el tiempo, la mujer dio a luz un niño. Cuando creció, quiso que se dedicase a estudios literarios, sobrepasando en esto a todos sus contemporáneos, ya que bebía de las fuentes del Salvador con un corazón puro la gracia de la salvación, que luego enseñó a sus contemporáneos.

Cuando cumplió los quince años, para evitar el contagio del mundo, decidió consagrarse al Señor; así pues, ofreció al Señor la flor de su juventud, y recibió el hábito en el monasterio de San Pedro de Celle. Allí, día y noche, se entregó a la plegaria y al ayuno, ofreciendo al Señor un grato servicio, sujetando la carne al espíritu y el espíritu a su Creador.

Llegó el tiempo en que Dios fuera glorificado en su servidor, y la lámpara que había estado oculta bajo un celemín fuera colocada en lo alto para dar luz a la Iglesia. Dios, en cuyas manos están los corazones de los hombres, inspiró a los hermanos de la casa que eligieran al hombre de Dios, Roberto, como Prior. Era muy justo que quien, bajo la guía de la gracia, había aprendido con una larga práctica a gobernar su vida, fuera árbitro y moderador de otros.

Sobre un cierto ermitaño y la conversión de dos caballeros.

En aquel tiempo, había, en la parte más profunda del bosque, un ermitaño que quería servir a Dios libre y secretamente. Castigaba su carne con ayunos y reforzaba el espíritu con fervientes plegarias. El Señor vio su humildad y por un milagro hizo que por él creciera el número de los siervos de Dios. Había dos hermanos, según la carne, que sin embargo no estaban unidos por el espíritu. Llenos de vanagloria, dedicados a mostrar sus habilidades, buscaban en las ferias lucirse en torneos. En uno de estos viajes sucedió que pasaron por el bosque donde el ermitaño antes mencionado llevaba su vida solitaria. Ambos empezaron a pensar en secreto matarse mutuamente. Los dos estaban corroídos por el veneno de la envidia y pensaban quedarse con las posesiones del otro si uno de ellos moría. Dios Todopoderoso, sin embargo, sabía que se convertirían en recipientes de misericordia y no les permitió ser tentados más allá de sus posibilidades, sino que les asistió en la tentación para que no llevasen a cabo todo el mal que habían concebido. La providencia de Dios les permitió ser tentados con tal tentación maligna para que luego progresaran en virtud, sin atribuirse a sus propios méritos lo que tenían, sino que lo atribuyeran a Aquel cuya misericordia los había hecho libres.

Cuando hubieron cumplido con el negocio que era el propósito de su viaje, y lo habían cumplido valerosamente, tal como lo realizan las gentes de esa clase, y recibiendo las alabanzas de todos los presentes, llegaron cargados de éxitos a la región donde vivían y al lugar donde habían concebido el pensamiento de matarse. Allí, recriminados en cierto modo por el mismo lugar de su nacimiento, por inspiración divina comenzaron a sentir remordimiento y repugnancia por la maldad que habían planeado, y angustiarse por el crimen que habían concebido. Recordaron que estaban cerca de la cabaña del ermitaño antes citado, y se encaminaron ambos a la vez hacía el lugar donde vivía. Con una humilde confesión vomitaron el virus escondido en sus corazones, y eliminada esta suciedad, prepararon en sí mismos una morada agradable a Dios. Finalmente, después de haber sido reprimidos por el hombre de Dios por la maldad que habían planeado, le dejaron, acompañados por sus saludables consejos.

Las benévolas palabras del ermitaño removieron en su interior los buenos deseos, limpió por completo sus ambiciones de dignidades terrenales, y fue creciendo en su interior, dulce y profundamente, el fuego de la virtud. Cuando llegaron al lugar donde habían pensado luchar uno contra otro, comenzaron a hablar entre ellos y a charlar . Uno de ellos dijo: “¿Qué estabas pensando ayer, querido hermano, en este mismo lugar cuándo pasamos por aquí?”. El otro reveló a su hermano el secreto de su corazón. Y el primero contestó: “Yo pensaba exactamente lo mismo”. Luego, traspasados por los remordimientos, volvieron al hombre de Dios , y despreciando las pompas mundanas y pisoteando todas sus ostentaciones, comenzaron a vivir una vida espiritual en su compañía, inclinando humildemente el cuello de sus corazones para llevar el dulce yugo de Cristo.

