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Santa Catalina de Siena

by en 26 julio 2009

 

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Vida de Santa Catalina de Siena 

 

Primera parte

Capítulo I

 

De los padres de Catalina y su condición social 

Vivía en la ciudad de Siena, en Toscana, un hombre llamado Jácomo, descendiente de la familia de los Benencasa, un hombre sencillo, leal, temeroso de Dios y cuya alma no estaba contaminada por ningún vicio. Después de haber perdido a sus padres casó con una aldeana llamada Lapa, mujer que no tenía ninguno de esos defectos tan comunes en la actualidad. Era trabajadora, prudente y conocedora de las cosas del hogar; como todavía vive, aquellos que la conocen pueden dar testimonio de sus cualidades. El matrimonio vivió en paz y aunque de clase humilde, gozó de cierta posición entre sus conciudadanos, disfrutando, además, de bienes de fortuna superiores a su categoría social. Dios lo bendijo con numerosa descendencia que ambos cónyuges se encargaron de guiar por los caminos de la virtud.

Como Jácomo -tenemos muchas razones para creerlo -se encuentra gozando de la bienaventuranza, bien puedo yo aquí hacer su elogio. Lapa me ha asegurado que era de condición tan pacífica y tan moderado en sus palabras, que jamás lo vio enojado a pesar de haber sido muchas las ocasiones en que pudo haberlo estado; y cuando algún miembro de su familia daba muestras de estar dominado por la pasión de la ira y se expresaba con palabras violentas, él siempre trataba de calmar a esa persona diciéndole alegremente: «Vamos, vamos; no digas nada malo, y así podrá Dios darte su bendición».

Habíale en cierta ocasión un conciudadano suyo injuriado gravemente reclamándole una suma de dinero que él no le debía, y, empleado la influencia de sus amigos para arruinarle. A pesar de esto jamás quiso que en presencia suya se hablase mal de aquel hombre y, como Lapa manifestase en una oportunidad que eso no era una falta, él le reprochó dulcemente: «-Déjale, querida, en las manos de Dios; el Señor le hará comprender su error y acudirá en nuestra defensa». Pronto tuvieron realización estas palabras; la verdad se descubrió de una manera casi milagrosa; el culpable fue condenado y se reconoció la injusticia de sus acusaciones.

El testimonio de Lapa está por encima de toda sospecha; todos cuantos la conocen la creen incapaz de una mentira por leve que sea esta. Actualmente tiene ochenta años y es tan sencilla y de conciencia tan recta, que aunque quisiera mentir, no podría hacerlo. Los amigos de Jácomo pueden también dar testimonio de su sencillez, de su rectitud y de sus virtudes. Era tan medida en sus palabras, que en su familia, particularmente la parte femenina de ella, no podía tolerar la más ligera incorrección en el lenguaje. Una de sus hijas, de nombre Buenaventura, casó con un joven de Siena, llamado Nicolás. Este joven recibía en su casa a amigos de su edad, cuya conversación era a veces un tanto libertina. Esta fue la causa de que la esposa empezase a sentirse tan deprimida que lentamente empezó a resentirse su estado de salud. Inquirió Nicolás la causa de este profundo malestar, a lo que ella contestó: «-Jamás he oído en la casa de mi padre lenguaje parecido al que se emplea en esta; mi educación ha sido muy distinta, y te aseguro que si las cosas continúan así, pronto acabarán con mi vida».

Tal respuesta inspiró al esposo un gran respeto hacia ella y hacia su familia; prohibió a sus amigos que pronunciasen delante de la joven palabras que pudieran ofender sus oídos. Obedecieron ellos y de esta manera la corrección que reinaba en el hogar de Jácomo sirvió para suprimir la licencia de lenguaje que inficionaba la de su yerno.

La ocupación de Jácomo era preparar los tintes usados para el teñido de lanas, de donde provino su sobrenombre de Tintorero. La hija de este virtuoso artesano estaba destinada a ser esposa del Rey de los Cielos.

Lo relatado anteriormente ha llegado a mis oídos de boca de la misma Catalina, o bien de religiosos o seglares que fueron vecinos, amigos o parientes de Jácomo.

 

Capítulo II

Nacimiento de Catalina. Su infancia. Circunstancias maravillosas 

Lapa dio a luz de un solo parto a dos delicadas criaturas del sexo femenino (1347), y no pudiendo criar a ambas, se vio en la necesidad de confiar una de ellas a manos extrañas. Púsoles los nombres de Catalina y Juana. La segunda no tardó en volver al cielo con la gracia bautismal, y Catalina, que fue la elegida por la madre para criarla a sus pechos, vivió lo suficiente para ser una gran santa y salvar muchas almas con el ejemplo de sus virtudes. Lapa se consoló pronto de la muerte de la otra hija, consagrando a la superviviente sus más tiernos cuidados. Más de una vez reconoció la buena mujer que amaba a esta más tiernamente que a los demás hijos, sin duda, porque fue la única, entre los veinticinco que tuvo, a quien pudo dedicar sus atenciones maternales.

Catalina fue criada como algo que pertenece a Dios desde el instante de su nacimiento. Tan pronto como pudo caminar por sí misma, se la disputaron parientes, amigos y convecinos para llevarla a sus casas, pues cuantos la veían, instantáneamente sentían despertarse en ellos intenso cariño hacia la niña, y querían tenerla a su lado para disfrutar de su discreta conversación y de las gracias infantiles que la adornaban. Encontraban tanto placer en su compañía, que no la llamaban Catalina sino Eufrosina, palabra que significa alegría, satisfacción. Es muy probable que aquellas gentes ignorasen este significado y, por otra parte, ignoraban lo que yo supe más tarde, y es que Catalina había resuelto imitar a Santa Eufrosina, y puede haber ocurrido también que en su media lengua infantil hubiese proferido alguna palabra parecida a Eufrosina, y los que la oyeron, empezaron a llamarla con este nombre.

En su adolescencia se realizó cuanto prometía su infancia. Sus palabras poseían un extraño poder para inclinar las almas hacia Dios. Tan pronto como alguien conversaba con ella, sentía que el corazón se despojaba de tristezas, que olvidaba las penas y los sinsabores de la existencia y una paz inenarrable se apoderaba de su espíritu, algo así como debió ocurrirles a los apóstoles en el monte Tabor cuando uno de ellos exclamó: «Es bueno que permanezcamos aquí». (Bonum est nos hic esse.)

Apenas había cumplido los cinco años recitaba un «Ave María», arrodillándose en cada peldaño de la escalera de su casa, siempre que subía o bajaba por la misma. Desde entonces, según ella misma me manifestó, empezó a elevar el pensamiento de las cosas visibles a las invisibles. Dios se dignó recompensar sus piadosos sentimientos y alentarla para perseverar en ellos, enviándole una maravillosa visión.

Tenía Catalina seis años de edad cuando su madre la envió juntamente con su hermanito Esteban, a la casa de la hermana de ambos, Buenaventura, para llevar a esta un recado. Cumplida la comisión, los niños regresaban a su casa por un lugar conocido por el nombre de Valle Piatta, cuando Catalina, levantando los ojos al cielo, vio frente a ella, en dirección a la iglesia de los frailes predicadores, un espléndido trono ocupado por nuestro Señor Jesucristo, vestido con ropas pontificales y adornada la sagrada frente con una tiara. A su lado estaban San Pedro, San Pablo y San Juan Evangelista. La niña permaneció rígida, extasiada en la contemplación de Aquel, que así se manifestaba a ella para cautivar de una manera más completa su devoto corazón. El Salvador le dirigió una mirada llena de serena majestad, le sonrió con benigna ternura y tendiendo la mano, le echó la bendición en la forma que lo hacen los obispos.

Mientras ella estaba contemplando así a Nuestro Señor, su hermanito Esteban continuó su camino creyendo que Catalina le acompañaba. Al notar que ella se había quedado atrás, volvió la cabeza y vio que la niña permanecía ensimismada mirando al cielo. La llamó entonces y al no obtener contestación, volvió sobre sus pasos y tomándola de una mano, le dijo: «-Vamos. ¿Qué estás haciendo ahí?». Catalina pareció despertar entonces de un profundo sueño, miró a su hermano un instante y le dijo: «-Si hubieses visto lo que acabo de ver yo, no me habrías sacado de tan dulce contemplación». Sus ojos volviéronse de nuevo hacia el cielo, pero todo se había desvanecido con gran sentimiento de Catalina, que empezó a llorar, reprochándose haber bajado la mirada.

A partir de este instante Catalina ya no pareció ser una criatura; sus virtudes, su manera de ser, sus pensamientos fueron superiores a cuanto podía esperarse de su edad. El fuego del amor divino inflamaba su corazón e iluminaba su inteligencia y todas sus acciones estaban de acuerdo con las normas del Evangelio. Según ella misma me manifestó, el Espíritu Santo sin ayuda alguna humana, le reveló la vida que siguieron los Padres del Desierto y le propuso imitase a algunos santos, especialmente a Santo Domingo. Y fue tan grande el deseo que experimentó de seguir su ejemplo, que no podía pensar en otra cosa que no fuese esto, y con asombro de todos, buscaba lugares retirados donde poder castigar su frágil cuerpecito con unas pequeñas disciplinas. Permanecía en constante oración y para ello abandonaba los juegos propios de su edad, sus palabras eran cada día más escasas y acortaba su ración de comida. El ejemplo de Catalina influía sobre otras niñitas de su edad que se reunían para oír sus piadosos razonamientos e imitaban en cuanto les era posible, sus devotas prácticas. Se reunían en una habitación apartada de la casa, practicaban austeridades corporales con ella y rezaban el «Padre Nuestro» y el «Ave María» tantas veces como Catalina les decía. Esto era un preludio de lo que había de suceder después.

Nuestro Señor se dignaba alentar estos actos de virtud por medio de manifiestas gracias. Su madre me dijo, y ella me lo confirmó después, que muchas veces cuando se disponía a subir la escalera de su casa, se sentía trasportada por manos invisibles sin tocar el suelo con los pies y con tanta rapidez, que la buena Lapa temblaba por temor de que fuese a caer. Así llegaba a lo alto de la escalera; este prodigio ocurrió no solamente en presencia de la madre, sino a la vista de otras personas que estaban allí de visita.

El conocimiento de la vida de los Padres del Desierto, que de manera milagrosa le fuera revelado, la indujo a consagrarse a la vida solitaria; pero ignoraba la manera de llevar a cabo este proyecto. Y Dios que la destinaba a llevar otro género de vida, no le facilitó los medios de realizarlo, dejándola con los sueños de su imaginación. Pero consecuente en su propósito, una mañana se puso en camino en busca del desierto y, habiéndose provisto prudentemente de un pan, dirigió sus pasos hacia la casa de su hermana Buenaventura, que vivía cerca de una de las puertas de la ciudad. Salió por fin de esta por primera vez en su vida y tan pronto como alcanzó a ver el valle y notó que las viviendas raleaban, creyó encontrarse cerca del desierto. Siguió andando hasta encontrar una especie de gruta y entró en ella convencida de que había cumplido su deseo. Se arrodilló y oró fervorosamente; pero Dios que aceptaba los piadosos deseos de su esposa, aunque tenía otros designios con respecto a ella; quiso dar muestra de lo gratas que le habían sido sus intenciones. Apenas había empezado su fervorosa oración, fue levantándose lentamente del suelo hasta tocar con la cabeza la bóveda de la gruta, y así permaneció hasta la hora de Nona.

Por fin a la hora en que el Salvador terminó sus sufrimientos en la Cruz, descendió nuevamente a tierra, y el Señor le reveló entonces que el momento de su sacrificio no era llegado aún y que debía retornar a la casa de sus padres. Al abandonar la gruta sintiose perpleja con respecto al camino que debía seguir para volver a casa, temiendo, por otra parte, que su ausencia tan larga hubiese alarmado a su familia. Entonces se encomendó a Dios y en un abrir y cerrar de ojos la santa niña fue transportada hasta las puertas de Siena, desde donde volvió rápidamente al hogar. Nunca manifestó a nadie este episodio de su vida, a no ser a sus confesores, entre los cuales el autor de este libro se considera el más indigno.

Capítulo III

Que trata del voto de virginidad hecho por Catalina y de un acontecimiento ocurrido

en sus primeros años 

La aparición de Nuestro Señor ejerció tan poderosa influencia sobre el corazón de Catalina, que en él quedaron destruidos los gérmenes del amor propio, el que fue sustituido por el de Jesús y el de su santa madre la Virgen María. Todo lo que no fuese esto parecíale miseria y corrupción, y su deseo supremo fue unirse más y más con su Salvador. El Espíritu Santo le otorgó la gracia de hacerla comprender el grado de pureza de cuerpo y alma necesario para agradar al Creador y ella deseó ardientemente poder consagrarle el tesoro de su virginidad. Pidió a la Reina de los Ángeles y de las Vírgenes que intercediese ante Dios para que Este le diese la luz necesaria a fin de poder comprender lo que fuese más conveniente para la salvación de su alma, expresando al mismo tiempo sus deseos de practicar en la tierra un modo de vida propio de los espíritus angélicos. Repitió fervorosamente sus oraciones en este sentido durante largo tiempo hasta que un día, inspirada sin duda por el espíritu de Dios, invocó a la Virgen María y terminó su plegaria en la siguiente forma: «Prometo a tu Hijo y te prometo a Ti no aceptar jamás otro esposo y conservarme con todas las fuerzas de mi alma pura y sin mancha».

De esta manera quedó Catalina unida a su divino esposo por el voto de virginidad y la bienaventurada Madre de Jesús llevó a cabo la ceremonia nupcial, que se realizó de una manera milagrosa, según veremos en el transcurso de nuestra narración.

Después de este voto perpetuo, Catalina avanzó rápidamente en el camino de la santidad; por imitación a Cristo crucificó su inocente cuerpo y resolvió abstenerse en cuanto le fuese posible de toda clase de alimentos nutritivos. Cuando le servían carne, se la daba secretamente a su hermano Esteban o la ponía, sin que la viesen, en un lugar retirado. Continuó mortificando su cuerpo con las disciplinas, bien sola, bien en compañía de amiguitas de su misma edad. Sentía un celo ardiente por la salvación de las almas y una especial devoción hacia los santos, particularmente hacia Santo Domingo, cuya caridad apostólica le había hecho conocer el Señor.

