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San Inocencio de Alaska

by en 17 febrero 2010

San Inocencio de Alaska

Se puede leer en los registros del estado de Anginskoe, del distrito de Irkoutsk, en Siberia Oriental, esta común inscripción: el 26 de agosto de 1797, la mujer del sacristán de la iglesia San Elías el profeta, Eusebio Popov, ha dada nacimiento a un hijo que ha sido denominado Juan.

Así comienza la vida terrestre de aquel que sería el gran y santo obispo Inocente Veniaminov. Su padre, que tenía una salud mala, se ocupó él mismo de la instrucción del niño desde que éste alcanzó la edad de 5 años, y en menos de un año supo leer y escribir. Eusebio murió poco después, a la edad de cuarenta años, dejando a su mujer y sus cuatro niños en una gran privación. Su hermano, Dimitri Popov, diácono de la misma parroquia recogió a los niños y tomó en sus propias manos su educación. Juan era muy dotado, tanto es así que a la edad de siete años estuvo a cargo de la lectura de la epístola durante la Divina Liturgia y lo hacía con una voz tan clara y tan vibrante que los parroquianos eran fuertemente edificados. Frente a estos sucesos y al cariño que todos tenían por él, su madre intentó hacerlo nombrar en el puesto de su padre, que estaba vacante, lo que permitiría subvencionar las necesidades de la familia. Pero ésta no era la voluntad de Dios. A la edad de nueve años, Juan, cuya inteligencia estaba llena de promesas, fue enviado al seminario teológico de Irkoutsk.

En el seminario, Juan se hizo rápidamente el mejor alumno de su clase. Él era grande, gallardo y de una bella apariencia, pero su carácter estudioso, y su madurez precoz, no lo hacían muy popular entre sus condiscípulos, y además pasaba gran parte de sus horas de ocio en el taller de mecánica del padre David. Adquirió así un conocimiento de mecánica que le sería muy útil luego. El joven hombre leía mucho; sobre todo obras espirituales, le gustaba estudiar historia, astronomía, botánica y otras materias científicas.

El año 1817 representa un momento decisivo para el joven hombre. Tenía que elegir, en esta época, entre el matrimonio y los estudios superiores. Optó por el matrimonio y esto cambió el curso de su vida. Terminó sus estudios en el seminario en 1818. Juan había sido ordenado diácono en 1817 y destinado a la Iglesia de la Anunciación de Irkoutsk. Cuando terminó sus estudios en el seminario, fue nombrado profesor en la escuela parroquial. Fue el 18 de mayo de 1821 cuando fue ordenado presbítero. Durante el corto período de alrededor dos años donde fue presbítero de parroquia, ganó el amor y la estima de sus fieles que no olvidaron jamás, su bondad, su trabajo pastoral, y los oficios serenos y llenos de gozo que él celebraba.

En 1823, el Santo Sínodo pidió al obispo de Irkoutsk, nombrar un presbítero para la isla de Unalaska (isla del Archipiélago de las Aleutianas, que prolonga Alaska) cuyos habitantes habían abrazado la fe cristiana. El padre Juan Veniaminov había conocido a Juan Krukov, un ruso que había vivido en Unalaska, con los aleutianos, durante casi cuarenta años. Volvió a Irkoutsk para intentar convencer a un presbítero para ir a Unalaska. El padre Juan cuenta: “yo estaba presente cuando Jean Krukov se despidió del obispo. Comenzó a hablar del ardor de los aleutianos en la plegaria y en la audición de la palabra de Dios (¡que el nombre de Dios sea bendito!). De repente yo me sentí lleno, como de un fuego devorante, del deseo de ir hacia esa gente. Me acuerdo claramente como ardía de impaciencia esperando el momento de informar al obispo de mi intención, y como éste pareció estar sorprendido, respondiéndome simplemente ‘veremos…’”

El obispo, no queriendo perder a un presbítero tan excelente, hizo esperar su decisión durante un cierto tiempo. Finalmente, viendo que el joven presbítero estaba resuelto a partir, le dio su bendición y lo nombró misionero para la región de Unalaska. Fue el 7 de mayo de 1823 que con un pequeño grupo partió para la extraordinaria aventura. Este estaba compuesta por cinco personas: el padre Juan, su mujer y su pequeño hijo Kenya, la madre de su mujer y el hermano del padre Juan, Esteban, ordenado lector antes de la partida. Se detuvieron en la ciudad natal del padre Juan, donde este último celebró la Divina Liturgia y dijo las plegarias especiales para los viajeros. Llegaron al río Léna el 9 de mayo y, el 29 de julio de 1824, un año y dos meses después de haber dejado Irkoutsk, nuestros peregrinos llegaron finalmente a su destino. El padre Juan Veniaminov, primer presbítero de esta región del mundo, había llegado a su parroquia.