¿Quién duda que su conversión se debió a los méritos del Bienaventurado Roberto? Como lo probará lo que vamos a decir, serían instruidos por sus enseñanzas en la disciplina regular. Dios, que consuela al humilde, multiplicó el número de sus servidores, de modo que en un breve espacio de tiempo llegaron a ser siete- cuyo número indica los siete dones del Espíritu Santo- por lo que reconocemos que la salvación de muchos se realizó a través de su siervo el Bienaventurado Roberto. El mismo Espíritu preparó a estos siete hombres, como siete columnas de la morada espiritual y a través de ellos empezó a resurgir el orden monástico. Alimentándose con la savia de la gracia empezaron a producir frutos espirituales. Y si se pensaba que estaba ya agotado, la esencia de la gracia todavía germinó y produjo hojas como una planta joven.

Cómo el Bienaventurado Roberto Regó a ser Abad de Tonnerre

Mientras tanto, el Bienaventurado Roberto se hizo famoso por santidad y gracia ante Dios y los hombres, y fue elegido Abad por los monjes del monasterio de San Miguel de Tonnerre. Estos ermitaños no tenían a nadie que pudiera instruirlos en la disciplina regular, y cuando se enteraron de la reputación del hombre bienaventurado, se apresuraron a enviar a dos de sus hermanos para entrevistarse con él. Cuando llegaron al lugar donde el hombre de Dios servía fielmente a Dios, encontraron al Prior de la casa para escuchar. Le hicieron saber el propósito que los animaba y la causa de su viaje, y con mucha dificultad e innumerables súplicas lograron que les oyera en un lugar secreto. El antiguo Prior había sido atravesado por la espada de la envidia, y pensaba para sí que saldría perdiendo si el Señor lograba el provecho de los otros por el loable trabajo de su servidor. Por consiguiente logró convencer a los hermanos de la casa y a los compañeros del abad, para que no consintieran en la petición de los hermanos que habían ido a buscar al hombre de Dios para hacerlo su superior. Sin embargo, el Bienaventurado Roberto, cuando aceptó su proposición y sus justas esperanzas, quiso satisfacer sus deseos sólo con la condición de que los hermanos de Tonnerre se lo pidieran por unanimidad. Instruidos por tan sanas amonestaciones, les acompañó con sus oraciones y les fortaleció con su bendición, y los envió a su lugar de origen. Les infundió la esperanza de que tan pronto como el Señor le diese la oportunidad, les llenaría de alegría con su presencia.

Es grato reflexionar aquí brevemente en los planes de Dios. Aunque su propósito fuera santo y su deseo conveniente, se fue retrasando para que el deseo fuese creciendo; y así cuando lograran lo que buscaban, lo apreciarían más y lo observarían convenientemente.

El hombre del Señor seguía meditando, no en las cosas terrenas sino en las de Dios. Cuando vio que los hermanos de aquel lugar abandonaban los caminos de justicia, temió que la compañía del mal contagiase con tal plaga al que irradiaba sencillez, y convirtiese la faz de su hermosa alma en algo horrible, pues en las costumbres suelen influir aquellos con quienes se convive. Así que partió hacia el monasterio de Celle, de donde había salido. Allí dejó un tiempo el trabajo de Lía y gozaba de los deseados abrazos de su amada Raquel, bebiendo de las fuentes de la salvación, lo que después concedería a los fieles para su salvación.