La niña avanzaba en edad, pero su fe, su esperanza y su caridad eran muy superiores a lo que podría suponerse dados sus tiernos años; su manera de conducirse inspiraba el respeto y la admiración de las personas mayores. He aquí una anécdota que Lapa me ha relatado muchas veces:

«Apenas contaba Catalina diez años de edad cuando Lapa, que deseaba que se dijese una misa en honor de San Antonio, la envió al cura de la parroquia para comunicarle sus deseos y le llevase al mismo tiempo unas velas y el estipendio correspondiente. La piadosa niña cumplió el encargo de su madre y dejándose llevar por su devoción, quedó para asistir al santo sacrificio, no volviendo a casa hasta que este estuvo terminado. La madre, cuya intención era que regresase una vez que hubiese hablado con el sacerdote, juzgó que su ausencia se había prolongado demasiado, y la reprendió con alguna aspereza y hasta echó una maldición contra las personas que, a su entender, pudieron haberla entretenido en el camino. La niña escuchó la reprimenda sin replicar, pero momentos después llamó a su madre aparte y con humildad no exenta de cierta gravedad, le dijo: -Querida madre, cuando cometa una falta o ejecute mal tus órdenes, castígame si es tu voluntad y oblígame a hacer mejor las cosas; pero te ruego encarecidamente que no maldigas a nadie por culpa mía, porque eso es impropio de tus años y a mí me causa mucha pena.

»La madre quedó muy sorprendida por la lección que acababa de darle la criatura y más edificada aún que sorprendida cuando supo que Catalina había tardado por asistir a la santa misa y no jugando por el camino como ella había creído».

Capítulo IV

Del relajamiento en el fervor de Catalina, que Dios permitió para aumentar su gracia y de su gran paciencia para sufrir persecuciones por el amor de Cristo 

La Sabiduría increada, que gobierna todas las cosas, permite a veces la caída de sus santos, de manera que puedan estos levantarse de nuevo y servirle con mayor fervor, avanzar con renovada prudencia en el camino de la perfección y conseguir más espléndidas victorias contra el enemigo de su salvación.

Cuando Catalina, que había consagrado a Dios su virginidad, llegó a la edad de doce años, nunca salía sola de casa, de acuerdo con las normas establecidas con respecto a las mujeres solteras. Tanto sus padres como sus hermanos, que ignoraban la solemne promesa de la niña, pensaron en encontrarle un compañero digno de sus méritos, y procuraron, la madre sobre todo, que su aspecto exterior estuviese de acuerdo con tal propósito. Por consiguiente la obligó a peinarse el cabello de una manera adecuada, le compró vestidos propios de una adolescente que desea hallar al hombre con quien ha de unirse en matrimonio y la instó a que tanto el rostro como el cuello y los brazos estuviesen adornados como para agradar al supuesto pretendiente. Catalina, cuyos propósitos eran muy otros, se los ocultó a sus padres por temor a desagradarles, sometiéndose a las exigencias maternas aunque contra su voluntad. Lapa, que no dejó de notar la repugnancia con que se prestaba Catalina a sus exigencias, sintiose disgustada y llamó en su ayuda a su hija Buenaventura, a quien pidió tratase de convencer a la jovencita de que debía vestir y adornarse de acuerdo con su edad. Conocía muy bien el cariño de Catalina hacia su hermana y por consiguiente confiaba en la influencia que esta podía ejercer sobre aquella.

No se engañó Lapa en sus presunciones, pues tanto con la palabra como con el ejemplo influyó Buenaventura de tal manera en el ánimo de su hermana, que esta empezó a dedicarse al cuidado de su «toilette», sin que por esto renunciara al voto formulado. Posteriormente  se acusó de esta falta con tantas lágrimas y sollozos, que cualquiera hubiese creído que había cometido un gran crimen. Y ahora que esta flor preciosa ha sido trasplantada a los jardines celestiales, puedo revelar algunos secretos que redundarán en la mayor gloria de Dios y decir lo que pasó entre nosotros a este respecto.

Esto ocurría siempre que hacía confesión general, en la que ella siempre daba señales de la más fervorosa contrición. Yo sabía muy bien que todas las almas santas descubren faltas donde en realidad no las hay y que exageran mucho las imperfecciones que cometen. Pero como Catalina daba muestras de creer que había merecido la condenación eterna, yo pensé que era mi deber preguntarle si al obrar en aquella forma había renunciado a su voto de virginidad. Ella me contestó que no y que ni siquiera se le había ocurrido semejante pensamiento. Entonces insistí preguntándole si, sin desear quebrantar su voto de virginidad, había tenido la intención de agradar a los hombres en general o a alguno en particular, a lo que ella me contestó que nada había tan penoso para su espíritu como la vista de los hombres o el encontrarse entre ellos. Cuando los aprendices de su padre, que vivían en la misma casa de estos, iban adonde estaba ella, con gran asombro de todos huía como si se hubiese encontrado con una serpiente. Tampoco se sentaba a la puerta de la calle o se asomaba a las ventanas para ver a los que pasaban. Pues, entonces -le pregunté yo- ¿cómo puedes creer que el cuidado que ponías en tu arreglo personal te haya hecho merecedora del infierno? Catalina me contestó que ella había amado excesivamente a su hermana al querer dar gusto a esta antes que cumplir la voluntad del Señor, y entonces volvían a comenzar sus lágrimas. Y cuando le dije, por fin, que podría haber una imperfección pero no el quebrantamiento de un precepto, ella exclamó: «-¡Señor…, mi padre espiritual está disculpando mis pecados!». Un ser que sin merecerlas ha recibido tantas gracias de su Criador ¿puede ser tan vil y despreciable que haya perdido su tiempo en adornar su cuerpo miserable para agradar a una mera criatura?

Esta conversación prueba que aquella hermosa alma estuvo siempre libre de pecado mortal, que conservó siempre la virginidad de cuerpo y de alma y que jamás manchó su pureza ni de hecho ni de palabra. En todas sus confesiones generales y lo mismo en las particulares, no encontré más faltas que las que acabo de relatar. Todo su tiempo estaba consagrado a la oración, a la meditación y a la edificación de sus vecinos. No se concedía más que un cuarto de hora de sueño por día. Durante sus comidas (si es que merece este nombre la pequeña cantidad de alimento que tomaba) oraba y meditaba en lo que Dios le había enseñado. Sé, y de ello puedo dar testimonio ante la Iglesia, que durante el tiempo que duró mi conocimiento con ella, le era más penoso el acto de tomar algún alimento que lo es para el que está hambriento el verse privado de él.

Es inconcebible que cometiese algún pecado ser que tan continuamente estaba ocupado con Dios; sin embargo se acusaba con tanto dolor y conseguía encontrarse tantas imperfecciones, que un confesor que no conociese a fondo su vida, podría haberse engañado y encontrar pecados donde realmente no existían. Me he detenido tanto en esta falta, de Catalina para poner de manifiesto hasta qué grado de perfección había llegado su alma.

Buenaventura, que había conseguido que su santa hermana dedicase algún tiempo a los cuidados de su «toilette», no logró inspirarle el deseo de complacer al mundo, ni que disminuyese el fervor de sus plegarias y meditaciones. Por otra parte, Nuestro Señor no quiso permitir que su dilecta esposa fuese alejada de su corazón y destruyó el obstáculo que se oponía a esta santa unión. Buenaventura, que inducía a su hermana a iniciarse en el camino de la vanidad, murió de parto en la flor de su edad. Su muerte contribuyó a que Catalina comprendiese más hondamente la vanidad de las cosas de este mundo y se consagró con renovado fervor al servicio de su divino esposo. De esta época data su devoción a Santa Magdalena, a quien pidió la gracia de una contrición semejante a la suya, y como esta devoción fuese en aumento, Nuestro Señor y la Virgen María le dieron a esta Santa en calidad de madre y maestra, como más adelante se verá.

El enemigo de la salvación, comprendiendo que sus estratagemas habían sido descubiertas y que aquella a quien deseaba perder, había buscado refugio con mayor ardor que antes en el seno de su divino esposo, resolvió buscarle obstáculos en su misma casa y atraerla hacia el mundo por la violencia de sus persecuciones. Consecuente con su propósito inspiró a sus parientes la determinación de obligarla a contraer enlace para llenar el hueco que había dejado en la familia la muerte de Buenaventura. Catalina, iluminada por la luz de lo alto, intensificó sus plegarias, sus meditaciones y sus austeridades, esquivando la compañía de los hombres y mostrando de todas las maneras a su alcance la inflexibilidad de su resolución de no entregar a un simple mortal el corazón que fuera ya aceptado por el Rey de los Reyes.

Sus padres no perdonaron medio para vencer la resistencia de Catalina y se pusieron en relación con un fraile predicador a quien confiaron, como amigo de la familia, la tarea de conseguir el consentimiento de la joven. Prometió él emplear sus buenos servicios para este fin, pero cuando hubo conversado con ella y la encontró tan firme, su conciencia le obligó a ponerse de parte de Catalina y en lugar de seguir adelante con la misión que le fuera encomendada, le dijo: «-Puesto que has resuelto consagrarte a Dios y los que te rodean se oponen a tu propósito, demuestra que tu vocación es irrevocable. Córtate el cabello por completo; acaso así te dejarán tranquila».

Catalina recibió el consejo como venido del cielo; tomó unas tijeras y se cortó sus hermosas trenzas, que ahora le eran odiosas, pues suponía que habían sido la causa de aquella falta que tanto la afligía. Cuando Lapa la vio con el velo que se puso para cubrir la ausencia de las trenzas, le preguntó el porqué de aquella novedad. Catalina, que no se atrevía ni a decir una mentira ni a confesar lo que había hecho, contestó con un tono de voz que su madre no entendió lo que decía. Entonces tiró del velo y vio que la cabeza de su hija estaba despojada de sus hermosas trenzas. «-¡Ah hija, qué has hecho!» -gritó la mujer indignada. Catalina volvió a ponerse el velo y se retiró en silencio. A los gritos de la madre acudió toda la familia, y cuando se enteraron de lo que había ocurrido, todos dieron rienda suelta a una violenta indignación.

Esto fue la causa de una nueva persecución contra Catalina, más terrible aún que la anterior; pero ella triunfó de todos con la ayuda del cielo, sirviéndole para unirse más a Él. La abrumaron con palabras injuriosas y malos tratamientos; le dijeron que tenía que dejarse crecer nuevamente el cabello y que no disfrutaría de un sólo instante de paz hasta tanto que no consintiese en obedecer sus determinaciones. También resolvió la familia que en lo sucesivo desempeñaría las funciones más humildes de la casa; despidieron a la ayudanta de la cocinera y la sustituyeron con ella. Diariamente la llenaban de afrentas, aun de aquellas que son más sensibles para los corazones femeninos y al mismo tiempo le proponían que aceptase contraer enlace con una persona de elevada posición, no escatimando medios para obligar a Catalina a aceptar. Pero ella, en vez de ceder, cada día se sentía más fuerte con la ayuda de la divina gracia. El Espíritu Santo le había enseñado la manera de concentrarse en lo más hondo de su alma y desafiar desde este retiro cualquier impulso que la inclinase a ceder en sus propósitos. Cuando fue obligada a dejar la habitación que ocupaba en la casa de sus padres, nadie, ni nada, pudo sacarla de este refugio interior, cumpliéndose aquella sentencia del Evangelio que dice: «El reino de Dios está dentro de nosotros mismos». Regnum Dei intra nos est. (LUC. XVII, 21.) Por otra parte, ya había dicho el Profeta: «Toda la gloria de la hija del rey está en su interior». Omnis gloria filias regis ab intus. (PS. XLIV, 14).

El Espíritu Santo inspiró también a Catalina los medios para soportar las afrentas y mantener en medio de sus tribulaciones la paz de su alma. Se imaginaba que su padre representaba al Salvador y su madre a la Santísima Virgen; sus hermanos y parientes eran para ella los apóstoles y los discípulos del Señor. De aquí que sirviese a todos ellos con tanta devoción y placer que los asombraba. De esta manera tenía gusto en complacer a su divino esposo; la cocina se convirtió para ella en un santuario y, cuando se sentaba a la mesa, alimentaba su espíritu con la presencia, visible para ella sola, del Salvador. ¡Oh riqueza de la Sabiduría Eterna!, ¡cuán numerosas y admirables son tus maneras de ayudar a quienes tienen depositada su esperanza en Ti! Tú puedes sacarlos en salvo de cualquier peligro y conducirlos a puerto seguro en medio de las más grandes tempestades.

Catalina meditaba en la recompensa que el Señor le había prometido y sufría todas estas pruebas no sólo con paciencia sino con alegría y su espíritu rebosaba en los más dulces consuelos mientras desempeñaba sus obligaciones. Como no se le permitía tomar una habitación para ella sola, sino que tenía que compartir la de otra persona de la familia, eligió la de su hermano Esteban, que estaba soltero; además podía aprovechar la ausencia de este durante todo el día, así como de su profundo sueño por la noche para entregarse a sus oraciones. Imploraba en ellas a Dios que se dignase proteger su virginidad, repitiendo como Santa Cecilia aquel verso del salmista: Fiat, Domine, cor meum et corpus meum inmaculatum (PS. CXVIII, 80). Su devoción le comunicó tales energías, que a medida que aumentaban las persecuciones crecía su goce espiritual y sus hermanos que la observaban constantemente no podían por menos que decirse unos a otros: «Estamos vencidos». El padre que era mejor que los demás observaba en silencio su manera de conducirse y cada día se fue convenciendo más de que la santa jovencita seguía la inspiración de Dios y no las fantasías de una muchacha obstinada y caprichosa.

Un día, mientras la sierva del Señor oraba fervorosamente en el cuarto de su hermano, con la puerta abierta pues le había prohibido que la cerrase, su padre entró para tomar algo que necesitaba en la ausencia del muchacho. Al pasear la mirada en torno, vio a su hija arrodillada en un rincón con una paloma, blanca como la nieve, posada sobre la cabeza y que, al acercarse él, voló dándole la sensación de que había desaparecido a través de la madera de la ventana. Preguntó a Catalina con respecto a la paloma y ella contestó que no la había visto ni sabía que hubiese en el cuarto pájaros de ninguna clase. Esto la llenó de asombro y despertó en su espíritu serias reflexiones.

Catalina sentía fervientes deseos de realizar el proyecto que había acariciado desde la infancia, o sea, vestir el hábito de la orden fundada por Santo Domingo, con la esperanza de que así podría cumplir más fácilmente su voto de virginidad. Consecuente con este deseo, oraba continuamente a Dios por la intercesión de aquel santo, que tanto celo había desplegado por la salvación de las almas y nuestro Señor la alentó con la siguiente visión. Durante el sueño le pareció ver a los fundadores de las distintas órdenes religiosas entre los cuales estaba Santo Domingo, a quien reconoció por un lirio de deslumbrante blancura que tenía en la mano y que ardía sin consumirse. Todos ellos y cada uno en particular, la invitaron a elegir una orden donde servir a Dios más perfectamente. Catalina se volvió hacia Santo Domingo, a quien vio avanzar hacia ella y ofrecerle un hábito de las «Hermanas de la Penitencia», que son muy numerosas en Siena. El santo le dirigió entonces las siguientes consoladoras palabras: «-Hija, ten valor, no te desalientes, no temas obstáculo alguno, porque pronto llegará el día en que vistas el piadoso hábito que deseas». Esta promesa llenó su corazón de alegría; dio las gracias al gran Santo Domingo y de sus ojos brotaron abundantes lágrimas que la despertaron volviéndole el uso de los sentidos.