Una de las primeras tareas del padre Juan fue la de construir una gran iglesia. Los Aleutianos estaban llenos de admiración frente a la habilidad y la destreza de su presbítero y mostraron un gran deseo de aprender todo lo que él podía enseñarles. El padre Juan construyó el iconostasio y el altar con sus propias manos. La iglesia fue acabada después de un año de trabajo y consagrada el 29 de julio de 1826 a la Ascensión de Nuestro Señor.

Otra tarea muy importante fue la de aprender la lengua del país y la de familiarizarse con los numerosos dialectos de esta inmensa parroquia. La Iglesia Ortodoxa siempre consideró como una necesidad imperiosa traducir las Santas Escrituras, los servicios litúrgicos y toda la enseñanza de la fe en las lenguas locales. El presbítero Juan consiguió rápidamente aprender el dialecto Fox de la lengua aleutiana, hablada en Unalaska. Este hombre remarcable comenzó muy pronto a crear un alfabeto y dar una forma escrita al lenguaje de los aleutianos. Compuso la primera gramática y tradujo –y escribió- varios libros, que comprendían manuales profesionales y técnicos, libros de clase, asi como textos litúrgicos.

La parroquia de Unalaska se extendía sobre una extensa distancia, comprendiendo numerosas islas. El padre Juan hacía sus rondas en pequeñas piraguas aleutianas (Bidarka), donde se debía encontrar muy estrecho. El clima era excesivamente rudo: nieblas y vientos muy fuertes casi todo el año, con cincuenta días por año, como máximo, de buen tiempo.

Él relata un episodio extraordinario de uno de sus viajes, que revela el fervor profundo con el cual ciertos aleutianos acogían la fe ortodoxa, lo sagrado no estaba ausente de sus vidas antes de la llegada del presbítero.

“En 1828, cuenta el padre Juan, me fui en bidarka a la isla de Akun. Fue durante la Gran Cuaresma y debía preparar a los aleutianos a la Santa Comunión. Cuando me aproximaba a la isla, me sorprendí de ver a los habitantes de la ciudad, reunidos sobre la costa, vestidos con sus más bellos vestidos esperándome. Ante mi asombro me explicaron que ellos sabían que yo llegaba y vinieron a desearme la bienvenida y a manifestarme su gozo. El shaman, el viejo Smirennikov, les dijo que yo debía llegar ese día para hablarles de Dios y enseñarles cómo rezar. Él me había descrito exactamente sin haberme visto jamás.”

Diez años de fecundo trabajo transcurrieron para el padre Juan en Unalaska. Durante este período, reeditó su famoso sermón Sobre la vida que lleva al Reino de Dios, en dialecto Fox-aleuta, traducido después en Tlingit, en francés y en inglés y que tuvo 46 ediciones en ruso. Su Catecismo y su Historia sobre la Iglesia del Cristo han sido también publicadas en Tlingit, pero su obra más famosa sobre el plano internacional es su libro de 658 páginas Notas sobre las islas de la región de Unalaska. Este libro, dividido en tres partes: dos sobre los aleutianos y una sobre los Tlingit, contienen informaciones científicas muy extendida en los dominios de la etnología, la topografía, la climatología, la mineralogía, la demografía, así como estadísticas importantes e informes sobre la flora, la fauna y las costumbres nacionales. Todos los manuales utilizados en la escuela estaban escritos por él. Es con una gran humildad que el padre Juan señala: “yo debo más a los aleutianos, por mi trabajo, que lo que ellos me deben, y no los olvidaré jamás.” Es necesario agregar que los aleutianos tenían un gran amor por su presbítero, lo seguían por todas partes y lo escuchaban sin cansarse.

El padre Juan y su familia pasaron los primeros años de su estadía en una choza subterránea esperando que se termine la casa de madera que el padre Juan construía. Todo en la casa fue hecho por él, incluso el reloj. No estaba nunca inactivo, pasaba sus tardes trabajando de mecánico o enseñando a los niños. Amaba llevarlos a hacer largos paseos y hacerles conocer la naturaleza.