Cómo lo nombraron Prior de Saint Ayoul

Como una ciudad construida sobre una montaña no puede estar oculta, el Bienaventurado Roberto, firmemente enraizado y teniendo como base la montaña de Cristo, fue elegido de nuevo, a la muerte del Prior de Saint Ayoul, pastor del humilde rebaño de Cristo. Fue elegido prior con el voto y el deseo unánime de los hermanos. Estos eremitas, animados por el amor de una vida celestial, cuando vieron que el hombre de Dios hacía constantes progresos hacia Dios y en sí mismo, se reunieron en consejo y enviaron a dos de los hermanos a la Sede Apostólica para obtener del Sumo Pontífice, por sus plegarias, que el hombre de Dios, el Bienaventurado Roberto se convirtiese en el pastor y padre del pequeño rebaño de Cristo. Sabían que era un crimen contradecir al Sumo Pontífice, o que actuaban imprudentemente si iban contra sus órdenes. El Sumo Pontífice oyó su proposición y se alegró enormemente. Amablemente aprobó su petición y fortalecidos con la bendición apostólica, los envió muy alegres a su casa. Escribió una carta apostólica al Abad de Celle autorizándole que cualquiera de los hermanos que fuera elegido lo recibieran como abad. El Abad de Celle, sabiendo que el Sumo Pontífice lo ordenaba, entregó al Bienaventurado Roberto a los que se lo solicitaban. Roberto quedó triste y apenado pero no se atrevió a desobedecer el mandato apostólico. Vio que su tribulación y la de lo suyos era consuelo para otros, porque una firme e incorruptible columna de cedro era llevada de su casa.

Cómo fue superior de los ermitaños

El Bienaventurado Roberto aceptó el cargo de pastor con buena voluntad, viendo que su trabajo era fructífero, porque el rebaño despreciaba unánimemente las cosas terrenales y buscaba sólo las del cielo, obedeciendo a sus saludables consejos. Por lo cual se unió de nuevo a Lía en la vida activa con el propósito de formar hijos espirituales. En su interior servía al Señor con espíritu de humildad, pero exteriormente cumplía su ministerio con gran energía. En aquel lugar que ahora llaman Colan, sirvieron al Señor en hambre y sed, con frío y desnudez, con ayunos y oraciones, llevando el peso de los días y del calor con ecuanimidad, sembrando con lágrimas para alegrarse cuando trajeran al granero del Señor gavillas de justicia. La vista de los compañeros de trabajo es un consuelo para el trabajador; y Dios, que vela y contempla los deseos de los humildes, multiplicó a sus siervos tan rápidamente que Regaron a ser trece, e imitaban a los Apóstoles, en cuanto podían, por las buenas costumbres y el número.

Cómo el hombre bienaventurado fundó Molesmes

Roberto, el hombre del Señor, considerando lo inadecuado del lugar, dejó allí algunos vigilantes y tomando a los hermanos se retiró a un bosque llamado Molesmes. Trabajando con sus propias manos, cortaron ramas de los árboles, y construyeron con ellas un albergue donde podían vivir en paz. Hicieron luego un oratorio con los mismos materiales, donde ofrecían a Dios con espíritu contrito, víctimas y sacrificios. Como no tenían pan, cuando tenían que comer para restaurar sus fuerzas, después de una jornada laboriosa, comían solamente legumbres.

Los visita el Obispo de Troyes

Sucedió que el Obispo de Troyes viajaba a través del bosque donde estos hombres de Dios servían al Señor con suma pobreza y humildad, y llegó al lugar con numeroso cortejo a la hora de la comida. Los hombres de Dios los recibieron con muchas atenciones, pero preocupados porque no tenían nada para darles de comer. El Obispo quedó edificado por su humildad y pobreza y lleno de remordimientos les dijo adiós y continuó su camino.

Cómo el Bienaventurado Roberto envió hermanos a Troyes sin dinero y descalzos

Pasado algún tiempo como los hermanos no tuvieran nada para subsistir, pidieron consejo al Bienaventurado Roberto. Este que nunca basaba su fuerza en las riquezas ni las conocía, dijo: “Tú eres ” confianza”, y les enseñó a confiar en Dios, pues sabía que Dios no permite que el alma de un justo sea afligida por el hambre durante mucho tiempo. Aunque no tenían dinero los envió a Troyes a comprar alimentos, basándose en el consejo del profeta: “Los que no tenéis dinero, venid, daos prisa para comprar y comer”. Cuando entraron descalzos en la ciudad de Troyes, llegó la noticia hasta el Obispo. Este hizo que los condujeran a su presencia, los recibió cariñosamente, y mostró su amor a Dios atendiendo las necesidades de los siervos de Dios. Los vistió con vestiduras nuevas de acuerdo con la Regla, y los envió a sus hermanos con un carro cargado de ropa y alimentos. Los hermanos quedaron grandemente confortados por aquellas bendiciones, y aprendieron así a ser pacientes en las adversidades; y desde aquel día siempre hubo alguien que les ayudó en las necesidades de alimento y vestidos.