Esta visión la confortó dándole tantos ánimos que ese mismo día reunió a sus padres y hermanos y con gran firmeza les dijo: «Hace mucho tiempo que habéis resuelto que yo debo casarme y habéis hecho fuerza para que lo haga. Sabéis muy bien que miro con horror ese proyecto y mi conducta debe haberos convencido de ello. Sin embargo, hasta ahora no he tenido una explicación con vosotros por el respeto que debo a mis padres, pero mi deber me obliga a no seguir callando. Debo hablaros con sinceridad, haceros saber el compromiso que he adquirido y que no data de ahora sino desde mi más tierna infancia. Sabed por consiguiente que he hecho voto de virginidad, y no con ligereza, sino deliberadamente y con perfecto conocimiento de lo que hacía. Ahora que tengo más edad y un conocimiento más perfecto de la  naturaleza de mis actos, insisto con la gracia de Dios en mi resolución, y será más fácil pulverizar una roca que hacerme desistir de mi propósito. Renunciad, pues, a vuestros proyectos con respecto a mi enlace; me es imposible satisfaceros con respecto a esto, porque antes se ha de obedecer a Dios que a los hombres. Si queréis retenerme en esta casa en calidad de sirvienta, desempeñaré las tareas que queráis imponerme y estén a mi alcance; si por el contrario, queréis echarme de ella, eso no me hará cambiar mi resolución. Mi esposo es dueño de todas las riquezas del cielo y de la tierra y su poder me protegerá y proveerá abundantemente todas mis necesidades».

Al oír estas palabras, todos los presentes se fundieron en lágrimas en forma tal que ninguno acertó a contestar. La hasta entonces temerosa y callada jovencita acababa de manifestar con calma y firmeza su resolución irrevocable: estaba dispuesta a dejar la casa de sus padres juntamente con todo lo que esto suponía, antes que renunciar a ella.

Cuando la emoción de los presentes se hubo calmado, el padre, que amaba tiernamente a Catalina y temía aún más a Dios, recordó el misterioso incidente de la paloma juntamente con otros detalles no menos significativos que observara en la vida de su santa hija, y dio la siguiente respuesta: «-El Señor nos guarde de oponernos más a la resolución que Él te ha inspirado; la experiencia nos demuestra y ahora lo vemos con toda claridad, que no has procedido con ligereza sino movida por la gracia divina. Cumple pues el voto que has formulado; haz todo lo que el Espíritu del Señor te inspire, pues en lo sucesivo nadie se opondrá a ello. Persevera en tus piadosas prácticas y pide a Dios por nosotros para que seamos dignos de las promesas del esposo que te ha elegido en tan tierna edad». Y volviéndose a su esposa e hijos, agregó: «Que ninguno de los presentes contradiga a mi hija querida o intente desviarla de su piadosa resolución; que sirva al Señor como ella quiere. Jamás podríamos pretender para ella una alianza mejor, pues no es un mortal a quien recibimos en nuestra familia sino al hombre-Dios, que nunca muere». Tras estas palabras, un poco de llanto, sobre todo de parte de la madre, que tan tiernamente amaba a su hija. Por su parte, Catalina se regocijó en el Señor, a quien dio gracias por la victoria que acababa de obtener. También agradeció humildemente a sus padres la libertad que acababan de otorgarle y se dispuso a hacer uso de ella de la mejor manera que le fuese posible.

Capítulo V

Que trata de las austeras penitencias de la santa y de las persecuciones de su madre 

Tan pronto como Catalina tuvo libertad para servir a Dios de acuerdo con sus fervientes deseos, se dedicó al cumplimiento de sus propósitos de la manera más admirable, procurándose una habitación independiente donde le fue posible la soledad y el aislamiento necesarios para dar rienda suelta a su deseo de atormentar su inocente cuerpo. Sería imposible describir las austeridades que practicó y el ardor con que buscó la presencia de su divino esposo.

Desde la infancia, Catalina apenas había probado la carne; ahora se la prohibió de la manera más absoluta y tanto se habituó a la privación de este alimento que terminó por no poder soportar el olor de él sin que su estómago se resintiese. Un día la encontré en estado de extrema debilidad, porque no había probado alimento alguno. Entonces hice que pusiesen un poco de azúcar en el agua que estaba a punto de beber. Al notarlo ella, me dijo: «Veo que usted está deseoso de extinguir lo poco de vida que todavía me queda». Al preguntarle por qué me decía eso, me contestó que se había acostumbrado en tal forma a los alimentos desabridos, que cualquier cosa dulce, la enfermaba. Lo mismo le ocurría con cualquier alimento de origen animal. En cuanto al vino, lo tomaba tan mezclado con agua, que no conservaba ni el sabor ni el olor característicos y apenas se veía en él algo que recordase la rica coloración de los vinos del país. A la edad de quince años renunció por completo a él y bebía únicamente agua pura. Y restringiendo día por día la cantidad de los alimentos llegó a no comer más que un pedacito de pan y algunos vegetales sin cocer.

Su cuerpo estaba desfallecido a consecuencia de la debilidad y sometido a insoportables indisposiciones; el estómago era incapaz de desempeñar sus funciones y sin embargo la falta de alimento no disminuía su resistencia física. Su existencia era un milagro, y los médicos que la reconocieron me manifestaron que el caso no tenía explicación científica. Durante todo el tiempo que tuve el privilegio de ser testigo de su vida no tomó alimento ni ingirió bebida en cantidad suficiente para sostenerla y sin embargo lo soportaba con alegría aunque a costa de grandes sufrimientos y extraordinaria fatiga.

Guardémonos de suponer que esto era consecuencia natural de una dieta determinada y una abstinencia metódica y gradual. Para mí es evidente que su resistencia estaba mantenida por el ardor de su espíritu, porque cuando este sobreabunda y se sacia con el alimento celestial, el cuerpo soporta fácilmente el tormento del hambre.

Su lecho estaba formado por unas tablas sin cobertura de ninguna clase. Sobre ellas se sentaba para meditar o se arrodillaba para orar y por fin se tendía para dormir sin despojarse de ninguna parte de su vestido, hecho de lana en su totalidad. Usaba también en calidad de camisa un género tejido con crin, que después cambió por una cadena de hierro tan ceñida en torno del cuerpo que le penetraba en la carne. Esto, lo supe por sus compañeras, que algunas veces se veían en la necesidad de sacársela a causa de la gran fatiga que le producía y que en algunos casos hasta llegaba a producirle desmayos. Cuando ya en el ocaso de su vida aumentó su debilidad de una manera alarmante, la obligué, en virtud de la santa obediencia, a quitarse esta cadena que tan gran dolor le ocasionaba.

Al principio prolongaba sus oraciones hasta la hora de maitines; más adelante, consiguió dominar el sueño en tal forma que sólo dormía media hora día por medio, no permitiéndose ni siquiera este breve reposo sino cuando la extrema debilidad de su cuerpo la obligaba a tomárselo. Según me confesó en cierta ocasión, ninguna victoria sobre sí misma le costó tanto, ni ninguna fue tan difícil de conseguir como la referente al sueño.

Si hubiese encontrado personas capaces de comprenderla, habría pasado los días enteros con sus noches hablando de Dios; sus discursos, en vez de debilitarla, parecían fortalecerla, pues cuando hablaba de las cosas santas parecía recobrar el vigor de la juventud y al terminar de hablar, caía en la languidez y la abandonaba la energía de que acababa de dar muestra en forma maravillosa. Algunas veces me hablaba de los profundos misterios de Dios y, como ella no se cansaba nunca y yo no poseía la sublime elevación de su espíritu, me dormía. Ella, absorta en Dios, no se daba cuenta y seguía hablando. Cuando se percataba de que yo me había dormido, me despertaba elevando el tono de voz, recordándome que estaba perdiendo preciosas verdades y consideraciones al dejarla que hablase a las paredes.

Léanse las vidas de los «padres del desierto», recórranse las páginas de las Sagradas Escrituras…; en vano tratará de encontrarse un caso parecido. En esos relatos leemos que Pablo el Ermitaño vivió durante largos años en la soledad, pero milagrosamente un cuervo le llevaba todos los días medio pan para que se alimentase. El famoso San Antonio practicó asombrosas austeridades, pero le animaba en su penitencia el ejemplo de otros ermitaños que le visitaban en su retiro, pues según refiere San Jerónimo que el santo eremita Hilarión fue, durante su juventud, a verlo y enseñarle los secretos de la vida solitaria así como los medios de vencer al enemigo común de las almas. Los dos santos Macario y Arsenio y muchos otros tuvieron maestros que les enseñaren los caminos del Señor. Todos ellos vivieron en la paz que les proporcionaba su retiro bajo la sombra protectora del mismo monasterio, mientras que Catalina vivió no en un convento ni en la soledad sino en el seno de su familia, sin dirección espiritual y rodeada por obstáculos de todas clases, consiguiendo, a pesar de todo, un grado tal de obediencia jamás alcanzado por ningún otro santo. Es cierto que Moisés ayunó dos veces durante un período de cuarenta días; Elías también repitió ese largo ayuno y el Evangelio nos cuenta que El Salvador quiso darnos ejemplo haciendo lo propio. Pero estos largos períodos de abstinencia fueron hechos aislados. Cuando Juan el Bautista fue llevado por el espíritu de Dios al desierto, su alimento consistió en miel y langostas, pero esto no era un ayuno absoluto. Se cuenta de Santa Magdalena que ayunó durante treinta y tres días, habiéndose retirado para este fin a una cueva cavada en cierta roca que aún se muestra a los fieles.

Los ejemplos que acabo de citar nos dan a entender con cuanta magnificencia y con qué inextinguible bondad enriquece Dios a sus santos al conducirlos por el camino de la perfección. Demuestran también las admirables virtudes de Catalina y que la Iglesia bien puede decir de ella sin desmedro ni injuria para los otros santos: «¡Ninguna se encuentra semejante a ella!». Non est inventus similis illi. El infinito poder de Dios, que santifica a las almas, puede otorgarles, cuando lo cree conveniente, una gloria particular.

Un hecho más servirá de broche a todo lo que he dicho de Catalina con respecto a este punto y hará comprender a mis lectores hasta qué extremo había debilitado su cuerpo y sometido su entendimiento. Según me informó su propia madre, antes de iniciar sus penitencias poseía una resistencia física tan extraordinaria que fácilmente podía cargar sobre sus hombros un peso suficiente para un caballo y subir con él rápidamente los dos pisos que tenía la casa. Su cuerpo era dos veces más fuerte y tenía el doble de peso que a los dieciocho años. Sin embargo llegó a estar tan débil que sólo un milagro podía sostenerla. Cuando yo la conocí el espíritu había agotado en tal forma sus energías físicas, que al verla cualquiera diría que su fin estaba muy próximo. Sin embargo poseía admirables energías, sobre todo cuando se trataba de la salvación de las almas. Entonces olvidaba todas sus dolencias y, siguiendo el ejemplo de su patrona Santa Magdalena, sufría en el cuerpo y oraba con el espíritu, el que comunicaba a sus miembros exhaustos la superabundancia de sus energías.

La antigua serpiente a quien ella había vencido no cesó sin embargo en sus esfuerzos por atormentarla. Esta vez se dirigió a Lapa, a quien conocía y consideraba como verdadera hija de Eva y consiguió, valiéndose del cariño de madre que la mujer profesaba a su hija, inmiscuirse en las penitencias de la santa. Cuando Lapa descubrió que Catalina dormía sobre unas tablas desnudas la obligó por la fuerza a ir a su habitación y la acostó en su propio lecho. Entonces Catalina, dócil a las lecciones de la sabiduría, cayó de rodillas a los pies de su madre y con palabras llenas de humildad y de dulzura le pidió que no se enojase, prometiéndole que reposaría a su lado según su voluntad. Acostó en un extremo del lecho y cuando comprendió que su madre estaba dormida, se levantó furtivamente y volvió a sus devotos ejercicios. Esto no duró mucho, porque Satanás, irritado por la constancia de la santa, despertó a Lapa. En vista de esto, Catalina buscó el medio de dejar tranquila a su madre y al mismo tiempo satisfacer sus deseos de penitencia. Colocó debajo de la sábana, en el lugar que ella debía ocupar, una o dos tablas; pero no pasaron muchos días antes de que la madre se diese cuenta, y entonces, viendo que todos sus esfuerzos resultaban inútiles, terminó por decir a Catalina: «-Veo que nada consigo; por consiguiente, haz lo que te dé la gana, pero al menos no me lo ocultes». Así pudo la santa seguir la inspiración divina.

Capítulo VI

Donde se trata de la prueba de las termas y de cómo consiguió tomar el hábito

del glorioso Santo Domingo 

Catalina reanudó sus piadosos ejercicios y hablaba continuamente a sus padres de los grandes deseos que tenía de entregarse más por completo a su divino esposo. También solicitó a las «Hermanas de la Penitencia», que seguían la regla de Santo Domingo, que accediesen a recibirla entre ellas y le permitiesen vestir su hábito. Su madre, afligida por sus continuas solicitudes y no atreviéndose, sin embargo, a oponerse directamente a sus deseos, trató de distraerla un poco de sus austeridades y sin darse cuenta de ello, se convirtió en cómplice de Satanás al proyectar tomar unos baños calientes y que Catalina la acompañase. Pero la esposa del Señor combatió con armas invencibles y todos los ataques del espíritu del mal redundaron en beneficio de ella y en acrecimiento de su santidad. En las termas encontró un medio de torturar su cuerpo, pues con el pretexto de bañarse mejor, se acercaba a los canales por donde penetraban en los baños las aguas sulfurosas y recibía en sus delicadas carnes un calor tal que la hacía sufrir más aún que la cadena de hierro que permanentemente llevaba ceñida al cuerpo. Cuando Lapa me refirió este episodio de la vida de Catalina, esta me manifestó que había solicitado la permitieran bañarse cuando ya se habían ido las demás bañistas, pues estaba segura de que no le permitirían hacer lo que tenía pensado. Y al preguntarle cómo había podido soportar semejante tortura sin morir, me contestó con una simplicidad de paloma que me dejó pasmado: «-Mientras estaba allí, pensaba en las penas del infierno y del purgatorio y pedía a mi Criador, a quien tantas veces he ofendido, que se dignase aceptar a cambio de los tormentos que tengo merecidos, los que yo sufría entonces voluntariamente, y el pensamiento de que me hacía la merced de consentirlo, me llenaba de tal consolación celestial que me sentía feliz en medio de mi dolor». 