Al cabo de diez años de esta vida, el padre Juan se mudó a la nueva Arkhangelsk (hoy Sitka). Él y su familia llegaron allí en 1834 durante la gran epidemia de viruela que se llevó mas de diez mil personas de Alaska meridional. Mas de la mitad de la población Tringlit pereció.

La epidemia no tocó la región de Sitka mas que en 1836. El padre Juan aún no había podido establecer con los Tringlit lazos de amistad que le hubiesen permitido penetrar en sus casas. No se lamentó de esto pues, como dirá más tarde: “Imaginaos lo que hubieran pensado los Tringlit si la epidemia se hubiese repartido después de mi visita a sus hogares” Sin embargo fue esta epidemia la que le permitió ganar la confianza y la amistad de sus habitantes. Comenzó a hablar su lenguaje e intentó, después de un cierto tiempo, hacerles aceptar la vacunación, a la cual ellos eran muy hostiles. Los shamanes estimularon, por otra parte, esta reticencia. Sin embargo, al cabo de poco tiempo, los Tringlit advirtieron que la enfermedad afectaba menos a los rusos que a ellos. Comenzaron, en fin, a comprender que el presbítero ruso intentaba sinceramente ayudarlos y venían entonces a pedir ser vacunados.

El padre Juan acompañó al médico, el doctor Bliashke, en las ciudades donde vacunaron a todos aquellos que así lo quisieron. El hecho de que la epidemia terminó poco tiempo después de la campaña de vacunación impresionó profundamente a los Tringlit, que se mostraron desde ese entonces muy dispuestos a escuchar al presbítero, tanto más cuanto que este último les hablaba en su propia lengua. El padre Juan se puso con su ardor habitual a traducir los libros Santos en Tringlit, a abrir escuelas y a establecer programas de instrucción para los adultos.

Para subvencionar las necesidades de la misión, creó un taller de mecánica, donde se fabricaban organillos para exportarlos a los territorios españoles de California. A los Tringlit y los Haidas les gustaba la tecnología y se mostraron llenos de celo para secundar a su presbítero. Durante cinco años, trabajó sin descanso, con amor y paciencia, para hacer en este nuevo lugar lo que ya había cumplido en Unalaska. Es durante este período que escribió sus Notas sobre el Tringlit, el Konlak y otras lenguas de la América Rusa.

Este gran misionero llevó asi una multitud de hombres a la Iglesia, preocupandose siempre profundamente de sus necesidades espirituales. En primer lugar deseaba asegurar la continuidad de la vida eucarística y de la participación a todos los sacramentos. Para esto se necesitaba numerosos libros en el lenguaje del país y presbíteros para servir las parroquias diseminadas en un extenso perímetro. Las comunicaciones con el Sínodo de la Iglesia Rusa, a varios miles de kilómetros, era difícil y muy lenta. Entonces, el padre Juan, decidió emprender el largo y penible viaje a San Petersburgo pasando por el cabo Horn y el mar Báltico. Su familia retornó a Irkoutsk quedándose solo con él su hija Thekla. El navío San Nicolás levo anclas en la Bahía de Sitka el 8 de noviembre de 1838. El viaje debió durar ocho meses.

En San Petersburgo, el padre Juan presentó sus peticiones al Santo Sínodo y, esperando sus decisiones, emprendió la tarea de hacer conocer al pueblo ruso Alaska y las misiones ortodoxas. Visitó diversos centros y fue después a Moscú para encontrarse con el Metropolita Filareto. La simpatía entre los dos hombres fue inmediata. El Metropolita decía a menudo de Veniaminov: “hay algo de apostólico en este hombre.” Finalmente, mucha gente se interezó en sus asuntos y una suma considerable se reunó para la misión.

Cuando el padre Juan volvió a San Petersburgo en el otoño, supo que sus pedidos habían sido aceptados: sus traducciones serían publicadas, presbíteros serían enviados a Alaska, y la misión sería sostenida.

Durante la Navidad de 1839, el presbítero Juan fue elevado al rango de archipreste. Todo parecía sonreírle cuando un correo de Irkoutsk le comunicó que su mujer bienamada había muerto. El metropolita Filareto que tenía por él una gran estima, le aconsejó, entonces, hacerse monje, pero en su dolor, el padre Juan, no sabía que decisión tomar: tenía seis hijos según la carne y miles de hijos espirituales. Decidió irse a Kiev, la antigua ciudad santa, y rezar para pedirle a Dios guiarlo.