Su traslado a Aux

Siguieron perseverando en el servicio de Dios con gran constancia, y atrajeron a muchos que huían del mundo, rechazando su carga y colocando su cuello bajo el dulce yugo del Señor. Algunos les enviaban desde países lejanos lo que necesitaban, con el fin de recibir la recompensa del justo, porque en la presente vida proporcionaban al justo todo lo necesario para sobrevivir. Pero la abundancia de cosas da lugar a la indigencia moral, y cuando empezaron a poseer en abundancia los bienes materiales, se encontraron espiritualmente vacíos y su maldad crecía como la espiga del trigo. El Bienaventurado Roberto no ponía su corazón en la abundancia de riquezas, sino que trataba de ir progresando en Dios, viviendo rectamente y con una vida sobria y piadosa según la Regla de San Benito. Cuando los hijos de Belial vieron esto se levantaron cruelmente contra el hombre de Dios, provocándolo a la amargura y crucificando el alma del justo con sus malas acciones. Lector, te suplico que no te escandalices si te digo que el mal reinaba en esta santa comunidad, pues el orgullo se apoderó de las mentes celestes, alejándolas del país celestial y llevándolas a su propio terreno; y sepultó entre polvo y cenizas a los que acostumbraban a estar entre púrpura y fino lino. Las Sagradas Escrituras nos enseñan que un día, los hijos de Dios, se presentaron ante Dios, y Satán estaba en medio de ellos. En la Iglesia siempre habrá justos que progresan y malvados que sirven de tropiezo. Cuando el hombre de Dios vio que sus correcciones eran infructuosas y que la observancia de la disciplina regular se dejaba a un lado, yendo cada uno por el camino que su depravado corazón le trazaba, decidió abandonarlos, no sucediera que procurando vanamente obtener algún provecho espiritual de ellos, él perdiera su propia alma. Surgió una discordia entre ellos, y se retiró a un lugar llamado Aux, donde había oído que vivían hermanos sirviendo al Señor con espíritu de humildad. Cuando llegó fue devotamente recibido y vivió con ellos durante algún tiempo, trabajando con sus propias manos, para tener algo que dar a los que sufrían necesidad. Era incesantemente ferviente en vigilias y oraciones y servía al Señor incansablemente. Aunque superaba a todos en santidad, servía a todos y se tenía por el último de todos. Por estas razones poco tiempo después fue elegido abad., y procuró actuar como superior con la mayor modestia, sin ejercer dominio sobre el grupo, sino siendo con todo el corazón un modelo para el rebaño, cuidando a los débiles y animando a los fuertes.

Cómo fue reclamado a Molesmes

Mientras tanto, los monjes de Molesmes, arrepentidos por haber ofendido al hombre de Dios, y haberío apartado de ellos por su desobediencia, deploraban su ruina moral y material. Experimentaban en sí mismos cómo por los méritos del Bienaventurado Roberto el Señor les había concedido la abundancia, incluso en bienes temporales. Habiéndose reunido en consejo se llegaron al Sumo Pontífice, y apoyados en su autoridad llamaron al hombre de Dios a Molesmes. Una vez allí, intensificó la oración y el ayuno, y estimuló a sus súbditos de tal modo con el celo de Dios, que en poco tiempo reformó la observancia de la disciplina monástica.

Había entre ellos cuatro hombres muy fuertes de espíritu, es decir Alberico y Esteban, y otros dos, a los que, después de practicar los ejercicios elementales del claustro, les atraía la vida solitaria del desierto. Dejaron el monasterio de Molesmes y llegaron a un lugar llamado Vivicus. Después de haber vivido allí durante cierto tiempo, bajo la instigación de los monjes de Molesmes, recibieron de Joceran, Obispo de Langres, una sentencia de excomunión si no volvían.

Establecen su residencia por primera vez en Citeaux

Obligados a abandonar el lugar del que antes hemos hablado, llegaron a una zona boscosa llamada Citeaux por sus habitantes. Construyeron un oratorio en honor de la Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, y en lo sucesivo ni las amenazas ni los ruegos pudieron apartarlos de su propósito. Sirvieron a Dios noche y día con espíritu ferviente y sin desfallecer.