Al regreso intentó vanamente Lapa conseguir de Catalina que disminuyese sus penitencias; pero la santa hizo oídos sordos a las solicitudes de su madre y le pidió en cambio que insistiese ante las «Hermanas de Penitencia» para que no continuasen rehusándole el hábito que tan ardientemente deseaba. Lapa, vencida por tales ruegos, que se repetían diariamente, renovó su petición, contestándole las hermanas que no era costumbre dar el hábito a jóvenes doncellas sino a viudas de edad madura que se habían consagrado a Dios. Estas religiosas no vivían en clausura, sino que cada una de ellas vivía en su propio domicilio. Lapa regresó a casa con esta respuesta, que indudablemente fue menos penosa para ella que para su piadosa hija.

La esposa de Cristo no se intranquilizó por la negativa; confiaba en la promesa que había recibido del Cielo y solicitó de nuevo su admisión. Dijo a su madre que no estaba desanimada y le pidió que hablase otra vez con las hermanas. Lapa accedió al fin a los ruegos de su hija, pero sin conseguir mejor resultado.

Mientras tanto, Catalina había contraído una enfermedad que en aquel tiempo era muy frecuente entre las personas jóvenes de la región. La Providencia tenía sus designios. Lapa quería tiernamente a todos sus hijos, pero de una manera particular a Catalina. Por consiguiente, la pobre madre permaneció sentada al lado del lecho de la enferma suministrándole todas las medicinas imaginables y buscando la manera de consolarla. Pero Catalina, que en medio de sus sufrimientos perseguía con renovado ardor el objeto de sus deseos, aprovechó la oportunidad que se le ofrecía al ver a su madre tan solícita y dispuesta a otorgarle lo que le pidiese. «-Madre -le dijo dulcemente-, si quieres que recobre la salud, trata de conseguirme el hábito de las «Hermanas de Penitencia». Estoy convencida de que Dios y Santo Domingo, que me inspiran ese camino, me llevaran a ellos y por consiguiente, tú no volverás a verme en esta vida si no sigo el camino que me han indicado».

Lapa dio rienda suelta a las lágrimas al oír estas palabras de su hija, y como temía perderla, fue nuevamente a ver a las hermanas a quienes habló de una manera tan insistente y persuasiva, que por fin consiguió que rectificasen su anterior resolución. «Si no es de una belleza extraordinaria, la recibiremos en atención a usted -le contestaron-, pero si es demasiado linda, no podremos hacerlo, pues es nuestra obligación evitar los inconvenientes que pudieran sobrevenir de la malicia de los hombres, sobre todo en los tiempos que corremos».

Lapa las invitó a que fuesen a su casa y juzgasen por sí mismas. Entonces, tres o cuatro hermanas elegidas entre las más prudentes y de inteligencia superior la acompañaron para ver a Catalina y juzgar acerca de su vocación. Por cierto que no pudieron formar juicio con respecto a su apariencia física, pues tenía todo el cuerpo cubierto por una erupción -consecuencia de la enfermedad- que la desfiguraba por completo. Además su belleza no era excesiva aun estando en perfecto estado de salud. Pero si no pudieron juzgar su aspecto con los ojos, la oyeron hablar con tan gran fervor y notaron en ella una sabiduría tan profunda que quedaron encantadas, comprendiendo que la madurez de su mente no estaba de acuerdo con su edad, ya que muy pocas personas entradas en años podrían compararse con ella en virtudes.

Se retiraron pues las hermanas llenas de piadosa alegría y espiritual edificación y dieron cuenta de su visita a sus compañeras, quienes, después de consultado el caso con los frailes de la Orden, celebraron capítulo y admitieron a Catalina por unanimidad, hecho lo cual anunciaron a la madre que en cuanto la aspirante se encontrase restablecida de su dolencia podía ir a la iglesia de los Frailes Predicadores para recibir el hábito de Santo Domingo con las acostumbradas ceremonias, en presencia de los hermanos y hermanas de la orden.

Al recibir tan grata nueva, Catalina derramó lágrimas de alegría y dio fervorosas gracias a su Divino Esposo y a Santo Domingo, quien al fin cumplía su promesa. Le imploró también para que le devolviese la salud, no para librarse de los sufrimientos que la enfermedad le ocasionaba, sino para cumplir más prontamente el primero y más intenso deseo de su corazón. Sus ruegos fueron oídos, pues al cabo de pocos días se encontró completamente bien. Dios no podía dejar de escucharla al pedirle que removiese un obstáculo que se interponía en el camino de su mayor gloria y que redundaría en bien de un alma que le amaba tan tiernamente.

La madre buscó ahora pretextos para retardar el feliz día de la recepción del santo hábito; pero todo fue en vano, pues tanto insistió Catalina que el día señalado no tuvo más remedio que acompañarla a la iglesia, donde en presencia de muchos hermanos y hermanas de la orden, así como de los frailes predicadores, que dirigían la congregación, le fue impuesto el hábito, cuyos colores blanco y negro representan la humildad y la inocencia. Tengo para mí que ningún otro hábito habría sido tan adecuado para ella; todo blanco o del todo negro habría tenido un significado incompleto: el color gris, proveniente de la mezcla de ambos, habría representado   -31-   sus mortificaciones, pero no la brillante inocencia de su pureza virginal. Catalina fue la primera virgen recibida en Siena entre las hermanas de penitencia; muchas la siguieron después, por lo cual bien pueden aplicarse las palabras del rey David:Adducentur regi virgines post eam. (PS. LIV, 15.) En seguimiento de ella las vírgenes fueron presentadas al Señor. Si las hermanas hubieran reflexionado más seriamente, presumo que no habrían tardado tanto en acceder a sus solicitudes, pues Catalina era más merecedora que ellas de llevar un hábito que simboliza la inocencia y la humildad, ya que la inocencia de la virginidad es superior a la castidad de la edad madura.

Capítulo VII

Origen y fundación de las «Hermanas de Penitencia» de Santo Domingo y su modo de vida 

Los siguientes datos los he sacado de manuscritos que consulté en Italia, de informes suministrados por personas ancianas de la orden y de la historia de nuestro bendito fundador Santo Domingo. Este glorioso defensor de la fe católica y valiente soldado de Cristo combatió tan victoriosamente las herejías surgidas en el sur de Francia y en Italia que, por su mediación y la de sus discípulos, según se demostró luego con motivo de su canonización, fueron convertidos, en Lombardía sólo, más de cien mil herejes.

Pero el veneno del error había corrompido los entendimientos hasta tal extremo que los beneficios eclesiásticos estaban usurpados por legos que los transmitían en herencia como si se tratase de bienes comunes. Los obispos se veían obligados a mendigar su propia subsistencia y por lo tanto carecían de autoridad para impedir semejantes abusos y se veían privados por carencia de medios materiales de ayudar a los pobres. Santo Domingo, que había elegido la pobreza como su propia porción, no quiso ver a la Iglesia en tal estado de indigencia y resolvió poner cuanto estuviese a su alcance para devolverle su antigua opulencia. Consecuente con este santo propósito reunió a varios seglares, a quienes sabía animados por el espíritu del Señor, y organizó con ellos una piadosa milicia, cuyo fin era recuperar las riquezas de la Iglesia y defenderlas oponiéndose a la injusticia de los herejes. Aquellos que se enrolaron, juraron hacer cuanto estuviese a su alcance para conseguir los fines propuestos, llegando, si fuese necesario, hasta el sacrificio de su fortuna y aun el de su propia vida. Pero como las esposas de estas personas podrían a veces ofrecer obstáculos a los fines de la congregación, Santo Domingo las indujo a prometer solemnemente que no se opondrían a los propósitos de sus maridos, sino que, por el contrario, les prestarían su decidida ayuda. Los asociados tomaron la denominación de Hermanos de la Milicia de Jesucristo. Deseando el santo fundador distinguirlos de los demás seglares por algún signo exterior y señalarles algunas obligaciones particulares, dispuso que los colores de sus vestidos, cualquiera forma que tuviesen, fuesen los del hábito que llevaban los religiosos de su orden, o sea, el blanco y el negro, símbolos de la inocencia y la humildad. Les impuso además la obligación de recitar cierto número de padrenuestros y avemarías, para suplir con ellos las horas canónicas, cuando no podían asistir a los oficios divinos.

Más tarde, cuando nuestro bendito padre Santo Domingo había dejado la tierra para dirigirse a las moradas celestiales, y sus numerosos milagros decidieron a la Iglesia a incluir su nombre en el catálogo de los santos, los hermanos y hermanas de la Milicia de Jesucristo resolvieron honrar el nombre de su fundador tomando el título de Hermanos de Penitencia de Santo Domingo. Por otra parte, los merecimientos del santo y el trabajo apostólico de su orden habían extirpado casi por completo la herejía; los combates exteriores no eran ya necesarios, pero quedaba por vencer aún mediante la penitencia el enemigo interior de las almas y de aquí que la nueva denominación fuese más adecuada que la anterior.

Cuando el número de los frailes predicadores hubo aumentado y Pedro (virgen y mártir) se manifestó entre ellos como una radiante estrella al triunfar sobre sus enemigos, más con su muerte que durante su vida, la manada de lobos que desolaba la viña del Señor fue aniquilada y Dios devolvió la paz a su Iglesia. Las razones que promovieron la fundación de la Milicia de Jesucristo no existían ya y la asociación perdió por consiguiente su carácter militar.

Cuando los hombres que formaron parte de ella murieron, sus viudas, habituadas a la vida religiosa que habían llevado, renunciaron a un nuevo matrimonio y perseveraron en sus prácticas piadosas hasta la muerte. Otras viudas que no habían contraído los mismos compromisos, pero que no querían casarse nuevamente, imitaron a las Hermanas de Penitencia y adoptaron su regla para purificarse de pasadas faltas. Gradualmente fue creciendo su número en las diversas ciudades de Italia y los frailes predicadores fueron sus directores espirituales de acuerdo con el espíritu de Santo Domingo. Pero, como no había nada establecido con respecto a esta dirección, un fraile español llamado Munio, religioso de santa memoria que había gobernado a toda la orden, escribió la regla que aún subsiste. Esta regla no es en realidad lo que corresponde a una orden religiosa, pues no exige los tres votos, que son la base de toda orden propiamente tal.

Como las Hermanas de Penitencia fuesen aumentando en número y santidad, el soberano Pontífice Honorio IV, en consideración a sus méritos, les concedió mediante una bula permiso para oír los oficios divinos en las iglesias de los frailes predicadores, aun en tiempo de entredicho. Juan XXII, después de haber promulgado la bula Clementina, los begardos y begüinos, declaró formalmente que sus prohibiciones no alcanzaban a las Hermanas de Penitencia de Santo Domingo, existentes en Italia y cuya regla no necesitaba ninguna innovación.

Capítulo VIII

De los admirables progresos de Catalina en los caminos del Señor y

de algunas gracias particulares que recibió 

Catalina no pronunció los tres votos de religión al tomar el hábito de Santo Domingo, pero tomó la resolución de cumplirlos fielmente. Con respecto al de castidad no podía haber sido de otra manera, puesto que ya había formulado el de virginidad perpetua. Prometió pues obedecer al Padre Maestro de las Hermanas de Penitencia en todo cuanto le ordenase y lo mismo con respecto a la superiora. Durante toda su vida fue tan fiel a esta promesa que en el lecho de muerte pudo declarar a su confesor que no recordaba haber faltado una sola vez a ella.

También observó de una manera perfecta el voto de pobreza. Cuando vivía en la casa de sus padres y reinaba en ella la abundancia, jamás tomó algo para sí misma, únicamente para dar limosna a los pobres, pues su padre le había dado amplias facultades con respecto a este punto. Amaba tanto la pobreza que, según confesó, nada podía consolarla de que esta no existiese también en su familia y pedía a Dios ardientemente que se dignase hacer pobres a sus padres. «-Señor -solía decir-, ¿no es mejor que te pida para mis padres y hermanos los bienes de la eternidad? Yo sé que los de la tierra van acompañados de peligros y enfermedades; por eso quiero que los míos no estén expuestos a ellos».

Dios escuchó sus ruegos; circunstancias extraordinarias redujeron a sus padres a una extrema pobreza sin culpa de ellos, como puede probarse con el testimonio de personas que los conocieron.

Una vez establecidos estos cimientos, Catalina comenzó a construir el edificio de su perfección, aprovechando a la manera de industriosa abeja cualquier ocasión que se le presentase para avanzar en él, y adoptando todos los medios posibles para hacer una vida más retirada y más unida a su divino esposo.

Con el fin de mantenerse incontaminada por el mundo se propuso observar el más riguroso silencio y no hablar más que cuando tenía que hacerlo con su confesor en el sacramento de la Penitencia. El confesor de Catalina que me precedió declaró por escrito que la santa observó esta resolución durante tres años. Permanecía constantemente en su celda a no ser cuando iba a la iglesia, y no saliendo de ella ni aun para tomar su alimento, que, como ya se ha dicho, era tan escaso, y que jamás dejaba de derramar lágrimas al tomarlo ofreciendo a Dios el tributo de su corazón ansioso de penitencia. ¡Quién podría hacer un recuento de sus vigilias, sus plegarias, sus meditaciones y sus suspiros en la soledad de que ella supo rodearse en su misma casa en medio del bullicio de la ciudad! Había ordenado su tiempo en tal forma que velaba mientras los frailes dominicos, a quienes ella llamaba sus hermanos, estaban entregados al sueño, y cuando oía el segundo toque de maitines, decía a su divino esposo: «-Señor, mis hermanos, que te sirven, han estado durmiendo hasta ahora y yo estuve velando por ellos en tu presencia pidiéndote que los preserves de las acechanzas del enemigo. Ahora que ellos se levantan para ofrecerte sus plegarias, protégelos y permíteme que tome un corto reposo». Entonces se tendía sobre sus tablas, usando como almohada un pedazo de madera.