Volvió con la resolución de aceptar la tonsura monástica. Se le concedieron becas a sus hijos: sus dos hijos fueron inscritos en la Academia Teológica de San Petersburgo y sus cuatro hijas en un excelente pensionado. El 29 de noviembre de 1840, el padre Juan se hizo monje tomando el nombre de Inocente, como San Inocente de Irkoutsk, el primer santo patrono de Alaska.

Entretanto, el Santo Sínodo había elevado la misión de Alaska al rango de obispado. El emperador Nicolás habiendo elegido entre tres candidatos, designó a Inocente Veniaminov como obispo de Alaska. Es el 15 de diciembre de 1840, en la Catedral del icono de Kazan de la Theotokos, que el padre misionero fue consagrado obispo de Kamtchatka y de las islas Kuriles y Aleutianas, haciéndose en nombre y en hecho, apóstol de los alaskanos????

El nuevo obispo partió hacia la nueva Arkhangelsk (Sitka), el 10 de enero de 1841. Se detuvo en Irkoutsk para rezar sobre la tumba de su mujer, aquella que había sido su compañera de tantos años de pena y gozo compartidos. Los ciudadanos de Irkoutsk le hicieron un recibimiento entusiasta. Muchos de entre ellos se acordaban aún del presbítero de parroquia caluroso, lleno de amor y de compasión. Las campanas de las iglesias sonaron y todo el clero vino a ofrecerle votos de larga vida. Celebró la Divina Liturgia y un servicio de acción de gracias en su antigua parroquia.

El obispo Inocente Veniaminov llegó a la nueva Arkhangelsk el 27 de septiembre de 1841. Se puso rápidamente a trabajar con impetuosidad, para recuperar los tres años de ausencia. Para comenzar tomó la decisión de hacer reconstruir la vieja iglesia de San Miguel Arcángel, construida en 1816 por el padre Alexei Sokolov, y que cayó en ruinas. Puso la primera piedra de un seminario que continuó existiendo hasta 1859. Hizo construir numerosas escuelas para los Tringlits, así como un orfelinato e hizo con sus propias manos una gran parte de los bellos muebles de esta residencia.

Su diócesis era inmensa, saltando los mares septentrionales de un continente a otro. Los habitantes pertenecían a tribus nómadas o seminómadas y los pueblos y ciudades se encontraban diseminadas en extensas regiones salvajes aún poco conocidas. A pesar de esto, el apóstol de Alaska, estaba resuelto a ocuparse personalmente de su rebaño. Emprendió entonces largas y azarosas jornadas para ir de visita a las más lejanas extremidades de su territorio. Es así que necesitó tres meses para llegar a Petropavlovsk en Kamtchatka (ciudad fundada por Vitus Bering, que da su nombre al estrecho). Por todos lados este buen pastor fundaba escuelas, tanto que los indígenas tuvieron rápidamente una tasa de alfabetización superior a aquellos rusos que habitaban en Siberia. El famoso comerciante de libros itinerante I. I. Golubev, afirma que él distribuyó más de 18.000 libros en la diócesis del obispo Inocente en el curso de una sola jornada, lo que constituía un buen testimonio sobre la obra educatriz del apóstol.

Inocente logró en 1844 poner en obra la construcción de una nueva catedral que fue terminada en 1848 y consagrada durante la fiesta de la Entrada de la Madre de Dios al Templo. Inmediatamente después hizo construir una iglesia Tlingit en el pueblo de esta comunidad.

Dos años más tarde, el obispo, fue elevado al rango de arzobispo y mudado a Yakoutsk. La archidiócesis incluía ahora Alaska y Kamtchatka. En Yakoutsk, el infatigable Inocente, comenzó la traducción de los Libros Santos y los oficios en la lengua Yakoutsk. El 19 de julio 1859 el arzobispo mismo celebró gozosamente la Divina Liturgia y leyó el evangelio en lengua Yakoutsk por primera vez. Los habitantes estaban tan gozosos que pidieron permiso para agregar esta fecha al calendario de las fiestas de la Iglesia. Traducciones en lengua Tungus fueron igualmente hechas en esta época.