Cómo el Bienaventurado Roberto se trasladó a Citeaux

Cuando el Bienaventurado Roberto oyó hablar de su santa vida, tomando consigo a veintidós hermanos, se unió a ellos, para participar en su propósito y ayudarles. Le recibieron cariñosamente y él los dirigió durante algún tiempo con solicitud paternal, enseñándoles a vivir y actuar de acuerdo con la Regla, sirviéndoles siempre de ejemplo y modelo tanto en observancia religiosa como en bondad.

Cómo volvió desde Citeaux a Molesmes

Los monjes de Molesmes estaban disgustados por haber perdido tan buen pastor y visitaron al Sumo Pontífice con el propósito de que el Bienaventurado Roberto, hombre de Dios, fuese obligado a volver a la iglesia de Molesmes que él había fundado. Cuando el Sumo Pontífice oyó que la nueva fundación Cisterciense había echado fuertes raíces, se alegró enormemente y comprobó que abundaba en buenas obras, y que animados por el ejemplo del Bienaventurado Roberto, observaban la Regla de San Benito con gran fervor. Viendo que los monjes de Molesmes iban a desaparecer si se les privaba de la presencia del hombre de Dios, escribió al Arzobispo de Lyon con el fin de nombrar otro Abad para Citeaux y obligar al Bienaventurado Roberto a volver a Molesmes.

Cuando se enteró de esto, el Bienaventurado Roberto, que sabía que la obediencia es preferible al sacrificio y que el incumplimiento es semejante al crimen de idolatría, habiendo realizado las disposiciones pertinentes a la observancia del nuevo instituto, nombró abad a Alberico, hombre loable a Dios, que había sido uno de los primeros monjes de las iglesia de Molesmes. Entonces, dejando todo bien dispuesto, volvió al monasterio de Molesmes, que él había fundado en honor de la Virgen María. Cuando Alberico murió dos años después, le sucedió Esteban, nombrado abad de los Cistercienses por el Bienaventurado Roberto. Como era el fundador del nuevo monasterio, la administración de ambas casas (Molesmes y Citeaux) quedó bajo su mando.

Volvió a Molesmes con dos monjes: los Cistercienses lloraron su marcha, mientras que los monjes de Molesmes se alegraban de su vuelta. Una enorme multitud le dio la bienvenida en la ciudad de Bar-sur Seine y le recibió con gran bullicio y alabanzas a Dios. Roberto, sin embargo, con su pequeño rebaño, principalmente el grupo de Molesmes, entró en el lugar que le había sido preparado por Dios. Glorificó con gran fervor a la divina providencia que había dispuesto todo. Con amor de padre educó el rebaño que le habían asignado, enseñándoles las enseñanzas de la Regla; más bien se convirtió en un ejemplo viviente de la Regla, viviendo entre ellos conforme a la Regla. Cómo este hombre santo emigró de la prisión de la carne y con qué señales mostró el Señor que su muerte era agradable a sus ojos lo expondré más ampliamente a su caridad.

Fallecimiento del Bienaventurado Roberto

Como el Bienaventurado Roberto había luchado en muchas batallas a favor del Señor, se encontraba fatigado por el tedio de la vida presente y anhelaba con ardiente deseo morir y estar con Cristo. Dios oyó sus plegarias y efigió revelarle la hora de su partida muchos días antes, como él lo había deseado. Roberto, sabiendo que ésta era inminente, se lo comunicó a sus hermanos. Aquejado algún tiempo por una enfermedad corporal, acumuló méritos con la virtud de la paciencia, gloriándose de su enfermedad y preparando una grata morada al poder de Cristo. A sus ochenta y tres años, el 17 de abril, su cuerpo volvió a la tierra y su espíritu lo entregó a Dios, a cuyo servicio se había entregado incansablemente. La tierra lloró y el cielo se alegró. Sus hijos, los monjes de Molesmes, de los que había sido solaz y alegría, asistieron devotamente a los ritos funerarios de su reverendo padre llorando amargamente. No dudaban de que recibiría la recompensa celestial por sus méritos, ni que ellos recibirían favores a través de dichos méritos. Pero estaban angustiados porque la presencia de su padre no les alumbraba ya con su luz. Y como por sus obras santas, mientras permaneció en la tierra, había probado que era hijo de la luz, Dios hizo saber en el momento de su muerte cuánto lo estimaba.

Extraído de:

Vita Roberto