Aquel a quien ella amaba recreábase con su fervor y la alentaba con nuevas gracias. No queriendo que su fiel cordero careciese de pastor y que un discípulo tan deseoso de adelantar estuviese sin un buen maestro, él mismo se aparecía en la pequeña celda de Catalina y le enseñaba las cosas más convenientes para su adelanto espiritual. «-Tened la seguridad, padre -me dijo en una oportunidad- que nada de lo que sé concerniente a los caminos de la salvación me ha sido enseñado por un mero hombre. Fue mi señor y maestro, el amado esposo de mi alma, Nuestro Señor Jesucristo, quien me lo reveló mediante sus inspiraciones y sus apariciones. Él me ha hablado lo mismo que yo os hablo ahora». Esto me lo dijo al comienzo de sus visiones, cuando las percibió mediante los sentidos externos y temía ser engañada por Satanás. Pero Nuestro Señor, lejos de ofenderse por este temor, ensalzó su prudencia. «-El viajero -le dijo- debe estar siempre en guardia, porque está escrito: Bendecido sea el hombre que vive en el temor (PROV. XXVIII, 14). Si tú lo deseas, te enseñaré a distinguir mis visiones de las del enemigo». Y como Catalina se lo pidiese ardientemente, Nuestro Señor continuó: «-Sería fácil iluminar tu espíritu directamente y mostrarte la manera de distinguir desde el principio cuál es el origen de tus visiones; pero para utilidad y beneficio de los demás, te diré lo que enseñan los doctores a quienes he dado a conocer mi verdad. Mis visiones comienzan con el terror y terminan con paz; su llegada o su presentación es esperada con cierto amargor que poco a poco se va convirtiendo en dulzura. Lo contrario ocurre con las visiones del espíritu malo: comienzan siempre con cierto goce espiritual, pero siempre terminan sumergiendo al alma en la intranquilidad. Y esto es así porque nuestros caminos son diferentes. El camino de la penitencia y de los mandamientos aparece al principio áspero y penoso, pero a medida que avanza por él el espíritu se va haciendo fácil y agradable. El camino del malo, por el contrario, es halagador en sus comienzos, pero no tardan en aparecer la turbación y el peligro. Te daré una señal más que es infalible. Mis visiones hacen humilde al alma que las recibe pues le hacen comprender lo indigna que es de ellas. Pero como el demonio es el padre de la falsedad y el príncipe del orgullo, solamente puede dar aquello que posee y sus visiones siempre engendran en el alma cierta estimación de sí misma que la excita a la vanidad. Examínate por consiguiente con minuciosidad y ve si tus visiones proceden de la verdad o del extremo opuesto: la verdad excita a la humildad; la falsedad crea el orgullo».

A partir de este momento sus visiones celestiales y sus comunicaciones con Nuestro Señor se multiplicaron en forma tal que la más animada conversación entre dos amigos entrañables no bastaría para dar una idea del intercambio de pensamientos entre Catalina y su divino esposo. Sus oraciones, sus meditaciones y su lectura espiritual, sus vigilias y su corto reposo, todos estos actos estaban bendecidos por la divina presencia. Estas relaciones sobrenaturales son la causa y origen de su abstinencia, de su admirable doctrina y de los milagros obrados por su intercesión y de los cuales Dios se dignó hacernos testigos durante su vida.

En el principio de mi relación con ella, había oído tantas cosas maravillosas referentes a su vida, que vacilé bastante antes de creerlas; Dios permitió que así fuese para mayor bien. Intenté de todas las maneras posibles descubrir los medios de asegurarme de si los fenómenos extraordinarios que se operaban en ella provenían de Dios o de cualquiera otra causa, es decir, si eran verdaderos o falsos. He encontrado, especialmente entre las mujeres, a muchas personas de fantasía desbordada, cabezas que se trastornan con facilidad y que por consiguiente están más expuestas que otras a las seducciones de Satanás. Ciertos detalles me llenaban de turbación y sentí el deseo de verme asegurado por Aquel que no  puede engañarnos ni engañarse. Pensando en esto se me ocurrió de pronto la idea de que si podía obtener de Dios por la intercesión de Catalina una contrición por mis pecados superior a la que sentía habitualmente, esto sería un signo indudable de que todo lo que ocurría era proveniente del Espíritu Santo, pues nadie puede tener una verdadera contrición si Dios no se la inspira, y aunque ignoramos si somos dignos de odio o de amor, la contrición de corazón es señal y prueba de que estamos en la gracia del Señor.

No dije a nadie una sola palabra acerca de los pensamientos que me preocupaban y pedí directamente a Catalina que se dignase obtener de Dios la remisión de mis pecados. Ella me contestó con alegría llena de caridad que cumpliría mi encargo y entonces yo agregué: que para quedar tranquilo y saber que mis deseos habían quedado satisfechos quería tener una prueba, a saber, una contrición extraordinaria de mis pecados. Ella me aseguró que la conseguiría, y al día siguiente, mientras estaba conversando conmigo, su mente se volvió insensiblemente hacia Dios y empezó a hablar de la ingratitud de que damos muestras cuando ofendemos a Nuestro Señor. Mientras hablaba, yo tuve una clara y distinta visión de mis pecados: me vi, despojado de todas las cosas, en la presencia de mi Juez y sentí que merecía la muerte como la merecen los malhechores cuando son juzgados por la justicia de los hombres. Vi también la bondad de mi Juez quien por su divina gracia me había llamado a su servicio y reemplazado la muerte por la vida, el temor por la esperanza, la tristeza por la alegría, la vergüenza por la gloria. Estas visiones mentales triunfaron en tal forma sobre mi dureza de corazón que comencé a derramar torrentes de lágrimas por mis pecados, llegando a hacerse tan profundo mi dolor que pensé iba a morir a consecuencia de él.

Catalina, cuyos ruegos habían sido escuchados, guardó silencio dejándome entregado a mis lágrimas y sollozos. Momentos después y cuando aún me duraba la sorpresa por aquella disposición de ánimo que acababa de sentir de una manera tan intensa, recordé mi pedido y la promesa que ella me había hecho la víspera, y volviéndome hacia la esposa del Señor, le dije: «-Esto no es la gracia que pedí ayer. -Es lo mismo -contestó ella y agregó-: No olvide el don que acaba de hacerle el Señor». Mi compañera y yo quedamos llenos de gozo y de edificación, pero yo exclamé como el incrédulo Santo Tomás: «-¡Mi Señor y mi Dios!» Dominus meas et Deus meus. (SAN JUAN XX, 28.) 

Otra prueba recibí de la santidad de Catalina, prueba que redunda en honor de ella y confusión mía. Estaba postrada en cama a consecuencia de sus sufrimientos y me hizo saber que deseaba hablar conmigo con respecto a una revelación. Fui y me acerqué a su camastro y ella, a pesar de la fiebre que la consumía, empezó a hablarme de Dios y de las cosas que le habían sido reveladas durante el día. Eran estas tan extraordinarias que, olvidando lo que acababa de ocurrirme a mí mismo, me pregunté: «-¿Deberé dar crédito a, lo que me está diciendo?» Mientras yo la miraba en un estado de perplejidad, la expresión de su rostro cambió adquiriendo la apariencia del de un hombre de carácter duro que me estuviese mirando con fijeza y que me llenó de terror. Su rostro ovalado indicaba la plenitud de la vida y todo su aspecto daba una impresión tal de majestad que revelaba bien a las claras la santa presencia de Dios. Imposible concebir una expresión tan dominadora y majestuosa como la que en este momento tenía el rostro de ordinario tan apacible y manso de Catalina. Yo quedé completamente aterrorizado y exclamé levantando ambas manos: «-¡Oh! ¿Quién me mira de esa manera?» Catalina contestó: «-Es el que es». La visión desapareció y nuevamente vi el rostro de Catalina, que instantes antes no podía reconocer. Mi inteligencia fue iluminada entonces con tan abundante luz, sobre todo con respecto a lo que estábamos tratando, que entonces comprendí aquellas palabras del Señor, cuando prometió la llegada del Espíritu Santo: «Et quae ventura sunt annunciabit vobis». (SAN JUAN XVI, 13.)

Capítulo IX

De la admirable doctrina que le enseñó Nuestro Señor y de cómo ella la adoptó por norma de su vida 

Examinemos ahora el edificio espiritual de la perfección de Catalina con la gracia de Aquel que fue la piedra fundamental de la construcción, y así como las almas fieles encuentran vida y fortaleza en la palabra del Señor, aprovechemos las lecciones que ella recibió directamente de la boca del amado Maestro.

Según manifestó Catalina a sus confesores, en el comienzo de sus visiones Nuestro Señor se le aparecía mientras ella estaba meditando, y le decía: «-Comprende, hija mía, qué eres tú y quién soy Yo. Si aprendes estas dos cosas, recibirás las bendiciones de lo alto. Tú eres lo que no es; Yo soy el que es por excelencia. Si tu espíritu se penetra profundamente de esta verdad, el enemigo no podrá engañarte y evitarás todas sus acechanzas; nunca consentirás en hacer algo que sea contra mis mandamientos y adquirirás sin dificultad la gracia, la verdad y la paz».

En estas breves y sencillas palabras, ¿no encontramos la «longitud, anchura y profundidad» de que habla San Pablo a los cristianos de Éfeso? Nuestro Señor le dijo también en otra aparición: «-Hija, piensa en Mí y yo pensaré continuamente en ti». Catalina interpretó estas palabras en el sentido de que Dios le ordenaba mediante ellas desterrar del corazón todos los pensamientos propios y no pensar en otra cosa sino en Él, sin estar preocupada por ella misma ni por su salvación de manera que ninguna distracción pudiese penetrar en su espíritu, pues Dios lo sabe todo y provee a las necesidades de los que piensan en Él y ponen en este pensamiento la suprema felicidad. De aquí que cuando nosotros expresábamos alguna ansiedad o temor por nosotros o por nuestros hermanos, ella solía decirnos: «-¿A qué os preocupáis? Dejad todo en manos de la Providencia. En medio de los mayores peligros Dios vela por vosotros y siempre os protegerá». Esta virtud de la esperanza se la infundió su Divino Esposo cuando le dijo: «-Yo pensaré continuamente en ti». 

Recuerdo que estando a bordo de un barco con ella y otras muchas personas, el viento amainó en tal forma a eso de medianoche, que el piloto llegó a alarmarse. Estábamos en un canal peligroso y si el viento nos tomaba de costado, estábamos en peligro de ser arrojados contra la costa. Yo puse en conocimiento de Catalina la situación en que nos encontrábamos y ella me contestó con la misma entonación con que me hablaba siempre: «-¿Por qué se preocupa usted por estas cosas o permite que su espíritu se distraiga por tales pequeñeces?». Yo guardé silencio, pues las palabras de Catalina me habían devuelto la calma; pero el viento empezó poco después a soplar en la dirección temida por el piloto y entonces yo lo puse en conocimiento de Catalina. «Que cambie de rumbo en el nombre de Dios y se deje llevar en la dirección del viento que el Cielo le enviará». El piloto obedeció y retrocedimos, pero ella oró con la cabeza inclinada hacia adelante y apenas habríamos recorrido una distancia equivalente a un tiro de arco, cuando cambió el viento en forma favorable. Así pudimos llegar a puerto a la hora de maitines.

Esta anécdota de la vida de Catalina no debía figurar aquí pues interrumpe el orden cronológico, pero la relato porque sirve para el fin que me propongo. Efectivamente, cualquiera que reflexione verá que la segunda verdad fluye como consecuencia de la primera. Si un alma reconoce que en sí misma no es nada, y que existe solamente por Dios, no confiará en sí misma para cualquier clase de acción, sino en la intervención divina tan sólo. Esa alma pondrá toda su confianza en el Señor y «colocará todos sus pensamientos en Él» según la frase del salmista. Esto no le impedirá el hacer por ella misma todo cuanto le sea posible, porque esta santa confianza proviene del amor y el amor produce en el espíritu el deseo del objeto amado, deseo que excita al alma a la realización de todos los actos capaces de satisfacerlo. La actividad está en relación con el amor, pero aquella no le impide poner su confianza en Dios y rechazar cualquier clase de seguridad en las propias fuerzas, puesto que el conocimiento que ha adquirido de su propia pequeñez y de la grandeza del Creador así se lo enseña.

Me habló con frecuencia del estado en que se encuentra un alma que ama a su criador y solía decirme que «el espíritu termina por no darse cuenta de sí mismo y por olvidarse no sólo de sí sino de todos los demás seres». Y como le pidiese una aclaración de esto, me dijo: «El alma que comprende su pequeñez y que se convence de que todo lo bueno que posee proviene de su Creador se resigna tan perfectamente y se sumerge de una manera tan total en Dios que todas sus actividades se dirigen hacia Él y se ejercitan en Él. Ese alma no quiere salirse del centro en el cual ha encontrado la perfección de la felicidad y esta unión de amor aumenta diariamente en ella y la transforma, por así decirlo, en Dios, de manera que es incapaz de tener otros pensamientos, otros deseos u otro amor que no sea el de Él. Este es un amor que no puede desviarse de su objeto porque el alma sigue necesariamente a la voluntad divina y no hace nada ni desea nada fuera de la voluntad de Dios».

En esta unión del alma con Dios Catalina encontró otra verdad que ella enseñó de una manera constante a aquellas personas a quienes dirigía. El alma unida a Dios -decía- le ama en la misma proporción con que detesta la parte sensitiva de su propio ser. El amor de Dios engendra necesariamente el odio al pecado, y cuando el alma descubre que el germen del pecado se encuentra en sus propios sentidos y que es en ellos donde tiene sus raíces, no puede por menos que aborrecer a sus propios sentidos y tratar, no de destruirlos, por supuesto, sino de aniquilar el vicio que hay en ellos, cosa que no puede conseguir sin grandes y continuos esfuerzos. Esta raíz del pecado existirá eternamente, pues según San Juan, «si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está con nosotros» (San Juan, Ep. primera, 1, 8).

«Oh, eterna bondad de Dios -exclamaba Catalina- ¿qué has hecho? De las faltas sacas virtud, de las ofensas, perdón, y en lo vil y despreciable haces brotar los pimpollos del amor. Hijos míos, procurad tener un santo odio de vosotros mismos; este os hará humildes; os dará paciencia en las tribulaciones, moderación en la prosperidad, cautela en la manera de conduciros, y así os haréis gratos a Dios y a los hombres». Y agregaba: «-¡Ay! ¡Ay de aquella alma que no posee este santo odio, pues donde no existe este, reinará el amor hacia sí mismo, y el amor hacia sí mismo es la causa de todos los pecados y la raíz de todos los vicios!».

Esta misma doctrina se encuentra en las palabras que el Apóstol oyó en el cielo, cuando pidió al Señor que le librase de la tentación. «La fortaleza se perfecciona en la debilidad» y agrega: «Yo me glorío de mi debilidad para que el poder de Cristo pueda habitar en mí».

Por consiguiente podemos sacar en conclusión que las enseñanzas de Catalina tuvieron como fundamento la firme roca de la virtud, que es Jesucristo.