En junio 1857, Inocente volvió a San Petersburgo para participar del Concilio General de Obispos. Fue entonces que dos obispos fueron designados para asistirlo en su tarea: el obispo Pablo para Yakoutsk y el obispo Pedro para Sitka. Sobre el camino de retorno el arzobispo pasó por la región del río Amour, visitando las parroquias y comunidades para juzgar sus situaciones y sus necesidades espirituales. Todo a lo largo del río, en cada ciudad, se detenía para celebrar los oficios.

Le sucedía, además, de pedir bruscamente que se parara el barco en una aglomeración costera y se ponía a predicar a todos aquellos que se encontraban allí. Nada quedaba oculto al pastor: viajaba y comprendía todas las miserias y todas las necesidades del pueblo tanto sobre el plano material como sobre el plano espiritual.

Finalmente, sentía tal compasión por toda esta gente que decidió vivir entre ellos. El 1862 se instaló en Blagoveshchensk. El cansancio y la edad comenzaron a hacer sentir sus efectos y la vista de Inocente descendió mucho. Creyó necesario pedir al Santo Sínodo permiso para tomar su retiro. Pensó que los fieles tenían necesidad de un obispo más joven y más enérgico. Pero Dios decidió otra cosa una vez más. El 19 de noviembre de 1867 el Metropolita Filareto rindió su alma bendita a Dios. El Sínodo y los otros obispos fueron unánimes en pensar que el arzobispo Inocente debía sucederlo.

Cuando recibió el mensaje pidiendole ir inmediatamente a Moscú, fue fuertemente turbado. Pero había sido siempre obediente a la voluntad de Dios y después de una noche de plegaria, comenzó los preparativos del viaje. Su viaje a través de Siberia fue triunfal pues era profundamente amado y venerado. Por todos lados multitudes lo acogían con lágrimas y plegarias, mirando partir a su buen pastor y sabiendo que ellos no volverían a ver en este mundo su rostro bendito.

El 25 de mayo de 1868, a las 21 y 30 hs., las campanas de Moscú comenzaron a sonar para anunciar que el nuevo Primer Jerarca entraba en la ciudad. Al día siguiente hizo oficialmente su entrada en su Catedral, la antigua Catedral de la Dormición. Tomando la palabra con mucha humildad, durante la ceremonia de entronización, declaró: “¿quién soy yo para osar tomar la palabra y asumir la autoridad de mis predecesores? Un estudiante de otra época, viniendo de un país lejano, que pasó más de la mitad de su vida en la frontera; que no es más que un modesto obrero en la Viña del Señor, un maestro para los niños y para aquellos que son firmes en la fe.”

El prelado ahora anciano, de más de 72 años, olvidando que estaba enfermo, extenuado y casi ciego, se puso a la tarea con la fe, esperanza, amor y entusiasmo del que siempre hizo prueba. Reorganizó la administración de la Iglesia Rusa, las escuelas fueron mejoradas, nuevos organismos de asistencia a los orfelinatos, a las viudas y a los indigentes fueron creados; los hospitales y asilos recibieron un mejor equipamiento y sus administraciones se hicieron más humanas. En 1869 dio una vida nueva a la sociedad ortodoxa misionera, que estaba desorganizada, y la puso en la medida de ir en ayuda de las parroquias misioneras.

El Metropolita Inocente tenía la edad de 81 años en 1879. Consagró 58 años de su vida al servicio de la Iglesia del Cristo y estaba ahora ciego y débil. Hacia el fin de la Gran Cuaresma sintió que la muerte se aproximaba. Estaba preparado. En el anochecer del 30 de marzo, pidió al padre Arsenio, que se ocupaba de él, leerle las plegarias para la partida del alma, y al alba del Sábado Santo el alma del venerable misionero quitó su cuerpo para el gran Pasaje, la eterna Pascua. Sus últimas palabras resumen toda su vida: “que no se pronuncien elogios en mis funerales sino que se glorifique, más bien, la palabra del Señor. Y se haga un sermón que edifique sobre el tema siguiente: “el Señor guia los pasos del hombre” (Sal 36:23).

Él reposa en el cementerio del monasterio de la Santa Trinidad San Sergio, al costado de la tumba del Metropolita Filareto.

Extraído de: Father Alexander

Camino al Reino de los Cielos

Salt of the Earth

Mind of the Fathers


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One Comment
  1. elvis sanchez permalink

    me agrada mucho saber que hay personas interesadas en compartir las vidas misticas de estos seres. Me gustaria entrar en contacto con personas dispuestas a compartir estos temas. Atte . Elvis sanchez. Tlf 005804262862260 venezuela.

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