Capítulo X

De las admirables victorias que obtuvo sobre las tentaciones y de

su extraordinaria intimidad con Nuestro Señor 

El rey pacífico erigió la fortaleza del Líbano con el fin de defender a Jerusalén contra Damasco. El altanero príncipe de Babilonia, enemigo de la paz, montó en cólera, reunió sus ejércitos contra ella y ansió destruirla. Pero aquel que da y conserva la paz rodeó la fortaleza con magníficas e inexpugnables defensas y no sólo las flechas del enemigo resultaron impotentes sino que se volvieron contra los mismos que las lanzaban, y les dieron la muerte. De una manera análoga, cuando la antigua serpiente vio a Catalina, tan joven, subir a tan alto grado de perfección, se enfureció no tanto por ella misma sino por la gran cantidad de almas que por su intermedio habrían de salvarse, y por el gran beneficio que habrían de aportar a la Iglesia sus virtudes y sus enseñanzas. Por consiguiente buscó en su infernal malicia la manera de seducirla. Pero el Dios de misericordia que permitía tales ataques para aumento de la gloria de su esposa, dio a esta tan excelentes armas de combate que la guerra resultó más beneficiosa para su espíritu que la misma paz. Primero le inspiró el pensamiento de pedir a Dios el don de la fortaleza. Así lo hizo ella insistentemente durante algunos días y Dios en recompensa a sus plegarias, le dio las instrucciones siguientes:

«Hija, si quieres adquirir la fortaleza debes imitarme. Yo podía con mi divino poder haber frustrado los esfuerzos de Satanás y tomado otras medidas para anularlos, pero quiero instruirte mediante mis ejemplos y enseñarte a vencerle por medio de la cruz. Si quieres tener poder sobre tus enemigos, toma la cruz como salvaguardia. ¿No te han enseñado mis apóstoles que yo corrí con alegría hacia una muerte tan ignominiosa como la del Calvario? (Hebr. XII, 2). Acepta por consiguiente las pruebas y las aflicciones; súfrelas no sólo con paciencia sino con placer; son tesoros duraderos, pues cuanto más sufras por mí, más te parecerás a mí y, de acuerdo con las enseñanzas del Apóstol, cuanto más te parezcas a mí en los sufrimientos, más cerca estarás de mí en la gracia y en la gloria. Considera, por consiguiente, mi amada hija, en atención a mí las cosas amargas como si fuesen dulces y ten la seguridad de que tu fortaleza acrecerá siempre».

Catalina sacó tanto provecho de esta lección que posteriormente a ella sufrió las más duras pruebas con tanta alegría que, según me confesó, nada le servía de tanto consuelo como las penas y las aflicciones. Sufría cuando estaba privada de ellas, porque estaba segura de que eran las gemas preciosas que habían de enriquecer su corona celestial.

Cuando el Dios de los Cielos y de la tierra hubo provisto de tales armas a la que estaba predestinada a defender su causa, permitió que el enemigo avanzase y asaltase la fortaleza. El demonio la atacó por todas partes e hizo esfuerzos terribles por derribarla. Comenzó por las tentaciones más humillantes y las presentó delante de su imaginación no sólo durante el sueño sino por medio de excitantes fantasmas que desfilaban ante sus ojos y oídos atormentándola de mil distintas maneras. Estos combates son horribles de describir, pero la victoria que les siguió debe ser una fuente de alegría para las almas puras. Catalina combatió valerosamente contra sí misma mortificando su carne con una cadena de hierro que le hacía derramar sangre en abundancia. También aumentó sus vigilias hasta el extremo de privarse prácticamente del sueño.

Sus enemigos se negaron a retirarse, tomando la apariencia de personas que la compadecían y aconsejaban: «-¡Pobre criatura! -le decían-. ¿Por qué te torturas tan inútilmente? ¿Por qué pones en práctica semejantes mortificaciones? En el caso de que puedas seguir practicando esa vida, ¿no comprendes que estás destruyendo tu cuerpo y haciéndote, por consiguiente culpable del pecado de suicidio? Es necesario que renuncies a esas locuras; de lo contrario serás una víctima de ellas. Todavía puedes disfrutar del mundo; eres joven y estás todavía a tiempo para que tu cuerpo recupere las energías perdidas. Tú deseas agradar a Dios, pero recuerda que hubo muchas santas casadas, como Sara, Rebeca, Lía y Raquel. ¿No es una imprudencia el que hayas elegido un género de vida en el cual no puedes perseverar?».

A todos estos razonamientos Catalina opuso la oración y con respecto a la perseverancia, se limitaba a contestar: «-Confío en el poder del Señor; no en el mío». El demonio no pudo conseguir más. Con respecto a esta clase de tentaciones, ella dio una regla que es: Con el enemigo no debe discutirse nunca, porque él tiene gran confianza en vencernos con la sutileza de sus razonamientos.

Viéndose vencido, Satanás dejó a un lado los argumentos y adoptó un nuevo método de ataque, que consistía en perseguirla con sus aullidos e invitarla a tomar parte en sus abominaciones. En vano cerraba ella ojos y oídos; no le era posible apartar de sí esos horribles espectros y, para colmo de su aflicción, su divino esposo, que continuamente la visitaba para confortarla, parecía haberla abandonado dejándola sin ayuda visible ni invisible. De aquí que su espíritu estuviese sumido en profunda melancolía, aunque esto no era óbice para que cesase en sus austeridades ni en la práctica de la oración mental. A propósito de esto dio la siguiente regla a las almas a quienes servía de guía espiritual: Cuando el espíritu cristiano se da cuenta de que disminuye su fervor a consecuencia de alguna falta o de alguna tentación permitida por la Providencia, debe continuar sus ejercicios espirituales y multiplicarlos en lugar de dejarlos o acortar su intensidad.

Catalina, fiel a la inspiración del Señor, alentó un santo odio contra sí misma. «-¡Oh, tú, la más vil de las criaturas! -se decía-, ¿eres acaso digna de recibir consuelo de alguna clase? Trae a la memoria tus pecados; esto te hará un gran bien si quieres evitar la eterna condenación sufriendo durante el corto transcurso de tu vida estos dolores y esta obscuridad. ¿Por qué, entonces, te afliges? Si consigues escapar al infierno, Jesucristo te consolará durante toda la eternidad. No es la presente alegría el motivo que te ha inducido a servirle, sino la esperanza de poseerle eternamente en el Cielo. Yérguete; no abandones ninguna de tus piadosas prácticas y canta como mayor aliento las alabanzas de tu Criador». Así, con su humildad confundió al príncipe de las tinieblas y sacó fuerzas de los principios de la Sabiduría. Y como la habitación donde vivía parecía estar infestada por aquellos espíritus impuros, la dejó para permanecer todo el tiempo que le era posible en la iglesia, porque aquellas infernales obsesiones la atormentaban menos aquí.

Esta prueba continuó durante varios días hasta que estando entregada a la oración de vuelta de la iglesia, un rayo de luz proveniente del Espíritu Santo iluminó su alma trayendo a su memoria que poco tiempo antes había pedido al Señor el don de la fortaleza y Dios le había indicado la manera de conseguirla. Instantáneamente comprendió entonces cuál era la causa de sus terribles tentaciones y resolvió hacer frente a ellas con valor hasta que fuese voluntad de su divino esposo. En aquel momento un espíritu maligno, más malicioso que los otros, le dijo: «Pobre alma miserable, ¿qué es lo que vas a tomar sobre tus hombros? Comprende que no puedes pasarte toda la vida en este estado, porque nosotros te atormentaremos hasta el momento de tu muerte si no nos obedeces». Catalina, recordando el aviso que había recibido, le contestó: «He elegido el sufrimiento para consuelo mío y no sólo no me resultará penoso sufrir tales aflicciones y aun mayores por el amor de Jesús y durante el tiempo que a Él le plazca».

Apenas pronunciadas estas palabras, los demonios huyeron avergonzados por la derrota y una gran luz descendió del cielo llenando la habitación con un resplandor enceguecedor. En medio de aquella luz apareció Nuestro Señor Jesucristo tal como estuvo en la cruz cuando abrió las puertas del Cielo con el derramamiento de su sangre divina. «-Catalina, hija mía -le dijo- considera lo que he sufrido por ti y nunca te resultará penoso el sufrir por mí». Dicho esto, asumió una forma menos dolorosa con el fin de confortar a Catalina y le habló acerca de la victoria que ella acababa de conseguir. Ella, como lo hiciera San Antonio, le dijo: «-¿Señor, dónde estabas tú cuando mi corazón era tan atormentado? -Yo estaba en el medio de tu corazón -repuso el Señor. -Ah, Señor -replicó Catalina-, Tú eras la eterna verdad y yo me inclino humildemente ante tu majestad, pero ¿cómo puedo creer que estabas en mi corazón cuando este estaba lleno de tan detestables pensamientos? -¿Te dieron esos pensamientos agrado o dolor? -Una tristeza y pena excesivas. -Estuviste apenada y sufriste porque yo estaba oculto dentro de tu corazón. Si yo no hubiese estado allí, esos pensamientos habrían penetrado dentro de tu corazón y te habrían llenado de alegría, pero mi presencia te los hizo insoportables; tuviste la voluntad de rechazarlos porque estaban allí a pesar tuyo y precisamente porque no conseguías rechazarlos se te llenaba el alma de tristeza. Yo obré sobre tu alma y te defendí contra tu enemigo. Yo estaba dentro de ti y permití esos ataques porque podían resultarte útiles para tu salvación. Cuando hubo pasado el tiempo que yo había fijado para la prueba, te envié mi luz y las sombras del infierno se disiparon, porque el demonio no puede resistir la luz. ¿No fui yo quien te hizo comprender que esa prueba era conveniente para que adquirieses la virtud de la fortaleza y que era tu deber sufrirla con paciencia, pues haciéndolo así me darías placer? Porque tú la aceptaste de corazón, te libré al fin de ella con mi presencia. Lo que me agrada no  es la aflicción en sí misma sino la voluntad con que se soporta. Yo te creé a mi imagen y semejanza y después me asemejé a ti tomando tu naturaleza. Y nunca cesaré de hacerte cada día más parecida a mí mientras tú no me ofrezcas algún obstáculo; lo que hice durante mi vida mortal, continuaré haciéndolo en tu alma mientras dure tu existencia. Por consiguiente, mi hija amada, no es virtud tuya sino mía el que hayas combatido tan generosamente y merecido tan abundante gracia. En adelante te visitaré más frecuentemente y de una manera más familiar que antes».

La visión desapareció y Catalina quedó sumida en un gozo y una dulzura tales que no pueden expresarse con palabras; especialmente su corazón estaba embriagado de alegría por la manera como el Señor le había dicho: «Catalina, hija mía». Cuando contó a su confesor lo que sintió entonces, le pidió que se dirigiese a ella con las mismas palabras con el fin de renovar en su alma su inefable dulzura.

A partir de este momento su esposo celestial la visitó de una manera tan familiar que parecería increíble para quien no estuviese enterado de lo que había precedido. Pero el alma que conoce por experiencia que la bondad del Señor es superior a todo cuanto puede imaginarse, verá en lo que sigue cosas muy posibles y muy probables también.

El Señor se le aparecía con frecuencia y estaba largo tiempo en su compañía llevando consigo algunas veces a su Santa Madre, otras a Santo Domingo o a ambos juntos, a Santa María Magdalena, a San Juan Evangelista, a San Pablo y a otros santos, bien juntos, bien separados. Pero por lo general se aparecía solo y conversaba con ella como un amigo con otro en términos de la mayor intimidad. Me confesó ruborizada que Nuestro Señor recitaba salmos juntamente con ella mientras ambos paseaban por la habitación, como lo suelen hacer dos religiosos cuando recitan el oficio divino en parejas. La infinita benevolencia de Dios varía sus dones en cada uno de sus santos, de manera que su magnificencia se ponga de manifiesto tanto en los detalles como en la combinación de los mismos.

Una vez que he mencionado la recitación de los salmos, debo informar a mis lectores que Catalina sabía leer sin que nadie se lo hubiese enseñado. Ella misma me contó que habiendo resuelto aprender a leer con el fin de poder recitar las Horas Canónicas y seguir los oficios divinos, estudió el abecedario con una de sus compañeras. Pero después de haber dedicado inútilmente algunas semanas a este trabajo, le vino el pensamiento de conseguir del Cielo esta para no perder el tiempo que le ocuparía el aprendizaje. Una mañana, mientras estaba en oración, le dijo al Señor: «-Señor, si te es grato que yo aprenda a leer con el fin de poder recitar los oficios y cantar tus alabanzas, ten la bondad de enseñarme lo que yo no puedo aprender sola. En caso contrario, hágase tu voluntad; permaneceré en mi ignorancia y emplearé en la meditación el tiempo que Tú me permitas». Antes de que hubiese terminado esta plegaria, el Señor le enseñó tan bien que cuando se levantó del suelo donde estaba arrodillada leía cualquier manuscrito tan rápidamente y con tanta perfección como la persona más culta. Y lo que más asombro me causó fue que leía de corrido pero sin deletrear las palabras, pues apenas conocía las letras.

Catalina se hizo inmediatamente con un libro de horas canónicas y en él leía los salmos y todo lo que integra la composición de los oficios divinos. Era particularmente afecta a aquella frase tan frecuente en los mismos: Deus in adjutorium meum intende. La traducía y la repetía continuamente. Pero pronto hizo tales progresos en la meditación que gradualmente fue omitiendo las oraciones vocales y sus éxtasis se hicieron tan frecuentes que apenas podía recitar el Padrenuestro sin ser arrancada de sus sentidos exteriores para sumirse en la contemplación interna de las cosas celestiales.

Capítulo XI

De sus desposorios con Nuestro Señor y del milagroso anillo que recibió 

El alma de Catalina se enriquecía cada día más con la gracia del Salvador. Más que andar, volaba por los caminos de la virtud cuando concibió el santo deseo de llegar a un grado tan perfecto de fe, que nada pudiese en adelante separarla de su divino esposo, el único a quien su corazón ansiaba complacer. En consecuencia pidió a Dios que aumentase su fe haciéndola tan fuerte que pudiese resistir cualquier ataque del enemigo. Nuestro Señor le contestó: «-Yo te desposaré conmigo en la fe». Y cada vez que renovaba su petición recibía idéntica respuesta.

Un día, cuando se aproximaba el tiempo de cuaresma, en la época en que los cristianos celebran el Carnaval, dando un loco adiós a la carne que la Iglesia está en vísperas de prohibir, Catalina se retiró a su celda para gozar allí más íntimamente de su esposo mediante el ayuno y la oración. Entonces reiteró su ruego con más fervor que nunca y Nuestro Señor le contestó: «-Porque has renunciado al mundo, te has vedado el placer y me tienes a mí como el único deseo de tu corazón, tengo la intención de que mientras tu familia se está regocijando en fiestas profanas, se celebren los esponsales que te han de unir más y más a mi corazón. Voy, de acuerdo con mi promesa, a desposarme contigo en la fe». Estaba hablando nuestro Señor Jesucristo cuando la Santa Virgen apareció y con la gloriosa Madre de Dios, San Juan Evangelista, el apóstol San Pablo, Santo Domingo, el fundador de la orden y el santo profeta David tocando su arpa, de la que brotaban notas de celestial dulzura. La Virgen María tomó con su santa mano la derecha de Catalina y se la presentó a su divino hijo pidiéndole que se dignase desposarse con ella en la fe. El Salvador consintió con gran amor y le ofreció un anillo de oro adornado con cuatro piedras preciosas y en cuyo centro brillaba un magnífico diamante. Luego Él mismo lo colocó en el dedo de Catalina diciéndole: «-Yo tu criador y redentor me desposo contigo en la fe y tú permanecerás pura hasta que celebremos juntos en el Cielo las nupcias eternas del Cordero. Hija, ahora condúcete valerosamente; cumple sin temor las obras que mi Providencia ha de confiarte; tú estás armada con la fe y triunfarás de todos tus enemigos». La visión desapareció pero el anillo quedó en el dedo de Catalina. Ella le veía aunque era invisible para los demás. Ella me lo confesó ruborizándose y agregó que siempre lo tenía consigo y que nunca se cansaba de admirarlo. Hubo anteriormente una Catalina, reina y mártir, quien después de haber recibido el bautismo se desposó con Nuestro Señor. Aquí tenemos a una segunda, quien después de muchas victorias ganadas sobre la carne y el demonio, celebró también sus bodas con Jesucristo.

Admiremos las bellezas de este anillo y meditemos sobre su misterioso significado. ¿Qué cosa hay más fuerte que el diamante? Esta piedra resiste a todo por su gran dureza y penetra en el interior de la mayoría de los cuerpos sólidos. Nada como la sangre del cordero puede hacerla brillar tanto. De una manera análoga el corazón fiel triunfa sobre todas las dificultades por la fortaleza y solamente se rinde a la sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Las cuatro piedras preciosas simbolizan las cuatro clases de pureza practicadas por Catalina: pureza de intención, pureza de pensamiento, pureza de palabra y pureza de obra. Estos esponsales me parecen a mí una confirmación de la divina gracia y el anillo fue una prenda de la misma para ella; no para los otros. Entre las tempestades del mar de la vida, estaba destinada a salvar un gran número de almas sin peligro para ella misma de perecer en el naufragio o en la tormenta. Los santos doctores explican por qué Dios frecuentemente revela por especial favor a sus predestinados que han de perseverar en su amor y su gracia. La razón es porque quiere colocarlos en medio de un mundo corrompido para gloria de su nombre y para la salvación de las almas. El día de Pentecostés recibieron los apóstoles una prueba evidente de su misión; también se le dijo a San Pablo: «Te basta mi gracia». Sufficit tibi gratia mea. (2 COR., XII, 9.) Catalina, aunque mujer, estaba destinada a ser un apóstol en el mundo y a convertir muchas almas y por consiguiente recibió una señal sensible de la gracia con el fin de que cumpliese con mayor fervor la divina misión que se le había confiado.

Lo más sorprendente en el caso de Catalina fue esta prueba, transitoria para otros, fue permanente y hasta visible para ella. Yo creo que Dios quiso que fuese así a causa de la debilidad propia de su sexo, la novedad de su misión y la perversidad de los tiempos   presentes donde las dificultades son mayores que en cualquier otro y que esto fue necesario para que ella pudiese mantenerse permanentemente en su santo acuerdo con el Señor.

Con esta primera parte de su historia termina su vida silenciosa y retirada. En la segunda veremos lo que hizo cuando le tocó actuar entre los hombres para gloria de Dios y la salvación de las almas. Su guía fue siempre Nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
Fin de la primera parte

 

Segunda parte

Capítulo I

Nuestro Señor ordena a Catalina que se dedique al bien del prójimo

Nuestro Señor había derramado a manos llenas sobre su esposa favorita las dulzuras de su gracia. Había ejercitado su espíritu en el combate y en la victoria; le había impartido sus admirables instrucciones y enriquecido con virtudes superiores. Un alma que brillaba con luz tan esplendorosa no podía permanecer oculta. La esposa estaba ya en condiciones de devolver con intereses los talentos que el Señor le había confiado. «-Abre para mí -se le dijo- las puertas de las almas de modo que yo pueda entrar en ellas. Abre el camino por donde mis ovejas irán en busca de alimento, del celestial tesoro de la verdad y de la gracia. Ábrelo para mí, hermana mía, por analogía de naturaleza; amiga mía, por la caridad interior; paloma mía, por la sencillez del espíritu; inmaculada mía, por la pureza de alma y cuerpo». Y Catalina respondió a este llamado, si bien muchas veces me confesó que, cuando el Señor le ordenaba dejar su celda y conversar con los hombres, experimentaba un dolor tan grande que le parecía estar a punto de rompérsele el corazón.

Después de la alianza mística que Nuestro Señor se dignó contraer con Catalina, la fue introduciendo gradualmente en la vida activa. No la privó, sin embargo, de sus comunicaciones celestiales sino que, por el contrario, las aumentó para ir conduciéndola lentamente a un más alto grado de perfección. Con frecuencia, en sus apariciones, después de haberle hablado de él y de su reino y de revelarle alguno de sus secretos, después de haber recitado los salmos con ella, le decía: «-Vete; es la hora de la comida; tus parientes van a ocupar su lugar en torno de la mesa. Ve a estar con ellos y luego volverás conmigo». Al oír estas palabras Catalina solía estallar en sollozos. «-Si he ofendido a tu majestad -decía-, aquí está mi cuerpo miserable; castígame inmediatamente; yo lo sufriré todo, pero no me hagas estar separada de Ti un solo instante. ¡Oh amado mío! ¿Qué tengo yo que hacer en la mesa? Tú sabes muy bien que yo me alimento con una comida, que esos con quienes me ordenas tomar asiento no conocen. ¿Es solamente en el pan donde el hombre encuentra su alimento? Las palabras que salen de tu boca ¿no comunican mayor vigor y más grandes energías al alma del peregrino? Tú sabes mejor que yo que he huido de la compañía de las criaturas para refugiarme en ti, mi Dios y mi Señor. Y ahora que he conseguido tu gracia a pesar de lo indigna que soy de ella, ¿debo abandonar este inestimable tesoro para mezclarme de nuevo en los asuntos del mundo, para caer otra vez en mi antigua ignorancia, acaso para hacerme indigna de ti? ¡Oh, no!, tu infinita bondad jamás me ordenará nada que pueda separar mi alma de ti». Y los sollozos la interrumpían, arrojándose entonces a los pies del Salvador con la esperanza de que él consintiese en que se quedase. Al llegar a este punto el Señor le hablaba si no con estas mismas palabras, al menos con su significado: «-Cálmate, mi amada hija; ten presente que tú debes cumplir toda justicia y hacer que mi gracia fructifique en los demás. Muy lejos de querer que te separes de mí, lo que deseo es unirme más y más a ti por medio de la caridad para con tu prójimo. Tú sabes que mi amor tiene dos mandamientos: amarme a mí y amar a tu prójimo. Pues yo quiero que cumplas con estos dos preceptos. No olvides que en tu juventud el celo por la salvación de las almas, que yo coloqué y fomenté en tu corazón, te llevó hasta acariciar la idea de disfrazarte de fraile predicador con el fin de trabajar así por la salvación de las almas. ¿Por qué, entonces, te admiras y te quejas de que yo te conduzca hacia donde deseabas ir y que fue la causa de que tomases el hábito de Santo Domingo, el celoso fundador de una orden, que tiene como finalidad la salvación de las almas?». Entonces Catalina decía: «-Señor, no se haga mi voluntad sino la tuya; yo no soy más que tinieblas y tú eres la luz; yo soy nada y tú eres; yo soy ignorancia y tú eres la sabiduría del Padre. Pero, permíteme que te pregunte cómo debo ejecutar tu mandato; mi sexo presenta un obstáculo: las mujeres no tenemos autoridad sobre los hombres y el decoro exige que no mantengamos relaciones frecuentes con ellos». Y Nuestro Señor le contestaba, como el arcángel San Gabriel, que todas las cosas son posibles para Dios: «-¿No soy yo el que hizo a la mujer y al hombre? Mi espíritu les da la vida a ambos; para mí no hay diferencia entre sexos y condiciones y tan fácil es para mí el crear un ángel como el más insignificante de los insectos, un gusano de la tierra como un nuevo firmamento. De mí se ha escrito (SAL. CXIII, 3) que yo hago lo que quiero y nada de cuanto la mente puede concebir es imposible para mí. Yo sé que es humildad y no espíritu de desobediencia lo que te mueve a hablar de esa manera y ahora quiero de ti que sepas que en estos tiempos el orgullo de los hombres se ha hecho tan grande especialmente de aquellos que se creen sabios y discretos, que mi justicia no puede ya resistirlos y está a punto de confundirlos mediante un justo juicio. Pero como la misericordia está en mí siempre al lado de la justicia, quiero antes darles un aviso saludable para que se reconozcan y se humillen como hicieron los judíos y los gentiles cuando yo envié a ellos a personas ignorantes, pero a quienes antes había llenado con mi divina sabiduría. Sí; yo les enviaré mujeres, ignorantes y débiles por naturaleza pero prudentes y poderosas con el auxilio de mi gracia para confundir su arrogancia. Si reconocen el estado de locura en que se encuentran, si se humillan, si se aprovechan de las instrucciones que les enviaré por medio de esos mensajeros débiles, pero fortalecidos por mis dones, tendré misericordia de ellos. Pero si menosprecian estos saludables avisos, les enviaré tantas humillaciones que se convertirán en el ludibrio de todos. Este es el justo castigo que yo administro a los orgullosos: cuanto más se han elevado, más grande será la caída. En cuanto a ti, no tardes en obedecerme; quiero que aparezcas en público. Yo te acompañaré en todas las ocasiones; continuaré visitándote y te diré lo que tienes que hacer».

Oídas estas palabras, Catalina se postró a los pies del divino Salvador e inmediatamente salió de su celda para dirigirse a la habitación donde estaba reunida su familia.

Catalina estaba corporalmente con las criaturas, pero en espíritu jamás dejaba de permanecer con el Criador. Todo cuanto había visto y oído era un peso para ella. La fuerza de su amor le hacía largas como años las horas que pasaba entre los hombres y retornaba a su celda tan pronto como le era posible, con el fin de encontrarse allí con Aquel por quien suspiraba su corazón. Animada por el deseo de unirse cada día más íntimamente con el objeto de su amor, tomó la resolución de recibirlo lo más a menudo que le fuese posible en la sagrada comunión, y Dios la preparaba diariamente para la misión que le había destinado en favor de la salvación de las almas. Una vez que hubo retornado al seno de la familia, resolvió no estarse sin hacer nada, y se dedico de nuevo a los trabajos de la casa.

Capítulo II

Que trata de algunas cosas maravillosas que ocurrieron al comienzo de las relaciones de Catalina con el mundo, de su trabajo por socorrer las necesidades de los pobres 

Catalina resolvió de conformidad con la voluntad de su divino esposo vivir de manera que pudiese ser útil al prójimo y capaz de inducirlo a la práctica de las virtudes. Por consiguiente se dedicó a la práctica de la humildad y gradualmente se consagró a las obras de caridad, sin permitir, por supuesto, que nada de esto fuese obstáculo para sus fervientes oraciones y extraordinarias penitencias. Al mismo tiempo realizaba los menesteres más humildes de la casa como barrer, lavar platos y demás trabajos de cocina. Cuando la criada estaba enferma, ella la suplía por completo en su trabajo y hasta encontraba el medio de atender a la misma sirvienta en su enfermedad. Sin embargo estas múltiples ocupaciones no hicieron que Catalina abandonase a su divino esposo. Estaba tan íntimamente unida a él que ningún acto externo, ninguna fatiga corporal eran capaces de distraerla de sus deliciosas conversaciones interiores. Sus éxtasis se hicieron más frecuentes. Tan pronto como el pensamiento de Jesús penetraba en su mente, el espíritu parecía retirarse de la porción sensitiva; sus extremidades se enfriaban, se contraían y quedaban insensibles. Durante estos éxtasis, frecuentemente se elevaba del suelo como si el cuerpo fuese persiguiendo al alma y demostrando el poder del espíritu sobre la materia al ser arrastrada esta por aquel.

Sabiendo que la mejor manera de agradar al divino esposo es ser caritativo con el prójimo, el corazón de Catalina ardía en deseos de socorrer todas sus necesidades. Pero habiendo prometido observar los tres votos de obediencia, pobreza y castidad, no podía disponer de lo que pertenecía a otros sin su consentimiento. Por consiguiente pidió a su padre que le permitiese usar en beneficio de los necesitados de una parte de las riquezas que había otorgado Dios a su familia, a lo que el padre accedió de muy buen grado porque veía con toda claridad que su hija estaba avanzando por el camino de la perfección. Y no sólo le dio el permiso, sino que anunció a todos los de la casa, la concesión que había hecho a su hija: «Que nadie impida a mi querida hija dar limosnas; le doy completa libertad y si ella quiere, puede dar todo lo que hay en esta casa».

Catalina usó en forma casi literal el permiso que había recibido. Sin embargo, tenía el don del discernimiento y daba solamente a aquellos que sabía se encontraban en verdadera necesidad, y cuando encontraba a uno de estos no esperaba que se pidiese, sino que ella se le adelantaba. Estaba en relación con algunas familias pobres que vivían cerca de su casa y que tenían vergüenza de pedir limosna a pesar de la gran necesidad en que se encontraban. Ella, imitando a San Nicolás, se levantaba por la mañana muy temprano y les llevaba pan, vino, aceite y cualquier otra cosa que necesitaban. Como no avisaba antes, las puertas estaban cerradas por lo general, pero Dios se las abría de una manera milagrosa. Dejaba las provisiones y volvía a cerrar la puerta sin hacer ruido, volviendo después a casa sin que nadie se hubiese enterado de la buena obra que acababa de realizar.

Un día que estaba enferma y le dolía todo el cuerpo de pies a cabeza hasta tal punto que sentía serle imposible dejar la cama, supo que una pobre viuda que vivía en las inmediaciones se encontraba en la miseria hasta tal extremo que no disponía ni de un pedazo de pan para dar a sus hijitos. Su sensible corazón se conmovió extraordinariamente y durante toda la noche estuvo pidiendo a su divino esposo que le diese suficientes fuerzas para levantarse y socorrer a aquella desdichada. Antes de ser de día se levantó, corrió a la despensa, llenó una bolsita con harina, tomó una gran botella de vino, una jarra llena de aceite y otros alimentos que encontró. Con gran esfuerzo consiguió llevar todas estas cosas a su celda, pero estaba tan agotada por el esfuerzo que había realizado que le pareció imposible poder llevar el socorro a la casa de la viuda. Sin embargo, sus piadosos deseos pudieron realizarse, pues de pronto se sintió invadida por una energía sobrenatural, que le permitió llevar a efecto la obra comenzada.

Sus enfermedades no seguían el orden de la naturaleza; Dios disponía su curso de acuerdo con su divina voluntad, como veremos más adelante.

A pesar de las dolencias que sufría continuamente, Catalina imitó más de una vez las matinales caridades de San Nicolás. A continuación veremos cómo repitió la hermosa limosna de San Martín. Un día, mientras estaba en la iglesia de los frailes predicadores de Siena, se le acercó un hombre pidiéndole una limosna por el amor de Dios. Ella dijo al pordiosero que la acompañase hasta su casa, prometiéndole ayudarle con lo que pudiese, pues en aquel momento no llevaba consigo ninguna moneda que darle. Pero él, que sin duda alguna sólo era pobre en la apariencia, le contestó: «Si usted tiene algo que darme, démelo inmediatamente porque no puedo esperar». Catalina no quiso dilatar el cumplimiento de la buena obra, y buscó la manera de complacerle. Mientras pensaba en esto, sus ojos se fijaron en una crucecita de plata que llevaba sujeta a una de esas cuerdas con nudos que sirven para recitar la oración dominical y que por eso se llaman «Pater Noster», rompió la cuerda y le entregó la cruz, que el hombre aceptó complacido, retirándose inmediatamente después de dar las gracias apresurado. Esa misma noche, mientras Catalina, de acuerdo con su costumbre, estaba en oración, se le apareció el Salvador del mundo, teniendo en la mano la crucecita toda adornada con piedras preciosas, y le dijo: «-Hija, ¿reconoces esta cruz? -La reconozco bien -contestó Catalina- pero no era tan hermosa cuando me pertenecía. -Ayer -prosiguió el Salvador- tu corazón me la dio como oferta de amor y estas piedras preciosas representan ese amor. Y ahora te prometo que en el día del juicio, en presencia de los ángeles y de los hombres, yo te la devolveré tal como ahora está para que se convierta en tu corona de gloria; y en ese solemne momento en que yo pondré de manifiesto la justicia y la misericordia de mi padre, no olvidaré nada de cuanto has hecho por mí». Dichas estas palabras, desapareció dejando a Catalina absorta en sus sentimientos de gratitud y animada a seguir practicando la virtud de la caridad en forma análoga, como más adelante veremos.

El Señor, encantado con la caridad de su fiel esposa, la tentaba para ejemplo nuestro y al mismo tiempo la alentaba para mayores cosas. Un día que estaba en la iglesia después de haberse recitado la hora de «tercia», Catalina se quedó sola con una de sus compañeras para orar más largamente. Cuando salía de la capilla de las hermanas para dirigirse a su casa, se le apareció Nuestro Señor bajo la figura de un hombre joven que estaba a medio vestir. Tenía el hombre, un forastero, a juzgar por su aspecto, unos treinta y dos o treinta y tres años de edad, y le pidió en el nombre de Dios que le diese algo con qué vestirse. Catalina, cada día más inflamada por el deseo de hacer limosna, le dijo: «-Espere un momento, hermano, mientras vuelvo a la capilla; después le daré lo que me pide». Y retornando a la capilla, se quitó, con la ayuda de su compañera, una prenda de ropa sin mangas que llevaba debajo del vestido para protegerse contra el frío y volvió con ella llena de alegría para dársela al pobre. Este no quedó satisfecho al parecer, pues le dijo: «-Usted, señora, me da una prenda de lana, pero ¿no podría darme algo de hilo para cubrirme? -Sígame -contestó al punto Catalina- y satisfaré su pedido». Nuestro Señor siguió a su esposa sin darse a conocer, por supuesto, y cuando llegaron a la casa, Catalina corrió a la habitación donde su madre tenía guardada la ropa interior de la familia, tomó dos camisas sin mangas y se las llevó al exigente mendigo, el cual dio muestras de no estar todavía satisfecho. «-Pero, señora -observó-, ¿qué voy a hacer con estas prendas de ropa que carecen de mangas con que resguardarme los brazos contra el frío? Deme unas mangas y entonces habrá hecho una obra de caridad completa». Esta demanda, en lugar de molestar a Catalina, despertó en ella nuevos deseos de ejercitar su caridad con los necesitados. Entró nuevamente en la casa y después de mucho rebuscar por todas partes, encontró colgada de una percha una camisa que pertenecía a un criado de la casa y, separando apresuradamente las mangas, se las llevó al hombre.

Pero Aquel que había tentado a Abraham, insistió aún diciendo: «-Ahora, señora, me ha vestido usted por completo y le doy las gracias en el nombre de Aquel por quien lo ha hecho; pero uno de mis compañeros que está en el hospital, también necesita vestido, ¿no podría darme algo para llevárselo de parte suya?». Las exigencias del mendigo no consiguieron enfriar la caridad de Catalina, quien buscó también la manera de satisfacer la necesidad de la persona que estaba en el hospital. Pero recordó que todos los habitantes de la casa, con excepción de su padre, se quejaban de su liberalidad y ponían sus pertenencias bajo llave con el temor de que se las diese a los pobres. Ya había dado las mangas que pertenecían al sirviente, el cual estaba bastante necesitado por cierto, razón por la cual no se había atrevido a dar la camisa entera. Entonces empezó a pensar si se desprendería de la única prenda de ropa que tenía ella sobre sus carnes. La caridad le decía que sí; la modestia que no. La caridad triunfó por fin, pero en el momento de llevar a la práctica su resolución, pensó que si salía a la puerta sin vestir, alguien podía verla y seguramente quedaría escandalizado. Entonces habló al pobre de esta manera: «-Vea, buen hombre, si me fuese posible quedarme sin vestido, de muy buena gana le daría el que llevo encima y que es el único que tengo. Pero, como no puedo hacerlo y en este momento no me encuentro en condiciones de darle otro, le ruego me disculpe. Tenga la seguridad de que si pudiera, le daría todo lo que tengo». Al oír esto, el pobre sonrió y le dijo: «-Ya veo que usted me ha dado todo cuanto puede darme. Muchas gracias y adiós». Mientras se alejaba, Catalina creyó entrever por algunos detalles que se trataba del huésped celestial a quien tantas veces recibía y que tan familiarmente solía conversar con ella. Entonces su corazón se turbó, inflamándose en amor hacia su divino esposo, pero la humildad intervino haciéndole presente que ella era indigna de semejante favor y sin pensar más en lo ocurrido, prosiguió sus piadosas prácticas cotidianas.

A la noche siguiente, mientras Catalina estaba dedicada a sus oraciones, el Salvador del mundo, Nuestro Señor Jesucristo, se le apareció bajo la figura del pobre a quien ella había socorrido, teniendo en la mano la prenda de ropa que recibiera de sus manos ricamente bordada con hermosas perlas y resplandecientes piedras preciosas. «-Hija mía muy amada -le preguntó-, ¿reconoces esta prenda?». Y al contestar ella afirmativamente, pero que no se la había dado tan ricamente adornada, nuestro Salvador agregó: «-Ayer tú me diste esto con gran amor; tu caridad me vistió librándome de la ignominia de la desnudez. Ahora te entregaré, sacándolo de mi propio cuerpo, un vestido que será invisible para los hombres, pero no para ti y que te preservará tanto del frío del cuerpo como del alma hasta el día en que yo te vista de gloria delante de los santos y de los ángeles». Y terminado de decir esto, sacó de la herida de su adorable costado una vestidura teñida con el color púrpura de su preciosa sangre y que brillaba intensamente a la luz, lo colocó sobre ella con sus propias sagradas manos y dijo por fin: «-Te entrego sobre la tierra esta vestidura, símbolo y prenda de tu derecho a la gloria, que será tuya en el cielo». La visión desapareció.

La eficacia de esta divina vestidura fue tal no solamente para el espíritu de Catalina sino para el mismo cuerpo, que a partir de este momento no llevó más que este vestido tanto en verano como en invierno, sin que tuviese necesidad de agregar más para resguardarse del frío ni aun en los días más crudos y desapacibles del año. Ella misma me confesó muchas veces que nunca sentía el frío, pues su milagroso vestido la protegía en tal forma que jamás sentía la necesidad de ponerse más abrigo.

Detengámonos un instante para meditar en los merecimientos de esta fiel sierva del Señor. Sigue en la erogación de sus limosnas secretas las huellas de San Nicolás e imita al glorioso San Martín en su manera personal de practicar la virtud de la caridad para con el prójimo. No sólo se le aparece el Señor para darle las gracias sino que la Verdad infalible le hace la formal promesa de una recompensa eterna y le hace entrega de un signo visible de la alegría que sus limosnas han producido en Aquel que es el dador por excelencia. También le da la seguridad de su perseverancia final y distintamente le revela el secreto de su predestinación y del esplendor de su recompensa. El Señor no concedió semejantes revelaciones a los santos arriba mencionados a pesar de haber llevado a cabo numerosos actos de caridad. Tales preferencias no deben ser apreciadas con ligereza, pues dan al alma la certidumbre de su salvación y la llenan de inexpresable alegría y tranquilidad. La seguridad de poseer el Cielo la excita a la práctica de todas las virtudes; aumenta su paciencia, su fortaleza, su celo por la realización de obras piadosas juntamente con las virtudes teologales de la Fe, la Esperanza y la Caridad. Lo que aparecía difícil se hace fácil; el alma puede hacerlo todo por el amor de Aquel que le ha revelado su predestinación a la gloria. Ya hemos tenido pruebas de lo que acaba de decirse; pero a medida que avancemos en la vida de Catalina, estas pruebas se irán haciendo más numerosas y más extraordinarias.

En otra oportunidad, Catalina, siempre inflamada con el fuego de la compasión hacia sus semejantes, supo que una persona pobre, que voluntariamente se había desprendido de sus riquezas por el amor a Jesucristo, se encontraba a punto de perecer de hambre. Deseosa de alimentar a Cristo en sus pobres, puso unos huevos en una bolsita de lienzo y la cosió debajo del vestido. Cuando estaba cerca de la casa donde vivía aquella persona, entró en una iglesia para orar y tan pronto como se encontró aquí, quedó sumida en profundo éxtasis como le ocurría siempre que entraba en la casa del Señor. Perdió el uso de los sentidos y se elevó sobre el suelo. Al volver de aquel estado sobrenatural cayó precisamente sobre el lado donde llevaba cosida la bolsita con los huevos. En la misma bolsita había puesto un dedal grande de metal; este se partió en tres pedazos, mientras que los huevos depositados allí por la caridad de Catalina, quedaron intactos. Durante varias horas estuvieron sosteniendo el peso del cuerpo de la esposa del Señor sin que sus frágiles cáscaras sufriesen desperfecto alguno.

La caridad de Catalina también glorificó a Dios por medio de milagros. El siguiente hecho maravilloso fue presenciado por más de veinte personas. Yo se lo oí contar a Lapa, su madre, a Lisa, su cuñada y a fray Tomás, su confesor. Durante el tiempo en que gozó de amplio permiso para dar a los pobres, ocurrió que el vino de una vasija que estaba usando la familia para el consumo de la casa, se echó a perder. Catalina, que siempre que se trataba de dar a los pobres, quería siempre dar de lo mejor, bien fuese vino, pan o alimentos de cualquier clase, sacó vino bueno de otra vasija que nadie había tocado y empezó a distribuirlo diariamente. El contenido de este casco, de acuerdo con su cabida podía bastar para el consumo de la familia durante quince o veinte días, y esto administrando económicamente su contenido. Pues bien, antes de que la familia empezase a sacar vino de él ya Catalina había estado haciéndolo durante mucho tiempo y en gran cantidad, pues ninguno de los de la casa estaba autorizado para poner coto a sus caridades. La persona encargada de la bodega empezó a sacar vino de este casco y al mismo tiempo Catalina hacía lo propio, ahora con más liberalidad que antes, una vez que ya no era ella sola quien lo hacía y por consiguiente habría menos quejas en la familia por el despilfarro. No solamente quince o veinte días sino un mes y más transcurrieron sin que se notase disminución aparente en el contenido del casco. Los hermanos de Catalina y los sirvientes de la casa contaron al padre el hecho portentoso y todos quedaron llenos de asombro al ver que la misma cantidad de vino satisfacía tan ampliamente a las necesidades de la casa y a las limosnas de Catalina. Y no solamente duraba el vino sino que era de tan excelente calidad que ninguno de ellos recordaba haber gustado vino tan bueno. Tanto la calidad como la cantidad eran realmente maravillosas y todos se aprovechaban de aquel vino prodigioso sin poder explicarse el fenómeno tanto en lo referente a la clase como a la inagotable cantidad del mismo. Catalina, que era la única persona al tanto del secreto, sacaba continuamente del inagotable depósito y se lo repartía sin restricción a cuantos pobres podía encontrar; sin embargo, el vino continuaba fluyendo y ni su aroma ni su paladar no cambiaban. Así pasó otro mes y luego un tercero y todo seguía lo mismo. Por fin llegó la época de la vendimia y fue preciso preparar los cascos para la nueva cosecha. La gente encargada de esta tarea estaba deseosa de vaciar el maravilloso tonel para llenarlo con el mosto que ya fluía de la prensa, pero la divina munificencia no estaba todavía cansada; se prepararon otras vasijas para trasvasar su contenido, pero todas resultaron insuficientes. El hombre que tenía a su cargo las tareas de la vendimia ordenó por fin que vaciasen el inagotable recipiente y lo llevasen al lugar donde estaba la prensa para llenarlo y los criados de la casa contestaron que acababan de llenar una gran vasija con el vino que contenía, el cual estaba en perfectas condiciones, fuerte y perfectamente clarificado y que por consiguiente aún debía quedar una buena cantidad. Enojado porque no se cumplía su orden al pie de la letra, el hombre ordenó que tirasen el vino que había, abriesen el tonel y lo preparasen para la recepción del vino nuevo, pues no se podía esperar un minuto más. Obedeciendo esta orden, abrieron el casco, de donde hasta la víspera había estado manando un vino delicioso como inagotable, y vieron que su interior estaba tan seco que abiertamente se veía la imposibilidad de que hubiese contenido cualquier clase de líquido desde mucho tiempo atrás. Todos quedaron mudos a consecuencia del asombro, recordando la abundancia y la calidad del vino que hasta el día anterior habían estado sacando de él. Este milagro fue propalado por toda la ciudad de Siena y está probado por el testimonio de las personas que por aquel entonces residían en la casa de Catalina.

 

 
Escrita por Beato Raimundo de Capua

Texto extraído de

Dominicos.net

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One Comment
  1. manuela permalink

    me parecio bueno lastima k no tenga mensajes de ella

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